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por Micha Narberhaus del Sitio Web BrownstoneEsp
proviene del Estado y consiste en elevar la falsa seguridad a categoría de valor supremo por encima de la libertad, la racionalidad o la vida misma...
En aquel año el día 13 cayó igualmente en viernes.
Recuerdo perfectamente la primera semana de confinamiento en mi barrio de Barcelona: la gente empezó a salir a la calle con mascarilla, sin nadie más alrededor. Seis años después, siguen ahí. No son pocos.
La mascarilla se ha convertido en un elemento
fijo del paisaje urbano barcelonés. Y en uno de los símbolos más
perfectos de la absurdidad de los tiempos que vivimos.
Es cierto que hay bulos en las redes sociales, pero los bulos más persistentes y más dañinos de los últimos seis años no vienen de ningún canal de Telegram ni de ninguna cuenta anónima.
Han venido del propio Estado:
La mascarilla, que protege y es necesaria, y cuya utilización sigue siendo recomendada, en particular cuando aumentan los casos de gripe o de Covid, lleva seis años en circulación con el sello oficial del Ministerio de Sanidad.
Y nadie en el discurso público tiene la valentía
de corregirlo. Es el tipo de bulo que solo puede sostenerse cuando
las élites políticas, mediáticas y académicas que
controlan la narrativa pública actúan al unísono, no necesariamente
por conspiración, sino por la misma comodidad ideológica, los mismos
incentivos institucionales y el mismo miedo a la controversia.
La gente tenía miedo y los activistas pedían a través de las redes sociales que el uso de las mascarillas fuera obligatorio. El virus suponía un peligro real para las personas mayores y vulnerables, y los gobiernos sentían una presión brutal para demostrar que estaban actuando.
La mascarilla se convirtió en el símbolo perfecto
de la firmeza gubernamental. [sic]
De hecho, en fechas tan tardías como las de abril de 2020, el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (ECDC) seguía manteniendo esta postura.
No era una postura caprichosa. Era el resultado
de décadas de estudios que evaluaban el uso real en el mundo real,
no en un laboratorio.
La incomodidad no genera más higiene, genera más manipulación de mucosas.
Las mascarillas quirúrgicas y las higiénicas de tela no filtran los aerosoles microscópicos por los que se transmiten los virus respiratorios.
En el exterior, con la dilución que proporciona el volumen de aire libre, el riesgo de contagio por simple proximidad peatonal es prácticamente inexistente.
En febrero de 2023, la Colaboración Cochrane, considerada el estándar de oro de la evidencia médica, publicó la actualización de su revisión sobre intervenciones físicas para reducir la propagación de virus respiratorios.
El estudio analizó 78 ensayos clínicos.
Su conclusión fue nítida:
Antes, el ensayo controlado danés publicado en Annals of Internal Medicine en 2020 había llegado a conclusiones similares respecto al uso de mascarillas quirúrgicas para proteger al propio portador.
Los médicos del hospital St. George de Londres
informaron de que la exigencia de mascarillas en sus instalaciones
durante 2020 y 2021 no supuso una diferencia perceptible en las
infecciones adquiridas dentro del propio hospital.
En 2022, un equipo del Institut Català de la Salut y de la Universidad Politécnica de Cataluña realizó un estudio con alrededor de 600 000 alumnos de escuelas catalanas.
Compararon la incidencia del COVID entre los niños de infantil (de 3 a 5 años, sin mascarilla obligatoria) y los de primaria (de 6 a 11 años, con mascarilla durante toda la jornada).
El resultado fue que la incidencia no fue menor entre los niños que llevaban mascarilla. De hecho, la incidencia fue mayor entre los niños de seis años que entre los de cinco.
La conclusión de los investigadores no dejaba lugar a dudas:
Además, hay un aspecto del que casi nunca se habla:
Un estudio sistemático reveló que más del 63% de los profesionales sanitarios que las utilizaban de manera prolongada informaron de dificultades respiratorias moderadas, el 54% de problemas de concentración y el 85% de una disminución de la capacidad de trabajo.
Las propias normas de seguridad laboral limitan su uso a turnos de ocho horas en entornos profesionales.
Para una persona de ochenta años con insuficiencia cardíaca o EPOC, caminar con una FFP2 bajo el sol no es una precaución inocente, sino una amenaza real para su salud.
No obstante, conviene hacer una salvedad:
Esta lógica tiene algún respaldo:
Pero esto no justifica que nadie, y menos las personas mayores, lleve mascarilla por la calle, ni que las autoridades sanitarias la hagan obligatoria en los centros de salud, como ha sucedido en repetidas ocasiones en Cataluña y otras partes de España en los últimos años.
Estamos, una vez más, ante una medida de uso comunitario general con la misma base científica endeble, aplicada esta vez a personas que ya se encuentran en un entorno médico y que, a menudo, precisamente sufren patologías que hacen más difícil llevarla.
Según esta visión, la salud se protege eliminando
o bloqueando los agentes patógenos. Es útil pero muy incompleta, y
durante la 'pandemia' se convirtió en el único marco de referencia
políticamente aceptable.
Lo que nos protege de enfermar no es la ausencia de gérmenes a nuestro alrededor - algo imposible en cualquier caso - sino,
Esta visión conduce a políticas de salud pública radicalmente distintas:
La 'pandemia' hizo exactamente lo contrario.
Y todo ello mientras ignoraba sistemáticamente los factores que de verdad determinan si una persona cae gravemente enferma:
Ninguno de estos factores recibió ni la décima
parte de la energía política que se dedicó a perseguir a quien
saliera a correr sin mascarilla.
Es el síntoma de una transformación cultural más profunda que lleva décadas gestándose:
En 2009, la escritora alemana Juli Zeh publicó Corpus delicti (El método), una novela distópica en la que imagina una sociedad gobernada por el MÉTODO, un régimen sanitario totalitario que ha convertido la salud en el deber supremo del ciudadano y el cuerpo en objeto permanente de vigilancia estatal.
Cualquier disidencia, como fumar, no hacer ejercicio o rechazar los protocolos, se convierte en un crimen político.
El confinamiento estricto fue posible porque existe una disposición cultural profunda a aceptar restricciones enormes de la libertad individual cuando vienen envueltas en el lenguaje de la protección colectiva.
No está claro que hayamos salvado más vidas de las que destruimos con dos años de parálisis, daño mental en menores, diagnósticos no realizados, soledad de mayores y ruina económica.
No son pocos los intelectuales que llevan tiempo argumentando que estamos entrando en una nueva edad oscura.
No la de la ignorancia por falta de información, sino la del oscurantismo voluntario:
Cuando una sociedad es incapaz de corregir durante seis años un error de salud pública bien documentado, cuando el periodismo renuncia a su función crítica por miedo al estigma social, cuando los expertos prefieren el silencio cómodo a la controversia, estamos ante algo más que incompetencia administrativa.
Es una forma de estupidez colectiva que se
autoalimenta.
¿Quién se lo
dice a las Élites?
Esta clase, formada por académicos, funcionarios y profesionales, pudo sentirse segura.
Además, se sintió virtuosa, convencida de que apoyar las medidas más restrictivas era una forma noble de proteger a los más vulnerables.
El hecho de que estos últimos - cuidadores,
trabajadores de hostelería, personas mayores en residencias y niños
sin espacios abiertos - pagaran el precio más alto de las
restricciones fue un detalle que muchos prefirieron no examinar
demasiado de cerca.
Hubo y sigue habiendo una minoría que lo ha cuestionado en las redes sociales, citando exactamente los mismos estudios que aparecen en este artículo.
A estas personas se les descalificó sistemáticamente tachándolas de teóricos de la conspiración.
Ese es el mecanismo clásico de control de la narrativa por parte de las élites:
El miedo al ataque social fue más poderoso que el compromiso con la verdad.
Y, mientras tanto, todos hemos visto las mismas imágenes:
Aquello era teatro. Pero este teatro tenía
consecuencias reales para la ciudadanía que lo observaba y lo
imitaba.
No lo hacen por elección libre e informada. Lo
hacen porque en estos seis años nadie con autoridad suficiente les
ha dicho con claridad que ese miedo concreto no tiene fundamento
científico.
Pero, en lugar de hacerlo, administran la narrativa y siguen alimentando el bulo de las mascarillas.
Muchos de los bulos de los que habla Sánchez
en realidad no lo son. Además, es hipócrita exigir responsabilidad
ajena mientras se rehúye la propia.
Pero la fisura en el control de la narrativa de las élites ya existe:
Eso no es conspiranoia... es pensamiento independiente.
Y es precisamente lo que se necesita para hacer frente a la desinformación oficial, que, debido a su alcance y autoridad, es la única que causa un daño verdaderamente masivo.
En lugar de esperar a que la corrección venga de
arriba, es necesario que más gente tome conciencia, piense de forma
crítica y rechace el conformismo generalizado de nuestra época.
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