|
por David Topí
En general, para la mayoría de nosotros, si no hay una razón que nos incite a llevar a cabo la mayoría de tareas que tenemos que hacer, no solemos dedicarle esfuerzo, entusiasmo o motivación alguna en particular.
Sin un objetivo para hacer las cosas, sea el que sea, las haríamos si acaso solo porque hay una obligación o penalización importante, y en general sin ningún interés especial en hacerlo bien, porqué ni esas tareas ni los proyectos o contextos asociados tendrían un valor real o lo suficientemente grande como para que nos preocupáramos por ello.
Todos hacemos las cosas más o menos por lo mismo:
Por ello, los objetivos que nos proponemos a lo largo de la vida cobran sentido y nos motivan cuando satisfacen alguna de esas necesidades, sea la que sea...
Si no lo hace, en la mayoría de casos, no forma parte de algo que nos pueda interesar.
¿Quién pasaría horas, días, semanas o meses trabajando por conseguir un objetivo que no tiene ninguna relación con absolutamente nada que le pueda hacer falta, que quiera mejorar, tener, cambiar o satisfaga alguno de sus deseos o necesidades sea física, emocional, anímica, intelectual o espiritual?
Estos contextos de supervivencia son los más comunes, en los cuales ponemos más empeño, y donde definimos la mayoría de nuestros objetivos cada principio de año.
Por ejemplo,
Bien,
Básicamente sabemos que ir al gimnasio nos proporciona sensación de bienestar, nos hace sentir más atractivos, incluso nos da más opciones de entrar en ciertos grupos o círculos, o conocer cierto tipo de gente, lo que nos dice que lo que podemos estar buscando inconscientemente es cubrir parte de nuestras necesidades afectivas o poder aumentar nuestra autoestima y, con ello, nuestra seguridad en el mundo en el que nos movemos.
Normalmente,
En el fondo, casi todo lo que hacemos, a priori, se puede englobar en este tipo de contextos de supervivencia, entendiendo que hay muchos niveles y diferencias entre los diferentes objetivos que pertenecen a estas necesidades, y que cada cual define y tiene las suyas propias acorde a su programación, nivel de realidad y sistema de creencias.
Así, visto lo anterior, hay que darse cuenta de la importancia de encontrar un objetivo global más elevado que nos guíe siempre, hacer cosas que nos aporten esa autorrealización y buscar algo más grande, más espiritual quizá, relacionado con nuestra evolución como personas.
Si hemos trascendido y conseguido los objetivos que podemos proponernos en el ámbito de necesidad y supervivencia, no tenemos demasiada elección:
Buscamos, sin saberlo, la vía para poner en práctica aquello que nos gusta hacer, un contexto en el cual encajen absolutamente todos nuestros objetivos relacionados con el "ser" y el "hacer" y no tanto con el "tener"...
Si nos sentimos guiados y protegidos por eso que consideramos nuestra misión o propósito, veremos que seguimos un rumbo y sabremos hacia dónde ilumina el faro que guía nuestro barco y nuestro viaje.
En la rama de la izquierda, y para muchas personas, las tareas que hacemos, los proyectos que creamos y los objetivos que nos proponemos están siempre relacionados con nuestras necesidades físicas y terminan comportándose como un bucle, pues volvemos a plantear el mismo tipo de objetivos para conseguir más de lo que tenemos.
Sólo si somos capaces de darnos cuenta de que una vez cubierto todo lo básico aún necesitamos tener algo más, podemos movernos hacia el establecimiento de objetivos relacionados con nuestro desarrollo personal (que en ningún caso son excluyentes del primer tipo de objetivos).
Con un cierto trabajo personal, obtener las diferentes piezas del rompecabezas que te llevan a encontrar ese propósito, y a desarrollar la forma de ponerlo en marcha de forma práctica, es lo que te permite dar ese salto evolutivo y pasar a sentirte guiado/a por algo mayor que ¡le da sentido a todo lo demás...!
|