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por Marcelo Ramírez
19 Enero 2026
del Sitio Web
KontraInfo

La discusión
sobre Israel fue diseñada para
trabarse antes de empezar.
No porque falten datos, antecedentes o marcos
jurídicos, sino porque el debate quedó encapsulado en una lógica
binaria que impide pensar.
De un lado, la adhesión automática, que exige
lealtad "moral" previa y convierte cualquier observación
crítica en una "sospecha ética".
Del otro, la condena visceral, que reemplaza
el análisis por indignación y reduce una realidad compleja a
frases hechas.
En ese terreno no hay comprensión posible, solo
alineamientos.
El resultado es funcional:
se habla mucho, se piensa poco y no se toca
lo estructural...
El problema no es Israel como identidad,
ni como pueblo, ni como religión.
Tampoco es una cuestión teológica...
El núcleo del asunto es político y
estratégico.
Es el modo en que el
Estado de Israel se inserta en una
arquitectura de poder que establece,
-
costos diferenciados para la crítica
-
límites implícitos al debate
-
márgenes de acción que otros actores no
poseen...
Esa arquitectura no opera por prohibiciones
explícitas, sino por penalidades indirectas que desalientan
cualquier intento de ir más allá del discurso permitido.
En términos institucionales,
Estados Unidos es el pilar
central de ese sistema de protección.
El veto sistemático en el Consejo de Seguridad
de
la ONU no es una excepción
coyuntural, sino una práctica estructural que garantiza que ninguna
resolución con consecuencias reales prospere.
Se puede condenar, se puede expresar
preocupación, se puede negociar lenguaje diplomático, pero
cuando la discusión alcanza el nivel de sanciones
efectivas o de imposición de límites concretos,
el cerrojo se activa.
Israel queda, de hecho, fuera del régimen
sancionatorio que sí se aplica con rapidez y severidad a otros
Estados.
A eso se suma una integración militar-industrial profunda.
La asistencia financiera, el suministro
constante de armamento avanzado y la cooperación en inteligencia
forman parte de una relación orgánica, no transaccional.
Israel no es tratado como un aliado
circunstancial, sino como una extensión operativa del dispositivo
estratégico estadounidense en Medio Oriente.
Esa integración explica la velocidad con la que
se reponen sistemas defensivos, la continuidad del apoyo aun en
contextos de alta tensión y la ausencia de condicionamientos reales
ligados al uso de la fuerza.
Sin embargo, el factor decisivo no está solo en lo militar ni en lo
diplomático.
Está en la política interna de Estados
Unidos...
Criticar a Israel tiene un costo doméstico alto y
transversal.
Donantes de peso, lobbies consolidados, think
tanks influyentes, redes de financiamiento académico y
coaliciones electorales generan un clima en el que desviarse del
consenso implica exponerse a campañas de presión, pérdida de
apoyos y conflictos reputacionales difíciles de manejar.
No hace falta una orden explícita:
El sistema funciona por anticipación del
castigo.
La autocensura se vuelve una conducta
racional.
Europa aporta otra capa al problema.
En países como Alemania, el apoyo a la seguridad
de Israel fue elevado a principio de Estado, una decisión
comprensible desde su historia, pero con efectos políticos que se
extienden al conjunto del continente.
La consecuencia es una vara distinta para medir
comportamientos, una cautela permanente que rara vez se traduce en
acciones concretas.
Las sanciones, cuando aparecen,
son simbólicas, reversibles y
cuidadosamente diseñadas para no afectar los núcleos
duros del poder.
El levantamiento de sanciones a colonos violentos
en Cisjordania es un ejemplo de esa fragilidad política.
Y este dispositivo se cierra con una herramienta comunicacional
letal:
la confusión deliberada entre crítica al
Estado de Israel y "antisemitismo"...
Pero de lo que estamos hablando acá es de otra
cosa:
de cómo esa acusación funciona, en la
práctica, como un mecanismo de clausura.
Es la táctica perfecta.
Te ponen la etiqueta y listo:
el debate se termina antes de empezar.
Ya no importa si estás hablando de derecho
internacional, de proporcionalidad, de estrategia... pasaste a
ser un sospechoso.
Y el silencio no lo impone un censor, lo
impone tu propio cálculo.
Porque nadie quiere que le peguen ese
cartel...
Esa es la eficacia del sistema.
Este esquema, sin embargo, no es estático.
En la sociedad estadounidense empiezan a
aparecer fisuras visibles.
Las encuestas muestran una fatiga bélica
profunda y un rechazo creciente a nuevas aventuras militares en
Medio Oriente.
Dos tercios de la población se oponen a una
guerra con Irán, y el respaldo automático a Israel ya no es
homogéneo, especialmente entre los jóvenes.
Aun así, la inercia institucional sigue
empujando en la misma dirección, porque las estructuras de poder
se mueven más lento que la opinión pública y tienden a preservar
equilibrios que les resultan funcionales.
Israel, a diferencia de Washington, exhibe una
continuidad estratégica clara.
Su objetivo central es impedir que Irán se
consolide como potencia regional con capacidad de disuasión.
Esa lógica no depende de ciclos electorales
ni de humores sociales.
Es una política de largo plazo, sostenida por
una percepción existencial de amenaza y por sectores internos
que conciben la expansión territorial y el control del entorno
como condiciones de supervivencia.
La idea del “Gran Israel”, aunque rara vez
discutida abiertamente en foros oficiales, forma parte de ese
horizonte estratégico.
Cuando Israel actúa, coloca a Estados Unidos en una posición
embarazosa. Acompañar implica asumir costos crecientes en un
contexto de agotamiento interno; marcar distancia supone tensionar
una alianza que fue presentada durante décadas como incondicional.
En ese escenario, no es necesaria una guerra
abierta para producir pérdidas estratégicas.
Una dinámica de desgaste es suficiente:
ataques indirectos, presión sobre rutas
energéticas, suba de precios, desestabilización regional y
crisis política interna.
El
Estrecho de Ormuz funciona como
recordatorio permanente de esa vulnerabilidad sistémica.
Rusia y
China observan este tablero con una
lógica distinta.
No buscan una confrontación directa ni una
denuncia formal que exponga fuentes o capacidades.
Su estrategia pasa por dejar que las
contradicciones internas de Occidente operen por sí solas.
El desgaste prolongado, la fragmentación
política y la pérdida de legitimidad resultan más eficaces que
cualquier escalada frontal.
En ese sentido, las tensiones en Medio Oriente se
inscriben en un proceso más amplio de reconfiguración del poder
global.
La impunidad relativa de Israel no es absoluta
ni eterna...
Es el resultado de una red de costos,
alianzas y tabúes culturales que todavía funciona, pero que
empieza a mostrar grietas.
No se trata de un dominio total, sino de un
equilibrio político que desalienta la crítica efectiva.
Mientras ese equilibrio se mantenga, la discusión
seguirá oscilando entre el silencio y el exceso retórico, sin
afectar lo estructural.
El riesgo no es solo regional.
Arrastrar a una potencia como Estados Unidos
a una guerra de consecuencias imprevisibles, en nombre de
"equilibrios" que ya no responden al interés de sus propias
sociedades, expone a todo el sistema internacional a un punto de
ruptura.
No por una cuestión moral, sino por simple
acumulación de tensiones no resueltas.
Cuando el costo de sostener un silencio supera al
costo de romperlo, el sistema cambia.
La historia muestra que ¡ese momento nunca
avisa...!
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