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por Carmen Parejo Rendón del Sitio Web RTEsp
Instituciones como
la ONU y buena parte de la
arquitectura económica impulsada tras la guerra siguen marcando el
funcionamiento del sistema internacional, aunque las profundas
transformaciones económicas y geopolíticas de las últimas décadas
han intensificado el debate sobre su capacidad para responder a la
realidad actual.
En ese contexto nacieron tanto la ONU como la arquitectura económica
impulsada en Bretton Woods, profundamente condicionadas por la
correlación de fuerzas surgida de la guerra.
El frente oriental concentró la mayor parte del esfuerzo militar
contra la Alemania nazi, y el enorme coste humano y material asumido
por la URSS hacía imposible construir el nuevo orden internacional
al margen de Moscú.
La Guerra de Corea evidenció hasta qué punto el funcionamiento efectivo de la ONU dependía de esa correlación de fuerzas:
Pero la disputa también atravesaba el terreno económico.
La URSS, pese a haber participado en las negociaciones iniciales, rechazó integrarse en el sistema de Bretton Woods al considerar que las nuevas instituciones financieras internacionales quedaban subordinadas a los intereses estratégicos de Washington.
Mientras tanto, el FMI y el Banco Mundial se consolidaban como pilares de un orden económico internacional cada vez más articulado en torno al predominio estadounidense.
Durante décadas, ese sistema logró sostener cierta estabilidad internacional, no solo por la existencia del bloque socialista, sino también por el avance de los procesos de descolonización y la emergencia política del Tercer Mundo.
La incorporación a Naciones Unidas de decenas de nuevos Estados surgidos de la descolonización en Asia y África transformó progresivamente la composición del organismo y amplió el peso político de los países periféricos dentro de la Asamblea General.
En ese contexto, la Resolución 1514, aprobada en 1960, reconoció el derecho de los pueblos a la autodeterminación y expresó el avance de las luchas anticoloniales en el sistema internacional.
Sin embargo, casos como Palestina o el Sáhara Occidental muestran hasta qué punto aquel proceso quedó incompleto.
Para sostener esa nueva arquitectura monetaria, Washington reforzó durante los años setenta su alianza estratégica con las principales monarquías petroleras del Golfo, especialmente Arabia Saudita, impulsando un modelo en el que el comercio internacional de petróleo pasó a realizarse mayoritariamente en dólares.
Este mecanismo - conocido como sistema del petrodólar
- permitió mantener una demanda global permanente de la moneda
estadounidense incluso después del abandono del patrón oro,
reforzando así la capacidad financiera, monetaria y geopolítica de
Estados Unidos.
Buena parte de los conflictos y tensiones geopolíticas de las últimas décadas no pueden entenderse al margen de esa realidad, especialmente en regiones estratégicas como Asia Occidental o América Latina.
Las tensiones con países productores de petróleo que han buscado aumentar sus márgenes de autonomía económica y financiera - como Irán, Irak o Venezuela - también deben entenderse en el contexto de la centralidad del dólar y de la disputa por el control energético global.
La desintegración de la Unión Soviética alteró profundamente la correlación de fuerzas internacional.
Sin un contrapeso político, económico y militar capaz de limitar la hegemonía occidental, se consolidó el llamado 'orden internacional basado en reglas', concepto promovido por Estados Unidos y sus aliados occidentales para legitimar un escenario de predominio prácticamente unipolar tras el final de la Guerra Fría.
En este nuevo contexto, organismos como el FMI y el Banco Mundial
reforzaron su papel en las políticas de ajuste e intervención
económica sobre numerosos países periféricos, profundizando
dinámicas de dependencia financiera y transferencia de riqueza hacia
los grandes centros económicos.
Sin embargo, las transformaciones económicas y geopolíticas de las últimas décadas han comenzado a alterar nuevamente ese equilibrio.
El ascenso de China, la consolidación de alianzas como los BRICS y la creciente búsqueda de mayores márgenes de autonomía económica y política por parte de numerosos países del Sur Global,
El sistema internacional construido tras 1945 nunca permaneció inmóvil.
La crisis económica de los años setenta transformó profundamente la
arquitectura financiera internacional; la desintegración de la Unión
Soviética consolidó durante décadas un escenario de hegemonía
occidental bajo liderazgo estadounidense, y hoy, el ascenso de
nuevas potencias y el desgaste relativo de esa hegemonía vuelven a
abrir una etapa de transición e incertidumbre.
El funcionamiento del sistema internacional sigue marcado por mecanismos de dependencia vinculados,
En ese sentido, la disputa actual no es únicamente geopolítica, sino también económica:
La historia de las últimas décadas muestra, en definitiva, que las instituciones internacionales solo logran sostenerse mientras reflejan una determinada correlación de fuerzas económicas, políticas y militares.
Pero el acelerado desplazamiento del peso económico y geopolítico mundial hacia nuevas potencias y regiones está erosionando cada vez más la capacidad de las estructuras surgidas tras 1945 para ordenar y estabilizar el sistema internacional.
La cuestión de cómo reorganizar el sistema internacional sigue
abierta y, como ha ocurrido en otros momentos históricos, el
principal desafío será evitar que esa transformación vuelva a
producirse a través de una gran confrontación internacional.
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