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por Marcelo Ramírez
Todas esas dimensiones existen y son decisivas,
pero no alcanzan para comprender la conducta del Israel actual,
especialmente desde el ascenso de las corrientes religiosas,
nacionalistas y mesiánicas que hoy tienen peso real dentro
de su estructura de poder.
Una parte del bloque gobernante israelí no interpreta el territorio, ni la guerra, Jerusalén, Gaza, Cisjordania, el Monte del Templo, el enemigo islámico y la soberanía nacional, únicamente desde las categorías del Estado moderno.
Lo hace desde,
Sin esa capa, muchas decisiones israelíes parecen desmesuradas, imprudentes o directamente incomprensibles, pero si sumamos al análisis esa capa, no necesariamente se vuelven justificables, pero sí se vuelven más inteligibles para el occidental promedio.
La política israelí actual no puede ser leída, en consecuencia, solo como cálculo militar o administración del conflicto.
En determinados sectores de su dirigencia,
El judaísmo no es una identidad simple ni puede reducirse a una etnia sino algo muy complejo de definir y no exento de polémicas.
Asimismo dentro del judaísmo conviven corrientes seculares, religiosas, ortodoxas, ultraortodoxas, liberales, conservadoras, antisionistas, nacionalistas y mesiánicas, muchas veces profundamente enfrentadas entre sí o con asociaciones cambiantes.
Por eso el punto no es hablar del judaísmo como totalidad, ni atribuir a todos los judíos una misma mirada sobre Israel, la guerra o el territorio.
El objeto de análisis es más preciso y se centra en,
Esa corriente no representa a todo el judaísmo, pero sí representa una porción cada vez más influyente del poder israelí.
Su importancia no está solo en su número
absoluto, sino en su capacidad de condicionar coaliciones, fijar
agenda, presionar sobre Gaza y Cisjordania, avanzar sobre la
Explanada de las Mezquitas o Monte del Templo, empujando la anexión
territorial y transformando una guerra política en una cuestión de
destino histórico que cambia el status del hecho.
Sin embargo, desde una lectura mesiánica que queremos incorporar,
Allí es donde se produce el salto conceptual que muchas veces el análisis occidental omite.
La Tierra de Israel deja de ser simplemente un territorio disputado y pasa a ser una herencia bíblica, con una Jerusalén que deja de ser únicamente una capital política y vuelve a presentarse como centro sagrado.
Entonces naturalmente,
No hay nada que negociar si "Dios" es quien
dictamina, según esgrimen estos sectores.
Allí no se discute solo quién entra, quién reza o quién administra un espacio, se discute quién tiene la última palabra sobre el corazón simbólico de Jerusalén.
Por eso cada visita, cada gesto de soberanía,
cada alteración del statu quo y cada intervención policial tiene una
carga explosiva que excede por completo la seguridad cotidiana.
Entonces, cuando el adversario es un actor
político, la guerra admite límites, acuerdos y mediaciones, pero si
ese mismo adversario es interpretado como una amenaza histórica o
espiritual, el conflicto se endurece hasta volverse absoluto.
En su forma clásica implica,
El problema se nos presenta cuando esa idea es absorbida por un Estado moderno militarizado que lo transforma en un excepcionalismo político.
Allí la elección deja de funcionar como
responsabilidad ante "Dios" y pasa a operar como inmunidad
histórica...
Un cambio que acompaña esta situación es que su derecho al territorio no dependería de tratados, resoluciones, acuerdos o consensos internacionales, sino de una legitimidad "superior"...
También registramos que sus enemigos no serían apenas adversarios políticos, sino amenazas existenciales contra una misión histórica.
Desde esa premisa,
El sionismo religioso-mesiánico,
Su núcleo afirma,
Los asentamientos, bajo esa mirada, no son únicamente colonias estratégicas sino hechos políticos con sentido redentor.
La guerra no es solo defensa frente a una amenaza, sino oportunidad para consolidar soberanía mientras la legalidad internacional ocupa un lugar secundario frente al derecho bíblico-histórico.
Por eso ciertos dirigentes israelíes no buscan
simplemente seguridad sino que buscan una definición cerrando el
conflicto mediante victoria, asentamiento, anexión, desplazamiento o
reducción de la población palestina a una existencia subordinada,
fragmentada y sin soberanía nacional propia.
El no judío puede ser tolerado como individuo,
trabajador, residente, minoría administrada o población local, pero
no como sujeto nacional con derecho equivalente a disputar la
soberanía sobre la misma tierra, una distinción que es clave.
Hay una arquitectura teológico-política donde el pueblo judío aparece como titular último de la promesa y los actores no judíos quedan ubicados en una posición secundaria.
Para esta corriente, el nacionalismo palestino no es una aspiración política legítima equivalente, sino una negación de la promesa judía sin equivalencias morales.
Desde el realismo geopolítico clásico, Israel busca destruir capacidades de Hamás, asegurar fronteras, controlar corredores, evitar ataques futuros y preservar su capacidad de disuasión.
Nada nuevo, pero desde el sionismo religioso-mesiánico, la guerra abre una oportunidad histórica para redefinir la relación entre el Estado judío y la totalidad del territorio.
Lo que para algunos sería una administración
militar provisional, para esta corriente debe convertirse en una
reocupación que no duda en transformarse en expulsión, asentamiento
o rediseño demográfico.
La guerra, en ese marco, no aparece únicamente
como respuesta a una agresión, sino como ocasión para resolver por
la fuerza una disputa histórica que la diplomacia internacional
mantuvo abierta durante décadas.
Allí, cualquier modificación puede convertir una
disputa nacional en guerra religiosa abierta, unir actores islámicos
divididos en otros planos y destruir equilibrios diplomáticos con
Jordania, Egipto, Arabia Saudita y buena parte del mundo musulmán.
La respuesta no se puede ver desde esta visión sino desde la mesiánica, que no es solo la provocación o la disputa interna por votos.
Para estos sectores radicalizados judíos, tocar
ese punto no es una imprudencia gratuita, sino una afirmación de
soberanía sagrada y allí la prudencia diplomática es vista como
debilidad despreciable y el gesto religioso es una prueba de
fidelidad nacional.
Ese tipo de lenguaje tiene efectos concretos reforzando la percepción de guerra existencial, deshumaniza al enemigo, estrecha el margen de negociación y convierte el conflicto en continuidad de una batalla "ancestral"...
Aun cuando se lo presente como metáfora, su potencia política es real.
Israel proyecta así dos imágenes que parecen contradictorias, pero que funcionan juntas.
Una imagen habla el idioma del progresismo occidental mientras que la otra habla el idioma de la Biblia, la tierra, la guerra y la redención.
Esa doble narrativa no siempre es coherente, pero resulta funcional.
Esa superposición permite sostener alianzas externas liberales mientras se radicaliza la agenda territorial interna.
La utilización de agendas culturales occidentales debe separarse de la religiosidad mesiánica clásica, porque muchas corrientes religiosas judías no las comparten.
Sin embargo, políticamente cumplen una misma función que es la de construir la imagen de Israel como isla de tolerancia moderna frente a sus vecinos islámicos.
Allí aparece luego la contradicción más profunda
porque el mismo Estado que reclama legitimidad bíblica para la
tierra, puede prescindir de la moral bíblica cuando
necesita presentarse como vitrina liberal ante Occidente.
En la lógica bíblica tradicional, cuando Israel enfrenta una amenaza existencial, la respuesta no es solo militar sino que implica un retorno a "Dios", purificación, arrepentimiento, obediencia y examen interno.
La lógica estatal contemporánea parece ir en otra dirección:
La señal metafísica es fuerte porque no se pide protección por conversión, por seguir el mandato divino sino por identidad.
En este punto debemos recordar que esa alianza entre Israel y "Dios" ha sido reemplazada para el cristianismo histórico por la nueva alianza que trajo Jesucristo.
Este punto es algo que el cristianismo sionista interpreta de otra manera para justificar su apoyo a Israel. Esta es una de las claves para entender la temeridad israelí.
Si un sector dirigente cree que su existencia está inscrita en una promesa "superior", puede leer la oposición del mundo no como advertencia, sino como confirmación de su misión.
La crítica internacional, las condenas
diplomáticas y la presión del mundo islámico pueden ser absorbidas
como pruebas de que Israel está solo frente a una hostilidad
"ancestral"...
La paradoja es que esta misma lógica está debilitando la narrativa que pretende sostener.
La narrativa bíblica puede fortalecer al Estado, pero también puede juzgarlo...
Ese es el punto que la política moderna no entiende porque lo sagrado no es una herramienta neutral.
No puede comprenderse la conducta israelí actual solo desde la seguridad nacional.
Hay que incorporar la dimensión metafísica dado que la forma en que una parte del poder israelí interpreta la historia, el territorio, la guerra y el enemigo es desde una lectura bíblica, nacionalista y mesiánica.
Sin ese ingrediente, Israel parece actuar contra toda prudencia y lógica, apoyando lo que dice Trump sobre Netanyahu sobre la falta de criterio.
Pero con ese ingrediente, aparece otra
racionalidad que es la elección, promesa, restauración,
excepcionalidad y guerra sagrada encubierta bajo el lenguaje
moderno de la seguridad, la democracia y la lucha contra el
terrorismo.
Israel actúa como Estado moderno, pero una parte decisiva de su poder piensa como sujeto bíblico...
Esa superposición entre,
...explica una conducta que la geopolítica laica
interpreta como un exceso, pero que sus propios actores
pueden vivir como "destino" manifiesto...
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