por Emilio José Triviño Triviño
23 Febrero 2026

del Sitio Web BrownstoneEsp

 

 

 

 

 

 


La cuestión hoy en día

es decidir qué defender,

al ser humano o

al Sistema que quiere destruirlo,

porque si algo está claro,

es que es el barril

el que pudre a las manzanas,

no unas manzanas a otras.
 



En el año 1932 Albert Einstein envió una carta a Sigmund Freud titulada "¿Por qué la guerra?".

 

En el desarrollo de la carta, la cual buscaba respuesta a la referida pregunta, Einstein hace la siguiente reflexión:

El fracaso, pese a su manifiesta sinceridad, de todos los esfuerzos que durante la última década se han desplegado con miras a alcanzar ese objetivo [se refiere a la creación de un organismo de seguridad internacional] no nos deja resquicio para dudar de que en este punto intervienen poderosos factores psicológicos que paralizan tales esfuerzos.

 

Algunos de esos factores son fácilmente perceptibles.

 

La apetencia de poder que caracteriza a la clase gobernante en todas las naciones se opone a cualquier limitación de la soberanía nacional.

 

Ese "apetito político de poder" se nutre a menudo de las actividades de otro grupo cuyas aspiraciones tienen un carácter puramente material y económico.

 

Pienso aquí en particular en ese grupo poco numeroso pero decidido que encontramos en todos los países y que forman individuos que, indiferentes a las razones e intereses sociales, consideran la guerra y la fabricación y venta de armas simplemente como una ocasión para obtener ventajas particulares y ampliar el campo de su poder personal.

Esta sencilla constatación es sólo un primer paso hacia la plena comprensión de la situación efectiva.

 

En seguida surge una pregunta:

¿Cómo es posible que esa minoría consiga poner al servicio de sus ambiciones a la gran masa del pueblo, la cual de las guerras sólo obtiene sufrimiento y empobrecimiento?

(Cuando hablo de la masa del pueblo, no pretendo excluir a los militares de cualquier graduación que han elegido la guerra como su profesión, con la convicción de que contribuyen a defender los más altos valores de su raza y de que el ataque es a menudo el mejor medio de defensa).

 

Me parece que una respuesta evidente a tal pregunta sería que,

esa minoría de dirigentes políticos tiene en sus manos la escuela y la prensa, y generalmente también a la Iglesia.

 

Ello le permite organizar y dominar los sentimientos de las grandes masas y convertirlas en su instrumento.

Pero ni siquiera esta respuesta explica el problema.

 

Porque de ella surge otra pregunta:

¿Cómo es posible que la masa, por efecto de esos medios artificiosos, se deje inflamar con tan insensato fervor y decida sacrificar su vida?

Sólo se me ocurre una respuesta:

El hombre lleva en sí mismo una necesidad de odio y de destrucción...

En tiempos normales tal disposición existe en estado latente; sólo se manifiesta en circunstancias extraordinarias.

 

Pero también puede despertársela con cierta facilidad y degenerar en psicosis colectiva.

 

A mi juicio, es ésta la clave de todo el complejo de factores que venimos considerando, el enigma que sólo el conocedor de los instintos humanos puede resolver.

Llegamos así a una última pregunta:

¿Existe la posibilidad de dirigir el desarrollo psíquico del hombre, de manera que pueda estar mejor armado contra las psicosis de odio y de destrucción? (…)

El contenido de la carta de Freud es resumida por Erich Fromm en su libro 'Anatomía de la Destructividad Humana' como sigue:

En su famosa carta a Albert Einstein, Sigmund Freud no concluía que la causa de la guerra fuese la destructividad humana, sino los conflictos reales entre grupos, que siempre se resolvieron por la violencia, puesto que no hay una ley internacional que se pudiera aplicar - como en el derecho civil - para resolver estos conflictos pacíficamente.

 

Atribuía solamente un papel auxiliar al factor de la destructividad humana, que facilitaba la disposición de la gente a ir a la guerra cuando el gobierno había decidido hacerla.

Y seguidamente añade Fromm:

"La tesis de que la guerra se debe a la destructividad innata del hombre es claramente absurda para quienquiera que tenga el más pequeño conocimiento de la historia.".

Tanto es así que Fromm, más adelante, identificará la agresión defensiva del hombre como una reacción de origen filogenético que se activa ante las amenazas vitales.

 

Sin embargo, deja claro que si esa reacción no se corresponde a peligros reales sino a supuestas amenazas - debido a la sugestión de las masas y el lavado de cerebros, los cuales benefician siempre a unas minorías - la amenaza de que se desate esa violencia destructiva siempre estará.

 

Finalmente, después de enumerar los factores característicos de nuestra actual cultura, Fromm aclara:

Ninguna de estas condiciones es independiente de las demás.

 

Son parte de un sistema; de ahí que la agresión reactiva pueda reducirse al mínimo solo si todo el sistema, tal y como lleva existiendo en los últimos 6.000 años de historia, se reemplaza por otro fundamentalmente diferente.

 

Si esto ocurriera, las visiones que fueran utopías con Buda, los profetas, Jesús y los humanistas utopistas del Renacimiento, resultarían soluciones racionales y realistas, que servirían al programa biológico básico del hombre:

la conservación y el desarrollo del individuo como miembro la especie humana.

Llama la atención lo poco que han cambiado las cosas.

Seguimos en mano de una clase gobernante que recibe el apoyo financiero de unas corporaciones mercantiles, cuyo único objetivo es ganar poder económico y con este, poder político, debido a que la corrupción es sistémica.

No obstante, este moderno Leviatán tiene su talón de Aquiles...:

¡la mentira...!

No es verdad que la especie humana lleve en su naturaleza una vocación autodestructiva.

 

No es verdad que la ruptura del orden internacional cuente con el apoyo social, ni es cierto que la sociedad europea se sienta amenazada por el ataque de ninguna potencia nuclear.

Creo que Erich Fromm acertó de lleno al,

identificar el verdadero germen destructivo en el propio Sistema.

No sé si este vicio estructural se remonta a los 6.000 años de historia, pero a la vista de los últimos acontecimientos,

ya sea los referidos a la actual crisis de las relaciones internacionales, a los síntomas de decadencia y degeneración de la denominada élite social o los más que preocupantes síntomas de agotamiento y colapso de un sistema financiero depredador,

...lo cierto es que tenemos un gran problema estructural que afecta fundamentalmente a nuestra convivencia, y ese problema nace, paradójicamente, en nuestra desconfianza hacia la propia naturaleza humana.

 

Han convencido a la inmensa mayoría de nosotros de que necesitamos ser vigilados por nuestros gobernantes a través del argumento de que ellos cuidan de nuestra propia seguridad, ya sea previniendo el crimen mediante sistemas de vigilancia omnipresentes, o declarando la guerra a quienes ellos decidan.

 

La libertad del ser humano ha convertido en algo sospechoso.

Sin embargo, destacados investigadores de la psicología social nos advierten, precisamente, de lo contrario,

de la obligación moral que recae en cada uno de nosotros para enfrentarnos a la verdadera amenaza del ser humano, para enfrentarnos a lo que el profesor Philip Zimbardo denomina, el efecto lucifer...

 

La psicología social ofrece muchísimas pruebas de que el poder de la situación puede más que el poder de la persona en determinados contextos.

 

Expondré estas pruebas en varios capítulos.

 

No obstante, muy pocos psicólogos se han interesado por las fuentes más profundas de poder inherentes a la matriz política, económica, religiosa, histórica y cultural que define las situaciones y les otorga una entidad legítima o ilegítima.

 

La comprensión plena de la dinámica de la conducta humana nos exige reconocer el alcance y los límites del poder personal, del poder situacional y del poder sistémico.

 

(…)

Modificar o aprender a evitar estas fuerzas puede tener un impacto mayor para reducir las reacciones individuales censurables que cualquier medida correctora que se centre únicamente en las personas que se hallan en la situación.

 

La diferencia entre estos enfoques es similar a la que se da entre la salud pública y el modelo médico habitual, que se centra en el tratamiento de enfermedades concretas.

 

Sin embargo, si no nos hacemos sensibles al verdadero poder del Sistema, que siempre se oculta tras un velo de secretismo, y entendemos plenamente sus propias reglas, el cambio conductual será pasajero y el cambio situacional ilusorio.

El profesor Zimbardo a lo largo de su libro (El Efecto Lucifer) utilizará una ilustrativa metáfora consistente en identificar el sistema con un barril y a las personas con las manzanas contenidas en ese barril.

 

Lo que viene a demostrar en sus investigaciones, empezando por su célebre experimento consistente en la recreación de una prisión en los sótanos de la Universidad de Stanford en el año 1971 y pasando por las torturas y otras aberraciones cometidas en la prisión de Abu Graaib durante la guerra de Irak, es que,

las personas mentalmente sanas y socialmente integradas pueden llegar a cometer salvajes actos criminales si las fuerzas situacionales superan la resistencia moral de estas personas.

Y añade que la más importante lección que extrajo de su conocido experimento, es que,

las fuerzas situacionales son creadas por los Sistemas.

 

Los Sistemas ofrecen el apoyo institucional, la autoridad y los recursos necesarios para operar como los Sistemas exigen.

 

De modo que es el barril el que pudre las manzanas, y no unas pocas manzanas las que pudren el contenido del barril.

Pero Zimbardo dejó en la parte final de su libro un programa de diez recomendaciones o principios de actuación para evitar ser víctimas del denominado Efecto Lucifer, de los cuales destaco los dos últimos:

"No sacrificaré mis libertades personales o civiles por una seguridad ilusoria", y "yo puedo oponerme a los sistemas injustos"...

En El Corazón del Hombre, el antes referido Erich Fromm describe a la persona con orientación necrófila como una persona atraída y fascinada por todo lo que no vive, por todo lo muerto.

Viven en el pasado, nunca en el futuro.

 

Sus emociones son esencialmente sentimentales, es decir, alimentan el recuerdo de emociones que tuvieron ayer, o que creen que tuvieron.

 

Son fríos, esquivos, devotos de la ley y el orden.

 

Sus valores son exactamente lo contrario de los valores que relacionamos con la vida normal:

no es la vida, sino la muerte lo que los anima y satisface.

Es característica del necrófilo su predisposición hacia la fuerza en cuanto a la capacidad para convertir a un hombre en un cadáver.

Por el contrario, para Fromm, la persona biófila ama la aventura de vivir más que la seguridad.

 

Su sentido de la vida es funcional y no mecanicista.

Ve el todo y no únicamente las partes, percibe estructuras y no sumas.

 

Quiere moldear e influir por el amor, por la razón, por su ejemplo, pero no por la fuerza, ni aislando las cosas ni por el modo burocrático de administrar a las gentes como si fuesen objetos.

 

Goza de la vida y de todas sus manifestaciones, y no de la mera agitación.

Hoy no queda espacio para la pasividad sin ser cómplice del Sistema.

La lucha está definida por biófilos frente a necrófilos; no hay modo de escapar de ella para ninguno de nosotros.

La cuestión es decidir qué defender, al ser humano o al Sistema que quiere destruirlo...