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por Ivone Alves García
11 Mayo 2026
del Sitio Web
KontraInfo
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Ivone Alves
García
Productora general de AsiaTV y gestora cultural
especializada en cooperación internacional y
comunicación geopolítica. Cofundadora de ADACRI, ha
coordinado actividades académicas, culturales y
diplomáticas con embajadas, universidades y
organizaciones internacionales. |

La escasez, la deuda, la fragmentación familiar, la degradación
cultural y el miedo social no son problemas aislados.
Son signos de una época en la que el poder
dejó de servir al hombre y empezó a usar su sufrimiento como
herramienta de control...
Este es un momento donde la sociedad empieza a
sentir que algo se ha roto, aunque todavía no encuentre las palabras
exactas para nombrarlo.
La explicación económica, política o
estadística resulta insuficiente.
También queda corta la respuesta burocrática
de una ley más, un plan más o una consigna de ocasión.
El malestar de esta época es más profundo:
tiene que ver con la pérdida de un marco
moral capaz de ordenar la vida común.
Ese vacío se ve en la calle, en las familias, en
el trabajo, en la cultura y en la política.
Se ve cuando la gente vive cansada antes de
empezar el día, cuando trabaja y no llega, cuando se endeuda
para cubrir necesidades básicas, cuando la vivienda se vuelve un
imposible de alcanzar, cuando la comida se transforma en
variable de especulación y cuando la vida cotidiana queda
atrapada entre precios, miedo e incertidumbre.
Es entonces cuando uno se pregunta:
¿cómo es posible que una humanidad con tantos
recursos y conocimientos siga organizando sistemas que solo
perpetúan el sufrimiento?
La tradición cristiana utiliza una palabra
contundente para definir esta inversión del orden moral:
lo diabólico...
No se refiere a figuras con cuernos ni a
supersticiones, sino a esa lógica que pervierte lo natural:
la que instala división donde debería haber
comunión, impone sometimiento en vez de servicio y manipula la
escasez donde el pan debería ser compartido.
Es la lógica que, en lugar de reconocer la
dignidad, reduce al ser humano a un simple costo, una carga, un
deudor o un enemigo.
Dios, en el lenguaje de la fe,
representa el orden del amor, la fraternidad,
la justicia y la dignidad del otro. Es el principio que afirma
que el ser humano no es un objeto para ser usado, sino un
hermano al que se debe servir.
El demonio representa lo contrario:
la soberbia que se coloca por encima de los
demás, el dominio que convierte al prójimo en instrumento, la
crueldad que se alimenta del sufrimiento ajeno y la indiferencia
que termina justificando cualquier daño como costo inevitable.
La figura del Cristo rompe con esta lógica
del poder terrenal.
No buscó afirmarse en la debilidad de otros,
sino que la transformó en redención.
En cambio, cuando el poder se vuelve un fin en sí
mismo, actúa al revés:
convierte el sufrimiento del prójimo en el
combustible de su propia ambición.
La economía actual es el reflejo más crudo de
esta inversión del orden.
Si el bien común fuera el eje, la riqueza
sería el medio para erradicar el hambre y asegurar la dignidad
de cada familia.
Sin embargo, la realidad es otra:
asistimos a una concentración desmedida y a
una precariedad planificada, donde el endeudamiento se vuelve
permanente y la escasez es el resultado de una administración
deliberada.
No es falta de recursos - hay alimentos, vivienda
y capacidad productiva; lo que falta es la decisión moral y política
de poner esa abundancia al servicio de la vida.
El que debe, obedece; el que necesita, calla;
el que depende, se somete...
Esta lógica sostiene la arquitectura de una
sociedad donde la necesidad ha dejado de ser un problema por
resolver para transformarse en una herramienta de gobierno.
Es lo que ocurre,
cuando el salario ya no alcanza para
proyectar la vida, cuando el alquiler devora la tranquilidad y
el crédito se vuelve la única forma de subsistir.
Cuando millones de personas trabajan
simplemente para no caerse del mapa, la economía deja de
administrar recursos y empieza a enseñar obediencia.
Así, el sistema termina por desplazar la gestión
de los bienes para centrarse en el disciplinamiento de los
necesitados.
En países como el nuestro (Argentina), esa lógica
se vuelve visible cada vez que la vida cotidiana queda reducida a
sobrevivir. La persona agotada, endeudada y sin horizonte ya no
discute el destino de su comunidad; calcula cómo llegar a fin de
mes.
Ya no piensa en reconstruir un país; piensa en
conservar lo poco que tiene.
La pobreza, así, deja de ser una desgracia social
y se vuelve un método de disciplinamiento. Una sociedad
ocupada únicamente en sobrevivir pierde la fuerza necesaria para
levantarse.
La familia también está en el centro de esta disputa. Allí se forma
el carácter, se aprende la entrega y se descubre que la vida humana
no se reduce al deseo individual.
La familia es el primer lugar donde el fuerte
cuida al débil, donde el niño aprende que existen límites, deberes,
sacrificios y afectos permanentes.
Por eso no es casual que se la presente cada
vez más como una estructura opresiva, anticuada o sospechosa.
Una persona sola es más fácil de manipular
que una persona arraigada.
Un joven sin familia fuerte, sin comunidad,
sin tradición y sin horizonte queda entregado al mercado, al
algoritmo, al Estado o a cualquier identidad artificial que le
prometa pertenencia.
La destrucción de la familia no produce
libertad:
produce individuos aislados, frágiles,
sustituibles y emocionalmente administrables.
El ser humano sin vínculos cree que se
emancipó, pero muchas veces solo cambió la autoridad de la
familia, de la comunidad o de la fe por la autoridad invisible
del consumo, la pantalla y el miedo.
La política reproduce el mismo mecanismo.
Un poder ordenado al bien común busca aliviar el
sufrimiento, limitar la codicia y organizar la sociedad para que el
fuerte no aplaste al débil.
El poder diabólico, en cambio, necesita
administrar heridas.
Necesita pobres, indignados, endeudados,
enfrentados y asustados.
La razón no está en la incapacidad de resolver
esos problemas.
Está en que esos problemas se convierten en su
capital de supervivencia.
El dirigente que administra hambre se
presenta como benefactor.
El que administra inseguridad se presenta
como garante del orden.
El que administra división se presenta como
árbitro indispensable.
Así, el poder primero rompe el tejido social y
después cobra por remendarlo.
Genera precariedad para ofrecerse como sustento,
siembra miedo para venderse como refugio y produce divisiones para
presentarse como mediador. Bajo esa estructura, la solución se
vuelve enemiga del sistema, porque si el conflicto desaparece, ese
poder pierde su razón de existir.
La cultura tampoco escapa a esta inversión.
Durante siglos, el arte, la educación y los
relatos comunes servían para elevar al ser humano, recordarle su
dignidad y mostrarle que la vida tenía una dimensión superior al
consumo inmediato.
Hoy gran parte de la cultura celebra lo bajo, lo
efímero, lo degradante y lo feo. Se ridiculiza la virtud, se
glorifica el capricho y se presenta el vicio como liberación.
Donde debería haber verdad y belleza que
eleven el alma, aparecen el vacío, la frustración y la depresión
que la adormecen.
Una sociedad que deja de elevar el alma empieza a
entretener su propia decadencia.
No necesita censura directa si consigue que
la gente ya no busque verdad, belleza ni sentido.
Le alcanza con mantenerla distraída,
excitada, resentida y cansada.
Esa es una forma más refinada de dominio:
no prohibirle al ser humano pensar, sino
vaciarlo por dentro hasta que ya no quiera hacerlo.
El miedo es el cemento de esa arquitectura.
Mucha gente acepta el dominio porque teme perder
lo poco que tiene. El poderoso lo sabe y lo usa. Crea inseguridad
económica, social y espiritual para que la gente prefiera un amo
conocido antes que una libertad exigente.
La envidia también cumple su función:
en lugar de alegrarse por el bien del otro,
empuja a destruirlo.
La soberbia completa el círculo:
quien se cree dios decide quién vale y quién
sobra, quién come y quién pasa hambre, quién tiene derechos y
quién solo debe cumplir obligaciones.
El ser humano tiene grandeza, pero también tiene
caída.
Fingir que el instinto malo no existe es una
ingenuidad peligrosa. Una sociedad sana no se construye confiando en
que todos serán buenos por naturaleza.
Necesita orden moral, familias que formen
carácter, comunidades que limiten el egoísmo, educación que enseñe
deberes además de derechos, economía subordinada al bien común y
política capaz de poner freno al poder en lugar de concentrarlo.
El mal no desaparece por ignorarlo.
Deja de mandar cuando se le quita la
capacidad de organizar la vida social.
Por eso no alcanza con resistir.
Hay que reconstruir un orden propio, con
criterios propios, donde los destructores no tengan la última
palabra.
Eso implica recuperar la idea de,
-
que el fuerte tiene obligación de servir
al débil, no de explotarlo
-
que la riqueza debe estar sometida a una
finalidad superior al lucro
-
que la libertad exige responsabilidad
-
que ningún poder humano puede ocupar el
lugar de Dios sin terminar destruyendo al hombre
Occidente está pagando caro haber
creído que podía vivir de una herencia moral que ya no respetaba.
Quiso derechos sin deberes, libertad sin
verdad, bienestar sin familia, tecnología sin alma y riqueza sin
sacrificio.
Ahora cosecha lo que sembró:
soledad masiva, angustia generalizada,
caída demográfica, crisis de sentido y una economía que ya
no alcanza para sostener la vida digna de la mayoría.
No es fatalismo. Es diagnóstico crudo...
El remedio no está en más ideologías de ocasión
ni en promesas vacías.
Está en volver a poner las cosas en su lugar:
reconocer que el ser humano no es dios de
sí mismo, que tiene límites y que necesita un orden moral
para no destruirse.
Está en reconstruir comunidad, defender la
familia, limitar el poder desmedido y recordar que la verdadera
grandeza del hombre no está en dominar al otro, sino en
servirlo.
Porque al final, la elección es clara.
O seguimos la lógica del Cristo, que
entra en el sufrimiento para redimirlo, o seguimos la lógica
diabólica, que usa el sufrimiento ajeno para afirmarse.
No hay tercera vía...
Y la sociedad que elige la segunda termina
pagando el precio más alto:
no con bombas, sino con almas rotas y con un
mundo cada vez más inhabitable para los más débiles.
Eso es lo que está en juego.
No es una cuestión de izquierda o
derecha.
Es una cuestión mucho más profunda:
si aceptamos vivir como hermanos o si
naturalizamos una sociedad de depredadores.
La historia ya mostró demasiadas veces hacia
dónde conduce cada camino.
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