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por Guillem Ferrer
23 Julio 2026
del Sitio Web
BrownstoneEsp

El
alimento es una necesidad básica,
pero para
que sea bueno, limpio y justo para todos
es
necesario que apoyemos a quien lo produce
de manera
ética y responsable.
Carlo Petrini
fundador de
Slow Food
Hay personas que cultivan la tierra. Y hay otras que, mientras la
cultivan, cuidan también nuestra alma colectiva...
Cada vez que contemplo a un campesino sembrando
un campo o a un artesano trabajando con sus manos, siento que estoy
ante una de las expresiones más nobles de la humanidad.
Ellos no producen únicamente alimentos:
custodian el paisaje, conservan la memoria de
un pueblo y mantienen vivo el vínculo sagrado entre el ser
humano y la Madre Tierra.
Mi mundo ideal es aquel en el que los campesinos
y los artesanos ocupan el lugar de honor que merecen.
Son ellos, y no los índices bursátiles,
quienes sostienen la verdadera riqueza de la isla.
Porque la prosperidad no se mide solo en
dinero, sino también en la fertilidad de los suelos, la pureza
del agua, la belleza de los bosques y la dignidad de quienes
trabajan la tierra con respeto.
Vivimos, sin embargo, en una sociedad que ha
mercantilizado todo.
Hemos olvidado que hubo un tiempo en que
ciertos árboles eran considerados sagrados.
En Mallorca, la higuera era símbolo de
vida y nadie se atrevía a dañarla.
Hoy puede desaparecer para construir una
carretera, un campo de golf o cualquier proyecto que prometa
rentabilidad...
Hemos desacralizado la naturaleza y reducido
el valor de las cosas a su precio.
Es hora de preguntarnos qué modelo de sociedad
queremos construir.
¿Una isla al servicio del turismo ilimitado o
una isla que cuide a quienes la alimentan...?
A mí me preocupan más los campesinos de fora vila,
que las estadísticas económicas:
los higos, los burros y las humildes sopes
mallorquines que representan una filosofía de vida basada en la
simplicidad, el aprovechamiento y la gratitud.
La alimentación industrial ha roto el antiguo
pacto entre el ser humano y la tierra.
Los pequeños agricultores son mucho más que
productores de alimentos:
son los guardianes de la fertilidad de
la tierra, del paisaje y de la vida que brota silenciosamente
bajo nuestros pies.
Allí donde desaparecen los campesinos, el
territorio pierde memoria, la naturaleza se empobrece y también
nosotros nos alejamos de nuestras raíces.
La salud de una sociedad comienza en la tierra
que cultiva y en las manos que la trabajan con respeto.
Por eso necesitamos dejar de ser consumidores pasivos para
convertirnos en coproductores
conscientes.
Cada compra es un acto ético.
Cada alimento que elegimos contribuye a
fortalecer un modelo agroindustrial basado en la explotación o
una agricultura que regenera la vida.
Los campesinos nos recuerdan una verdad que la
tecnología no puede enseñarnos: la no violencia comienza en la forma
en que tratamos la tierra.
Su cultura hunde sus raíces en la sencillez y
el respeto por el trabajo digno.
Toman poco de la naturaleza, no desperdician,
no contaminan ni crean fealdad.
Son, quizá sin saberlo, los verdaderos
arquitectos de una economía de paz.
Tal vez haya llegado el momento de reconocer que
el futuro no dependerá únicamente de los avances tecnológicos, sino
de nuestra capacidad para volver a honrar a quienes, con sus manos,
mantienen vivo el milagro cotidiano del alimento.
Porque cuando protegemos a los campesinos, no
solo salvamos el campo:
¡salvamos nuestra propia humanidad...!
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