|

por Anna Solé Sans
31 Mayo 2026
del Sitio Web
ElNacional

Entre presión, ideología y disuasión,
el
conflicto entre Washington y Teherán
se
mantiene sin salida clara...
Hay conflictos internacionales que cambian de formas, pero no de
fondo.
El
caso de Irán y
Estados Unidos es uno de los
ejemplos más persistentes...
Durante casi cinco décadas, diferentes
administraciones estadounidenses han probado
estrategias diversas:
-
diplomacia
-
sanciones
-
acuerdos nucleares
-
presión militar,
...sin conseguir alterar de manera definitiva la
trayectoria del régimen iraní.
El antiguo asesor de gobiernos de Estados Unidos y analista,
Brett McGurk, lo explica a
partir de una lección extraída de otro conflicto.
En Bagdad, en 2004, los servicios de
inteligencia estadounidenses interceptaron una carta de Ayman
al-Zawahiri, entonces número dos de Al Qaeda, dirigida a
Abu Musab al-Zarqawi.
El texto hablaba abiertamente de violencia
extrema y de objetivos de largo alcance. En aquel momento,
muchos analistas consideraron aquellas declaraciones como
propaganda.
Con el tiempo, una parte de aquel relato se
materializó con la consolidación del
Estado Islámico.
La conclusión que extrajo McGurk es sencilla,
pero incómoda:
cuando actores políticos articulan objetivos
ideológicos claros y demuestran disposición sostenida a la
violencia, conviene tomarlos seriamente, aunque los resultados
no sean inmediatos.
La Política
Exterior de Trump, choca con la de Irán
Este marco de análisis se ha aplicado a menudo a Irán.
Desde la Revolución Islámica de 1979, el régimen
ha mantenido una línea ideológica estable, basada en la proyección
de influencia regional y en la confrontación con Estados Unidos e
Israel.
Más allá de los cambios de presidentes en
Washington o de los diferentes ciclos de sanciones, el patrón
general se ha mantenido.
En este contexto aparece la política exterior de
Donald Trump, marcada por una
estrategia basada en la presión y la imprevisibilidad.
Es lo que en relaciones internacionales se conoce
como la "Teoría
del Loco", un concepto popularizado durante la
presidencia de Richard Nixon en plena Guerra Fría.
Nixon creía que los adversarios de Estados
Unidos - especialmente la Unión Soviética y Vietnam del Norte -
actuarían con más prudencia si percibían que el presidente
estadounidense era capaz de tomar decisiones extremas o
imprevisibles, incluso arriesgando una escalada militar.
La idea era generar dudas constantes sobre
hasta dónde Washington estaba dispuesto a llegar.
Trump ha recuperado a menudo esta lógica,
especialmente en la relación con Irán, Corea del Norte o China.
Amenazas públicas, cambios bruscos de
discurso y declaraciones difíciles de interpretar forman parte
de un estilo que busca aumentar la presión psicológica sobre el
adversario.
A corto plazo, esta estrategia puede alterar
cálculos y forzar movimientos tácticos.
Pero el caso de Irán también muestra sus límites.
Cuando el conflicto está sostenido por una
estructura ideológica consolidada y objetivos de largo
recorrido, la imprevisibilidad puede aumentar la tensión sin
modificar necesariamente el comportamiento de fondo.
Una Estrategia que no parece
Resolver Conflictos
Durante los últimos años, Estados Unidos ha alternado momentos de
presión intensa con intentos de reabrir canales diplomáticos, como
el acuerdo nuclear impulsado durante la administración Obama.
Sin embargo,
ni las sanciones ni los acuerdos parciales
han modificado de manera sustancial la conducta regional del
régimen iraní.
El resultado es un patrón recurrente:
Israel, los grupos armados aliados de Irán en la
región y la presencia militar estadounidense actúan como
aceleradores de esta dinámica, que raramente entra en fases de
resolución real.
Incluso las operaciones militares puntuales atribuidas a la
administración Trump, como,
la eliminación de figuras clave de la
Quds Force, han tenido impacto
táctico pero no estratégico.
Han debilitado estructuras, pero no han
alterado el marco general del conflicto.
Hoy, con un Irán que mantiene su proyección
regional y unos Estados Unidos que continúan oscilando entre la
contención y la presión, la pregunta no es solo qué estrategia
funciona mejor,
sino si realmente existe una estrategia capaz
de cerrar el conflicto en los términos actuales.
En este escenario, la Teoría del Loco se
revela menos como una solución y más como una herramienta limitada
dentro de un sistema mucho más grande.
Puede influir en decisiones puntuales, pero
difícilmente modifica las lógicas profundas
de un conflicto que, de
momento, parece destinado a repetir sus propios ciclos...
|