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AQUÍ... Donald Trump.
(Reuters/Kevin Lamarque) se parece cada vez más a la latinoamericana: culto al líder, escasa separación de poderes, empresas sometidas a los deseos del ejecutivo, nacionalismo ramplón y fuerzas de seguridad arbitrarias...
Los europeos y los estadounidenses llevamos ochenta años mirando por encima del hombro a Latinoamérica.
Hemos estado convencidos, con razón, de que nuestros gobiernos eran mejores.
Porque durante décadas, entre esperanzadores episodios democráticos, el continente ha estado marcado por ideologías extremas y prácticas corruptas, por la sumisión de todos los poderes a presidentes autoritarios, el mal uso de los recursos naturales y la suspensión de las garantías democráticas.
Pero hoy, la supuesta superioridad política de Europa se está desvaneciendo:
El caso de Estados Unidos, con todo, es aún más grave.
Y lo está haciendo gracias a la aplicación de una ideología típicamente latinoamericana:
Un país latinoamericano cualquiera
Como han hecho muchos presidentes latinoamericanos, el más reciente de los cuales es Nayib Bukele, Donald Trump insiste en concentrar en sí mismo todos los poderes políticos y convertir al legislativo en un órgano dedicado a la adulación y la aprobación ciega de todas las iniciativas del ejecutivo.
Como han hecho históricamente los más autoritarios, insulta a los jueces que no se pliegan a sus deseos y amenaza con destituirlos o hasta detenerlos.
Como ha sucedido frecuentemente en Sudamérica, Donald Trump considera que la fiscalía es un ministerio más que puede utilizarse políticamente para perseguir a sus rivales políticos o personales, como ha hecho con,
Si Alberto Fujimori llevó a cabo una despiadada campaña contra el periódico El Comercio, que incluyó boicots económicos y persecución judicial, hoy Trump presiona a televisiones privadas para que despidan a periodistas críticos o insulta reiteradamente a medios como el New York Times o el Wall Street Journal.
Mandatarios como los Kirchner, los Ortega-Murillo en Nicaragua o los Maduro en Venezuela han borrado las fronteras entre Gobierno y familia y han gobernado de manera patrimonial; en ocasiones, con el fin de crear dinastías políticas.
Hoy, no se sabe dónde acaba el Gobierno de Trump y empiezan los negocios, y la influencia política, de su familia.
Como si fuera Evo Morales enfrentándose a las multinacionales energéticas, la semana pasada Trump afirmó que,
Como la izquierda española, que cada vez es más latinoamericana, Trump quiere prohibir que los inversores institucionales puedan comprar casas en Estados Unidos.
Si Juan Domingo Perón creó algunas de las técnicas modernas para instigar el culto al líder, hoy Trump pone su nombre a centros de artes, y sueña en voz alta con tener un Nobel y que su cara se esculpa, junto a la de Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln, en el monte Rushmore.
Hay salvedades
Como muchos dirigentes latinoamericanos de las últimas décadas, Trump quiere más control sobre casi todo:
Con frecuencia hemos tenido dudas de cuál era su ideología.
La respuesta es cada vez más clara:
Por supuesto, hay muchos obstáculos que impiden la completa latinoamericanización de Estados Unidos.
El primero es,
Pero esas salvedades no parecen hoy una garantía plena contra un proceso inesperado:
No diga "república bananera"... Empiece a ensayar "Banana Republic"...
Los europeos y los estadounidenses llevamos ochenta años mirando por encima del hombro a Latinoamérica. Hemos estado convencidos, con razón, de que nuestros gobiernos eran "mejores"...
Porque durante décadas, entre esperanzadores episodios democráticos, el continente ha estado marcado por ideologías extremas y prácticas corruptas, por la sumisión de todos los poderes a presidentes autoritarios, el mal uso de los recursos naturales y la suspensión de las garantías democráticas...
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