por Carlos Sánchez
13 Mayo 2026

del Sitio Web BrownstoneEsp

 

 

 

 

 

 


Mientras predicaba la unidad

del pueblo judío contra el mundo,

Ben Gurión organizaba

una represión interna y un apartheid

contra judíos mizrajíes y sefardíes

que habría hecho sonrojar al mismo Stalin...

 


Es frecuente leer análisis - y puede que incluso yo peque en ocasiones de ello - según los cuales el laborismo sionista es más proclive a la paz con los palestinos, mientras que los revisionistas plantearían mayor beligerancia con los árabes.

 

Incluso en el contexto de las milicias sionistas en Palestina, suele dibujarse una tensión entre estas dos visiones, de modo que el laborismo establecería una suerte de contrapeso a la barbarie revisionista.

 

Este artículo forma parte de una serie de textos de mi autoría que suponen enmienda a la totalidad de esa idea: la tensión entre ambas vertientes se circunscribe al ámbito del control, del poder interno del propio movimiento sionista, rivalizando en pragmatismo, crueldad y ausencia de respeto por el ser humano.

 

Para ello, procederemos a la demistificación David Yosef Gruen, más conocido como David Ben Gurión, a quien se dedican plazas, avenidas y aeropuertos, y a quien la historia de Israel ha encumbrado a la categoría de padre fundador de la patria judía.

 

Su figura nos permite descubrir la verdadera cara del laborismo sionista, marcada por el eurocentrismo ashkenazí,

una concepción excluyente de la idea del 'buen judío', así como un maquiavelismo inusitado a la hora de utilizar cualquier estrategia, por ruin que pudiese parecer, para el fin planteado.

Para Ben Gurión, y por ende, para el laborismo sionista,

el fin siempre justificaba los medios, aunque ello implicase segar la vida de su propia gente, como mostraré en este articulo.

A Ben Gurión se le sitúa en prácticamente todos los escenarios controvertidos de la construcción del Estado de Israel y del consiguiente expolio de Palestina:

desde sus orígenes como movimiento meta-político a su materialización como Estado.

Con todo, el verdadero legado de David Ben Gurión no se limita a la Declaración de Independencia de 1948, hito histórico por el que sería recordado por la historia, sino que resultó la cabeza pensante tras la construcción de una maquinaria de poder étnico-institucional profundamente jerárquica.

 

A través del Mapai o Partido de los Trabajadores de Israel y, especialmente, del sindicato Histadrut (Nueva Federación General de Trabajadores), erigió un sistema que buscaba mucho más que la soberanía política:

imponer una estricta jerarquía cultural y demográfica donde el judío pionero ashkenazí secular ocupaba la cima indiscutida, dominando al resto de judíos.

Desde sus primeros años en Palestina, Ben Gurión promovió con fanatismo la doctrina del Kibbush Ha'avodah.

 

Bajo el control absoluto de la Histadrut, esta política consistió en excluir sistemáticamente a la mano de obra árabe de la economía judía. El propio Ben Gurión llegó, de hecho, a describir el empleo de trabajadores árabes como "una lepra cancerosa" que amenazaba la pureza y la supervivencia del proyecto sionista.

 

Para él, cualquier noción de solidaridad de clase era una peligrosa traición.

En este sentido, conviene aclarar que la Histadrut no era un sindicato obrero al uso, sino un instrumento de segregación nacional y control social al servicio de la hegemonía de los judíos ashkenazí, cuya lógica supremacista encontró su expresión más cruda durante la guerra de 1948, cuando el objetivo estratégico se resumió sin paños calientes en una fórmula cuya premisa era tan sencilla como inhumana: obtener el máximo territorio con el mínimo número posible de árabes.

 

Aunque Ben Gurión evitaba cuidadosamente dejar órdenes escritas directas, su consentimiento y su gesto simbólico fueron suficientes para que se produjeran expulsiones masivas como las de Lod y Ramla.

 

Una vez consumada la Nakba (Catástrofe), se institucionalizó esta exclusión mediante la creación de un Gobierno Militar que convirtió a los árabes israelíes en los ciudadanos de segunda categoría que siguen siendo hoy, sometidos a restricciones de movimiento que no han hecho más que recrudecerse desde entonces, vigilancia constante y expropiaciones sistemáticas de sus tierras, todo ello justificado en una narrativa persistente sobre la supuesta naturaleza traicionera del árabe.

Esta mentalidad de superioridad racial y cultural no se detuvo en los árabes.

Se extendió con idéntico desprecio, aunque de forma más solapada y paternalista, hacia los propios judíos procedentes de países islámicos, los mizrajíes y sefardíes.

Tras el Holocausto, Ben Gurión lamentaba abiertamente la pérdida del "material humano selecto" europeo.

 

Veía a los cientos de miles de inmigrantes que llegaban de Iraq, Yemen, Marruecos o Túnez, no como hermanos a los que redimir, sino como "restos humanos", "escombros" o, en su expresión más cruda, avak adam (polvo humano).

 

Para él, carecían de las virtudes intelectuales y morales del ashkenazí pionero.

 

Cuando estos inmigrantes llegaron en masa durante los años cincuenta, fueron hacinados en los infames ma'abarot, campamentos de tránsito en que hacinaban a los mizrajíes en condiciones infrahumanas.

 

Ante sus quejas, Ben Gurión respondía con desdén:

"la gente puede vivir en tiendas de campaña durante años si el Estado lo necesita".

Es más, llegó a teorizar públicamente sobre la existencia de "dos naciones" dentro de Israel:

una occidental, culta y civilizada, y otra oriental, atrasada y primitiva.

Su gran temor era la "levantinización" de la sociedad israelí, es decir, que la "cultura árabe" que traían los judíos mizrajíes degradara la calidad del ejército y del nuevo Estado.

 

Para combatir esta amenaza, convirtió al Ejército en el principal instrumento de ingeniería social, no para integrar, sino para "civilizar" y ashkenazificar a los judíos orientales.

 

En reuniones de gabinete llegó a afirmar, sin rubor, la necesidad de enseñarles,

"a usar el inodoro como seres humanos" o "a lavarse correctamente".

El partido político Mapai y la organización sindical Histadrut fueron los brazos ejecutores perfectos de este sistema de castas disfrazado de socialismo que habría hecho las delicias de los amigos del magnate pedófilo y espía del Mossad Jeffrey Epstein.

 

Entre ambos controlaban prácticamente todos los aspectos de la vida del ciudadano: desde el empleo, la vivienda, la sanidad (a través de la Kupat Holim), hasta el acceso a la dignidad básica que se presupone a cualquier ser humano.

 

Ben Gurión impuso lo que él mismo denominó con orgullo "la dictadura del trabajador hebreo", que en la práctica no era más que un sórdido sistema clientelista de castas donde la lealtad al partido y la pureza étnica se convertían en la única moneda de cambio para conseguir trabajo, techo o atención médica.

 

Quien no encajaba en el molde secular y ashkenazí del Mapai - ya fueran judíos mizrajíes religiosos, disidentes o incluso antiguos miembros del Irgún - era sistemáticamente marginado, humillado o aplastado.

 

La "asimilación" forzosa alcanzó cotas grotescas:

en los campamentos de inmigrantes (ma'abarot) se documentaron casos de cortes forzosos de los característicos peiot (tirabuzones) a niños yemeníes para arrancarles cualquier vestigio de su identidad y convertirlos en el "nuevo judío" secularizado deseado por Ben Gurión.

Incluso en sus últimos años, Ben Gurión mantuvo intacta su visión darwinista del "material humano".

 

Para él, la supervivencia de Israel dependía de preservar a toda costa la "superioridad cualitativa" del elemento europeo. El resto era simple materia prima que había que moldear o, en su defecto, tolerar.

 

El conflicto de Ben Gurión con los judíos yemeníes fue, en realidad, una relación descarnadamente cínica:

los necesitaba como carne de cañón demográfica para el proyecto sionista, pero los despreciaba profundamente por su "atraso oriental" y su apego a tradiciones que consideraba primitivas y que habían de ser extirpadas sin remisión.

Su objetivo nunca fue integrarlos, sino despojarlos de su cultura para meterlos a la fuerza en el molde occidental que él había diseñado.

Pero pese a este desprecio generalizado por todo aquello que no fuese europeo, desde principios del siglo XX, el movimiento sionista descubrió en los judíos yemeníes una solución "práctica" al problema de la mano de obra árabe.

 

Ben Gurión, fiel al acervo sionista, apoyó activamente su inmigración, no por romanticismo bíblico ni redención espiritual, sino por el mismo cálculo frío y utilitario que inspiraba los escritos de Herzl o Jabotinsky.

 

Para él, eran ciudadanos otomanos (lo que fortalecía la posición demográfica judía), resistentes al trabajo físico duro y, sobre todo, extremadamente baratos y poco exigentes.

 

Sin embargo, nunca hubo la menor ilusión de igualdad.

 

Ben Gurión dejó clara desde el principio la jerarquía racial:

"Los trabajadores ashkenazíes son, sin duda, superiores a los yemeníes".

Los europeos poseían "cultura" y "ventaja mental"; los yemeníes, en cambio, eran meramente "material humano" útil para conectar el cuerpo con las necesidades de trabajo de la tierra, meros instrumentos para un fin superior, blanco, caucásico y europeizante.

Tras la creación del Estado, este desprecio se volvió aún más descarnado.

 

Aunque públicamente Ben Gurión decía sentir debilidad por los yemeníes, en privado los describía como primitivos y afirmaba que el padre yemení,

"no cuida de su familia como nosotros" (los ashkenazíes, se entiende).

Su obsesión higiénico-civilizatoria alcanzó niveles grotescos.

 

Llegó a proponer en el Gabinete construir letrinas exteriores en lugar de baños internos en los campamentos, porque según él,

"esta gente no sabe usar un inodoro en casa".

Consideraba que el Ejército debía enseñarles "a sentarse en un inodoro como seres humanos" y a lavarse correctamente.

 

La coacción cultural fue aún más brutal. En los ma'abarot, se impuso una secularización forzosa. Del mismo modo que se cortaban a la fuerza los peiot, a los niños, se les prohibía ponerse los tefillin y se les enviaba a escuelas seculares contra la voluntad de sus padres.

 

Todas estas medidas represivas de la identidad judía verdaderamente semita eran la prueba más ilustrativa de la usurpación sionista, y la sustitución del legado espiritual de la religión de Abraham en una excusa propiciatoria para el sometimiento a una idea nacional ciertamente disparatada y alejada de cualquier vestigio de legitimidad.

Ben Gurión defendió públicamente estas prácticas, argumentando que los movimientos laborales tenían el derecho y la obligación moral de "educar" a los niños yemeníes.

 

El capítulo más oscuro de esta relación fue el escándalo de los niños yemeníes desaparecidos entre 1948 y 1954:

cientos de bebés fueron llevados a hospitales y nunca más se supo de ellos.

A los padres se les informaba de su muerte sin entregarles cuerpo ni certificado.

 

Aunque las investigaciones oficiales hablan de mortalidad por condiciones precarias, el caso sigue siendo una herida abierta que simboliza el desprecio institucional de la élite laborista hacia estos "judíos de segunda".

 

Al final, Ben Gurión siempre vio la inmigración mizrají como un mal necesario, útil para sustituir al árabe y aumentar la población judía, pero peligroso para la "calidad" del incipiente Estado.

 

Temía la "levantinización" de Israel y confesaba en privado su preocupación por el "bajo nivel de inteligencia" de estos inmigrantes, que según él amenazaba la superioridad europea que consideraba indispensable para la supervivencia del país.

 

Este racismo laborista es la explicación de la enorme paradoja que encierra el hecho de que la mayoría de estos mizrajíes eran fundamentalmente comunistas que dos décadas después, hastiados de la marginación ashkenazí, acabarían por votar al Likud de Menachem Begin masivamente.

En definitiva, la trayectoria de David Ben Gurión estuvo marcada por una determinación fanática de construir la soberanía judía a cualquier precio, incluso cuando ese precio tenían que pagarlo otros judíos.

 

Esta disposición innata a dirimir la violencia interna se manifestó desde su juventud en Płońsk.

 

Allí, el joven Gruen organizaba grupos de muchachos que, pistola en mano, irrumpían en las casas de judíos acomodados para extorsionarlos, exigiendo grandes sumas de dinero con el fin de financiar las actividades de su partido.

 

Estas prácticas no resultan en nada diferentes al pizzo de la Cosa Nostra, o al impuesto revolucionario de la banda terrorista ETA.

 

Sus rivales del Bund, fundamentalmente comunistas asimilados, ya describían al incipiente líder Ben Gurión entonces, sin paños calientes, como un sindicalista matón, un hooligan dispuesto a usar métodos mafiosos contra sus propios correligionarios.

 

Años después, ya convertido en el hombre fuerte de la Histadrut, Ben Gurión demostró que su lealtad a la estructura de poder estaba muy por encima de la vida de sus compañeros judíos.

 

Durante una dura disputa interna con el Batallón de Trabajo, ordenó cortar todo contacto, suministro de alimentos y asistencia médica al kibutz Tel Yosef, donde los residentes se encontraban ya en condiciones lamentables, aquejados de malnutrición, malaria y tuberculosis.

 

Como si de podar un árbol se tratase, Ben Gurión justificaba que otros judíos se pudrieran de hambre y enfermedad en la necesidad de mantener la disciplina organizativa, una concepción que impresionaba no sólo por la crueldad, sino por la naturalidad con la que la ejercía contra los suyos.

 

Para el Viejo, los judíos disidentes, los que no se sometían a su visión o a su aparato de poder, dejaban automáticamente de ser "verdaderos" judíos para convertirse en lastres.

Esta necesidad patológica de control obsesivo sobre el monopolio de la fuerza se perfeccionó a través de las llamadas Plugot Hapo'el - simpáticas "escuadras de trabajadores" émulas de las SA de Hitler - que Ben Gurión mandó crear con el noble objetivo de partirle la cara (en el mejor de los casos) a sus oponentes políticos en plena calle.

 

Porque nada dice más del proyecto de "liberación nacional judía" que usar a obreros judíos para apalear a otros obreros judíos.

 

Su intolerancia hacia cualquier disidencia armada alcanzó años después unas cotas de refinamiento burocrático pavorosas durante la llamada "Temporada de Caza" o Saison (1944-1945).

 

En una operación digna de las mejores purgas estalinistas, Ben Gurión ordenó una persecución sistemática contra los miembros del Irgún y el Lehi.

 

Bajo su mando, el Histadrut despidió fulminante a cientos de trabajadores por el grave delito de tener ideas políticas diferentes, se expulsó a niños de las escuelas por repartir panfletos disidentes y se alentó activamente a los hijos a delatar a sus propios padres.

 

Además, autorizó la creación de una Guardia Nacional judía cuya misión principal era secuestrar, interrogar y torturar a otros judíos.

 

Llegó incluso a entregar alrededor de setecientos nombres a la policía secreta británica para que los metieran en la cárcel. Porque, al parecer, nada garantizaba mejor la futura "democracia israelí" que colaborar con el ocupante británico para encerrar a judíos disidentes.

 

En resumen:

mientras predicaba la unidad del pueblo judío contra el mundo, Ben Gurión organizaba una pequeña maquinaria de represión interna que habría hecho sonrojar al propio Stalin por su abyección, y todo ello en nombre de una pretendida disciplina.

Tal y como ocurrió con el sabotaje del barco Patria en 1940, Ben Gurión demostraba en cada ocasión que tenía una capacidad asombrosa para justificar la muerte de judíos cuando estas servían a un "fin político superior".

 

Su frialdad en estos asuntos era casi admirable de puro psicopática. En concreto, este emblemático y luctuoso suceso ocurrió en noviembre de 1940 con el sabotaje del barco Patria en el puerto de Haifa.

 

La Haganá colocó una bomba para impedir que los británicos deportaran a un grupo de refugiados judíos a Mauricio con un resultado catastrófico:

el barco se hundió y murieron más de 250 inmigrantes judíos debido a que la explosión fue mucho más potente de lo calculado.

Inmediatamente, las autoridades sionistas difundieron la mentira de que los refugiados se habían suicidado colectivamente, convirtiendo el desastre en un nuevo "Masada en el mar".

 

Ben Gurión no perdió la oportunidad de sacar tajada de la catástrofe pronunciando un discurso cargado de emotividad retórica en el Hotel Biltmore de Nueva York en 1942.

 

Una emotividad que, retrospectivamente mirada y a la luz de los hechos que a continuación relato, sólo se puede juzgar como la obra de un sádico:

Para quienes aún lo duden, la historia del Patria, el Struma y sus muchos barcos hermanos debe ser la prueba definitiva. Su significado claro es: Palestina o muerte.

 

Tan pronto como termine esta guerra, cientos como ellos zarparán hacia Palestina.

La verdad permaneció oculta hasta que Munya Mardor, el operativo de la Haganá que colocó la bomba en el casco del barco, publicó en 1957 un libro de memorias sobre sus actividades en la clandestinidad sionista, donde admitió públicamente su responsabilidad y la de la propia Haganá.

 

Esto rompió el silencio oficial que había durado casi 17 años, durante los cuales, o bien se culpó a los británicos o se deslizaba la idea de un supuesto suicidio colectivo de los refugiados.

 

Pese a la polvareda que semejante revelación podría haber causado, la publicación de los hechos no hizo más que confirmar lo que ya se sabía internamente en círculos sionistas desde el primer día. Lejos de lamentarlo, Ben Gurión - que cínicamente prologó el libro de Mador - y la dirección sionista convirtieron la tragedia en propaganda.

 

Ben Gurión defendió, de hecho, la acción como una operación sionista legítima, y cuando su propio hijo Amos agredió físicamente al editor de un periódico que tuvo la osadía de hablar de la mano maliciosa detrás del hundimiento, Ben Gurión lo protegió sin el menor reparo.

Esta lógica perversa, según la cual sacrificar vidas judías estaba justificado para ayudar a que el proyecto avanzase, no fue un accidente aislado.

Ben Gurión veía las catástrofes judías (el ascenso del nazismo, el Holocausto) no solo como tragedias, sino como oportunidades para su explotación.

 

Los judíos solo emigrarían en masa a Palestina si sufrían presiones insoportables.

 

Por eso priorizaba siempre el objetivo estatal sobre el rescate humanitario, considerando cualquier salvación hacia otros países como un sabotaje al sionismo.

El hundimiento del Patria fue el primer ensayo práctico de lo que más tarde se conocería como sionismo catastrófico, consistente en usar el sufrimiento judío como combustible para construir el Estado, y luego utilizar los cadáveres como arma propagandística contra los británicos.

Primero se provocaba o se permitía el desastre; después se explotaban los muertos.

En la moral bengurioniana, la vida judía (como cualquier otra) sólo tenía un valor instrumental.

 

Si un judío se convertía en obstáculo - ya fuera por criticar, por oponerse o simplemente por estar en medio - pasaba automáticamente a la categoría de "daño colateral necesario".

 

El padre fundador no estaba dispuesto únicamente a sacrificar árabes por el Estado:

también estaba dispuesto a sacrificar judíos, siempre que el balance final fuera favorable a su proyecto colonial y supremacista.

Esta marcada tendencia criminal no era un producto de los años de guerra.

 

Años antes - aunque su implicación directa en el asesinato de Jacob Israël de Haan sigue siendo debatida - Ben Gurión tuvo la oportunidad de demostrar tempranamente su disposición a justificar la eliminación física de judíos incómodos.

 

Jacob Israël de Haan, un intelectual judío ultraortodoxo holandés, poeta y ferviente anti-sionista, se había convertido en la piedra del zapato del incipiente proyecto colonial.

 

El poeta, que vivía en Jerusalén, criticaba abiertamente al sionismo secular y mantenía contactos habituales con líderes árabes, una cuestión que para la dirigencia laborista era entendido como una traición en lugar de una discrepancia política, lo que resulta ciertamente paradójico, habida cuenta de que el sionismo era en la década de los 20 una posición política francamente minoritaria.

 

Ben Gurión lo tachó públicamente de "soplón", alimentando todo el odio del que fue capaz contra él.

 

El 1 de julio de 1924, de Haan fue asesinado a tiros frente a su casa en Jerusalén por miembros de la Haganá, y Ben Gurión, que en aquel entonces ya era una figura clave del movimiento obrero judío, no mostró el menor signo de conmoción.

 

Se le vio asistir al funeral a regañadientes y con absoluta indiferencia y comentó que la mayoría de los judíos habían aceptado su asesinato sin indignación reseñable.

 

En la lógica de Ben Gurióm, de Haan no era un judío al que proteger, sino un obstáculo que había que eliminar y, por tanto, su muerte, lejos de resultar un crimen execrable, era una necesidad revolucionaria.

 

Otro ejemplo más de cómo, para Ben Gurión, la unidad del pueblo judío solo era sagrada cuando todos marchaban al paso que él marcaba.

Quizás la historia más significativa que ilustra la frialdad con la que el campechano Ben Gurión planteaba la necesidad de asesinar a sus congéneres fue la del hundimiento del Altalena, un barco del Irgún que debía su nombre al seudónimo con el que Jabotinsky escribía sus artículos en su época italiana.

 

Con el Estado de Israel recién constituido, un Ben Gurión aterrado ante la posibilidad de que un barco cargado de armas y combatientes del Irgún pudiera desafiar su monopolio absoluto del poder militar, ordenó a las recién nacidas Fuerzas de Defensa de Israel - herederas de la Haganá - abrir fuego contra sus propios hermanos judíos.

 

En plena playa de Tel Aviv, judíos disparaban contra otros judíos mientras el barco ardía en llamas. Un espectáculo dantesco de humo, sangre y balas a ojos de todos.

 

Ben Gurion, lejos de buscar cualquier tipo de negociación, se mostró implacable, y cuando el cañón que disparó el tiro definitivo hundió el Altalena, el Viejo no sólo lo bendijo, sino que lo calificó como un "cañón sagrado", merecedor de un lugar de honor en un futuro Templo, por haber preservado la unidad sagrada del Estado frente a lo que consideraba un intento de "asesinar la nación".

 

Así, el hombre que había pasado años denunciando con enorme cinismo el terrorismo del Irgún, terminó hundiendo un barco lleno de judíos armados para consolidar su propio poder.

 

La unidad del Estado judío debía ser absoluta y definida según sus términos, aunque bien es cierto que mirado con cierta perspectiva, el hundimiento del Altalena quizás evitase una guerra civil de consecuencias nefastas para el supremacismo sionista.

En cualquier caso, y al margen del incidente del Altalena - que se circunscribe al ámbito de la mera pugna por el poder - esta táctica de atentados de falsa bandera y manipulación posterior de la opinión pública no fue en absoluto un caso aislado.

 

Según Naeim Giladi, un antiguo miembro del Mossad en Iraq, esta artimaña criminal se repitió sistemáticamente con otros navíos para instrumentalizar el sufrimiento judío.

Giladi señala que el liderazgo sionista, encabezado por Ben Gurión, prefirió el trágico final del barco Struma en 1942 - donde murieron casi 800 refugiados - antes que permitir que los certificados de inmigración se usaran para rescatarlos hacia destinos que no fueran exclusivamente Palestina.

 

Asimismo, en 1947, la Haganá recibió órdenes de llevar a cabo un acto espectacular contra el Empire Life Guard, un navío británico.

 

Se colocaron bombas de tiempo en el barco, incluso en la silla de ruedas de un inmigrante discapacitado. Aunque la explosión en el puerto de Haifa no causó víctimas mortales - lo que Giladi describe como un milagro - el plan original contemplaba el hundimiento total con cientos de personas a bordo.

 

Incluso después de la independencia, persistieron las sospechas (documentadas posteriormente por Giladi) de que el Mossad saboteó en 1961 el barco Egoz, en el que murieron 42 judíos marroquíes, la mayoría niños, con el objetivo de avergonzar a los líderes árabes y forzar así la emigración masiva desde Marruecos.

En la lógica de Ben Gurión, el judío solo tenía valor en tanto sirviera al Estado.

 

Si su sufrimiento podía ser explotado para acelerar la inmigración, fortalecer la propaganda o presionar a potencias extranjeras para que se plegasen a sus propósitos, entonces ese sufrimiento se convertía en un recurso legítimo.

El fin justificaba absolutamente cualquier medio, por truculento que resultase cuando las víctimas eran otros judíos.

La historia que narra Giladi resulta aún más siniestra si cabe cuando nos traslada a las calles de su Bagdad natal entre 1950 y 1951.

 

En este punto, es conveniente contextualizar quién era Naeim Giladi, y cuáles eran sus razones para escribir el libro citado. Giladi nació en Bagdad en 1929, y fue en su juventud un activo militante sionista que colaboró en la organización de la emigración ilegal desde Iraq.

 

Al llegar a Israel en 1951, su desencanto fue absoluto. Allí se encontró con un sistema de apartheid que discriminaba sistemáticamente a los judíos mizrajíes.

 

Traicionado por el proyecto que había defendido, abandonó el país y se instaló en Estados Unidos, donde en 1992 publicó Ben-Gurion's Scandals, un libro incendiario en el que acusaba directamente al liderazgo sionista - ostentado por Ben Gurión y los laboristas - de haber provocado el terror contra su propia comunidad para forzar su éxodo.

 

Su narración ilustra con terrible elocuencia la enorme contradicción en que se desarrollaba la arquitectura sionista: por un lado, necesitaban a los judíos mizrajíes para superar demográficamente a los árabes, mientras por el otro los despreciaban precisamente por ser árabes culturales.

Según narra Giladi, en plena operación de emigración masiva de judíos iraquíes, una serie de bombas terroristas sacudieron la milenaria comunidad judía de Iraq, herederos del éxodo de Babilonia bajo Nabucodonosor, generando pánico y desesperación. La propaganda oficial israelí y británica señaló inmediatamente a "elementos árabes antisemitas" como culpables.

 

Sin embargo, Naeim Giladi afirma con contundencia que los atentados fueron orquestados por agentes sionistas con un objetivo muy claro:

aterrorizar a los judíos para que abandonaran Iraq y emigraran a Israel.

El primer ataque ocurrió en el Café Dar El-Beyda durante la Pascua judía de 1950, hiriendo a varias personas.

 

A este atentado le siguieron varias explosiones en el Centro Cultural Americano, la Compañía Beit-Lawi y otros objetivos comerciales.

 

La campaña de terror culminó con el atentado más sangriento de todos, que se produjo el 14 de enero de 1951 en la Sinagoga Masouda Shem-Tov, donde una granada mató a cuatro personas - entre ellas un niño de 12 años - e hirió a decenas de fieles.

 

Las bombas cesaron de forma muy sospechosa poco después de que el principal agente implicado, Mordechai Ben-Porat, abandonase el país.

En definitiva, a Ben Gurión, tal y como reza el título del libro citado de Tom Segev, lo único que le preocupaba era construir un estado a cualquier precio. Son muchos ejemplos los aportados aquí que demuestran que para Ben Gurión y sus adláteres, las vidas judías no resultaban más valiosas que las de cualquier otra etnia en tanto no sirvieran a sus ambiciones coloniales.

 

Sirva de ejemplo la acusación de omisión de auxilio durante el llamado Holocausto, donde el movimiento sionista priorizó la adquisición de tierras sobre cualquier opción de rescate, llegando incluso a silenciar informes de masacres en Polonia en periódicos como Davar, por aquello de no propiciar inconvenientes desvíos de recursos que debían ser usados exclusivamente para fortalecer el proyecto estatal.

 

Así las cosas, resulta menos sorprendente el trato discriminatorio dedicado a los inmigrantes mizrajíes y sefardíes, a quienes Ben Gurión et al. llamaban avaki adam (polvo humano o subhumanos), a los que utilizaban como mano de obra barata, manteniéndolos en condiciones de miseria en las tiendas de campaña de los ma'abarot mientras favorecía los intereses de los colonos europeos ashkenazíes.

 

 

 


BIBLIOGRAFÍA BÁSICA