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por
Lautaro Rivara
21 Septiembre 2026
del Sitio Web
TodosLosPuentes

Analizamos en clave histórica y geopolítica
el ideario
y las políticas integracionistas
impulsadas
por Fidel Castro y la Revolución Cubana.
Publicado en la
edición #1 de
"El monitor de
la política imperial",
el boletín del
GT INPI de CLACSO.
Como todo gran líder revolucionario, Fidel Castro fue ante
todo una personalidad profundamente historicista.
Desde
La historia me absolverá (2007), su
conocido alegato contra la dictadura de Fulgencio Batista
pronunciado en 1953 tras el infructuoso asalto a los cuarteles
Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, hasta sus grandes obras
conversacionales como,
...es posible rastrear la profunda densidad
histórica del pensamiento que animó su praxis política.
Algunos ejemplos de su recurrente obsesión historicista son,
-
el conocimiento al dedillo de todas las
vicisitudes de la histórica lucha anticolonial en Cuba, el
Caribe y Nuestra América
-
su interés en torno a la vida y obra de
grandes personalidades como José Martí y Simón
Bolívar
-
su rechazo a la búsqueda de gloria y
trascendencia personal y a todo tipo de monumentalización
post mortem (expresado en la simple roca en la que descansan
hoy sus restos mortales en el cementerio de Santa Ifigenia)
-
o incluso gestos aparentemente anodinos
como escoger el nombre de Carlota - la negra lucumí
que sublevó a los esclavos del Ingenio Triunvirato, en 1843
- para bautizar la masiva misión internacionalista cubana en
Angola y África Austral
Cuba, Pivote del Mundo y Crisol de
Tradiciones
En la praxis de Fidel Castro - profundamente dialéctica -
patriotismo, nuestroamericanismo y tercermundismo aparecen como
momentos de una totalidad indisoluble, tal y como lo supo expresar
el 4 de febrero de 1962, instantes antes de pronunciar la histórica
Segunda Declaración de La Habana:
"¿Qué es la historia de Cuba sino la historia
de América Latina? ¿Y qué es la historia de América Latina sino
la historia de Asia, África y Oceanía? ¿Y qué es la historia de
todos estos pueblos sino la historia de la explotación más
despiadada y cruel del imperialismo en el mundo entero?".
(2009, p. 62)
La cita no tiene nada de extraño, si nos
remitimos a una genealogía que podemos rastrear hasta la figura del
poeta, periodista y líder independentista cubano José Martí, quien a
fines del siglo XIX supo escribir:
"Un error en Cuba es un error en América, es
un error en la humanidad moderna. Quien se levanta en Cuba se
levanta por todos los tiempos" (1894).
Esto no es casual, si nos atendemos a la peculiar
trayectoria histórica de la formación nacional cubana, en particular
a la moratoria soberana que junto a Puerto Rico la convirtió en la
última colonia española en independizarse en la región, rezagadas
casi un siglo respecto a los territorios continentales.
Y en hacerlo, para colmo de males, de forma
absolutamente tutelada tras la intervención estadounidense en la
guerra cubano-hispano-americana y la imposición de la tristemente
célebre Enmienda Platt, una suerte de cerrojo constitucional
que consagró a la isla como un protectorado del "norte revuelto y
brutal", como supo describir Martí a la emergente potencia
colonial hemisférica.
La insularidad caribeña, de forma quizás contraintuitiva, fue un
poderoso vector de universalización del pensamiento y la praxis
política en y desde las Antillas.
Sus más prominentes líderes políticos e
intelectuales, obligados por la misma fatalidad geográfica, por la
imposibilidad de desarrollar en territorios exiguos un proyecto
autárquico - a esto se refirió explícitamente Fidel en la clausura
de la conferencia de la Organización Latinoamericana de
Solidaridad (2009, pp. 145-146) - por la concurrencia de varios
proyectos coloniales en el Gran Caribe - la "frontera imperial",
como lo definió Juan Bosch (2012) - y por su profunda dependencia de
las vicisitudes de la geopolítica global, comprendieron como pocos
la totalidad operante del sistema-mundo capitalista y colonial.
Y empujaron, en ocasiones, algunos de los más
audaces proyectos de liberación, cooperación, solidaridad e
integración regional y mundial.
Por eso, con ser descollante, la figura de Fidel
Castro solo puede comprenderse en,
-
el cauce trazado por otras grandes
figuras del anfictionismo latinoamericano (Rivara, 2025)
-
el "antillanismo liberador" (Bedia
Pulido, 2013)
-
el marxismo de las islas
-
la tradición radical negra (Robinson,
2021)
-
la teoría caribeña de la dependencia (Montañez
Pico, 2020),
...y otras corrientes político-intelectuales
emancipatorias.
Como en,
Martí, Bolívar, José Cecilio del Valle,
Francisco de Miranda, José de San Martín, Juan José Castelli,
Bernardo Monteagudo y otros pioneros de la integración regional,
...vemos en Fidel desfilar y complementarse
diferentes fundamentos a la hora de justificar la necesidad de la
unión latinoamericana y caribeña.
Ya en otro texto (Rivara, 2025), y refiriéndonos
en particular a la figura de Bolívar, identificamos ante todo
tres fundamentos que creemos operativos para comprender las
formulaciones e iniciativas del líder revolucionario cubano en torno
al unionismo y a la integración:
-
el fundamento histórico-cultural (la
unidad de origen, es decir el común tronco colonial,
histórico y etno-racial de nuestras repúblicas, discutible
desde ya)
-
el fundamento geopolítico (la comunidad
de destino, forjada a partir de la imposibilidad de
garantizar proyectos autonomistas y liberacionistas a escala
nacional-estatal)
-
el fundamento político-militar (el
imperativo existencial de la defensa mutua frente a la
amenaza de las potencias imperiales y sus recurrentes
tentativas recolonizadoras o, en algunos casos, en relación
a los territorios que aún no alcanzaron su "primera
independencia")
Uno de sus primeros abordajes más o menos
sistemáticos sobre la unidad e integración regionales fue un
discurso pronunciado el 5 de mayo de 1959 en Montevideo, pocos meses
después del triunfo revolucionario, cuando Castro aún definía a la
revolución como una "democracia humanista" (2009, p. 17).
Allí sentó las bases de una concepción que
sostendría toda su vida, cuando aseguró que la integración del
continente solo será posible si se consuma en un sentido político y
económico a la vez, teniendo esta segunda dimensión cierta
prevalencia en un orden temporal y lógico:
"Unámonos, primero, en pro de aspiraciones
económicas; en pro de la gran ambición hacia la aspiración del
desarrollo económico de América Latina, con economía propia; en
pro del mercado común; después de las barreras aduanales,
podremos ir suprimiendo las barreras legales que nos exigen
visas y requisitos para movernos de un lugar a otro" (2009, pp.
21-22).
Aquí la idea de "comunidad de origen" resulta
patente, así como la referencia al legado integracionista de los
líderes independentistas y a la unidad colonial primigenia -
"hispanoamericana", en este caso - previa a la fatal balcanización
territorial del siglo XIX:
Es que hemos implantado barreras
artificiales, es que hemos implantado fronteras artificiales y
hemos creado diferencias donde no existen. [...]
Es que siendo uno en todo hemos vivido
alejados, hemos vivido separados, hemos vivido divididos, hemos
vivido al margen de lo que pudo habernos hecho grandes. [...]
Hemos vivido al margen de lo que fueron los
sueños de nuestros libertadores, a los cuales hemos levantado
estatuas [...] pero no hemos seguido en la esencia más pura de
su pensamiento" (2009, pp. 24-25).
De la comunidad de origen y la homología
cultural, se deduce, desde ya, una comunidad de destino, en relación
a lo que pudo y a lo que todavía puede hacernos grandes:
"La América nuestra tiene un destino propio.
[...]
La América nuestra, con sus características
geográficas, con sus características espirituales, con sus
características materiales, con la idiosincrasia de nuestros
pueblos, con el carácter de nuestros pueblos, solo puede seguir
un camino enteramente propio" (2009, p. 9).
Pero la integración no es solo una formulación
espiritual o sentimental, sino que requiere de medidas y objetivos
concretos y materiales:
"Luego, la conclusión es que nos unamos para
ser una nación grande y fuerte, para que no hagan falta
pasaportes, para que no existen barreras [...], para que
nuestros productos tengan amplio mercado, para que la América
Latina de los próximos 40 años [...] sea un continente sembrado
de fábricas, sea un continente sembrado de riquezas para los
pueblos" (2009, p. 21).
La precisión de ciertos objetivos trazables y
mensurables resulta de interés si atendemos al hecho de que el ciclo
integracionista latinoamericano y caribeño de comienzos de este
siglo - del que el propio Fidel fue un actor protagonista - adoleció
en ocasiones de ciertas mistificaciones espiritualistas, de varios
excesos retóricos y de no pocas excrecencias burocráticas.
"Tras la Pleamar Reaccionaria" -
La Integración Posneoliberal
Con el cambio de etapa producido entre los años 70 y 80, marcado
por,
-
el agotamiento de la estrategia
insurreccional guerrillera
-
el fin progresivo de los regímenes
militares de "seguridad nacional"
-
las primeras "transiciones democráticas"
-
el desplazamiento del eje de radicalidad
de Sudamérica a Centroamérica
-
los primeros síntomas de desgaste de la
Unión Soviética,
...el dirigente cubano se mostró cada vez más
flexible a la hora de evaluar la coyuntura y de ponderar a diversos
actores regionales:
-
los cristianos de base y la teología de
la liberación
-
los gobiernos militares nacionalistas y
reformadores
-
incluso algunos partidos
socialdemócratas, considerados aliados potenciales en la
etapa en desarrollo
En su óptica, de lo que se trataba era de
afrontar dicha coyuntura con "métodos diferentes", según lo
estableció en un discurso pronunciado el 26 de julio de 1971,
después del triunfo electoral de Salvador Allende y la Unidad
Popular en Chile (2009, p. 161).
Para ver el tránsito entre etapas, basta cotejar
esta alocución con su discurso de clausura en la OLAS, pronunciado
apenas cuatro años antes, en donde había aseverado enfáticamente que
la estrategia guerrillera era la "vía fundamental" - y en algún
sentido, insoslayable - en la lucha por el poder político y la
construcción del socialismo, sosteniendo una amarga polémica con
algunos sectores reformistas y con varios partidos comunistas y
socialdemócratas de la región y el mundo.
Esta actualización histórica y doctrinaria, por otro lado típica de
un liderazgo ajeno a todo dogmatismo, terminó de afirmarse a
mediados de la década del 70, como puede verse en el informe central
presentado al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba en
diciembre de 1975.
Allí, Fidel afirmó sin vacilaciones:
"No está ahora la América Latina en vísperas
inmediatas de cambios globales que conduzcan, como en Cuba, a
súbitas transformaciones socialistas [aunque] es claro que estas
no son imposibles en algunos de los países latinoamericanos"
(2009, p. 170).
En el siguiente Congreso, cinco años después, se
refirió a la emergencia de "nuevas complejidades" que se añadían
entonces a la lucha política de América Latina - ante todo, las
vicisitudes de la segunda Guerra Fría y los actores y procesos
emergentes que mencionamos - y ratificó la ampliación hacia
"alianzas progresistas":
Añadimos entonces la necesidad y conveniencia
de estrechar los lazos con otras organizaciones revolucionarias
y populares de tendencia progresista que actuaban en los ámbitos
continental y mundial. [...]
En ese sentido, trabajaremos juntos con todos
aquellos - no importa su carácter de clase, ideología política o
religiosa - que estén dispuestos a hacer algo en favor de la paz
y la distensión.
Nos uniremos, asimismo, con todos aquellos
gobiernos patrióticos y con los movimientos antiimperialistas
que se enfrentan de un modo o de otro al dominio de Washington
(2009, p. 189).
Cabe destacar que, pese a las permanentes y
necesarias actualizaciones tácticas y estratégicas, Fidel Castro
coloca a la integración y unidad regionales en un registro no
coyuntural:
"[...] para nosotros la unidad de América
Latina y el Caribe es uno de los objetivos permanentes, y [...]
la estimamos el mejor instrumento para lograr los propósitos
históricos de nuestra América y la consolidación democrática e
independiente de cada uno de nuestros países" (2009, p. 191).
Tal es así que la carta magna cubana de 1976
elevó a rango constitucional los principios integracionistas e
internacionalistas, caso inédito en la región.
La dimensión económica del integracionismo propuesto por la
Revolución cubana tomó mayor relevancia en la coyuntura derivada de
la crisis de la deuda externa y la universalización, en todo el
continente, de las políticas neoliberales a partir de los años 80 y
90.
La propia proyección imperial hemisférica, tras
el derrumbe de la URSS y el campo socialista y el triunfo arrasador
del unipolarismo, volvió aún más sincrónicas las regresivas
dinámicas regionales latinoamericanas y caribeñas, permitiendo
alumbrar algo parecido a un programa económico mínimo y común.
Este era por ese entonces el diagnóstico de
Fidel:
[...] se unieron, en los últimos años, el
intercambio desigual cada vez más abusivo, las medida
proteccionistas, el dumping, las fugas de capital hacia los
centro de poder económico y las manipulaciones monetarias y
financieras que están en el origen de la deuda y dieron lugar a
la actual catástrofe económica y social que aflige a estos
países" (2009, p. 206).
Ante este panorama desolador, el líder cubano
decidió postular la "impagabilidad de la deuda", así como proponer
la reinversión de un 12 por ciento de los gastos militares en la
amortización de la misma, pero sin desconsiderar que, en su opinión,
anular la deuda no resolvería la crisis económica del Tercer Mundo
(2009, p. 207).
Para ello haría falta acabar con los fenómenos
antes descritos, intrínsecos al intercambio desigual y a las
dinámicas históricas de la dependencia y el neocolonialismo.
Fidel Castro, suerte de profeta en el desierto entre
finales de los 80 y los primeros años 90, comenzó a encontrar
mayores y mejores interlocutores con el correr de la década.
En particular, la emergencia de los nuevos
movimientos sociales - campesinos, indígenas, urbanos periféricos -
la proyección internacional de Lula da Silva y el Partido
de los Trabajadores en Brasil y la construcción de novedosas
instancias de articulación internacional fungieron como una
importante caja de resonancia para sus reflexiones y propuestas.
Así, en su
discurso al IV Foro de San Pablo,
el líder cubano se abocó a desarmar cada uno de los presuntos
indicadores económicos promisorios propagandizados sin descanso por
los tecnócratas del mainstream neoliberal.
Video también
AQUÍ...
En su opinión,
"el neoliberalismo no es una teoría del
desarrollo [sino] la doctrina del saqueo total de nuestros
pueblos" (2009, p. 225),
...y en ese sentido habría que comprender su
campaña sistemática de descrédito y demolición de los Estados (2009,
p. 227).
Bajo la misma idea de las "nuevas complejidades"
y amparado en la razón estratégica de conformar "alianzas amplias",
postuló una orientación estratégica unánime:
"creo que hoy en la América Latina la batalla
prioritaria es [...] derrotar al neoliberalismo, porque si no
derrotamos al neoliberalismo desapareceremos como naciones,
desapareceremos como Estados independientes, y vamos a ser más
colonias de lo que nunca lo fueron los países del Tercer Mundo"
(2009, p. 229).
A lo que añadió, desde una mirada geopolítica y
geoeconómica, y pensando sobre todo en la colisión de grandes
magnitudes:
Han pasado casi 170 años de la independencia
y todavía América Latina está dividida, está balcanizada.
No es una cuestión sentimental, es una
cuestión de supervivencia, estamos viviendo en un mundo de
grandes gigantes económicos e industriales, de grandes
comunidades económicas y políticas.
¿Qué perspectivas de independencia, de
seguridad y de paz, qué perspectivas de desarrollo y de
bienestar tendrían nuestros pueblos divididos?
Claro que es una tarea dificilísima, basta
analizar los esfuerzos aislados de integración para comprender
que tenemos la necesidad de la integración económica, de la
integración política y de vencer todos los obstáculos.
No son las trasnacionales las que nos van a
integrar y las que nos van a unir (2009, p. 235).
Un elemento muy importante es que Castro
consideraba entonces que la unidad y el integracionismo eran un
imperativo amplio y transversal, que incumbía a todos los sectores
progresistas, reformistas, soberanistas y de izquierda, y no solo a
las vertientes socialistas o comunistas:
¿Qué menos podemos hacer nosotros y qué menos
puede hacer la izquierda de América Latina que crear una
conciencia en favor de la unidad?
Esto debería estar inscrito en las banderas
de la izquierda. Con socialismo y sin socialismo.
Aquellos que piensen que el socialismo es una
posibilidad y quieren luchar por el socialismo, pero aun
aquellos que no conciban el socialismo, aun como países
capitalistas, ningún porvenir tendríamos sin la unidad y sin la
integración (2009, p. 236).
Todo lo antedicho permite comprender a la
perfección la oposición pionera y tenaz que Castro y Cuba opusieron
a la iniciativa de la llamada Área de Libre Comercio de las
Américas (ALCA).
Su discurso en la Plaza de la Revolución, el
primero de mayo de 2001, da cuenta de ello:
Para Cuba es absolutamente claro que el
llamado Acuerdo de Libre Comercio de las Américas, en las
condiciones, plazo, estrategia, objetivos y procedimientos
impuestos por Estados Unidos, conduce inexorablemente a la
anexión de América Latina a Estados Unidos.
Tal tipo de asociación entre una gigantesca
potencia industrial, tecnológica y financiera con países que
padecen un alto grado de pobreza, subdesarrollo y dependencia
financiera respecto a instituciones que están bajo la égida de
Estados Unidos [...] impone tales condiciones de desigualdad que
solo implicará la absorción total de la economía de los demás
países de América Latina y el Caribe por la economía de Estados
Unidos (2009, p. 247).
Además de la anexión,
el ALCA implicaría una
reprimarización de las economías y una precarización creciente de la
fuerza laboral regional; en suma, más neoliberalismo, menos
industrias, más desempleo y mayores flagelos sociales (2009, pp.
247-248).
Coda
La importancia histórica de la Revolución cubana consiste en
que,
se trata del proceso ininterrumpido de
transformaciones sociales radicales más extenso de nuestros
cinco siglos de resistencia anticolonial y nuestros dos siglos
de vida republicana.
En particular, el pensamiento y praxis de su
longevo líder histórico han servido como el principal vector de
trasvasamiento generacional de nociones y políticas unionistas e
integracionistas, oficiando además en Nuestra América,
como una bisagra continental-insular y como
un auténtico pivote internacional entre Nuestra América, el
extinto campo socialista, el antiguo Tercer Mundo y el vigente y
actuante
Sur Global.
No se equivoca el señor Marco Rubio
(Departamento de Estado, 2026), cuando más allá de las mentiras
groseras y las afirmaciones infundadas, considera a la isla como una
suerte de reserva política, intelectual y moral de todas las
inclinaciones radicales de la región, ya sean de índole social,
económica o geopolítica.
Sin Cuba, y sin Fidel Castro, el siglo XXI
latinoamericano y caribeño no hubiera existido tal y como lo
conocimos.
Todo lo que vino después, llámese,
...tendrá para siempre su huella indeleble.
Referencias
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y Martí: Antillanismo liberador. La Habana: Ediciones Boloña,
Centro de Estudios Martianos.
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Ediciones Fundación Juan Bosch.
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Castro, Fidel (2007). La historia me
absolverá. Buenos Aires: Ediciones Luxemburg.
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Ciudad de México: Akal.
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Ramonet, Ignacio y Castro, Fidel (2006).
Fidel Castro, biografía a dos voces. Madrid: Debate.
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Rivara, Lautaro (2025). "El
anfitictionismo latinoamericano y caribeño: dos siglos de
praxis multipolar autónoma". En José Guadalupe Gandarilla
Salgado (coord.). De Monroe a Trump. Del "expansionismo
estadounidense temprano" al "imperialismo tardío". Buenos
Aires: Ediciones Herramienta, Huella del Sur.
-
Robinson, Cedric J. (2021). Marxismo
negro: La formación de la tradición radical negra. Madrid:
Traficantes de Sueños.
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