por Jorge Carvajal
26 Julio 2026
del Sitio Web UnalmaJorgeCarvajal
Información enviada por MGG









"El gran poder transmutador del fuego

puede ser depurador y constructivo,

o puede llevarnos a destruir sin sentido.

Hoy, la conciencia sobre su origen es la que decide."





Un Cielo que se Oscurece sobre toda la Península

Este sábado 25 de julio, mientras el humo se retira de la costa este pero persiste en las noticias, España arde de una manera que ya no admite indiferencia.

 

Más de ochenta mil personas han sido evacuadas o confinadas en Ávila y Madrid: treinta y cinco mil desalojadas y veinte mil confinadas en la Comunidad de Madrid, y unas veintisiete mil más entre confinados y evacuados en el sur de Ávila, según los datos oficiales aportados este mismo día por los delegados del Gobierno.

 

El fuego ha calcinado ya cerca de veinticinco mil hectáreas entre ambas provincias, avanzando - dicen quienes lo combaten - "de copa a copa", imprevisible como el viento que lo empuja.

 

Más de dos mil setecientos efectivos y cuatrocientos veintiséis medios terrestres se despliegan sobre el terreno; hidroaviones sobrevuelan los embalses; pueblos enteros, como Cenicientos, son evacuados justo cuando ya albergaban el puesto de mando de la extinción.

El dato de fondo es aún más elocuente que cualquier imagen:

el Ministerio para la Transición Ecológica cifra en algo más de ciento veinticinco mil hectáreas la superficie quemada en España en lo que va de 2026, más del triple que en el mismo periodo del año pasado.

Treinta y dos grandes incendios forestales frente a una media de nueve en la última década.

 

Según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales, España encabeza este año el ranking de la Unión Europea en superficie calcinada.

 

Madrid se cubre de una neblina anaranjada; en Toledo y en Ávila el aire se espesa; y quienes viven este día lo hacen, muchos de ellos, con la memoria todavía abierta de la DANA:

aquella vez en que el mismo Mediterráneo se levantó al cielo para inundar pueblos enteros.

Agua y fuego, dos rostros del mismo desequilibrio.

No hay ya bando político que pueda negar lo que el termómetro y el viento certifican cada verano con mayor violencia.

 

El cambio climático no distingue entre Madrid, Cataluña o Washington:

es, literalmente, con todos y para todos.

 



El Diagnóstico de un Cuerpo Mayor

Sintergéticamente hablando, hay algo profundamente instructivo en observar cómo un ecosistema entero - vegetación reseca, temperaturas extremas, vientos cambiantes - encuentra en la primera chispa la ocasión de expresar un desequilibrio que llevaba años acumulándose.

 

No es distinto de lo que ocurre en un organismo humano: el síndrome metabólico no aparece en un solo día; es la suma silenciosa de excesos hasta que el cuerpo, incapaz de metabolizar más, declara su propio incendio interior.

 

La Tierra, cuerpo mayor del que todos somos células, atraviesa hoy algo estructuralmente semejante: no puede ya metabolizar el ritmo de consumo de un modelo de desarrollo desaforado, sostenido no simplemente por la cifra de ocho mil millones de seres humanos, sino por la manera en que una parte del mundo consume por todos y a costa de todos.

La evidencia científica sobre la pérdida de vida silvestre es, en este sentido, tan devastadora como el parte de incendios.

 

Según el Informe Planeta Vivo 2024, elaborado por WWF junto con la Sociedad Zoológica de Londres a partir del seguimiento de casi treinta y cinco mil tendencias poblacionales en más de cinco mil especies de anfibios, aves, peces, mamíferos y reptiles, el tamaño medio de las poblaciones de fauna silvestre se ha reducido en un setenta y tres por ciento entre 1970 y 2020.

 

Los ecosistemas de agua dulce han sido los más golpeados, con un descenso del ochenta y cinco por ciento; le siguen los terrestres, con un sesenta y nueve por ciento, y los marinos, con un cincuenta y seis.

 

La degradación y pérdida de hábitats - impulsada, otra vez, por nuestro sistema alimentario global - aparece como la primera causa en cada región del planeta.

No son cifras abstractas.

Son linces ibéricos, lobos, venados, colonias enteras de hormigas, el microbioma invisible de la tierra que sostiene la vida de las raíces, los bosques que producen a la vez el oxígeno que respiramos y el agua que llovemos.

Cuando ese tejido se quema o se extingue, no perdemos un paisaje:

perdemos parte de nuestro propio sistema respiratorio planetario.

Pensar en los desplazados humanos sin pensar también en el lince que huye del fuego o en la raíz micorrízica que muere bajo la ceniza sería una forma sutil, y peligrosa, de seguir fragmentando lo que en esencia es una sola comunidad viviente...
 

 

 


El Efecto Mariposa y la Aritmética de la Esperanza

Y sin embargo - y este es el giro que hace soportable mirar de frente estas cifras - mientras las malas noticias nos embargan, una buena noticia abraza a todos: nos movilizamos.

 

Amaina, por un instante, el fuego menor de la confrontación y la politiquería, y respondemos a lo esencial. Se suspenden las suscripciones a la urgencia informativa y la solidaridad se vuelve, otra vez, patrimonio común.

Necesitamos esa frescura del altruismo para restaurar algo que también es fisiológico: la coherencia cardíaca de una sociedad, ese estado en que el corazón colectivo late de forma ordenada porque ha encontrado, por fin, un propósito compartido.

Las leyes del caos nos enseñan que un batir de alas en un punto del sistema puede modificar la tormenta en otro extremo del planeta.

 

Ese efecto mariposa, que durante décadas fue metáfora de laboratorio, hoy nos concierne de manera literal: la suma de pequeños gestos con sentido - multiplicada por ocho mil millones de decisiones cotidianas - es la única fuerza capaz de regular los vientos del porvenir.

 

No basta con comprender el fenómeno.

 

Es necesario, hoy mismo, hacer lo que haríamos si tuviéramos que apagar con nuestras propias manos el incendio de una sequía mayor:

la sequía de humanidad que se expresa en la indiferencia, en la ambición que corroe desde dentro, en la guerra, en la injusticia y en el desplazamiento forzado de comunidades enteras, ya sea por las llamas en España o por el fuego frío de los conflictos en tantas otras latitudes.

 

 


Todos somos Madrid, Ávila, Valencia, Galicia, Washington

Hay algo revelador en cómo la naturaleza humana, deshojada por la prisa y la desconexión, se vuelve cada vez más vulnerable a los incendios sociales:

el mismo fuego que puede depurar y regenerar un bosque - la piña que solo libera su semilla bajo el calor de las llamas - puede también, sin conciencia que lo contenga, destruir sin sentido.

Ese es, quizás, el verdadero umbral que este julio nos exige cruzar:

reconocer que el fuego que hoy arrasa las sierras de Madrid y Ávila, y el que en otras semanas ha arrasado Valencia, Galicia o tantas aldeas humildes de uno y otro continente, nos concierne a todos por igual, más allá de la bandera o el color político bajo el que cada quien se refugie.

Aún es tiempo...

 

Pero el fuego de este julio nos advierte, con la contundencia de las cifras y el dolor de los desplazados, que pronto podría ser demasiado tarde.

 

La ciencia ya no deja espacio para la duda razonable; lo que falta no es información, sino la decisión colectiva de actuar desde la coherencia que sabemos posible.

 

 



El Fuego como Umbral, no como Final

Quizá el mayor servicio que podemos ofrecer hoy, desde Unalma, no sea otro que este:

nombrar el fuego sin dramatizarlo y sin minimizarlo, honrar a quienes lo combaten y a quienes lo padecen, y recordar que cada gesto de solidaridad - una donación, una llamada, un cambio real en el propio consumo, una oración silenciosa por el lince que huye - es ya una brasa de ese amor incondicional capaz de responder a lo esencial.

El planeta no nos pide teoría de la conciencia...; nos pide, esta semana, modo colectivo de supervivencia consciente.

El río se renueva y aun en el mar se evapora para volver a ser río en el cielo, en la lluvia y en la tierra, en el cauce de los ciclos y los siglos.

 

Así también este fuego:

si sabemos leerlo, no tiene por qué ser solamente pérdida.

 

Puede ser el umbral - doloroso, pero real - desde el que una humanidad más despierta empieza, por fin, a caminar.

Jorge Carvajal Posada

EE.UU. Julio 2026