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por Jorge Carvajal
23 Agosto 2026
del Sitio Web
UnAlmaJorgeCarvajal

"Hay una pregunta
que llevo
décadas sin poder dejar de hacerme,
y no en el
sentido filosófico sino en el más doméstico:
¿dónde
termina mi mente?
Cuando
pienso en alguien que está lejos
y ese
alguien llama en ese instante,
¿qué
ocurrió exactamente?
No tengo
respuesta.
Tengo, eso
sí, cuarenta años de
no haber
conseguido dejar de preguntármelo."
Jorge a CaSi
Piense en un ciego con su bastón.
Dónde termina su tacto:
¿en la mano que sujeta el mango, o en la
punta que golpea el bordillo?
Casi todos respondemos lo primero, porque nos
parece obvio que el cuerpo acaba en la piel y que el bastón es
apenas un objeto.
Pero pregúntele a él. Le dirá que siente el
bordillo, no el mango. Y lo dirá sin ninguna intención poética, con
la misma naturalidad con que usted diría que siente el suelo bajo el
pie.
En 1996, en un laboratorio japonés,
Atsushi Iriki y sus
colaboradores midieron exactamente eso.
Entrenaron macacos para alcanzar comida con
un rastrillo y registraron, con electrodos, unas neuronas del
lóbulo parietal que responden a la vez al tacto de la mano y a
lo que se ve cerca de la mano.
Después de unos minutos de usar la
herramienta, el campo visual de esas neuronas se había estirado
a lo largo del rastrillo.
No cuando el animal simplemente lo sostenía:
cuando lo usaba...
El cerebro, medido célula a célula, había
aceptado que el rastrillo era cuerpo.
Es un hallazgo pequeño en el laboratorio y enorme fuera de él.
Porque si el borde del cuerpo se mueve, la pregunta de dónde termina
la mente deja de ser una pregunta de sobremesa.
El Supuesto que nadie Enuncia
porque Nadie lo Ve
La neurociencia trabaja sobre una idea tan asentada que rara vez se
formula en voz alta:
la mente es lo que el cerebro hace.
Ha sido una idea extraordinariamente fértil - le
debemos la neuroimagen, la psicofarmacología, las interfaces que
devuelven movimiento a quien lo perdió - y sería una torpeza
despreciarla.
Pero conviene recordar que es un supuesto de
trabajo, no un teorema.
Que un estado mental correlacione con un
patrón de actividad cortical dice que ambos van juntos; no dice
cuál produce a cuál, ni si la palabra "producir" es siquiera la
adecuada.
Quienes ven en el cerebro un transmisor y no una
fuente suelen recurrir a la imagen del televisor:
si lo golpeas, la imagen se distorsiona, y
sin embargo nadie cree que el aparato fabrique el programa.
Hay una manera más humilde de abrir la pregunta.
No preguntarnos si la mente está dentro o
fuera del cráneo, sino mirar sin prejuicio dónde ocurre de hecho
el pensar.
Pensamos con el Mundo, no
solamente con la Cabeza
En 1998, dos filósofos - Andy Clark y David Chalmers -
propusieron un experimento mental que sigue incomodando.
Imaginemos a Otto, un hombre
con la memoria dañada, que lleva siempre una libreta donde
apunta lo que necesita recordar.
Cuando quiere ir al museo, consulta la
libreta; cuando su vecina quiere ir al museo, consulta su
memoria.
Si la función es la misma, si la fiabilidad es la
misma y el acceso es igual de inmediato,
¿con qué criterio decidimos que la memoria de
ella es mente y la libreta de él es un objeto?
Es un argumento de filósofos, no un experimento,
y no pretende serlo.
Lo que hace es señalar algo que llevamos haciendo
toda la vida sin verlo.
Descargamos el pensamiento fuera.
En la agenda, en el nudo del pañuelo, en la
lista de la compra, en el teléfono que hoy sostiene los
cumpleaños y los números que nuestros abuelos guardaban de
memoria.
Cuánto nos cambia eso por dentro es harina de
otro costal...
Se ha estudiado si quien sabe que el dato quedará
guardado lo recuerda peor y recuerda mejor dónde encontrarlo, y los
resultados no son tan firmes como su fama:
el trabajo más citado, de 2011, no se sostuvo
en replicaciones posteriores.
Que delegamos memoria en el entorno parece
claro; qué le hace eso a la nuestra, todavía no.
El que Camina Piensa Distinto que
el que está Sentado
Hay algo más cercano al cuerpo.
En 2014, Marily Oppezzo y Daniel
Schwartz pidieron a un grupo de personas que imaginaran usos
nuevos para objetos corrientes, primero sentadas y después caminando
en una cinta frente a una pared blanca.
El ochenta y uno por ciento de los
participantes fue más creativo caminando. No por el paisaje —no
había paisaje—, sino por el hecho de caminar.
Lo que más me interesa de ese trabajo es lo
que no encontró.
Cuando la tarea tenía una única respuesta
correcta, caminar no ayudó; incluso estorbó un poco.
Es decir:
el cuerpo en movimiento no nos hace más
listos, nos hace más abiertos.
Amplía el abanico de lo posible y no afina la
puntería.
Cualquiera que haya resuelto un problema en mitad
de un paseo lo reconocerá:
lo que llegó caminando no fue la respuesta,
fue otra manera de hacer la pregunta.
Pensar, entonces, no es algo que el cerebro
haga mientras el cuerpo espera.
En
El Corazón que Sabe
seguimos esa misma sospecha hacia adentro, hasta el pequeño
cerebro del pecho que informa al cráneo mucho más de lo que el
cráneo le ordena a él.
Ahora la seguimos hacia afuera, hasta el
bastón, la libreta y los pies.
La Memoria de la Forma no está
donde la buscábamos
Hay un terreno inesperado donde esto deja de ser filosofía.
Michael Levin y su equipo, en Tufts,
trabajan con
planarias, gusanos planos
capaces de regenerar un cuerpo entero desde un fragmento.
Si se les baña brevemente en octanol, que
bloquea la comunicación eléctrica entre células, parte de los
fragmentos regenera con dos cabezas.
Hasta ahí, una curiosidad.
Lo perturbador viene después:
esos gusanos siguen regenerando con dos
cabezas en cortes sucesivos, en agua limpia, sin volver a tocar
el fármaco.
Y su genoma está intacto.
La instrucción sobre qué forma construir quedó
reescrita en un patrón bioeléctrico, y ese patrón puede devolverse a
su estado original con otra intervención igual de breve.
Digamos con cuidado qué demuestra esto y qué no.
Es memoria de forma, no memoria de pensamiento;
nadie ha mostrado que un gusano recuerde una idea en su piel. Lo que
muestra es que información que dábamos por escrita en los genes
puede estar sostenida en un campo eléctrico distribuido por todo el
tejido.
La memoria no siempre vive donde la habíamos
supuesto.
La pregunta de Sheldrake era Mejor
que su Respuesta
Esa misma pregunta - cómo sabe una célula qué forma tomar dentro del
conjunto - fue la que llevó a
Rupert Sheldrake a proponer, en
1981, su hipótesis de la resonancia mórfica:
campos de información que atravesarían el
espacio y el tiempo y harían más probable que una forma se
repita cuanto más se ha repetido antes.
La reacción fue brutal.
John Maddox, entonces director de
Nature, tituló su editorial "¿Un libro para quemar?" y concluyó
que el libro no merecía la hoguera sino un lugar entre las
aberraciones intelectuales.
Cuarenta años después la situación es esta, y la enuncio sin
adornos:
la resonancia mórfica no está confirmada.
Las predicciones que Sheldrake derivó de ella
dieron resultados mixtos y las más decisivas siguen sin ponerse
a prueba de forma concluyente.
Lo que queda en pie es la pregunta - la
morfogénesis es todavía un problema abierto - y las planarias
muestran que esa pregunta admite respuestas con datos, sin postular
campos que ninguna medida ha encontrado.
Lo que he visto en Cuarenta Años
Y llega el punto donde debo hablar como clínico y no como
divulgador.
En cuarenta años de consulta he visto demasiadas
veces lo mismo:
pienso en un paciente y suena el teléfono;
entro en una habitación y sé, antes de mirar la gráfica, que
algo ha cambiado.
Una madre me llama de madrugada por una
inquietud que no sabe nombrar y tiene razón.
No tengo con qué probarlo.
Sé perfectamente que recordamos la llamada
que llegó y olvidamos las mil veces que pensamos en alguien y no
pasó nada, y que sobre ese olvido se construyen la mitad de las
certezas humanas.
Lo cuento porque es cierto que me ocurre, no
porque demuestre algo.
William James, en 1898, formuló esto con una honestidad que
sigue sin superarse:
los daños cerebrales son igual de compatibles
con la idea de que el cerebro produce la mente que con la idea
de que la filtra.
Ninguna de las dos puede confirmarse ni refutarse
con los instrumentos que tenemos.
Esa simetría no es una prueba a favor de nada.
Es, exactamente, la definición de una pregunta que todavía no
sabemos hacer bien.
Caminar con una Pregunta
La práctica de esta semana no requiere postura ni respiración ni
horario.
Elija una pregunta que lleve tiempo dándole
vueltas y salga a caminar veinte minutos con ella. Sin teléfono - ni
en el bolsillo, si es capaz - sin música, sin apuntar nada hasta
volver.
Nada más:
caminar, y dejar que la pregunta camine.
Conviene no esperar la respuesta.
Lo que suele aparecer no es la solución sino un
desplazamiento: la pregunta vuelve formulada de otra manera, y esa
manera es casi siempre mejor que la original.
Fíjese entonces en dónde ocurrió el pensamiento.
No estaba del todo dentro de la cabeza. Estaba entre los pies y el
suelo, en el ritmo del paso, en la calle que no mirábamos y que sin
embargo iba entrando.
El ciego no siente el mango:
siente el bordillo...
Nosotros llevamos toda la vida haciendo lo mismo
con el mundo entero, sin habernos dado cuenta...
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