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por Marcelo Ramírez
20 Julio 2026
del Sitio Web
KontraInfo
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Marcelo Ramírez
Analista geopolítico, escritor y conferencista argentino
especializado en análisis geopolítico y militar, conflictos
contemporáneos y dinámica del mundo multipolar.
Fundador y director de AsiaTV y
creador de la plataforma de análisis estratégico Humo y Espejos.
Autor del libro 'La OTAN contra
Rusia - Propaganda y Guerra Híbrida' (Editorial Letras Inquietas,
2022).
Cofundador de la Alianza para
el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI),
iniciativa orientada a fortalecer el diálogo estratégico entre el
mundo ruso y la comunidad iberófona |

La acumulación
contemporánea
no busca
solamente riqueza, comodidad o consumo,
sino obtener la
capacidad de ordenar la sociedad
y administrar la
escasez para decidir
sobre la vida de
los demás.
El
problema más profundo de nuestra época
no es que
existan hombres inmensamente ricos,
sino que
esa concentración de poder
haya
dejado de percibirse como una anomalía moral
y se haya
convertido en sinónimo de
inteligencia, mérito y éxito...
Cada vez que se publican las cifras de las
mayores fortunas del planeta vuelve a formularse una pregunta que
parece cargada de sentido común:
¿para qué necesita una persona acumular
semejante cantidad de dinero si, aun viviendo varias vidas,
jamás podría gastarlo...?
La pregunta resulta comprensible porque nace de
la experiencia de quienes asocian el dinero con la satisfacción
de necesidades concretas.
Naturalmente, quien no posee una vivienda imagina
que la riqueza consiste en comprar una casa o quien vive bajo el
peso de las deudas sueña con la tranquilidad de no deber nada.
La lista se extiende a muchas otras razones como
poder viajar, estudiar o atender su salud, llevando entonces a tomar
naturalmente al dinero como la llave que permite abrir aquellas
puertas que la escasez mantiene cerradas.
Sin embargo, esa manera de comprender la riqueza deja de ser útil
cuando se intenta analizar las grandes acumulaciones contemporáneas,
porque después de cierto punto,
el dinero ya no cumple la función de permitir
un mayor consumo, sino que se transforma en una herramienta
de poder.
Un multimillonario no necesita otra casa, ni otro
automóvil, todo lo que quiere ya lo puede comprar, simplemente
acumula porque cada nueva fracción de riqueza amplía su capacidad
para influir, condicionar y decidir sobre ámbitos que exceden por
completo su vida privada.
El dinero comienza entonces a comprar empresas,
bancos, tierras, medios de comunicación, plataformas digitales,
laboratorios, universidades, sistemas de inteligencia artificial,
recursos naturales y acceso privilegiado a los gobiernos.
En ese nivel, la fortuna deja de representar solamente una cantidad
de bienes y pasa a constituir una estructura privada de decisión
sobre la vida colectiva.
Cuando se controla una red social utilizada por
cientos de millones de personas, no se posee simplemente una
compañía rentable sino una capacidad formidable para determinar qué
discursos circulan, cuáles son invisibilizados, qué temas ocupan el
centro del interés público y qué acontecimientos quedan relegados a
los márgenes.
Lo mismo se repite con la infraestructura
tecnológica, las bases de datos, los sistemas de pago o los
algoritmos de inteligencia artificial: posee herramientas capaces de
condicionar la economía, la política, la cultura y hasta la
percepción cotidiana de la realidad.
Por eso la pregunta verdaderamente importante no es cuánto dinero
puede gastar un hombre en su corta vida natural, sino cuánta
voluntad puede imponer mediante ese dinero.
El consumo encuentra límites
físicos relativamente evidentes porque una persona puede habitar
un número reducido de casas, comer una cantidad limitada de
alimentos y utilizar apenas una fracción de los objetos que
posee, pero su consumo no es infinito ni remotamente cercano a
lo que su dinero representa como poder de compra.
El poder, en cambio, no
reconoce un punto natural de satisfacción, porque siempre existe
una decisión más que puede ser controlada, una institución más
que puede ser influida, una resistencia más que puede ser
neutralizada y un territorio adicional sobre el cual extender la
propia voluntad.
La acumulación extrema, por lo tanto, no debería
analizarse como una extravagancia psicológica de individuos
incapaces de disfrutar de lo que tienen, sino como una forma de
construcción política.
El dinero permite transformar
una preferencia personal en una decisión social, convertir una
ambición particular en política pública y presentar los
intereses de una minoría como si fueran necesidades universales.
Lo que se acumula no es solamente capital
monetario, acumula más y más capacidad de mando.
El poder, sin embargo, no existe en el vacío, sino
que siempre se manifiesta como una relación entre quien puede
decidir y quien debe aceptar la decisión, entre quien controla
los recursos y quien depende de ellos para sobrevivir.
Por eso no alcanza con que unos pocos posean
mucho, es necesario, para que esa riqueza se convierta en
dominio que muchos posean poco.
La desigualdad no es simplemente una distancia
numérica entre patrimonios, sino una arquitectura de dependencia
clave que obliga a una parte de la sociedad a someterse a las
condiciones establecidas por otra.
Una persona que tiene garantizados al alimento, a
la vivienda, a la salud, a la educación y ahora debemos ya sumar a
la energía y hasta el propio acceso al conocimiento, dispone de un
margen de libertad que resulta peligroso para cualquier estructura
de dominación.
Puede negarse a aceptar un trabajo degradante,
rechazar una orden injusta, abandonar una relación abusiva o
cuestionar a quien pretende imponerle condiciones.
Pero el que vive al borde del hambre, de la
deuda o del desalojo, por el contrario, debe calcular cada
gesto, porque cualquier resistencia puede tener consecuencias
inmediatas sobre su propia supervivencia.
La precariedad disciplina de una
manera que ninguna orden explícita podría conseguir.
El trabajador endeudado acepta horarios,
salarios y condiciones que rechazaría si su existencia no
dependiera de ellos, quien teme perder la cobertura médica se
vuelve prudente frente al empleador así como el que no sabe cómo
pagará el alquiler del mes siguiente posee una libertad apenas
formal, pero carece de autonomía material.
Puede elegir en teoría, aunque en la práctica
solo deba aceptar aquello que le ofrecen.
Por eso la desigualdad no siempre constituye un
efecto indeseado de la organización económica, sino que puede
convertirse en una condición funcional del poder.
No es necesario imaginar que las élites desean el
sufrimiento ajeno por una forma elemental de sadismo, aunque muchas
veces exista esa crueldad.
En una primera instancia alcanza con comprender
que la dependencia les resulta útil porque una población segura de
sus derechos, con sus necesidades fundamentales satisfechas y con
capacidad real de rechazar aquello que considera injusto y es mucho
más difícil de gobernar desde arriba que una población fragmentada,
endeudada y temerosa de perder lo poco que posee.
La inteligencia artificial lleva esta contradicción a una dimensión
inédita, porque ofrece por primera vez la posibilidad material de
producir una enorme cantidad de bienes, servicios y conocimiento
utilizando cada vez menos trabajo humano.
En términos tecnológicos,
podría abrirse una época en la cual las
tareas repetitivas disminuyeran, las jornadas laborales fueran
más breves y el acceso a la educación, la salud y la información
alcanzara niveles que durante siglos resultaron inimaginables.
Solo con eso, la humanidad podría encontrarse
frente a la posibilidad concreta de reducir radicalmente la escasez.
Pero la tecnología no posee una orientación moral propia ni
determina por sí misma la manera en que serán distribuidos sus
beneficios.
La misma inteligencia artificial es tanto capaz
de liberar tiempo y democratizar el conocimiento como ser utilizada
para reemplazar trabajadores, vigilar poblaciones, clasificar
individuos, predecir conductas, controlar movimientos y concentrar
todavía más la propiedad.
El problema central no reside en consecuencia, en
la máquina sino en la estructura de poder que la administra.
Si los sistemas de inteligencia artificial, los centros de
datos, la capacidad de procesamiento y las fuentes de
energía quedan en manos de una minoría, la abundancia técnica no
producirá necesariamente abundancia social.
Podrá ocurrir algo mucho más paradójico que es
que,
una civilización posea los medios para
garantizar una vida digna a todos sus integrantes y, sin
embargo, mantenga artificialmente la escasez porque la
inseguridad y la dependencia continúan siendo instrumentos de
control...
En ese escenario, el problema no será que la
tecnología haya fracasado, sino que habrá triunfado dentro de un
orden cuya finalidad no consiste en satisfacer las necesidades
humanas, sino en preservar las jerarquías existentes.
La productividad podrá multiplicarse lo que se
desee, pero sus frutos serán retenidos.
El trabajo humano podrá volverse menos necesario,
pero simultáneamente millones de personas serán declaradas
prescindibles, el conocimiento podrá encontrarse disponible en
cantidades extraordinarias, pero su acceso quedará condicionado por
plataformas privadas que decidirán quién puede utilizarlo y bajo qué
condiciones.
Esta posibilidad debería conducirnos a una pregunta todavía más
profunda:
¿por qué algunos seres humanos buscan
acumular un poder que excede toda necesidad razonable...?
La respuesta no puede reducirse a la codicia
entendida como simple amor al dinero, porque el dinero, en esas
dimensiones, es apenas el lenguaje mediante el cual se expresa,
una voluntad más antigua como la voluntad de
dominio, la necesidad de imponer la propia
decisión sobre los demás y la pretensión de no reconocer ninguna
instancia superior capaz de establecer límites.
La tradición cristiana identificó desde muy
temprano esta inclinación.
San Agustín habló de la libido dominandi,
la
pasión por dominar, que no se
satisface solamente con poseer bienes, sino que busca
transformar la libertad ajena en una extensión de la voluntad
propia.
El poderoso no quiere solamente que los otros
hagan aquello que él considera conveniente, al contrario,
necesita que reconozcan su autoridad, que
dependan de sus decisiones y que acepten como natural una
jerarquía en la cual su posición aparece por encima de las
demás.
La concepción cristiana introducía frente a esa
ambición un límite radical, porque afirmaba que todo poder humano
era relativo, transitorio y sometido a juicio.
El rey podía ordenar sobre la tierra, pero no
podía comprar su absolución.
Así, el rico podía rodearse de aduladores,
pero no podía modificar la verdad, ni el vencedor podía escribir
la historia, aunque su victoria no transformara el crimen en
justicia.
Ante Dios, el emperador y el mendigo volvían
a encontrarse en una igualdad que ninguna fortuna podía abolir.
La idea de trascendencia tenía, por lo tanto, una
consecuencia política y moral decisiva porque recordaba al poderoso
que existía una autoridad que no podía controlar.
La muerte no era simplemente el
final biológico de la existencia, sino el momento en que cada acción
sería examinada desde una medida distinta del éxito, la riqueza o la
victoria.
Quien hubiera construido su poder sobre el
sufrimiento de los demás no podría ocultarse detrás de balances,
leyes favorables o discursos cuidadosamente redactados.
El abandono de esa concepción no produce
automáticamente crueldad porque existen personas no creyentes
capaces de una profunda conducta moral y creyentes capaces de
cometer atrocidades.
Sin embargo, una sociedad que elimina toda
referencia trascendente pierde uno de los límites más poderosos
frente a la ambición.
Si no existe ninguna instancia superior al
éxito, si la historia es el único tribunal y si la muerte pone
fin a toda responsabilidad, el poderoso puede llegar a creer que
el único fracaso verdadero consiste en no haber acumulado
suficiente influencia antes de desaparecer.
La riqueza, las empresas, las fundaciones, las
instituciones y hasta la descendencia se convierten entonces en
formas de prolongación simbólica.
El hombre busca sobrevivir a través de
aquello que controla, inscribir su nombre en la historia
y modelar el futuro de generaciones que nunca conocerá.
La acumulación deja de ser un medio para
vivir mejor y se transforma en un intento de derrotar a la
muerte mediante la permanencia del propio poder.
La situación se vuelve todavía más grave cuando
la cultura deja de considerar esa ambición como un vicio y comienza
a presentarla como una virtud.
Durante siglos, aun en las sociedades
profundamente más desiguales, la avaricia necesitó ocultarse
o justificarse. El rico debía demostrar generosidad, fundar
hospitales, sostener obras religiosas o presentarse como protector
de la comunidad, porque la acumulación sin límite conservaba una
sospecha moral.
La sociedad contemporánea ha producido una inversión más profunda
puesto que ya no exige que el rico se justifique por poseer
demasiado, sino que lo admira precisamente por haberlo conseguido.
La fortuna se convierte en evidencia de
inteligencia, disciplina y superioridad.
El éxito económico comienza a funcionar como
certificado de virtud, mientras que la pobreza se interpreta
como resultado de una incapacidad individual.
Aquello que anteriormente podía llamarse avaricia
pasa a denominarse ambición mientras la explotación se presenta como
eficiencia, la indiferencia frente al sufrimiento ajeno se disfraza
de responsabilidad personal o la concentración del poder se celebra
como liderazgo, lo que lleva a la destrucción de comunidades enteras
puede ser defendida en nombre de la libertad
económica.
Ciertas formas de
libertarismo ofrecen la
justificación ideológica más completa de esta transformación, porque
parten de una concepción del individuo como propietario absoluto de
sí mismo, de sus capacidades y de todo cuanto consigue adquirir
mediante intercambios formalmente voluntarios.
Desde esta perspectiva, la sociedad deja de ser
una comunidad de obligaciones recíprocas y se reduce a una suma de
contratos entre individuos que, en teoría, se encuentran en igualdad
de condiciones.
El problema aparece cuando esa igualdad jurídica oculta
desigualdades materiales tan profundas que la libertad de una de las
partes se vuelve prácticamente ficticia.
Quien debe aceptar un empleo para alimentar a sus
hijos no negocia desde la misma posición que quien puede esperar
durante años, si necesita vender su fuerza de trabajo para
sobrevivir tampoco posee el mismo poder que quien controla el
capital, la tecnología y el acceso al mercado.
El contrato puede ser voluntario en los
papeles y profundamente coercitivo en la realidad.
El libertarismo radical, sin embargo, tiende a ignorar esa
dimensión y convierte todo resultado del mercado en una consecuencia
legítima de decisiones individuales.
Si alguien acumuló una fortuna dentro de las
reglas formales, se considera que tiene derecho absoluto a
conservarla aunque esa acumulación le permita condicionar
gobiernos y monopolizar recursos o someter a millones de
personas a relaciones de dependencia.
El rico merece su riqueza porque triunfó
mientras que el pobre merece su pobreza porque no supo
competir.
Así desaparecen del análisis,
-
la herencia
-
la concentración previa de la propiedad
-
la desigualdad educativa
-
los monopolios
-
el poder financiero
-
la apropiación de recursos naturales
-
la capacidad de los grandes actores
económicos para modificar las propias reglas bajo las cuales
dicen competir...
La estructura se vuelve invisible y toda derrota
social es atribuida a una falla moral del individuo, no a las
condiciones en que desarrolla su vida.
No todo defensor de la libertad económica sostiene esta visión, ni
toda crítica al Estado conduce necesariamente a la insolidaridad,
pero existe un núcleo libertario que resulta especialmente funcional
al poder concentrado que es la idea de que nadie debe nada a nadie
fuera de aquello que haya aceptado mediante un contrato.
Esa afirmación disuelve la noción misma,
de comunidad, de empatía por el prójimo, de
solidaridad,
...mientras desconoce que una sociedad no puede
construirse únicamente sobre vínculos comerciales entre individuos
aislados.
La vida humana comienza en la dependencia, se
desarrolla dentro de instituciones que nadie creó por sí solo y
necesita de bienes comunes que ninguna voluntad individual podría
producir.
El lenguaje, la cultura, la infraestructura,
la educación, la seguridad y el conocimiento acumulado por
generaciones constituyen una herencia colectiva que desconocen.
Incluso la mayor fortuna privada se apoya siempre
sobre condiciones sociales que su propietario no creó y de las
cuales se beneficia constantemente.
La tradición cristiana comprendía esta realidad al afirmar que la
propiedad privada podía ser legítima, pero nunca absoluta, porque
los bienes poseen un destino universal y deben servir también al
bien común.
La riqueza no eximía de responsabilidad, sino que
la aumentaba y entonces el que había recibido más no podía
considerarse dueño exclusivo de aquello que poseía, sino
administrador de bienes que debían cumplir una función social.
La pregunta cristiana no era solamente si algo había sido adquirido
legalmente, sino qué obligación nacía de esa posesión frente a
quienes carecían de lo indispensable. La legalidad no agotaba la
moral porque una fortuna podía ajustarse a las normas y, sin
embargo, resultar injusta si se había construido sobre el hambre, la
explotación o la privación de los demás.
Cuando esta concepción desaparece, el dinero queda liberado de toda
exigencia superior y el éxito sustituye a la virtud.
Ya no importa para qué se utiliza el poder, qué
consecuencias genera o cuántas vidas quedan destruidas en el camino,
alcanza con que haya producido resultados cuantificables.
En consecuencia,
el balance reemplaza a la conciencia y la
rentabilidad se convierte en el argumento definitivo.
También determinadas deformaciones religiosas
contribuyeron a legitimar este proceso.
Si bien no sería justo generalizar
responsabilizando al conjunto del protestantismo por la actual
situación, que muchas veces contiene tradiciones de fuerte
compromiso social y sostiene que una fe verdadera debe manifestarse
necesariamente en obras.
Sin embargo, las interpretaciones individualistas
de la salvación permitieron separar la vida espiritual de las
consecuencias concretas de la conducta económica, como si la fe
pudiera permanecer intacta mientras el creyente construía su
prosperidad sobre la desgracia ajena.
La teología de la prosperidad llevó esa deformación
todavía más lejos al presentar la riqueza como señal de bendición
divina.
El rico ya no necesitaba pedir perdón ni
justificar su fortuna, porque esa misma fortuna aparecía como
evidencia de que Dios lo había elegido.
El pobre, por el contrario, quedaba bajo
sospecha, dado que su situación podía interpretarse como falta
de fe, disciplina o mérito y en definitiva que Dios mismo le
daba la espalda.
Así,
la desigualdad económica adquiría una
legitimidad espiritual y la dominación se transformaba en signo
de superioridad moral.
La riqueza ya no era una prueba que exigía
responsabilidad, sino una recompensa que autorizaba al poderoso a
contemplar su posición como resultado natural de sus virtudes.
El ateísmo, por su parte, tampoco conduce necesariamente al egoísmo
ni a la crueldad, pero cuando se combina con una concepción
puramente material del éxito puede eliminar toda idea de
responsabilidad más allá de la ley, la reputación o la conveniencia.
Si las normas son consideradas simples
convenciones humanas y el poderoso posee la capacidad de
modificarlas, el límite moral puede reducirse a aquello que
resulte útil para conservar su posición.
En ese contexto, la cuestión no es simplemente si
el individuo cree o no cree en Dios, sino si reconoce alguna verdad,
algún deber o alguna dignidad humana que no pueda ser sacrificada en
nombre del éxito.
Una sociedad puede declararse religiosa y actuar
como si nada existiera por encima del dinero, del mismo modo que una
persona atea puede sostener principios éticos profundos.
El problema comienza cuando la cultura entera deja de reconocer
límites superiores a la voluntad de quienes vencen.
A esta pérdida moral se suma una dinámica propia de las
estructuras de poder, que tienden a seleccionar y premiar a
quienes poseen menos escrúpulos...
No se trata de una selección natural en
sentido biológico, sino de una selección institucional porque en
los sistemas organizados alrededor de la competencia permanente,
la maximización del beneficio y la eliminación de obstáculos,
quienes sienten compasión dudan o reconocen ciertos límites
pueden quedar en desventaja frente a quienes están dispuestos a
mentir, manipular o sacrificar a otros para avanzar.
La persona escrupulosa se detiene donde otra
continúa, rechaza una orden que podría favorecer su carrera, se
niega a ejecutar una medida injusta o abandona una posición cuando
comprende el daño que está causando.
El individuo sin esos frenos, en cambio, puede
avanzar con mayor rapidez dentro de estructuras que solo evalúan
resultados y consideran toda objeción moral como debilidad.
A medida que asciende, además,
el poderoso se rodea de personas
semejantes.
Quienes contradicen son desplazados,
considerados poco confiable, por mostrar compasión son acusados
de no comprender las exigencias de la realidad.
De ese modo se crea un ecosistema moral en el
cual la falta de escrúpulos deja de ser una anomalía y se convierte
en una condición para permanecer dentro del círculo de decisión.
Así se construye una pirámide que selecciona en
función del individualismo, el egoísmo y la falta de solidaridad y
empatía.
No es necesario que todos sean monstruos conscientes
de aquello que hacen, alcanza con que cada uno ejecute
una pequeña parte del daño y traslade la responsabilidad hacia la
estructura.
El funcionario afirma que cumple órdenes, el
empresario explica que responde a los accionistas, el técnico
sostiene que solo diseñó el sistema y el político asegura que no
existía otra alternativa...
La responsabilidad se fragmenta hasta
desaparecer, aunque el resultado final sea devastador, son
personajes anónimos que se consideran no responsables del conjunto.
Las élites también reproducen esa mentalidad mediante la educación
de sus propios descendientes, formándolos no para compartir el mundo
con los demás, sino para administrarlo.
Desde temprano aprenden a contemplar la
competencia como una ley natural, la vulnerabilidad como un defecto
y la compasión como una debilidad que otros aprovecharán.
El sufrimiento humano deja de percibirse como
una realidad moral y se convierte en costo, externalidad, riesgo
o variable estadística.
El otro ya no aparece como un semejante, sino
como un empleado, consumidor, votante, recurso humano, dato o
amenaza.
Cuando esta deshumanización se combina con
una enorme capacidad tecnológica, el poder puede tomar
decisiones que afectan a millones de personas sin experimentar
la dimensión concreta de sus consecuencias.
El problema fundamental de nuestra época, por lo
tanto, no es solamente económico, sino moral y espiritual...
No consiste únicamente en que algunos posean
demasiado mientras otros carecen de lo necesario, sino en que la
sociedad haya comenzado a admirar la acumulación ilimitada y a
considerar que quien consigue concentrar más riqueza merece
también una autoridad superior sobre el destino colectivo.
El multimillonario se transforma entonces en,
referente intelectual, consejero político,
innovador moral y diseñador del futuro, como si la habilidad
para acumular dinero demostrara automáticamente sabiduría sobre
educación, ciencia, guerra, cultura o justicia.
Su riqueza no es vista como una concentración que
debe ser limitada, sino como una credencial que lo habilita a
decidir por los demás.
Allí se encuentra el núcleo más peligroso de esta transformación
porque
el mal ya no necesita
ocultarse ni justificarse y ha conseguido modificar el lenguaje
con el cual la sociedad lo reconoce...
-
la avaricia se llama éxito
-
el egoísmo se llama libertad
-
la desigualdad se llama mérito
-
la dominación se llama liderazgo
-
la subordinación se presenta como
resultado natural de la competencia...
El dinero nunca fue el verdadero objetivo de las
grandes acumulaciones, ese el el gran error de apreciación de
quienes intentan oponerse y no entienden la naturaleza final del
problema.
Solo el dinero fue un instrumento
mediante el cual una voluntad individual pudo adquirir empresas,
instituciones, gobiernos, tecnologías y conciencias.
El objetivo final fue siempre el poder,
que es la capacidad de decidir sobre la vida de los demás sin
tener que responder ante ellos.
Una sociedad que abandona la idea de
trascendencia, debilita la solidaridad y convierte la riqueza en
medida de la dignidad humana queda moralmente indefensa frente a esa
ambición, porque deja de reconocer al poderoso como alguien cuya
voluntad debe ser limitada y comienza a contemplarlo como un
vencedor cuya conducta merece ser imitada.
Y cuando la dominación deja de producir
rechazo para transformarse en modelo de éxito, el poder ya no
necesita imponerse únicamente desde arriba porque ha conseguido algo
mucho más eficaz:
que quienes se encuentran debajo ¡aspiren a
reproducirlo...!
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