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por Marcelo Ramírez
Era una mentira, una mentira que resulta cómoda, funcional y profundamente destructiva.
Porque un Estado no resiste por lo que tiene en el subsuelo ni por lo que figura en sus mapas.
Todo lo demás puede servir para la foto, para el discurso, para las planillas de los tecnócratas y para los informes de los organismos internacionales.
Pero cuando llega la hora de la verdad, cuando la historia deja de ser un seminario y vuelve a convertirse en una disputa real entre potencias, civilizaciones y pueblos concretos, lo que pesa no es la mera administración sino la voluntad.
Y ahí se ve quién todavía existe como nación y quién hace tiempo que se convirtió en un simple espacio disponible.
No por exotismo, no porque haya que copiarlo, no porque la Argentina deba islamizarse ni adoptar formas ajenas a su tradición. Eso sería una estupidez.
Lo importante es el mecanismo, no lo superficial.
En teoría, todo Estado puede construirse sobre tres bases posibles:
Irán lo hizo sobre la tercera y eso le dio una capacidad de resistencia que muchos en Occidente siguen sin comprender...
No porque les falten datos, sino porque les sobra soberbia. Creen que todo se explica por recursos, por tecnología, por drones, por misiles o por ubicación geográfica. Y no. Todo eso importa, desde ya. Pero no alcanza.
Un pueblo no resiste durante años bajo sanción, aislamiento, presión militar y asedio sistemático solo porque tenga buenos ingenieros o misiles razonables.
Y esa es la parte que el mundo moderno, tan
orgulloso de su narcisismo terminal, ya no puede digerir.
Por eso Rusia sirve como ejemplo útil en ese caso, porque muestra a la vez el valor de conservar marcos de cohesión y el costo de no llevarlos hasta el final.
No alcanza con tener recursos, ejército y orgullo nacional si la doctrina no termina de ordenar el conjunto.
Y eso, para la Argentina, debería ser una
lección elemental, aunque aquí estamos demasiado ocupados
discutiendo pavadas importadas como para darnos cuenta.
El punto es la Argentina. Y la Argentina hoy navega hacia el desastre...
El problema es otro:
Tiene potencial, pero no dirección. Tiene masa crítica, pero no columna vertebral.
Y cuando una nación pierde esa columna vertebral,
el Estado se degrada a mera administración de recursos, la política
se convierte en gerenciamiento sin decisión y la sociedad deja de
reconocerse como comunidad histórica para transformarse en una suma
de individuos aislados, irritados y fácilmente manipulables.
Durante décadas se promovió, paso a paso, una lógica destinada no a fortalecer las bases de cohesión nacional, sino a desarticularlas una por una.
Y todo eso fue presentado como emancipación, como libertad, como ampliación de derechos, como superación del atraso.
El resultado real fue el contrario:
Entonces cualquier poder externo con recursos mediáticos, financieros y culturales puede controlar sus reflejos, sus odios y sus frustraciones.
Ese es el valor estratégico del wokeismo, del feminismo confrontativo, de la política de género convertida en doctrina estatal, de la racialización artificial de sociedades que nunca estuvieron estructuradas así y de toda la ingeniería cultural importada desde los centros de poder anglosajones.
No son modas. No son excentricidades académicas. No son simples delirios progresistas.
Son herramientas de fragmentación.
En los países centrales ese proceso ya produjo sociedades exhaustas, incapaces de sostener grandes esfuerzos sin una coerción propagandística constante.
En países periféricos como la Argentina, el
efecto es todavía peor, porque se monta sobre un Estado más frágil,
una economía dependiente y élites culturalmente colonizadas.
Se le enseñó a sospechar de su tradición, de sus símbolos, de su historia, de su religión, de sus Fuerzas Armadas, de su memoria nacional.
Así se forma una sociedad que se avergüenza de sí misma y al mismo tiempo recibe con reverencia cualquier consigna externa, siempre y cuando venga envuelta en lenguaje humanitario.
Es un mecanismo de colonización mucho más eficaz que la ocupación militar, porque produce subordinación interior.
Por eso Hungría también resulta relevante.
El conflicto nunca es solo institucional.
Se castiga a quien intenta recomponer cohesión, no a quien viola el catecismo liberal en abstracto.
Porque una nación con centro propio es más difícil de alinear, endeudar, disciplinar y reemplazar.
El mecanismo es siempre el mismo:
Sin pueblo no hay nación. Sin nación no hay soberanía. Sin soberanía no hay desarrollo.
Hay dependencia con intervalos de ilusión. Y como
no entienden eso, la política se vació de toda grandeza y se
convirtió en un circuito de reproducción de una casta cerrada sobre
sí misma.
El problema es peor:
En otras épocas, incluso con todos sus límites, existían dirigentes que al menos entendían que gobernar implicaba estudio, disciplina, noción de Estado, sentido del honor y conciencia de representar algo más que un interés privado...
Hoy aparecen demasiados improvisados, demasiados herederos, demasiados operadores, demasiados mediocres promovidos no por mérito ni por visión, sino por apellido, vínculo, favor o proximidad.
Una pseudo-aristocracia degradada, casi endogámica, hereditaria en los vínculos y plebeya en las conductas.
Hablan de patria mientras sus intereses reales están fuera del país. Se llenan la boca con soberanía mientras viven atados cultural, financiera y mentalmente a centros externos.
Sin élite nacional, el Estado se vuelve un intermediario colonial.
Y la Argentina hace demasiado tiempo que funciona
así...
Hace falta una reorganización integral.
Una nación soberana necesita por lo menos seis condiciones mínimas:
Si un pueblo vive en guerra contra su pasado, no puede construir proyecto alguno.
Si todo se reduce al consumo, al deseo privado y a la autorrealización psicológica, nadie arriesga nada por el conjunto.
Si la escuela, la universidad, los medios, la Iglesia, las Fuerzas Armadas y las organizaciones civiles transmiten fragmentación, victimismo y desprecio por la tradición, producen una población manipulable.
Si se destruyen la familia, los vínculos barriales, los rituales cívicos y religiosos, las costumbres y los códigos de conducta, se destruye la trama mínima que permite que una sociedad no se desintegre.
Y si un país no sabe qué intereses son propios,
qué valores no negocia y qué costos está dispuesto a pagar para
defenderlos, entonces no tiene doctrina de soberanía: tiene
administración de decadencia.
Malvinas no es solo una reivindicación territorial. Es una referencia moral y política.
Una nación que acepta como normal la amputación de una parte de su territorio, y que aprende a convivir con esa amputación como si fuera un dato secundario, termina aceptando también otras formas de despojo:
Por eso Malvinas no es un tema más.
Es la prueba de que sin una causa nacional
concreta, visible y permanente, la reconstrucción argentina queda
reducida a administrar la decadencia con un poco más o un poco menos
de maquillaje.
No discute cómo recuperar soberanía, cómo formar élites responsables ni cómo reconstruir el Estado en función de un proyecto histórico.
Discute cargos, alianzas de ocasión, supervivencia electoral y reparto de recursos.
Convierte al patriarcado, al lenguaje o a cualquier fantasma ideológico en centro del debate mientras se remata el país. Así avala la impotencia colectiva.
Una nación así vive a la defensiva, fragmentada,
irritada, deprimida, sin horizonte.
Ninguna reconstrucción será posible mientras se siga educando a la sociedad para odiar su pasado, despreciar sus símbolos y desconfiar de toda forma de unidad profunda.
La salida exige una restauración de sentido.
Exige recuperar la nación como principio ordenador, formar una nueva
clase dirigente y volver a mirar la historia argentina no como una
carga, sino como el único punto de apoyo real para levantarse otra
vez.
Ahí empieza toda subordinación duradera. Y la Argentina hace demasiado tiempo que viene siendo educada para no querer ser ella misma.
Mientras eso no se revierta, todo lo demás será,
La recuperación nacional exige volver a producir,
Esa tarea es la condición previa de cualquier recuperación seria. Porque un país puede soportar crisis económicas, derrotas coyunturales y conflictos internos.
Lo que no puede soportar indefinidamente es ¡la
ausencia de una dirigencia a la altura de su historia...!
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