por Christian Cirilli

29 Enero 2026

del Sitio Web ChCirilli

 

 

 

 

 



Cuando, poco antes de asumir su segundo mandato presidencial, Donald Trump manifestó a viva voz su intención de impulsar un irredentismo explícito sobre todo el continente americano - incluyendo Canadá y Groenlandia - tales declaraciones no suscitaron una reacción significativa en el Viejo Continente.

Cabría suponer que tales afirmaciones fueron interpretadas como una excentricidad retórica, una hipótesis utópica, o en el peor de los casos, como una herramienta diplomática orientada a fortalecer la posición negociadora de Estados Unidos en materia comercial.

Es más: probablemente dichas declaraciones hasta fueran interpretadas de manera parcial; esto es, creíbles para Latinoamérica, pero poco y nada creíbles respecto de los "aliados históricos".

En Europa ha existido cierta comprensión - y, en muchos casos, una justificación - de la proyección de dominación estadounidense sobre América Latina.

 

Los países latinoamericanos, caracterizados como economías subdesarrolladas pero ricas en recursos naturales, fueron muchas veces vistos como espacios "naturalmente" destinados a quedar bajo la tutela de Estados Unidos, en tanto potencia desarrollada y hegemónica.

Existe, asimismo, una indulgencia persistente hacia la actividad depredadora de Estados Unidos; indulgencia que no se concede a los impulsos emancipadores y soberanistas surgidos de las entrañas latinoamericanas.

 

Como si unos estuvieran llamados - y legitimados - a dominar, mientras que otros quedaran inexorablemente condenados a la sumisión.

Sin embargo, Europa difícilmente imaginó que, tras décadas de condición de aliado privilegiado de Washington - sustentada en el vínculo estructural de la OTAN - y en un contexto marcado por una creciente rusofobia - en ocasión del conflicto de Ucrania - también debería confrontar las ambiciones territoriales explicitadas por Donald Trump hacia regiones del Atlántico Norte y polares, vinculadas a herencias históricas británicas, francesas y danesas.

La expectativa europea resulta comprensible:

la proyección del poder estadounidense siempre se dirigió "hacia el sur", sobre América Latina, en intensidades y modalidades variadas.

Cualquier aliado estratégico no-hispano que poseyera territorios en América - en especial los británicos - era respetado en honor a los vínculos y las membresías.

 

Como expresa el dicho:

"entre bueyes no hay cornadas".

En este sentido, la expansión y el ejercicio del poder imperial rara vez se han dirigido contra territorios pertenecientes al círculo de socios privilegiados.
 

 

 


Los desgraciados de siempre

Para quienes han nacido y se han formado en el contexto latinoamericano - como este humilde servidor argentino - el concepto de "imperialismo estadounidense" no remite a una categoría abstracta o meramente teórica, sino a una experiencia histórica concreta, signada por intervenciones políticas, económicas y militares recurrentes.

El imperialismo estadounidense, en parte heredero de las formas de proyección de poder del Imperio británico, se expandió mediante una diversidad de mecanismos destinados a asegurar su influencia política, económica y estratégica.

 

Dichos mecanismos no se limitaron a la dominación territorial directa, sino que incluyeron modalidades indirectas de control, más refinadas, adaptadas a distintos contextos históricos y regionales.

Durante el siglo XIX, Estados Unidos llevó adelante una fase de expansión territorial directa, legitimada por la doctrina del Destino Manifiesto, de fuerte impronta puritana, que concebía como legítima la apropiación y explotación de territorios considerados subutilizados o poco aprovechados.

 

Ejemplos paradigmáticos de este expansionismo de carácter bélico fueron la guerra contra México (1846-1848), que derivó en la anexión de aproximadamente 2.400.000 km² de territorio mexicano, así como la intervención en Cuba tras la guerra hispano-estadounidense de 1898, que permitió a Estados Unidos consolidar su control sobre dicha isla y Puerto Rico y extender su presencia estratégica a Guam y Filipinas (Asia Oriental).
 

 

El hundimiento del USS Maine - un autoatentado o falsa bandera - no fue tanto la causa de la guerra hispano-estadounidense como el catalizador de una decisión estratégica previamente madurada, que permitió a Estados Unidos legitimar ante su opinión pública una guerra de expansión imperial largamente deseada.


 

Ya durante la primera parte del Siglo XX, Estados Unidos implementó una tutela política y militar sobre Estados considerados soberanos.

 

Implementó la Doctrina Monroe (con corolario rooseveltiano) [1], impuso y sostuvo "burguesías-compradoras" ligadas a Washington y, cuando tuvo que usar el Big Stick, lo hizo sin ninguna contemplación:

  • Nicaragua, 1912-1933

  • Haití, 1915-1934

  • República Dominicana, 1916-1924

  • Panamá, 1903

Fue la etapa temprana del "disciplinamiento" y la cooptación.

 

Marines estadounidenses posan con la bandera capturada de Augusto César Sandino, Nicaragua, 1932. Las operaciones militares de Estados Unidos en dicho país respondían al objetivo estratégico de asegurar el control sobre la eventual construcción de un Canal de Nicaragua. Sandino fue posteriormente asesinado por la Guardia Nacional al mando de Anastasio Somoza. De este apátrida, Franklin D. Roosevelt diría: "Somoza may be a son of a bitch, but he's our son of a bitch".

 



Tras la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos profundizó el control estructural sobre las economías latinoamericanas, desplazando el énfasis desde la intervención directa hacia formas de dominación económica.

 

Este proceso estuvo marcado por la expansión del corporativismo estadounidense y por el ascenso de grandes conglomerados empresariales que operaron, en la práctica, como auténticos virreinatos económicos.

 

Compañías como,

  • United Fruit Company

  • Standard Oil

  • Ford

  • ITT,

...alcanzaron niveles de influencia decisivos sobre las estructuras estatales locales.

 

En particular, la United Fruit Company desempeñó un papel definitivo en Centroamérica, hasta el punto de dar origen al término "repúblicas bananeras", utilizado para describir regímenes políticamente subordinados y económicamente dependientes de intereses corporativos extranjeros.
 

 

Samuel Zemurray (nacido como Schmuel Zmurri Blausman en el Imperio Ruso) fue una figura clave del imperialismo corporativo estadounidense en Centroamérica. Fue el propietario de la United Fruit Company, el mayor conglomerado frutero del mundo durante la primera mitad del siglo XX. Zemurray financió y organizó golpes de Estado para instalar gobiernos favorables a sus intereses, mantuvo ejércitos privados, influyó en legislaciones laborales y fiscales y controló infraestructura crítica (puertos, ferrocarriles, tierras). En los hechos, UFC operó como un Estado paralelo en una buena cantidad de países.


 

Durante la Guerra Fría, el imperialismo estadounidense adquirió un marcado carácter ideológico y securitario.

 

En este período, la política exterior de Washington se orientó prioritariamente hacia la contención del comunismo, lo que se tradujo en una especialización en estrategias de contrainsurgencia y en el respaldo - directo o indirecto - a golpes de Estado en América Latina.

Para tal fin, Estados Unidos promovió el entrenamiento y la reconfiguración doctrinaria de las fuerzas armadas latinoamericanas, despojándolas de orientaciones nacionalistas y subordinándolas a funciones de control interno, en el marco de la Doctrina de la Seguridad Nacional y a través de instituciones como la Escuela de las Américas.

 

Este proceso desembocó en episodios de profunda ruptura institucional y violencia política, entre los que se destacan,

  • el golpe de Estado contra el gobierno de Salvador Allende en Chile (1973)

     

  • el derrocamiento de María Estela Martínez de Perón en Argentina (1976),

...ambos inscriptos en la coordinación represiva regional conocida como Plan Cóndor, entre numerosos otros casos.
 

 

mmm

El dictador chileno Augusto Pinochet y el secretario de Estado Henry Kissinger se saludan en el marco de la Asamblea General de la OEA, celebrada en Chile, en 1976. El encuentro es recordado porque, pese a las denuncias internacionales por violaciones sistemáticas a los derechos humanos, Kissinger expresó en privado su comprensión, en plena vigencia del Plan Cóndor.


 

En el período de Posguerra Fría y hasta el advenimiento del trumpismo 2.0, Estados Unidos ejerció una forma de dominación menos visible y más estructural, basada fundamentalmente en mecanismos financieros y normativos.

 

El denominado Consenso de Washington [2] operó como un marco de disciplinamiento económico,

promoviendo políticas de privatización, liberalización comercial y ajuste fiscal que, en numerosos países latinoamericanos, derivaron en procesos de desindustrialización, pobreza estructural y acelerado endeudamiento externo.

En este contexto, organismos financieros internacionales como el Fondo Monetario Internacional (IMF), el Banco Mundial (WB) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) adquirieron una centralidad inédita como instrumentos de condicionamiento y orientación de las políticas económicas nacionales.

 

Durante la década de 1990, la Argentina fue presentada como el "mejor alumno" del Consenso de Washington. En la imagen, el presidente argentino Carlos Saúl Menem (1989-1999) junto al presidente de los Estados Unidos, George H. W. Bush, y su hijo George W. Bush, quien años más tarde también ocuparía la presidencia.

 

 

Esta nueva era en proceso de parto, bajo los augurios de la National Security Strategy 2025, nos revela un imperialismo transaccional, coercitivo y des-institucionalizado, que privilegia la presión bilateral, el castigo económico y la instrumentalización de la seguridad y la migración, aunque, de alguna manera, parece cohesionar todas las características de cada periodo, aplicado según el caso.

En síntesis, la política exterior estadounidense hacia América Latina - históricamente caracterizada por una flexible pero persistente erosión de soberanías - no genera hoy sorpresa ni conmoción (penosamente)...

 

Lo verdaderamente llamativo es que,

esa lógica se proyecte también sobre aliados y vecinos estratégicos, como lo es Canadá, y que resurja, además, una pulsión abiertamente anexionista respecto de Groenlandia, no ya desde la posición de una potencia hegemónica establecida, sino desde la de una potencia territorialmente expansiva.

 

 


Creía que éramos amigos

Di mi primera impresión sobre Groenlandia y el expansionismo estadounidense en mi artículo del 29/12/2024 "Trump pone la mirada sobre el Ártico y el Canal de Panamá" cuando el presidente norteamericano ya daba señales de actualizar el irredentismo histórico sobre América Latina, pero ahora, ampliando el campo de proyección hacia el Ártico.

Lo cierto es que, tras un episodio inédito - y ya podríamos decir paradigmático - de intervención militar estadounidense en Venezuela que incluyó el secuestro del presidente Nicolás Maduro, la Administración Trump intensificó su retórica sobre la "necesidad urgente" de asegurarse Groenlandia por motivos de seguridad nacional.

La idea de que Estados Unidos pudiera aspirar a ejercer un control directo sobre un territorio autónomo de un aliado histórico - Dinamarca y, por extensión, la Unión Europea y la OTAN - sorprendió profundamente a los gobiernos europeos y generó un amplio rechazo político, subrayándose que la soberanía groenlandesa no podía ser objeto de apropiación unilateral por otra potencia.

Claro, esto en principio y basado en principios... cuando las presiones estadounidenses se hagan más y más insoportables, los fundamentos europeos se toparán con una inusitada flexibilidad.

 

A veces, la política internacional, mucho más entre dirigentes pusilánimes, se guía por la célebre frase marxista (por Groucho, no Karl):

"estos son mis principios, pero si no les gustan, tengo otros".

Desde comienzos de esta década, Europa ha renunciado como nunca a cualquier vestigio de soberanía y autonomía política.

 

Encorsetada por las élites burocráticas de la Unión Europea, se ha subordinado de manera vergonzosa a cada sugerencia emanada desde Washington.

 

Cuando Biden proclamó a los cuatros vientos que "América ha vuelto" y anunció la embestida contra Rusia, todo el continente siguió dócilmente al flautista de Hamelin...

 

Se lanzaron a sancionar, censurar y abastecer el conflicto con un fervor rusofóbico acrítico y enfermizo (excepto Hungría).

 

En una demostración de obediencia ciega, cortaron los lazos con el suministro energético - gasífero - que sostenía a sus industrias y se entregaron al GNL estadounidense, sensiblemente más caro.

 

Incluso fingieron no saber qué pasaba cuando Washington saboteó los Nord Stream. Finlandia y Suecia quebraron su propia neutralidad y se afiliaron a la OTAN por pura disciplina.

 

Entregaron dignidad, empleos y capacidad productiva. Y ahora, encima, se endeudan para destinar hasta el 5% de sus PIB al gasto militar, armamento que, inevitablemente, comprarán del otro lado del Atlántico.

 

¿Todo para qué?

Para descubrir que su protector y guía los ha traicionado, y que puede hacer uso del ius primae noctis si así le place...

Por acomodaticia y lisonjera, Europa se ha encaminado hacia su propia autodestrucción y, aun así, parece incapaz de comprender por qué es vilipendiada, ninguneada, absorbida y permanentemente amenazada.
 

 

Civiles daneses observan con admiración a soldados de la División Freikorps Danmark de las Waffen-SS recién regresados del Frente Oriental, el 8 de septiembre de 1942. Pese a haber sido invadida por Alemania, Dinamarca terminó aportando voluntarios al esfuerzo bélico nazi contra la Unión Soviética. Si el comportamiento pasado es el mejor predictor del futuro, resulta poco probable que Dinamarca sostenga un enfrentamiento con Estados Unidos. Los más probable es que termine cediendo y que se integre - más subordinada que nunca - al designio del poder hegemónico estadounidense.



Así las cosas, a los europeos les resulta aceptable confrontar de manera permanente con Rusia, sacrificando el haber de sus cuentas y (posiblemente mañana) sus juventudes.

 

También le resulta normal observar con recelo el ascenso de China, como un reflejo de Pavlov.

 

Ven como sano aplicar políticas de "máxima presión" sobre Irán - e incluso tolerar incursiones unilaterales tan extremas como el secuestro de un presidente latinoamericano - pero de ningún modo lo es alterar el esquema tradicional de alianzas transatlánticas.

 

Eso es inconcebible...

 

No encaja en la lógica dominante ni en la arquitectura discursiva de una propaganda cimentada durante años:

los "malos" siempre han sido otros, los del este, los del sur, los periféricos, los "de la jungla".

La pretensión estadounidense sobre Groenlandia quiebra, precisamente, esos supuestos tácitos que durante décadas estructuraron la relación entre Estados Unidos y sus colegas europeos.

 

Y genera orfandad...

 

 



El "Asunto Groenlandia" llega a la Agenda

Para el 21 de diciembre de 2025 - antes del secuestro de Nicolás Maduro - se produjo un hecho que encendió las alarmas en la UE, relegando la cuestión ucraniana a un segundo plano:

"uno de los suyos" - Dinamarca - estaba siendo seriamente presionada por Estados Unidos, que exhibía un interés concreto, explícito y persistente en Groenlandia.

La Administración Trump había dado un paso significativo al designar al gobernador de Luisiana, Jeff Landry,

como representante especial del presidente para Groenlandia, un gesto diplomático inusual que evidenciaba la gravedad estratégica atribuida al asunto.

La figura del "representante especial" no es menor en la práctica diplomática estadounidense:

suele ser empleada en escenarios de guerra.

Aquí, sin embargo, el movimiento parece operar de manera inversa: no como instrumento para gestionar una guerra en curso, sino como un paso destinado a prefigurarla.

 

El gesto no carece de carga simbólica. Luisiana fue un territorio francés adquirido a precio vil por Estados Unidos en 1803.
 

 

El presidente Donald Trump designó al gobernador de Luisiana, Jeff Landry, como representante presidencial para Groenlandia. Carente de experiencia en política exterior o en funciones diplomáticas, Landry es un dirigente de un Estado del sur estadounidense, lo que vuelve su nombramiento difícil de justificar. La decisión parece responder a una reminiscencia histórica deliberada, evocadora de la Compra de Luisiana de 1803, sin la cual el gesto resultaría, en rigor, inexplicable.


 

Lo extraño, sin embargo, no fue la acción estadounidense.

 

Lejos de adoptar un tono de abierta confrontación - como el "Groenlandia no está a la venta" de los primeros momentos - el primer ministro de Groenlandia, Jens Frederik Nielsen, se focalizó en las formas y no en el fondo, mostrándose "abierto al diálogo" aunque "por los canales adecuados".

 

Intentando acercar posiciones, cuestionó la retórica desafiante de Trump, al señalar que,

"no es propia de verdaderos amigos".

En una línea similar, la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, instó,

"encarecidamente a Estados Unidos a poner fin a las amenazas dirigidas contra un aliado históricamente cercano",

...reforzando así la percepción de una tensión inédita dentro del entramado tradicional de la alianza transatlántica.

Esa parece ser, en los hechos, la única respuesta de Dinamarca frente a la hostilidad abierta de Estados Unidos:

apelar al vínculo histórico y a la presunción de una amistad estratégica, sintetizada en la desconcertada interpelación del "creí que éramos amigos"...

 

 

En Argentina tenemos un dicho:

"existe un 'momento Simpson'

para prácticamente cualquier situación de la vida".



Por su parte, Trump no dejó margen de duda:

afirmó que Estados Unidos "necesita" Groenlandia por razones de Seguridad Nacional, sosteniendo - de manera discutible - que embarcaciones chinas y rusas operan libremente en la región, presentando ese escenario como una amenaza directa a los intereses estratégicos estadounidenses.

 

 

Con el reluctante senador Lindsey Graham a su lado,

el presidente Donald Trump

reafirmó que irá por la anexión de Groenlandia

aludiendo "razones de Seguridad Nacional".

¿Cómo lo logrará? ¡Poco importa!

¡Las opciones están sobre la mesa!

¡Incluso la militar!

Esto es patada en el tablero del Occidente Colectivo.



Aunque Trump no habló específicamente de una operación militar, tampoco la descartó (hasta Davos).

 

Pero sí se advierte una intensa campaña de presión política. Según POLITICO, este objetivo sería conseguido antes de las elecciones de medio término de 2026, coincidiendo con el 250º aniversario de la independencia estadounidense (4 de julio).

Una alternativa contemplada sería la suscripción de un Tratado de Libre Asociación con Groenlandia - como el que se tiene con Puerto Rico - mediante el cual Washington brindaría asistencia financiera y asumiría la responsabilidad de la defensa del territorio, a la vez que se mantendría la autonomía interna groenlandesa.

 

Este esquema implicaría, en los hechos, una marginación de la autoridad soberana de Copenhague.

 

Otra opción, de carácter abiertamente transaccional, consistiría en la adquisición formal del territorio a Dinamarca, por una suma que algunos analistas estiman en torno a los 700.000 millones de dólares.

 

Claro, queda una última:

fomentar la independencia de Groenlandia y luego un referendo de anexión (como hizo Rusia con las repúblicas del Donbás).

 

El primer ministro de Groenlandia, Jens Frederik Nielsen, y la primera ministra danesa Mette Frederiksen, en Nuuk, el 23 de enero de 2026. El pequeño país europeo está en una de sus peores disyuntivas históricas.

 


Europa, que por ahora se rasga las vestiduras, podría terminar presionando a Dinamarca para que ceda a Trump Groenlandia... a cambio de su involucramiento directo en el conflicto de Ucrania.

 

Esto ya lo adelante en "Washington Ilimitado". ¡Ahora me entero que POLITICO deslizó la misma hipótesis!

Lo verdaderamente execrable es que,

mientras simulaban "defender los intereses de Europa" con el envío de tropas meramente simbólicas y hacían declaraciones grandilocuentes, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y el presidente francés, Emmanuel Macron, intercambiaban mensajes privados por la red Signal con Donald Trump - confiando estúpidamente en que éste jamás los haría públicos como efectivamente hizo - adulándolo descaradamente.

En esos mensajes, Rutte y Macron elogiaban el accionar de Trump por su accionar en Siria, Gaza y Ucrania, al tiempo que intentaban, con tibieza cortesana, moderar su voracidad respecto de Groenlandia.

 

Rutte incluso firma con un servil "suyo, Mark", mientras Macron lo intenta entusiasmar con un "podemos lograr grandes cosas en Irán".

 

La farsa europeísta quedaba así al desnudo...
 

 

Mensajes de Mark Rutte y Emmanuel Macron a Donald Trump vía Signal. Rutte incurre en una adulación desmedida, mientras Macron ofrece la disposición francesa a "hacer grandes cosas en Irán" - difícil interpretar eso como otra cosa que no sea destrucción - a cambio de aliviar la ansiedad estadounidense por Groenlandia.

 


Trump había amenazado a los 8 países europeos,

Dinamarca, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, Reino Unido, Países Bajos y Finlandia,

...que enviaron tropas simbólicas con una suba de aranceles de hasta el 25% si no se adecuaban a una negociación por Groenlandia, con entrada en vigor para el 1º de febrero.
 

 

"¡Íbamos juntos a saquear a Rusia!",

exclama una sorprendida Ursula von der Leyen,

apuntada ahora por el pistolón del 25% de Trump.

 


Ya durante el Foro de Davos, el 21 de enero de 2026, Trump aludió a Groenlandia solicitando el control o "derechos" sobre ella, argumentándolo como una cuestión de seguridad nacional, pero,

por primera vez dijo que no recurriría al uso de la fuerza para obtenerlo, lo que fue destacado en su intervención.

Sin embargo, exigió negociaciones inmediatas para discutir la adquisición o un trato sobre Groenlandia, insistiendo en que sería beneficioso para la seguridad común.

 

Aunque no habló de fuerza, su discurso incluyó mensajes implícitos de presión política o económica, sugiriendo que habrá consecuencias si su propuesta no era aceptada.

 

 

En tiempos de "guerras híbridas",

ya no es necesario recurrir a la fuerza militar para intimidar,

y Trump dejó en claro que los países que se opongan

a sus objetivos quedarán bajo el foco de su rencor.



Apenas después del discurso de Trump, Mark Rutte consiguió una bilateral donde, evidentemente, hizo concesiones fuertes, aun cuando no tiene poder soberano sobre Groenlandia ni el resto de los países europeos.

 

Poco después, Trump publicó en Truth Social algunas consideraciones sobre ella:

"Tras una reunión muy productiva con el Secretario General de la OTAN, Mark Rutte, hemos establecido el marco para un futuro acuerdo con respecto a Groenlandia y, de hecho, a toda la región ártica"...

 

"Esta solución, de concretarse, será muy beneficiosa para Estados Unidos y todos los países de la OTAN"...

 

"Con base en este entendimiento, no impondré los aranceles que debían entrar en vigor el 1.º de febrero. Se están llevando a cabo conversaciones adicionales sobre la Cúpula Dorada en relación con Groenlandia"...

 

"Se proporcionará más información a medida que avancen las conversaciones"...

 

"El vicepresidente J. D. Vance, el secretario de Estado Marco Rubio, el enviado especial Steve Witkoff y otros, según sea necesario, serán responsables de las negociaciones"...

 

"Me informarán directamente".

 


Si este mensaje, de ser cierto, es verdadero,

supone una indigna y absoluta rendición

de los intereses europeos.

Una más... y van.



El presidente de Estados Unidos, Donald Trump

conversa con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte,

durante una reunión bilateral al margen de la reunión anual

del Foro Económico Mundial en Davos,

el 21 de enero de 2026.



El ministro de Asuntos Exteriores danés, Lars Løkke Rasmussen sostuvo que,

"Aplaudimos que Trump haya descartado la opción de apoderarse de Groenlandia por la fuerza y haya suspendido la guerra comercial.

 

Ahora, sentémonos a la mesa de negociaciones y averigüemos cómo podemos tener en cuenta las preocupaciones de seguridad de Estados Unidos en el Ártico, respetando al mismo tiempo las líneas rojas del Reino de Dinamarca".

¿De qué manera Dinamarca sostendría la soberanía si lo que pretende Estados Unidos como base de negociación es precisamente la soberanía?

Existe, quizá, una "salida creativa":

el llamado "modelo chipriota" del Reino Unido.

Como es sabido, los británicos conservan en Chipre dos Áreas de Base Soberana - el 3% del territorio isleño - desde las cuales proyectan su control sobre el Mediterráneo oriental:

  • Dhekelia (en el sureste, cerca de Lárnaca)

  • Akrotiri (al sur de la isla, próxima a Limassol)

Dinamarca podría ensayar una fórmula similar para aplacar el irredentismo de Trump, sin ceder totalmente su soberanía.

Estados Unidos obtendría soberanía sobre determinadas zonas de Groenlandia para construir y operar infraestructura militar, entre ellas, la delirante "Cúpula Dorada".

 

Queda por ver si eso es realmente lo que busca Washington, pues todo indicaría que quiere proyectarse marítimamente, con lo cual necesita la soberanía total sobre las costas.

 

¿Acaso no son los barcos chinos y rusos el problema?

 

Si firma ese improbable pacto... hay que ver cuánto duraría. Muy seguramente el mismo conllevaría implícito un "acuerdo minero" que monopolice la extracción de las riquezas del subsuelo para los estadounidenses.

 

En los hechos, la soberanía danesa sobre Groenlandia quedará reducida a "algo protocolar".

Por cierto, la "Cúpula Dorada" (Golden Dome) es el nombre que Trump le ha dado a un ambicioso plan de defensa antimisiles de Estados Unidos, que remite inevitablemente a la Strategic Defense Initiative (SDI, mejor conocida como "Star Wars") impulsada por Ronald Reagan para neutralizar los misiles soviéticos.

 

Todo indica que su verdadero objetivo sería forzar a Rusia a una desgastante carrera armamentística.

Conviene recordarlo: la SDI - que incluso llegó a contemplar la militarización del espacio mediante plataformas orbitales - nunca se materializó.

 

En los años ochenta era técnicamente inviable y financieramente un despropósito.

 

Sin embargo, cumplió una función clave:

inquietó al Kremlin, empujándolo a realizar colosales inversiones en tecnología misilística, radar, informática y espacial, drenando recursos vitales de la economía soviética.

Inquieto por los avances rusos en armas estratégicas de nueva generación - Oreshnik, Burevéstnik, Sarmat, Avangard, Zirkón y Kinzhal, entre otras - que han vuelto en gran medida inoperante el sistema antimisiles de la OTAN (NATO Ballistic Missile Defence, BMD), desplegado desde 2002 como un arco defensivo sobre las fronteras de Rusia,

Trump busca ahora reforzar su sensación de seguridad mediante una constelación de radares avanzados, sensores, interceptores y satélites-asesinos capaces de detectar y neutralizar misiles - incluidos los hipersónicos - antes o durante su fase de vuelo.

Es el primer paso a la militarización del espacio.
 

 

Donald Trump ha iniciado la creación de un sistema de defensa de múltiples capas denominado Cúpula Dorada. Su elemento clave será una red de satélites con armas láser capaces de destruir misiles balísticos intercontinentales. Si los láseres fallan, estarán respaldados por una segunda capa, con misiles interceptores a cotas bajas. Se le ha ordenado al Secretario de Guerra que prepare un plan para defender contra misiles balísticos, hipersónicos, de crucero avanzados, en un plazo de 60 días. Nótese el entramado actual de piquetes-radar rodeando Rusia y China. Si Estados Unidos logra obtener Alaska y Canadá, el potencial de detección es tremendamente superior, casi sin fisuras.


 

Lo cierto, es que en Davos y ante "su hijito" Rutte,

Trump desplegó su estilo negociador: grandes pretensiones - la adquisición o el control directo del territorio - y amenazas de aranceles contra los aliados europeos resistentes.

El método es conocido:

provocar reacciones mediáticas, sembrar pánico, alimentar disputas internas... y luego retroceder lo justo y necesario para proclamar un "acuerdo", retirando la amenaza arancelaria.

La reacción europea fue disímil y dejó al descubierto fragilidades estructurales: geopolítica y militarmente débiles, profundamente dependientes del Complejo Militar-Industrial estadounidense, los países de la UE carecen de músculo para responder, por lo que una respuesta fáctica (militar) es utópica.

 

La dependencia energética - desplazada de Moscú a Washington - los vuelve doblemente vulnerables.

 

A ello se suma la dominancia digital y tecnológica de las plataformas estadounidenses, que le otorga a Washington un poder incluso superior al de los aranceles.

Bruselas no dispone de instrumentos asimétricos equivalentes:

los aranceles de represalia apenas le hacen cosquillas a Trump y regresarían como un bumerang, tal como ya ocurrió frente a una Rusia comparativamente menos poderosa.

¿Qué puede hacer la genuflexa y debilucha UE...?

Negociar los términos de su propia subordinación.

 

Asumir que el enemigo es Rusia y China y marchar al ritmo de la comparsa de Trump.

Por eso "llegará a un acuerdo" que (en definitiva) no lo es:

aumentará el gasto militar, contendrá a Rusia en la frontera oriental, y liberará a Washington para que reasigne fuerzas militares y recursos económicos hacia otras regiones del planeta (América y Asia-Pacífico).

Como sentenció el primer ministro belga Bart De Wever,

"la Unión Europea se enfrenta a la disyuntiva de ser un vasallo infeliz o un esclavo miserable".

Bien podría terminar siendo ambas cosas.

No obstante las agachadas, dado que las presiones de Trump sobre Dinamarca - miembro tanto de la Unión Europea como de la OTAN - son persistentes y explícitas, la propia cohesión de la Alianza Atlántica (y de la UE) queda en entredicho.

¿Qué ocurre cuando el "enemigo" al que se supone que hay que "contener" no se encuentra fuera, sino dentro del bloque?

 

¿A quién se recurre entonces: al agresor o al agredido?

Rutte parece haber elegido la salida:

¡más dependencia! ¡menos soberanía! ¡más resignación!

 

 

 

"Comemos frijoles por nuestro amado líder", parece traslucir el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, al afirmar que gracias a Donald Trump Europa hoy destina más recursos a la defensa - a costa de mayor endeudamiento y del recorte de programas de desarrollo para su población - ante la supuesta certeza de que en 2029, 2030 o 2031 "Rusia los invadirá".



 

 

El pusilánime canciller alemán, Friedrich Merz, pasó de enviar poquísimos soldados a Groenlandia por la "idea inadmisible" de una anexión... a agradecerle, con desfachatada reverencia, a Donald Trump su "preocupación" por la defensa del Ártico ¡contra los rusos!

 


Como sostiene Emmanuel Todd:

"sin consciencia nacional no hay Estado-nación.

 

En el caso de la Unión Europea, ir más allá de la nación es bastante fácil de aceptar porque está en el corazón mismo del proyecto.

 

Lo curioso es la pretensión de las élites europeas de permitir que la superación de la nación coexista con su persistencia".

Se es una cosa o se es la otra:

a estas alturas, este tipo de hitos históricos plantea el dilema de persistir como un supra-Estado integrado al "centro" del poder global (como de hecho lo es) o disolverse y regresar al modelo de Estados-nación soberanos y separados.

No se puede ya simular estar en ambos conjuntos.

 

 



Groenlandia como proyección marítima

Si bien la aproximación de Trump a Groenlandia presenta también un marcado sesgo extractivista, el interés estadounidense no se explica exclusivamente por la explotación de recursos naturales.

 

De hecho, el valor central del Ártico no reside tanto en los recursos que alberga como en su relevancia geoestratégica.

 

Observado desde el Polo Norte, el planeta revela una cartografía distinta del poder global, en la que el control de los espacios árticos adquiere un significado decisivo para la proyección militar, logística y política a escala mundial.
 

 


La perspectiva cenital desde el Polo Norte

permite advertir que Alaska, Canadá y Groenlandia

conforman una suerte de "costa occidental" del Ártico,

en contraste directo con la "costa oriental" rusa.



Lo mismo que los estrechos marítimos, como Panamá, Suez o Malaca, el Ártico es una ruta marítima cada vez más importante, sobre todo si tenemos en cuenta la presencia de Groenlandia, la isla más grande del mundo, y su posición central en ese escenario.

 

Al derretirse progresivamente el hielo ártico, nuevas rutas están tomando creciente relevancia pero ninguna como las rutas árticas, que conectan rápidamente el Atlántico y el Pacífico.

Es admisible notar que Groenlandia es geográficamente mucho más cercana a Estados Unidos que a Dinamarca, lo que la convierte en una zona de seguridad directa para Washington.

 

Pero de hecho, desde 1951, Estados Unidos tiene la responsabilidad exclusiva de la defensa groenlandesa.

 

Ese año, en pleno contexto de Guerra Fría, Estados Unidos y Dinamarca firmaron el Acuerdo de Defensa de Groenlandia (Defense of Greenland Agreement), por el cual el reino europeo le daba a Washington la asunción de la defensa militar, permitiéndole instalar, mantener y operar bases militares.

A partir de ese acuerdo, Estados Unidos consolidó la Base Aérea de Thule (hoy base espacial Pituffik).

¿Entonces por qué insiste Trump tanto en la seguridad nacional si ya tiene vigente con Dinamarca un acuerdo que le cede absolutamente la defensa de la isla?

Bueno, aquí las especulaciones:

En primer lugar, Groenlandia posee una posición geoestratégica única que la convierte en un puente natural entre Norteamérica, Europa y Eurasia.

 

En ese sentido, su incorporación como territorio propio supondría para Estados Unidos una extensión de su espacio aéreo y marítimo sobre el casquete polar.

Hoy por hoy existen dos vías navegables intermitentes para el comercio a través del Ártico:

  • la Ruta del Noreste (Northeast Passage / Northern Sea Route), clave para Moscú, que bordea la costa ártica de Rusia y conecta Europa con Asia

     

  • la Ruta del Noroeste (Northwest Passage), que entre las islas del archipiélago ártico de Canadá, uniendo el Atlántico y el Pacífico por el norte de América.

En este último caso, Canadá sostiene que se trata de "aguas interiores" bajo su soberanía, mientras que Estados Unidos las considera un estrecho internacional.

 


Existe una tercera Ruta que es la Ruta Transpolar, de dificilísima navegación por la concentración de hielos espesos.

 

En términos generales, las rutas árticas representan una verdadera "bendición" para el comercio marítimo: acortan distancias y tiempos de tránsito entre Asia, Europa y América del Norte, eluden los cuellos de botella tradicionales - Suez, Malaca y Panamá - y, a largo plazo, abaratan de forma estructural los costos logísticos.

 

Pero la Ruta del Noreste es la verdaderamente activa.

El problema que se suscita es que la Ruta del Noreste está totalmente dominada por Rusia, quien, aparte, cuenta con una flota adecuada de rompehielos, varios nucleares.

 

Esto permite utilizar la ruta incluso en invierno.

En la 25ª Cumbre de la OCS celebrada en Tianjin (China) del 31 de agosto al 1 de septiembre, así como en el Foro Económico Oriental de Vladivostok, del 3 al 6 de septiembre de 2025, Putin y Xi Jinping pusieron el acento en la exploración y explotación conjunta de la región ártica, junto con el desarrollo de infraestructura estratégica destinada a aprovechar los mares circundantes como corredores clave para el comercio mundial (Una "Nueva Era" viene pariendo un corazón).

 

El Corredor Transártico (también llamado indistintamente Ruta del Norte o Ruta del Noreste) se extiende desde San Petersburgo, pasando por Múrmansk, Arjanguelsk y la Ruta Marítima hasta Vladivostok. Se trata de un sistema integral que permitirá combinar el transporte acuático, ferroviario y automovilístico con el objeto de tejer una red logística compleja. Esta red se desarrollará aprovechando las cuencas de los grandes ríos de Siberia (el Obi, el Yeniséi y el Lena) y se apoyará en la creciente infraestructura portuaria de la zona ártica.

 

Como se aprecia en el mapa de arriba, la Ruta del Noreste bordea la costa norte de Rusia a lo largo de 5.600 kilómetros, desde el estrecho de Kara hasta la bahía de Providéniya, Chukotka, en el extremo noroeste del Océano Pacífico.

 

En la última década el volumen de mercancías se multiplicó por diez, alcanzando los 38 millones de toneladas. Para 2030 esa cifra podría llegar a 103 millones de toneladas.

Considérese además que el Ártico tiene tres grandes cuencas petrolíferas: la costa del mar de Beaufort (norte de Alaska y el delta del Mackenzie en Canadá), el Ártico canadiense nororiental (Nunavut) y el noroeste de Rusia (mar de Kara).

 

Se estima que habría unos 90.000 millones de barriles de petróleo no descubiertos, 1.670 billones de pies cúbicos de gas natural técnicamente recuperable y 44.000 millones de barriles de gas natural líquido técnicamente recuperable en 25 zonas geológicas definidas.

 

Esto significa que el Ártico contiene aproximadamente el 13% del petróleo, el 30% del gas natural y el 20% del gas natural líquido no descubierto en el mundo.

Y aquí viene la cosa…

Rusia y Estados Unidos (por Alaska) son "naciones árticas" (Noruega, Canadá y Dinamarca, por Groenlandia, también).

 

China se declaró "estado casi ártico" en 2018 (Near-Arctic State) en el marco de la "Ruta Polar de la Seda".

 

Rusia tiene una evidente ventaja por gozar de una costa enorme, por su flota apta, abundante y moderna, y sus constantes exploraciones.

 

Pero lo cierto es que queda mucho por dilucidar en el Ártico sobre "cuestiones limítrofes", lo que abre el apetito de las grandes potencias.

La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CNUDM, de 1982) es el único marco jurídico válido para resolver conflictos... pero no todos los países árticos la han ratificado.

 

En virtud de dicha Convención los cinco estados costeros del Ártico ejercen su soberanía sobre su Zona Económica Exclusiva (ZEE) dentro de una franja costera de 200 millas náuticas (370 kilómetros) y más allá, si pueden demostrar que el lecho marino reclamado constituye una extensión de su plataforma continental.

 

Estados Unidos, como superpotencia, está en clara desventaja para reclamar.

 

Las extensiones

según costas hacia el Polo Norte.



Es por ello que necesita penetrar en Groenlandia para ampliar su "costa" efectiva y, con ella, proyectar soberanía marítima sobre mares y zonas adyacentes, así como extender su influencia más allá de ellos.

Se rumorea que, en el marco de los contactos que rodearon la llamada cumbre de Anchorage, Putin habría ofrecido a Trump una colaboración amistosa en el Ártico como vía para "iniciar el deshielo de las relaciones" bilaterales.

 

Rusia habría tentado a Trump con la magnitud de los recursos árticos y la posibilidad de explotarlos mediante joint ventures ruso-estadounidenses, combinando capital y tecnología occidental con reservas rusas.

Naturalmente, un esquema de este tipo requería condiciones previas:

  • el levantamiento de las sanciones occidentales

     

  • una salida "en buenos términos" del conflicto en Ucrania

     

  • la recuperación de los cerca de 300.000 millones de dólares de activos rusos inmovilizados en bancos europeos, fondos que podrían destinarse directamente a esas inversiones

La avanzada tecnología occidental en materia de extracción permitiría, en ese contexto, un boom productivo de gran escala.

Trump, consciente del endeudamiento público abismal de Estados Unidos y de las desventajas industriales y comerciales frente a China, estaría desesperado por asegurar el dominio del mercado energético.

 

En esa lógica, la necesidad de replegarse en el llamado "Hemisferio Occidental" - esto es, el conjunto del continente americano - le permitiría construir un reservorio exclusivo de recursos, también en el Ártico.

El problema estratégico, entonces, pasa por cerrar el continente americano "hacia el norte" - Canadá y Groenlandia - para incorporar plenamente el Ártico al mercado mundial bajo control estadounidense.

Desde esta perspectiva, Rusia y Estados Unidos tendrían intereses convergentes, no divergentes, en el Ártico.

Moscú necesita tecnología, capital y el levantamiento de sanciones para dinamizar su sector hidrocarburífero, así como reducir el riesgo de fricciones con la OTAN en la "fachada europea" del Ártico - con Noruega como actor clave - a lo largo de la Ruta del Mar del Norte.

Pero el problema no solamente son los canadienses y los europeos, sino los chinos:

Rusia querría incorporar a China en la ecuación; las tres potencias compartiendo el Ártico (dejando afuera a los europeos).

Estados Unidos no está a gusto con la inserción china por su competencia sistémica.

El desarrollo de la Ruta Polar china no solamente es una vía comercial para sus exportaciones sino también un canal seguro energético:

Beijing procurará abastecerse de hidrocarburos procedentes del Ártico ruso, dado que casi el 80% de sus importaciones de petróleo provienen atraviesan el Estrecho de Malaca, fácilmente bloqueable por las potencias occidentales (AUKUS mediante).

No obstante, una vulnerabilidad similar existe en el estrecho de Bering, lo que explica el interés adicional de China en una cooperación ruso-estadounidense que garantice la estabilidad del corredor entre el Pacífico y el Ártico.

Esta disposición rusa explicaría por qué Putin elige no confrontar abiertamente las ambiciones estadounidenses en Groenlandia y, por el contrario, señala el destrato danés.
 

 

 

El presidente ruso Putin

habla abiertamente de precios de compra

y señala el destrato histórico del Reino de Dinamarca

a la población groenlandesa.



Resumiendo:

la crisis entre Estados Unidos y Dinamarca - y, por extensión, con Europa - obedece tanto a los recursos hidrocarburíferos y mineros como a las rutas comerciales abiertas por el deshielo, una de las cuales ya se encuentra plenamente activa y bajo control ruso, conectando el Pacífico con el Atlántico.

A ello se suma, por supuesto, la cuestión de la defensa misilística.

 

La cuestión es multidimensional para Estados Unidos:

seguridad contra Rusia, recursos a costa de Europa, territorio para impedir el acceso de China.

Groenlandia tiene la desgracia de ser un portaaviones inhundible, situado en una posición geográfica central, condenada a adquirir un valor estratégico desmesurado en el nuevo tablero ártico.

 

No obstante, bastaría con que Washington incremente las condiciones ya vigentes desde 1951 para ampliar su presencia militar en la zona sin necesidad de considerar cuestiones de soberanía.

 

Pero no es el caso... Trump necesita de las costas groenlandesas para proyectarse al mar con legitimación propia, no como aliado OTAN.

Por elevación, Trump podría estar apostando a un objetivo encubierto:

destronar a Europa definitivamente, dinamitarla y fraccionarla para trabajar con sus restos: los Estados-nación...

Esto no es un objetivo subrepticio, sino declarado, como lo atestigua la NSS 2025.

Consideremos algunas "relaciones extrañas" y reacomodadas de las últimas semanas.

 

En primer lugar, aunque con menos aspavientos que la llamada Coalición de los Dispuestos conformada por Reino Unido, Alemania y Francia, Dinamarca es parte activa del comando europeo antirruso en Ucrania.

Pero, además, más allá de que sus Fuerzas Armadas están prácticamente equipadas en su totalidad con material estadounidense y de que su aparato de inteligencia se encuentra estrechamente supeditado a la CIA - basta recordar el episodio del espionaje telefónico a Angela Merkel - Copenhague integra hoy, junto con Islandia, Noruega, Suecia, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y los Países Bajos, la llamada Fuerza Expedicionaria Conjunta (Joint Expeditionary Force, JEF).

Esta estructura, bajo mando británico, busca incorporar a Ucrania sin que esta sea formalmente miembro de la OTAN, configurando de hecho una suerte de mini-OTAN de impronta británica.

 

Ya he abordado este fenómeno en "La rendición que Europa se niega a aceptar", un título que, por lo visto, vuelve a resultar tristemente oportuno.
 

 


¿Pero miren quiénes se quieren proyectar

hacia el Atlántico Norte y más allá?

 ¡Los ingleses!



¿Será entonces que Trump está entrando en abierta confrontación, no tanto con Rusia, sino con Londres y Beijing?

 

Llama la atención estas increíbles sintonías...

 

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, reunido con el presidente chino, Xi Jinping, este 16 de enero de 2026. Ambos países venían de un historial reciente de confrontaciones extremadamente serias (caso Meng Wangzhou, por ejemplo). Sin embargo, ellos también empezaron un deshielo. Debemos recordar que el jefe de Estado canadiense es... ¡el rey Charles III de Inglaterra!

 

 

Keir Starmer, primer ministro del Reino Unido, y Xi Jinping, presidente de China, se reunieron en Beijing el 29 de enero de 2026 durante la visita oficial del británico a China para intentar relanzar y profundizar las relaciones bilaterales, especialmente en lo económico y estratégico.

 

 

Se sabe que Londres opera con frecuencia "en las sombras".

 

Por un lado, ejerce una influencia significativa en la arquitectura de inteligencia occidental en Europa, en estrecha articulación con la CIA a través de sus vínculos históricos con el MI6

 

En ese marco, no han faltado especulaciones acerca de si ambos servicios actuaron como planificadores conjuntos en el frustrado atentado contra Putin en Nóvgorod.

Moscú ha presentado a Trump pruebas concretas del involucramiento de la Agencia estadounidense en esa maniobra.

 

Sin embargo, lo que rara vez se menciona es la posibilidad - planteada en círculos analíticos - de que el MI6 haya desempeñado un rol central en la planificación estratégica, mientras que la ejecución habría recaído en otros actores o estructuras intermediarias.

Además, la City de Londres (o sea, la Corona británica) está apoyando a Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal (FED) estadounidense, para que no ceda a Trump su autonomía.

 

Trump necesita desesperadamente que la FED baje la tasa de interés bancaria, para reducir la deuda pública y fomentar el crédito - además de devaluar el dólar y fomentar las exportaciones - pero Wall Street y la City londinense se oponen, porque ellos viven de la deuda pública norteamericana.

 

Aunque suene loco... ¡se podría decir que Trump está luchando contra la élite financierista de Londres agitando el asunto groenlandés!

 

Jerome Powell se niega a bajar las tasas de la Reserva Federal porque sostiene que ello erosionaría la credibilidad del dólar y reavivaría presiones inflacionarias. Históricamente, la FED mantiene una autonomía del ejecutivo, pero es manejada por seis grandes bancos privados: JPMorgan Chase, Bank of America, Citigroup, Wells Fargo, Goldman Sachs y Morgan Stanley, es decir, por la élite financierista global.

 

 



Canadá y Reino Unido se acercan a China

Tras visitar Beijing en un movimiento inesperado, el primer ministro canadiense Mark Carney llegó al Foro de Davos con un discurso disruptivo, en el que llamó a "romper con el viejo orden mundial" e instó a las potencias medias a coordinarse y actuar frente a la política imperial de Trump.

Por supuesto, el conflicto canadiense-estadounidense viene acelerándose con las declaraciones de Trump sobre la posibilidad de convertir al país de la Commonwealth en el "Estado n 51" - lo cual incluye sus ansias sobre la proyección polar - pero se agrava aún más con la política arancelaria que Washington aplica de forma recurrente contra su vecino del norte.

 

Desde julio de 2025, los aranceles pasaron del 25% al 35%, y en octubre se añadió un 10% adicional, profundizando una escalada comercial que erosiona cualquier apariencia de relación privilegiada.

Canadá exporta el 70% de sus productos a Estados Unidos, dentro del esquema T-MEC. Por ello, es extremadamente vulnerable a los aranceles unilaterales.

 

Para reducir la dependencia económica y política de Washington necesita acercarse a China, el único mercado con escala suficiente para compensar.
 

 

 

Después de sacar rédito

Mark Carney descubrió que...



Carney, con la venia británica seguramente, se acercó a China para lanzar una "nueva asociación estratégica", con un "acuerdo comercial preliminar, pero histórico" para reducir aranceles en sectores considerados sensibles.

 

El acuerdo incluye la importación de autos eléctricos chinos y la exportación de productos agrícolas y pesqueros.

Acto seguido:

Starmer visitó Beijing. Desde 2018 que un jefe de gobierno británico no visitaba China.

 

Con él, fueron 50 líderes empresariales británicos y su agenda incluye Shangai, la capital financiera.

Por lo visto, antiguos aliados incondicionales de Estados Unidos están buscando un acercamiento con su rival sistémico.

 

Para China, estos acuerdos con (una parte de) la Anglosfera es una forma inteligente de horadar el poder estadounidense y afincarse en el orden globalista, que ya domina a sus anchas

 

Pero también podría ser un recordatorio a Rusia de que su "amistad sin límites" tiene, probablemente, límites contextuales.

 

Si Rusia pretende compartir el Ártico con los estadounidenses sin China, entonces China hará las paces con la Corona Británica e ingresará por esa puerta.

 

 

 

Notas

  1. La Doctrina Monroe (1823) advertía a las potencias europeas que no intentaran recolonizar tierras en el Hemisferio Occidental y permitiesen las independencias latinoamericanas. A cambio, prometía que Estados Unidos no intervendría en los asuntos internos de las naciones europeas ni en sus colonias existentes. El Corolario Roosevelt (1904), añadió una "extensión", que implicaba que si una país latinoamericano tenía conflictos internos o deudas que pudieran dar lugar a una intervención europea, Estados Unidos debería intervenir primero para "normalizar la situación". Este corolario fue incorporado tras la crisis de Venezuela (1902-1903), donde potencias europeas bloquearon puertos para exigir cobranzas. El mensaje era "Nosotros nos encargamos de los problemas aquí". Estas políticas explican muchas de las tensiones históricas entre Estados Unidos y América Latina, ya que sentaron las bases para intervenciones militares y económicas.
     

  2. El Consenso de Washington fue un conjunto de recomendaciones de política económica orientadas principalmente a los países de América Latina, que promovían reformas estructurales de corte neoliberal con el objetivo declarado de estabilizar las economías, promover el crecimiento y facilitar su inserción en los mercados internacionales... aunque provocaron el efecto contrario (desindustrialización, desempleo, informalidad, pobreza, endeudamiento crónico y dependencia exterior). El término fue acuñado en 1989 por el economista John Williamson, para sintetizar el núcleo de políticas que gozaban de amplio consenso entre el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, el FMI, el Banco Mundial y los principales think tanks económicos con sede en Washington. En conjunto, estas medidas apuntaban a reducir el rol del Estado.