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por Marcelo Ramírez
11 Agosto 2026
del Sitio Web
KontraInfo
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Marcelo Ramírez
Analista geopolítico | AsiaTV – Humo y Espejos
Analista geopolítico, escritor y conferencista argentino
especializado en análisis geopolítico y militar,
conflictos contemporáneos y dinámica del mundo
multipolar.
Fundador y director de AsiaTV y creador de
la plataforma de análisis estratégico Humo y Espejos.
Autor del libro La
OTAN contra Rusia. Propaganda y guerra híbrida
(Editorial Letras Inquietas, 2022). Cofundador de la
Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación
Ruso-Iberoamericana (ADACRI), iniciativa orientada a
fortalecer el diálogo estratégico entre el mundo ruso y
la comunidad iberófona. |

Hay decisiones militares destinadas a resolver una batalla y otras
que dicen mucho más: revelan cómo un Estado imagina la
guerra que tendrá que librar en los próximos años.
Los cambios
introducidos por
Vladimir Putin en la estructura superior de las
Fuerzas Armadas rusas parecen pertenecer claramente a esta segunda
categoría.
Moscú acaba de mover algunas de las piezas más sensibles de su
aparato militar.
-
Denis Lyamin pasa a dirigir las Fuerzas de
Sistemas No Tripulados
-
Valery Solodchuk asume responsabilidades
fundamentales sobre la logística y la retaguardia
-
Andrei Ivanaev queda al frente del Grupo
Centro
-
Pyotr Bolgarev toma el mando del
Grupo Este
Individualmente pueden parecer simples relevos de
generales pero observados en conjunto, dibujan otra cosa:
una
reorganización del ejército ruso alrededor de las capacidades que
están definiendo esta guerra y probablemente definirán las
siguientes.
Drones, logística, producción militar, digitalización y continuidad
operacional. Esos son los conceptos que permiten leer los
nombramientos. Y todo ocurre en un momento particularmente
significativo.
Desde la propia esfera diplomática y estratégica rusa comienza a
formularse públicamente una posibilidad que durante mucho tiempo
permaneció en segundo plano: que el conflicto no termine pronto y
que Rusia deba prepararse para una confrontación prolongada,
sostenida por una Europa que ha decidido mantener viva la capacidad
militar ucraniana.
Por eso ambos acontecimientos, la reorganización de los mandos y la
discusión sobre una guerra larga, deben ser analizados
conjuntamente.
Podrían estar señalando el final de una etapa puesto
que la guerra relativamente acotada territorialmente a Ucrania
comienza a adquirir los contornos de una confrontación europea mucho
más amplia, prolongada y sistémica.
Cuando comenzó
la operación militar rusa en febrero de 2022, el
conflicto todavía conservaba muchos de los rasgos clásicos de la
guerra mecanizada con grandes agrupaciones terrestres, columnas
blindadas, artillería, aviación, maniobras rápidas, conquista
territorial y la expectativa de que la presión militar pudiera
desembocar en algún tipo de negociación política.
Cuatro años
después, aquella guerra prácticamente ha desaparecido.
El espacio de combate se ha vuelto transparente en consecuencia.
Miles de sensores, drones de reconocimiento, cámaras térmicas,
satélites y sistemas de inteligencia electrónica observan
permanentemente el frente.
Una batería de artillería, un vehículo,
una concentración de tropas o incluso un pequeño puesto de mando
pueden ser detectados y atacados en cuestión de minutos.
El dron,
que inicialmente parecía una herramienta complementaria, se ha
transformado en uno de los protagonistas centrales de la guerra.
Estos artilugios reconocen objetivos, dirigen fuego de artillería,
colocan minas, transportan suministros, atacan blindados, persiguen
soldados individuales, interceptan otros drones y golpean las
cadenas logísticas.
Los vehículos no tripulados ya no pertenecen
exclusivamente al aire porque aparecen también sistemas terrestres y
navales, mientras la frontera entre robótica, inteligencia,
comunicaciones y combate se vuelve cada vez más difusa.
Es en ese
contexto donde debe interpretarse la designación de
Denis Lyamin.
Lyamin viene directamente de una guerra donde los drones fueron
integrados progresivamente a la maniobra terrestre y donde las
unidades bajo su conducción desarrollaron modelos que combinaban
reconocimiento, ataque, defensa antidrones y logística.
Ahora su
tarea consiste en transformar aquella experiencia dispersa, nacida
muchas veces de la improvisación del frente, en una estructura
permanente de las Fuerzas Armadas.
Eso significa elaborar doctrina, formar operadores, organizar
unidades, crear cadenas de mando, integrar inteligencia, garantizar
abastecimiento y coordinar la producción militar.
La diferencia es
profunda porque durante los primeros años del conflicto, muchos de
estos desarrollos surgieron desde abajo, como respuesta inmediata a
las necesidades de las tropas.
Rusia intenta ahora
institucionalizarlos.
Lo experimental se convierte en doctrina, la improvisación se
convierte en organización y la herramienta se convierte en arma
estratégica.
Moscú ya no está pensando únicamente en cómo terminar
la campaña ucraniana, está construyendo capacidades para las guerras
que podrían venir después...
LA RETAGUARDIA SE CONVIERTE EN EL
FRENTE
El segundo movimiento decisivo es el de
Valery Solodchuk.
Su
nueva responsabilidad toca uno de los puntos más delicados de
cualquier ejército que es la logística.
Las guerras suelen
recordarse por sus batallas, sus generales y sus ofensivas.
Pero las
guerras largas se ganan también en lugares mucho menos
espectaculares como depósitos, estaciones ferroviarias, talleres
mecánicos, fábricas, hospitales, almacenes y centros de
distribución.
Un ejército moderno consume cantidades extraordinarias de recursos.
Munición, combustible, repuestos, baterías, equipos electrónicos, drones, vehículos, comunicaciones, alimentos, medicamentos.
Todo
debe producirse, almacenarse, transportarse y reemplazarse sin
interrupción.
Una fuerza puede tener excelentes soldados y armas
extraordinarias pero si su cadena logística se rompe, tarde o
temprano deja de combatir y una guerra de desgaste multiplica ese
problema.
Dentro del propio ámbito militar ruso existe desde hace tiempo una
crítica a los mecanismos tradicionales de abastecimiento.
Parte de
ellos todavía responde a estructuras burocráticas heredadas de otras
épocas y resulta demasiado lenta para una guerra donde las
necesidades tecnológicas cambian prácticamente de mes a mes.
Un
comandante puede necesitar centenares de drones de un determinado
modelo y encontrarse atrapado en procedimientos administrativos que
tardan semanas en responder.
Ucrania, es decir,
la OTAN, en cambio,
desarrolló mecanismos más descentralizados para absorber con rapidez
innovaciones procedentes incluso del sector civil.
La reorganización
de la retaguardia apunta a cerrar esa brecha y quizás sea uno de los
cambios más importantes de todos.
Porque si Rusia verdaderamente comienza a pensar en una guerra que
puede extenderse durante años, ya no basta con tener grandes
arsenales.
Hay que construir un sistema capaz de producir, reparar y
sustituir permanentemente lo que el campo de batalla destruye.
La
guerra industrial ha regresado, aunque vestida con drones, fibra
óptica, guerra electrónica y algoritmos.
YA NO EXISTE UNA RETAGUARDIA
SEGURA
A esto se agrega otra transformación que es la separación clásica
entre frente y retaguardia está desapareciendo.
Ucrania ha
incrementado progresivamente los ataques contra instalaciones
situadas dentro del territorio ruso como son,
las refinerías,
depósitos, bases aéreas, fábricas, infraestructura energética e
instalaciones militares.
Rusia, al mismo tiempo,
profundiza sus
ataques contra centros logísticos, infraestructura industrial y
objetivos militares ucranianos.
En este contexto apareció además una versión que circula en canales
rusos y que conviene mencionar precisamente como lo que es:
un rumor
todavía no confirmado.
Según esa versión, atribuida a fuentes de la
administración presidencial ucraniana,
Volodímir Zelensky habría
ordenado mantener e incluso incrementar los ataques contra
territorio ruso aun sabiendo que esto podría provocar una respuesta
mucho más intensa contra la infraestructura industrial y logística
de Ucrania.
Kiev ha desarrollado una estrategia explícita de ataques de largo
alcance para trasladar una parte creciente de la guerra hacia el
interior de Rusia, mientras Moscú aumenta también la profundidad de
sus golpes.
La consecuencia es estratégica:
la guerra ya no se decide
exclusivamente en Pokrovsk, Járkov, Zaporiyia o el Donbass.
Se libra
también sobre ferrocarriles, puertos, fábricas, refinerías,
centrales energéticas y depósitos.
El objetivo comienza a ser la capacidad misma del adversario para
reproducir su esfuerzo militar y cuando una guerra alcanza esa
dimensión, deja de ser solamente una disputa territorial para
convertirse en una prueba de resistencia de sistemas completos.
Es aquí donde las declaraciones del diplomático ruso
Rodion
Miroshnik adquieren una importancia particular.
La pregunta que
plantea ya no es simplemente cuánto tiempo puede resistir Ucrania
sino,
cuánto tiempo puede Europa sostener a Ucrania.
La diferencia
parece semántica, pero modifica por completo el problema estratégico
en realidad.
Ucrania no combate exclusivamente con los recursos que puede generar
dentro de sus fronteras.
Detrás de ella existe una infraestructura
económica y militar mucho mayor como financiamiento europeo,
producción de municiones, inteligencia occidental, redes
satelitales, entrenamiento, créditos, transferencia de armamento y
apoyo tecnológico.
En otras palabras, Rusia ya no enfrenta solamente
a las Fuerzas Armadas ucranianas, enfrenta un sistema resumido así:
Ucrania + financiamiento europeo + industria militar europea +
inteligencia occidental.
Mientras ese sistema pueda reconstruir fuerzas, proporcionar
municiones, reemplazar equipos y sostener financieramente al Estado
ucraniano, incluso una victoria territorial importante de Rusia no
garantiza el final del
conflicto.
Rusia puede conquistar ciudades, destruir brigadas,
avanzar kilómetros, pero si detrás de las fuerzas derrotadas existe
una estructura capaz de crear otras nuevas, la guerra se regenera.
El problema ya no consiste únicamente en derrotar al ejército que
está enfrente, en su lugar de debe quebrar la capacidad del sistema
que existe detrás de ese ejército para seguir reproduciéndolo.
El politólogo ruso
Yuriy Baranchik lleva este razonamiento
hasta sus últimas consecuencias.
Si Europa mantiene indefinidamente el financiamiento, la producción
militar y el respaldo político a Ucrania, Rusia podría enfrentarse a
una guerra de desgaste extremadamente prolongada.
Esto no significa
necesariamente veinte años de trincheras idénticas a las actuales,
pero sí algo probablemente más complejo: una confrontación
estratégica que puede reproducirse durante décadas bajo formas
diferentes.
Rearme, sanciones, carrera industrial, ataques de largo
alcance, presión económica, conflictos indirectos, militarización
europea, incremento permanente de los presupuestos de defensa y
expansión y fortalecimiento de la OTAN.
Es decir, una confrontación
estructural...
Baranchik introduce entonces una cuestión todavía más delicada:
Si
ese enfrentamiento permanece exclusivamente dentro del terreno
convencional, su duración potencial puede ser enorme y detrás de ese
razonamiento aparece inevitablemente el factor nuclear.
Una confrontación convencional prolongada entre Rusia y un sistema
europeo respaldado por Estados Unidos puede transformarse en una
competencia industrial, tecnológica, financiera y demográfica
gigantesca.
El arsenal nuclear ruso existe precisamente como
garantía última frente a una situación en la que una derrota
convencional pueda amenazar la supervivencia del Estado.
Por eso la dimensión nuclear permanece siempre detrás de cualquier
cálculo estratégico ruso sobre una confrontación de gran escala con
la OTAN. No necesariamente como primer instrumento pero sí como
límite.
El cálculo ruso tampoco ocurre en el vacío porque Europa está
cambiando.
Alemania aumenta radicalmente sus recursos destinados a
defensa.
Polonia construye uno de los mayores ejércitos terrestres
del continente.
Francia debate nuevamente el alcance europeo de su
disuasión nuclear.
Los países bálticos fortifican fronteras.
Se
amplía la producción de municiones, se reabren líneas industriales y
se firman contratos militares de largo plazo.
La propia OTAN trabaja
abiertamente con escenarios de eventual confrontación futura con
Rusia.
Desde Moscú, por lo tanto,
Ucrania puede empezar a ser vista menos
como una guerra aislada y cada vez más como el primer episodio de
una confrontación europea de larga duración...
Es dentro de ese
horizonte donde los nuevos nombramientos adquieren verdadero
sentido.
Rusia necesita drones, robots terrestres, logística modernizada,
producción militar, digitalización, capacidad de reemplazo y
comandantes que conozcan la guerra real y no solamente los manuales.
Los generales elegidos provienen precisamente de los sectores donde
el combate ha sido más intenso.
Han observado personalmente qué
funciona, qué fracasa y qué debe cambiar, no fueron llamados para
administrar un ejército en tiempos de paz. sino llamados para
reorganizar un ejército que lleva años combatiendo y que comienza a
preguntarse cuánto tiempo más tendrá que hacerlo.
Hasta ahora gran parte del análisis sobre esta guerra giró alrededor
del desgaste ucraniano, pero la lógica empieza a desplazarse.
Si la
capacidad militar de Kiev depende estructuralmente de Europa, el
problema ruso ya no consiste únicamente en determinar cuándo puede
agotarse Ucrania.
Depende de población, industria, energía, finanzas, tecnología,
producción militar, estabilidad política, cohesión social y
capacidad de las sociedades para aceptar costos durante largos
períodos.
Las guerras prolongadas se combaten en las trincheras, pero también
en los presupuestos, tanto en las fábricas, como en los mercados
financieros y en la paciencia política de las sociedades.
Durante buena parte del conflicto, la narrativa rusa mantuvo la
expectativa de combinar operaciones militares con algún desenlace
negociado.
Ahora empieza a aparecer otra formulación:
hay que estar
preparados independientemente de cuánto dure, una frase
aparentemente simple pero detrás de ella existe una transformación
completa de la planificación estatal.
Rusia puede disponer de recursos naturales, territorio, energía,
industria militar y voluntad política.
Pero,
¿puede sostener durante
muchos años una confrontación contra una coalición cuya capacidad
económica agregada es muy superior?
Para responder hay que salir del
mapa de Ucrania y mirar hacia Beijing, porque ninguna guerra de
desgaste moderna depende exclusivamente de aquello que ocurre en el
frente.
Detrás de cada ejército existe una retaguardia económica,
tecnológica y diplomática.
La profundidad estratégica rusa no termina en los Urales, se
extiende hacia Eurasia y en el centro de esa profundidad aparece
China. Beijing compra energía rusa, suministra maquinaria,
electrónica y componentes industriales, mantiene abiertos canales
comerciales y facilita una creciente utilización de monedas
nacionales en el intercambio bilateral.
También proporciona algo
quizás todavía más importante: impide que el aislamiento occidental
de Rusia se transforme verdaderamente en aislamiento mundial.
Ese fue uno de los grandes objetivos de las sanciones iniciadas
después de 2022,
Rusia debía quedar aislada y sus exportaciones
debían derrumbarse junto con su acceso a tecnología debía
desaparecer y un sistema financiero que debía quedar estrangulado.
Sin embargo, ocurrió algo diferente.
Rusia perdió buena parte de su antigua integración económica con
Europa, pero desplazó una porción importante de sus vínculos hacia
Asia.
El petróleo encontró nuevos compradores, el gas comenzó a
buscar otras rutas, las importaciones industriales fueron redireccionadas y los mecanismos de pago cambiaron de la mano de
nuevas monedas que reemplazan al dólar.
China se convirtió en el
socio externo más importante de esa transformación.
Eso no significa que Beijing financie directamente la guerra rusa ni
que apruebe cada una de las decisiones militares de Moscú porque la
política china es más cuidadosa. China tiene formalmente una
posición favorable a la negociación y procura evitar convertirse
jurídicamente en parte beligerante.
No obstante, al mismo tiempo
mantiene una relación económica y estratégica con Rusia
suficientemente profunda como para impedir que Occidente consiga
asfixiarla.
Es un equilibrio extraordinariamente importante, China
puede contribuir a la capacidad de resistencia rusa sin asumir
directamente los costos de convertirse en participante militar de la
guerra.
Esto modifica también la manera en que debemos comparar fuerzas.
Si
la confrontación se transforma efectivamente en una guerra de
desgaste entre Rusia y Europa, comparar simplemente el PIB ruso con
el europeo conduce a una conclusión incompleta. Hay que observar los
sistemas que existen detrás.
De un lado se encuentran,
Estados Unidos, la Unión Europea, Gran
Bretaña, la OTAN y Ucrania.
Del otro existe una estructura mucho
menos institucionalizada, más flexible y desigual, pero cada vez más
relevante:
Rusia, China, Corea del Norte, Irán y una constelación de
países que, sin convertirse necesariamente en aliados militares de
Moscú, continúan comerciando con Rusia y no participan plenamente
del sistema occidental de sanciones.
Cada uno cumple una función diferente.
Corea del Norte ha
proporcionado una cooperación militar mucho más directa mientras
Irán tuvo un papel fundamental en la transferencia inicial de una
tecnología de drones que Rusia posteriormente absorbió y desarrolló.
No podemos dejar de lado a India, que desempeñó durante años un
papel esencial como comprador de hidrocarburos rusos, pero China
pertenece a otra categoría.
Beijing ofrece escala industrial, tecnología, mercado, capital,
capacidad logística, instrumentos financieros y peso diplomático
global, además de ocupar un asiento permanente en el Consejo de
Seguridad de las
Naciones Unidas.
Por eso China no es simplemente otro
socio de Rusia y es la principal profundidad estratégica externa de
Moscú.
Putin necesitaba tiempo para conocer hasta dónde Rusia podía
soportar una ruptura prolongada con Occidente.
Precisaba reconstruir
mercados, reorientar exportaciones, asegurar cadenas de suministro,
sustituir componentes, expandir la industria militar y desarrollar
mecanismos financieros que redujeran la vulnerabilidad frente al
sistema occidental y, fundamentalmente, consolidar una relación
suficientemente profunda con China.
No hay evidencia pública para afirmar que Xi Jinping haya
dado a Putin una autorización para escalar la guerra.
Plantearlo de esa manera sería reducir una relación entre dos
grandes potencias a una caricatura pero lo que sí puede observarse
es un proceso.
A medida que avanzó el conflicto, la interdependencia estratégica
entre Moscú y Beijing aumentó, y la relación de 2026 ofrece a Rusia
un margen de maniobra mucho mayor que el existente en febrero de
2022, seguramente un consenso estratégico tácito.
China no necesita
compartir todos los objetivos militares rusos y le era suficiente
con comprender que una derrota estratégica de Rusia modificaría
profundamente la correlación de fuerzas en Eurasia.
Una Rusia quebrada, derrotada o subordinada significaría que Estados
Unidos podría concentrar una proporción mucho mayor de su atención y
sus recursos sobre China.
La presión occidental dejaría de
distribuirse entre dos grandes adversarios estratégicos permitiendo
que Asia Central cambiaría de equilibrio y el proyecto de
construcción de un sistema internacional multipolar sufriría un
golpe severo.
China, por lo tanto, tiene intereses propios en impedir una derrota
estratégica rusa. No es solidaridad sino equilibrio de poder.
Para
Rusia, romper completamente con Occidente en 2022, asumir desde
el primer momento una economía de guerra total y escalar
unilateralmente sin haber construido una retaguardia internacional
capaz de absorber semejante ruptura habría significado asumir un
riesgo gigantesco y para ello necesitaba tiempo.
Por eso, la gradualidad rusa también puede ser
interpretada desde esta perspectiva:
Putin no estaba administrando solamente una
guerra porque en realidad estaba administrando la transición
histórica de Rusia desde una economía profundamente vinculada con
Europa hacia otra cada vez más integrada con Eurasia.
Para realizar
esa transición había una condición indispensable:
que China
estuviera allí...
Hoy el escenario es diferente.
Rusia posee recursos energéticos y
minerales, una industria militar movilizada, años de experiencia
acumulada en combate, canales comerciales alternativos y una
sociedad que ha atravesado un largo proceso de adaptación a la
confrontación.
Tiene además cooperación militar directa con
Corea
del Norte.
Pero, fundamentalmente, tiene una relación estratégica con la mayor
potencia industrial del planeta.
Nada de esto garantiza una victoria
rusa pero cambia radicalmente el cálculo de una guerra de desgaste.
Mientras Europa calcula cuánto tiempo puede resistir Rusia, Moscú
hace exactamente el cálculo inverso, piensa cuánto tiempo puede
resistir Europa y cuánto tiempo puede financiar a Ucrania...
Europa necesita expandir su industria militar, sus sociedades
aceptar mayores presupuestos de defensa y mantener la cohesión
política occidental.
Cuando Moscú hace esa cuenta, detrás de Rusia
aparece China, por eso esta guerra ya no puede comprenderse mirando
solamente las líneas de colores sobre el mapa del Donbass y el
verdadero tablero se extiende desde Washington y Bruselas hasta
Moscú y Beijing.
Los nuevos generales nos muestran cómo piensa combatir Rusia, la
transformación industrial y logística muestra con qué medios
pretende hacerlo y las declaraciones sobre una confrontación
prolongada revelan cuánto tiempo comienza a considerar necesario
resistir.
China ayuda a explicar por qué Moscú cree que puede permitirse
pensar en ese tiempo largo.
Quizás eso sea lo verdaderamente
importante detrás de estos movimientos, Rusia no está simplemente
reemplazando generales ni corrigiendo errores de una campaña:
está
adaptando su estructura militar, económica y estratégica a una
conclusión mucho más inquietante:
que la guerra iniciada en Ucrania
puede haber dejado de ser una guerra con un final cercano y
reconocible.
Y que el enfrentamiento que comenzó en las llanuras ucranianas puede
estar convirtiéndose, lentamente, en una larga disputa por el
equilibrio de poder en Europa y Eurasia.
En ese escenario, la
cuestión decisiva ya no será quién consiga avanzar algunos
kilómetros más sobre el mapa.
Será quién disponga de,
-
los recursos
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los aliados
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la industria
-
la estabilidad,
...y sobre todo, la voluntad
necesaria para permanecer en pie cuando el otro comience a agotarse...
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