por Christian Cirilli

17 Agosto 2026

del Sitio Web ChCirilli

Versión en italiano

 

 

Christian Cirilli

es un analista político argentino, nacido el 20 de junio de 1972 en Buenos Aires. Licenciado en Administración (UBA), manifestó su interés en asuntos internacionales, economía, geopolítica y globalización, expresando sus opiniones en su "bitácora" personal: LA VISIÓN.
Colabora con medios como KontraInfo y ha participado en programas de radio como Otras Voces (FM Crisol) y Radio Gráfica, además de numerosos canales de YouTube. Sus artículos son replicados por muchos portales y periódicos del mundo, y suelen ser utilizados en la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN).

 

 

 

 


 


Todo se construye y se destruye

tan rápidamente,
que no puedo dejar de sonreír.

Parte de la Religión,

Charly García

 



Como desarrollé en el artículo anterior, en Oriente Medio comienza a delinearse el escenario del "día después".

 

El Pacto de La Meca procura posicionar a un terceto de potencias regionales sunitas, todas ellas estrechamente vinculadas con Estados Unidos, para proyectar poder, en principio, frente a la potencia emergente iraní.

 

 

Recep Tayyip Erdoğan, por Turquía, Mohammed bin Salman, por Arabia Saudita y Shehbaz Sharif, por Pakistán estampan sus firmas en el Pacto Defensivo de La Meca.

El "Sunnistán" no nació para defender a los más de 100.000 palestinos masacrados de Gaza, sino cuando unos cuantos misiles yemeníes comenzaron a amenazar las refinerías y la infraestructura petrolera saudí.



El primer corolario que se desprende de dicho Pacto se vincula con el fracaso estrepitoso de la estrategia de "máxima presión" impulsada por Trump y Netanyahu contra Irán entre junio de 2025 y la actualidad.

 

Lejos de doblegar a Teherán, la ofensiva militar, económica y diplomática no consiguió alcanzar sus objetivos estratégicos fundamentales - el cambio de comportamiento del régimen, el desmantelamiento de sus capacidades disuasivas y el aislamiento regional de la República Islámica - y terminó favoreciendo un reordenamiento del equilibrio de poder en Oriente Medio que, paradójicamente, reforzó la posición geopolítica iraní.

Muy pocos habrían imaginado que la guerra desatada arteramente el 28 de febrero llegaría a un punto de agotamiento tal que Irán continuaría de pie, con Ormuz bajo su control y exhibiendo ínfulas de victoria; tantas, que incluso pudo imponer un Memorando de Entendimiento que, por sus términos, encapsulaba una verdadera capitulación estadounidense.

 

Los constantes esfuerzos de Washington por escalar y desescalar, sus sucesivos virajes y sus reiterados golpes de bruces solo revelan una cosa:

que el orden liderado por Estados Unidos en Asia Occidental se encuentra en proceso de extinción.

Este reacomodamiento deja a Israel - tanto mentor como protegido de Washington - con escasas expectativas de imponer sus condiciones.

 

Siempre he hecho alusión a que la Pax Hebraica era y sigue siendo una de las grandes fuerzas impulsoras de este caos geopolítico.

 

Los multimillonarios judeo-sionistas, como la influyente Miriam Adelson o la tenebrosa cofradía jasídica Jabad-Lubavitch o el lobby de AIPAC, que dominan ideológicamente el Congreso estadounidense, la Mainstream Media, Sillicon Valley y el Beltway, no dejarán de insistir en la destrucción absoluta de Irán y en el dominio de las riquezas de Medio Oriente.

 

Cueste lo que cueste.

En ese sentido, empujarán hacia una implicación estadounidense directa y sangrienta, mediante una campaña terrestre destinada a dominar Ormuz - alfa y omega del flujo energético mundial - parece erigirse como la única solución capaz de revertir el actual (des)equilibrio.

 

El problema es que Washington tendría que atreverse a dar ese paso.

 

El sector más belicista del establishment israelo-estadounidense no deja de incentivar esa opción:

el recalcitrante halcón y lobista proisraelí John Bolton [1], por ejemplo, insiste incansablemente en la necesidad de destruir el régimen teocrático iraní y promover un cambio de régimen.

 

 

El ex asesor de Seguridad Nacional e influyente lobista sionista sostuvo sin sonrojarse que "En Irán debe haber un derramamiento de sangre aún mayor para conseguir los objetivos, hemos hecho cambios de régimen exitosos, como en Alemania donde llevamos 80 años ocupando el país".



Dado que Estados Unidos en solitario no tiene la capacidad militar convencional como para invadir y sostener una ocupación de un país de la magnitud geográfica y densidad poblacional de Irán, la idea podría ser primero abatirlo mediante la utilización de armamento nuclear, una opción de consecuencias imprevisibles que ya ha suscitado serias advertencias de Moscú y Beijing.

¿Acaso Estados Unidos está permitiendo un pacto defensivo como el de La Meca para sumar carne de cañón ante un eventual asalto a Irán?

 

Es la conclusión primaria.

 

Podría hacerlo a partir de un "hecho conmocionante" de falsa bandera.

 

Pero, de todos modos,

¿cómo justificarán estas naciones musulmanas antes sus pueblos que se han lanzado contra otros musulmanes para beneficiar a una intelectualidad belicista de multimillonarios judeo-sionistas?

Los tiempos han cambiado sustancialmente, pero la fórmula de reunir a hermanos enfrentados bajo un mismo paraguas ya había demostrado su eficacia durante la operación "Desert Storm" contra Irak.

 

En aquella oportunidad, varios Estados musulmanes - entre ellos Siria, Egipto, Arabia Saudita y Turquía - terminaron alineándose con la coalición liderada por Estados Unidos, mientras Washington hacía lo necesario para mantener a Israel fuera del conflicto y evitar que una intervención israelí fracturara la participación árabe.
 

 

En primer plano, tropas egipcias que formaron parte de la Operación Desert Storm (Tormenta del Desierto) contra el Irak de Saddam Hussein, en 1991. Detrás se aprecian tropas omaníes y sirias.


 

Así, surge otra hipótesis:

que la congregación turco-saudí-pakistaní constituya una suerte de "freno" a las ambiciones guerreristas e irredentistas israelíes.

En este sentido, podría advertirse una delicada maniobra de la Casa Blanca, orientada a controlar "a través de terceros" aquello que Washington, condicionado por sus relaciones peligrosas con Israel, no parece capaz de contener directamente:

la autonomía desbocada de Netanyahu.

Recuérdese que Turquía, desde la Cumbre de la OTAN de Ankara, ha sido consagrada como un actor euroasiático de enorme significancia, dada su capacidad de operar simultáneamente en el Mar Negro y en Medio Oriente.

 

Washington abrió además un amplio campo de oportunidades para que sus 3.000 empresas de defensa abastezcan a los miembros de la Alianza y, ahora también, a saudíes y pakistaníes, al tiempo que allanó el camino para que Ankara vuelva a acceder a tecnología militar de alta sensibilidad, como los cazas F-35A.

 

Asimismo, la experiencia turca en la administración del libre tránsito por los estrechos de Bósforo y Dardanelos guarda una sugestiva correspondencia con la pretensión estadounidense de "liberar" Ormuz:

en ambos casos, el control de un estrecho estratégico se convierte en una herramienta de poder sobre los flujos comerciales y energéticos.

Por eso, la Cumbre de Ankara elevó el valor geopolítico de Turquía como potencia de equilibrio.

 

Eso encaja muy bien con la hipótesis de que Washington podría estar recurriendo a Turquía para gestionar indirectamente un escenario regional que se le ha vuelto mucho más difícil de controlar directamente.

 

A Israel no le hace gracia este pivote.
 

 

El presidente turco Recep Tayyip Erdoğan recibe en el aeropuerto de Ankara a su homólogo estadounidense Donald Trump en el marco de la Cumbre OTAN.



Pero Turquía no solamente ha ingresado en una competencia cada vez más intensa con Israel por la atención de Washington, sino, fundamentalmente, por la disputa de los dominios de Asia Menor.

 

En ese tablero, su contribución a la caída de Bashar al-Assad y su respaldo decisivo a Ahmed al-Charaa resultaron fundamentales para ampliar su esfera de influencia y proyectar su poder hacia el corazón de Medio Oriente. Esto contrasta con la aspiración del Eretz Israel HaShlema que cierta élite rabínica guarnecida en el poder impulsa como destino bíblico.

A la vez, nótese que los saudíes se apresuraron por buscar el paraguas nuclear pakistaní, pero no cuando Irán golpeó las bases estadounidenses en su territorio, sino cuando los hebreos montaron el ataque sobre Doha, el 9 de septiembre de 2025, penetrando ilegalmente su espacio aéreo con la (aparente) complicidad estadounidense.

 

En octubre, Qatar hizo lo propio con Turquía. Ahora todos confluyen. Y ninguno de los confluyentes firmó los Acuerdos de Abraham que legitiman la Pax Hebraica.

Sin embargo, todos mantienen relaciones, más o menos subrepticias, con Israel.

 

Turquía, por ejemplo, mientras condena retóricamente las matanzas de gazatíes, continúa siendo el corredor por el que el petróleo de Azerbaiyán - su "hermano" caucásico - llega a territorio israelí.

 

El crudo azerbaiyano transportado por el oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan arriba al puerto turco de Ceyhan y desde allí es embarcado hacia Israel.
 

 

 

El presidente turco Recep Tayyip Erdoğan no pierde oportunidad para criticar a Israel ¡pero no ha cortado los lazos comerciales!


 

Por otra parte:

¿Quién de todos ellos se animaría a levantarse contra la belicosidad israelí sin el visto bueno estadounidense para hacerlo?

No debemos perder jamás de vista que la actual inestabilidad de Oriente Medio comenzó, precisamente, con un ataque militar conjunto israelo-estadounidense contra Irán.

¡Coalicionado! ¡Coordinado! ¡Mancomunado!

Y aquí reside una de las claves del nuevo reordenamiento regional:

los actores que hoy procuran construir mecanismos autónomos de seguridad todavía deben decidir hasta dónde están dispuestos a desafiar a Israel cuando detrás de él permanece el poder militar, diplomático y financiero de Estados Unidos.

De todas maneras y más allá de lo comentado, Estados Unidos ha perdido asidero en la región. Esto es innegable.

 

El bamboleante movimiento de Washington, que alterna entre la flecha y el olivo de manera casi esquizofrénica, revela una creciente pérdida de rumbo y de falta de opciones.

 

Sinceramente, parece no saber ya qué hacer con Irán. Incapaz de darle "jaque mate", Washington redujo sus objetivos originales - cambio de régimen, neutralización del programa misilístico, desarticulación del Frente de la Resistencia, prohibición del enriquecimiento de uranio - a preservar el libre flujo del petróleo, garantizar la seguridad de Israel, proporcionar seguridad a sus Estados clientes y bloquear cualquier país o combinación de países que ose desafiar la primacía israelo-estadounidense en la región (no encajaría aquí, al menos por ahora, el Pacto de La Meca).

Algunos sucesos, como el reporte de suicidios, motines y hasta brotes psicóticos en el portaaviones USS Abraham Lincoln [CVN-72], que ya acumula 9 meses consecutivos de patrulla superando todos los estándares habituales de salubridad [2], son un símbolo de la impotencia (y decadencia) de Estados Unidos en la región.
 

 

Lejos de las imágenes impolutas y heroicas de Top Gun o Behind Enemy Lines, la prolongadísima misión del USS Abraham Lincoln está generando graves problemas de suministro y de salud mental.

Luego de 9 meses, la U.S. Navy se dignó a enviar al USS George Washington en su reemplazo.


 

Esa imagen de entropía contrasta fuertemente con las exigencias incólumes realizadas el 10 de agosto por el (entonces) secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Mohammad Bagher Zolghadr, quien puso seis condiciones sintéticas, que poco y nada difieren del Memorando de Entendimiento:

  1. Nunca, en ningún idioma, amenaces a Irán ni insultes las santidades de esta nación.

  2. Poner fin de forma permanente a la guerra y la agresión contra Irán y sus aliados en Líbano, Palestina, Yemen e Irak.

  3. Levantar el bloqueo naval y retirar sus fuerzas militares (navales y aéreas) de todo Irán.

  4. Pagar íntegramente, sin ninguna reducción, los daños causados a Irán por las dos guerras de agresión e imposición.

  5. Levantar las sanciones injustas e ilegales contra la nación iraní.

  6. Liberar incondicionalmente los bienes bloqueados y robados del pueblo iraní.

El mensaje es inequívoco:

Irán comprende que Estados Unidos no puede derrotarlo y exige condiciones de capitulación... ¡una vez más!. Nótese que nada habla del asunto nuclear.

El 9 de agosto, Zolghadr fue nombrado asesor político del Líder Supremo Mojtabá Jameneí.

 

En su puesto, ascendió Mohsen Rezai, ex comandante del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) durante el periodo 1981-1997.

 

En pocas palabras, el liderazgo iraní se ha endurecido como nunca.
 

 

Mohammad Bagher Zolghadr (a la izquierda) es el nuevo asesor político del Líder Supremo Mojtabá Jameneí, y el Dr. Mohsen Rezai, es el nuevo secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, en representación del Líder.


 

Los neutralizados estadounidenses, sin embargo, no parecen haber abandonado la idea de castigar a Irán:

la llegada desde el Pacífico del portaaviones USS George Washington (en reemplazo del USS Abraham Lincoln) supone una extensión del bloqueo y las operaciones.

Pero hay algo más…

El reciente contacto telefónico del JD Vance con Narendra Modi, permite entrever que Washington está procurando involucrar crecientemente a New Delhi en el nuevo tablero estratégico de Asia Occidental.

JD le endulzó los oídos al premier indio con una "Nueva Asociación Global" para trabajar conjuntamente ante "los desafíos de seguridad".

Penosamente, desde 2022 en adelante, India viene desarrollando una frustrante política exterior de indefinición entre el Occidente Colectivo y el denominado "Sur Global" [véase El dilema indio], buscando grietas de oportunidad para sacar ventajas tácticas.

 

En verdad, así no se construye una política de Estado duradera; pero India acomoda sus apoyos de acuerdo al marco situacional de corto plazo.

 

Durante la primera semana de la Guerra de Inflexión, depositó sus expectativas en una fulminante victoria israelo-estadounidense. La apuesta le salió mal y sus intentos de desmarcarse de la situación fueron bastante fútiles (la admisión de Irán en el Nuevo Banco de Desarrollo del BRICS pudo ser una compensación a esa gaffe).

Pero su enemigo histórico, Pakistán, país con el que India acaba de protagonizar una confrontación militar en Cachemira y sus alrededores [véase "Cachemira - El polvorín del subcontinente"], ingresó en una alianza militar musulmana que si bien no la tiene en su mira genera una altísima inquietud en Hyderabad House.

 

Este resquemor está siendo hábilmente explotado por Trump.
 

 

El primer ministro indio saludó efusivamente el llamado del vicepresidente estadounidense JD Vance.

El Pacto de La Meca induce a la India a acercarse a Washington y a Tel Aviv... o a tejer una diplomacia concomitante mucho más refinada.


 

Considérese que el presidente estadounidense insiste en que el Estrecho de Ormuz se convertirá en territorio de Estados Unidos.

 

Si bien Trump suele formular declaraciones grandilocuentes o difícilmente realizables, algunas de sus amenazas terminan traduciéndose en acciones concretas.

 

Esta podría ser una de ellas, dada la presión israelí en el intramundo americano. La única forma de lograrlo sería a través de una invasión terrestre convencional. Pero no sobre todo Irán, lo cual es virtualmente imposible. Sino sobre la franja costera.

 

Los iraníes saben que eso es probable.

 

Para lograrlo se necesita inhabilitar cualquier refuerzo desde el interior iraní. Por ello, el empleo de armas nucleares tácticas como recurso destinado a obtener una ventaja decisiva es cada vez más probable.

 

La presión del sionista Bolton va en ese sentido. Su empleo sería contra posiciones fortificadas y objetivos estratégicos situados en lo profundo del territorio iraní, tanto para lograr un estado de horrorosa conmoción como para impedir los movimientos defensivos en la costa.

 

Los israelíes se sumarían al fuego nuclear gustosamente.

 

En paralelo o poco después, debería realizarse un desembarco anfibio de proporciones considerables. Sin el bombardeo nuclear, las posibilidades de éxito de un Día-D en el Golfo son mínimas.

 

Hablé oportunamente de un potencial Galípoli en Ormuz. También lo asimilé a la costosísima conquista de Iwo Jima (marzo de 1945) que ¡oh casualidad! dio paso al uso de bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

 

 

El presidente Donald Trump asegurando en público que el Estrecho de Ormuz será "territorio de los Estados Unidos".

 

 

Ahora bien:

dada la imposibilidad de concentrar una fuerza anfibia en los países del Golfo Pérsico - expuestos a los ojos y oídos iraníes, y por ende, a sus ataques misilísticos - la alternativa que comienza a cobrar relevancia, y que ya he planteado anteriormente, consiste en basarla en India, la masa continental de mayor proximidad al mar Arábigo.

Desde 2016, India tiene firmado con Estados Unidos un Memorando de Acuerdo de Intercambio Logístico que permite a ambas naciones utilizar las instalaciones militares designadas de la otra para repostar, reparar y reabastecer suministros en un caso recíproco.

 

El primer ministro indio Narendra Modi se reunión con el presidente estadounidense Donald Trump en la Cumbre G7 de Évian (Francia) el 18 de junio de 2026.

 

 

Recordaremos que las relaciones entre Washington y New Delhi estuvieron en entredicho por la presión insoportable de Trump sobre la compra de crudo ruso. India se negó rotundamente a renunciar al beneficioso negocio de la refinación y a la reventa.

 

Trump decidió entonces castigarla con un arancel adicional del 25% sobre las importaciones indias, y posteriormente, esgrimir la amenaza de llevar la penalización hasta el 100%, a través de la sanción definitiva de la Ley Lindsey O. Graham de Sanción a Rusia e Irán de 2026, ya con media sanción en el Senado.

 

Sin embargo, para julio de 2026, el petróleo ruso representó el 50,8% de las importaciones indias de crudo, unos 2,47 millones de barriles diarios, el máximo registrado. India ha ignorado las amenazas arancelarias.

Pero ahora la presión estadounidense no es en términos comerciales sino en términos securitarios.

 

En el conflicto por Cachemira de mayo de 2025, Trump se atribuyó el mérito de haber mediado en un alto el fuego, una afirmación que India negó rotundamente. Muy probablemente haya sido estimulado desde Washington - como el golpe de Nepal y el de Bangladesh - para evitar la deriva definitiva india hacia BRICS.

 

Desde entonces, Trump ha intensificado los vínculos personales con dirigentes pakistaníes, en especial, con el jefe del Ejército, mariscal de campo Asim Munir, quien se erigió en mediador no oficial en las conversaciones de paz entre Washington y Teherán y es el verdadero "hombre fuerte" de Pakistán.
 

 

El primer ministro pakistaní Shehbaz Sharif tiende la mano al presidente estadounidense Donald Trump. Presente en la foto, como un vigilante imperturbable, el jefe del Ejército Asim Munir. Esto ocurrió el 25 de septiembre de 2025.


 

 

El jefe del Ejército pakistaní, Asim Munir, durante su más reciente encuentro con el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, celebrado el 23 de junio de 2026 en Islamabad.

Nótese la importancia de su figura que tiene reuniones bilaterales con jefes de Estado extranjeros.



Hay que considerar el rol virtuoso-vicioso que juega Pakistán en este entuerto:

aunque no es una potencia árabe - su población está compuesta mayoritariamente por grupos étnicos indoarios e iranios, como los punyabíes, pastunes, sindhis, baluchis y mojayires, entre otros - sí es una potencia musulmana, mayoritariamente sunita, y ocupa una posición geográfica estratégica, en la confluencia de Asia Central, el espacio iranio, el Golfo y el océano Índico.

Irán tampoco es árabe, sino una potencia mayoritariamente persa y chiíta. Arabia Saudita, en cambio, sí es un país árabe y de mayoría sunita, con el wahabismo como corriente histórica dominante.

Dueños de una capacidad de pegada nuclear - brindada generosamente por China y Estados Unidos - Pakistán tiene una larga tradición de gobiernos civiles circunscriptos al poder militar, quien siempre gobierna en las sombras.

 

Al tener 900 kilómetros de frontera con Irán, ha mantenido durante años un buena relación vecinal.

 

Hete aquí la composición:

Pakistán es aliado militar de Arabia Saudita, de quien siempre recibió sustanciosos fondos, pero no es enemigo de Irán.

Un hecho particular es que Pakistán mantiene una afinidad estratégica tanto con Estados Unidos como con China, producto de una política exterior signada por la más absoluta practicidad.

 

El Ejército pakistaní y el ISI (Inter-Services Intelligence) desarrollaron durante décadas estrechos vínculos con las Fuerzas Armadas y los servicios de inteligencia estadounidenses.

 

Esta relación alcanzó su máxima expresión durante la guerra soviético-afgana de los años ochenta, cuando la CIA y el ISI articularon el apoyo a los muyahidines afganos, con una importante financiación proveniente del reino saudí.

 

Un empresario millonario cercano al reino de nombre Osama bin Laden canalizó recursos propios y ajenos contribuyendo a organizar una red de voluntarios árabes que acudieron a combatir a las fuerzas soviéticas.

 

De aquel entramado de guerra, financiación, inteligencia y movilización islamista surgirían posteriormente Al-Qaeda y otras estructuras yihadistas.

 

Esas milicias pasaban por las redes de entrenamiento y apoyo establecidas en Pakistán.
 

 

El entonces asesor de Seguridad Nacional estadounidense (1977-1981), Zbigniew Brzezinski, lideró la estrategia para financiar y armar a los muyahidines desde Pakistán contra la influencia soviética en Afganistán.

Aquí, en su visita a Pakistán en 1980, mientras un paracaidista del Ejército le "enseña" a manipular una ametralladora soviética RPK con tambor de 75 cartuchos 7,62mm.

Tiempo después, en 1997, Brzezinski publicaría The Grand Chessboard - American Primacy and its Geostrategic Imperatives, una de las formulaciones más acabadas de la geoestrategia estadounidense para la era posterior a la Guerra Fría.

Allí sostenía que Eurasia constituía el principal escenario de la competencia por el poder mundial y que la prioridad de Washington debía ser impedir la emergencia de una potencia capaz de dominar ese espacio y, con ello, desafiar la primacía estadounidense.

Rusia y China ocupaban un lugar central en esa ecuación.


 

Considerando este antecedente pakistaní en relación con el yihadismo internacional, y teniendo presente asimismo que Irán había sido golpeado por grupos terroristas en enero de este mismo año - véanse "Irán sobrevive a un ataque híbrido" y "De la presión máxima a la guerra regional", formulados en el preludio de esta guerra - Teherán debía permanecer especialmente alerta frente a la posibilidad de nuevas operaciones encubiertas y de guerra híbrida.

China, a la vez, mantiene una relación extraordinariamente profunda con Pakistán, siendo su principal socio comercial (aunque Estados Unidos continúa siendo su principal mercado de exportación).

 

Por supuesto, esta ligazón se inscribe en la rivalidad con India, pero no exclusivamente.

 

China ha optado por una cooperación militar inaudita y amplísima, como parte de sus esfuerzos de contrapeso. Le ha proporcionado algunos de sus sistemas de armas más avanzados:

misiles, radares, cazabombarderos como los Chengdu J-10C, buques de guerra y tecnología vinculada a su programa nuclear.

La confianza alcanzada entre ambos países ha llegado a tal punto que China ha transferido a Pakistán la producción del caza Chengdu JF-17 Thunder, desarrollado conjuntamente por ambos países, cuya fabricación se realiza en las instalaciones del Pakistan Aeronautical Complex (PAC).

A la vez, la relación pegó un enorme salto de calidad gracias al China-Pakistan Economic Corridor (CPEC), que constituye una pieza esencial de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, conectando,

China occidental → Xinjiang → Pakistán → Gwadar → mar Arábigo.

La idea estratégica es extraordinariamente importante para Beijing:

desarrollar una vía terrestre y energética que vincule el oeste chino con el océano Índico y, potencialmente, reduzca su dependencia de las rutas marítimas que atraviesan el estrecho de Malaca.

En ese entramado, el puerto de Gwadar, en Baluchistán, adquiere una enorme importancia geopolítica por su proximidad al... Estrecho de Ormuz, principal arteria de salida del petróleo y el gas del golfo Pérsico y uno de los puntos de estrangulamiento marítimo más estratégicos del planeta.
 

 

Pakistán le da a China acceso al mar Arábigo, "a pasitos" de Ormuz, gracias al puerto de Gwadar.

Desde allí, vía carretera y ferrocarril, pueden transportarse mercancías y petróleo al Xinjiang, en el oeste del país.

Este atajo es fundamental porque elimina el riesgo de "congestionamiento" en el Estrecho de Malaca


 

Esta circunstancia geopolítica hace que muchos analistas crean que existe un "visto bueno" de China a la creación del Pacto de La Meca, al que proyectan como una forma "suave" de eliminar la tóxica presencia de Estados Unidos en el Golfo Pérsico.

 

China se asegura su representatividad a través de un esquema securitario local en donde está incorporado uno de sus "hermanos de hierro"; así caracterizan China y Pakistán su relación oficialmente.

No olvidemos que China hizo ingentes esfuerzos por pacificar la región a través de la reanudación de relaciones diplomáticas entre Irán y Arabia Saudita en fecha no tan lejana como marzo de 2023; relaciones que se hallaban rotas desde 2016.

 

China había asumido compromisos tecnológicos con el reino saudí en apoyo de su plan de conversión industrial Saudi Vision 2030... pero exigía a cambio, lógicamente, una buena vecindad con Irán porque "la sangre no es buena para los negocios". [3]

 

No fue casual que ni Israel ni Estados Unidos recibieran con entusiasmo el acercamiento entre saudíes e iraníes, alcanzado bajo la mediación de China.
 

 

El ministro de Relaciones Exteriores chino, Wang Yi, felicita al asesor de seguridad nacional saudí, Musaad bin Mohammad al-Aiban, y al secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, Ali Shamjaní, al suscribir el Acuerdo de Beijing que reabría las relaciones diplomáticas bilaterales tras 7 años de ruptura. Ocurrió en Beijing, el 10 de marzo de 2023 y alertó a los israelo-estadounidenses sobre el "grado de penetración" de China en Oriente Medio.



Ya con la guerra desatada en febrero por la coalición israelo-estadounidense, China comenzó a prestar a Irán un apoyo que, en algunos aspectos, permaneció deliberadamente velado.

 

Entre las hipótesis más relevantes figura la utilización por parte iraní del sistema de navegación satelital chino BeiDou - equivalente funcional al GPS estadounidense - para mejorar la precisión de sus misiles.

A ello se habría sumado el empleo de capacidades chinas de observación satelital para obtener inteligencia sobre posiciones e instalaciones militares estadounidenses.

 

Esta dimensión es particularmente significativa porque transforma el apoyo chino de una mera asistencia tecnológica en una forma de cooperación indirecta sobre el campo de batalla. Sin embargo, la atribución específica al satélite TEE-01B y su utilización por la Fuerza Aeroespacial del CGRI debería presentarse como una hipótesis de inteligencia, no como un hecho definitivamente establecido.

El apoyo económico, en cambio, fue mucho más visible.

 

China continuó absorbiendo petróleo iraní y desarrolló rutas terrestres alternativas para mantener el intercambio bilateral pese a las restricciones marítimas.

 

Desde 2025 opera un corredor ferroviario de aproximadamente 10.400 kilómetros entre Xi’an y Teherán, que atraviesa Eurasia y permite reducir la dependencia de las rutas marítimas tradicionales.

No obstante, conviene no sobredimensionar su capacidad petrolera:

el ferrocarril está muy lejos de poder sustituir al transporte marítimo de crudo.

Un solo VLCC puede transportar unos 2,2 millones de barriles, mientras que un tren de gran longitud mueve apenas una fracción de ese volumen.

 

Por ello, más que una verdadera sustitución del transporte marítimo, la ruta Xi’an-Teherán debe entenderse como un instrumento complementario y como una señal política inequívoca de que Beijing estaba dispuesto a mantener abiertos los canales comerciales con Teherán.
 

 

El ministro de Relaciones Exteriores iraní se encontró con su homólogo chino, Wang Yi, en Beijing, el 6 de mayo de 2026.

Aunque no lo manifiesten públicamente, los chinos saben que la guerra desatada en Medio Oriente tiene también como objetivo dinamitar su estrategia comercial sobre la región.


 

Nótese que China podría constituirse en un factor equilibrante en Oriente Medio.

 

Mientras el eje israelo-estadounidense procura imponer transformaciones geopolíticas - e incluso reconfiguraciones territoriales - bajo una lógica amigo-enemigo (o, parafraseando a Netanyahu, bajo la dicotomía Civilización-Barbarie o Maldición-Bendición), China mantiene relaciones simultáneas con actores enfrentados entre sí, lo que le permite preservar canales de diálogo con las distintas fuerzas regionales y erigirse, potencialmente, en un contrapeso capaz de moderar los desequilibrios de poder en la región.

Entiéndase que China logró sentar en una mesa de negociaciones - con fulgurante éxito - a Irán y Arabia Saudita; dos países que habían atravesado períodos de enorme tensión, marcados por episodios como la represión saudí de la rebelión bahreiní en 2011, la ejecución en Riad del clérigo chiita Nimr Baqr al-Nimr en 2016 - que provocó la ruptura de relaciones diplomáticas - y el respaldo iraní a los hutíes en Yemen.

 

En este contexto actual, fue la cuña israelo-estadounidense la que trajo inestabilidad y no un asunto intrínsecamente bilateral entre saudíes e iraníes.

China, a la vez, no está alineada militarmente con ninguno de los grandes bloques regionales y no pretende convertirse en "protector" de ninguno.

 

Por el contrario, desea contribuir a una arquitectura local de seguridad basada en el principio de seguridad indivisible.

 

En verdad, Beijing aboga porque los países de la región resuelvan sus conflictos de manera madura y razonable sin depender de potencias externas.

Finalmente, dado que China mantiene intereses económicos con prácticamente todos los Estados del Golfo, su objetivo estratégico no consiste en favorecer la victoria de una de las partes sobre las demás, sino en preservar las condiciones de estabilidad necesarias para el funcionamiento del sistema regional:

producción y refinación de hidrocarburos, comercio, circulación marítima y articulación de las cadenas logísticas.

Su capacidad de influencia, por otra parte, descansa en una combinación de interdependencia económica, inversión e infraestructura.

 

La Iniciativa de la Franja y la Ruta, junto con sus inversiones en energía, ferrocarriles, puertos, infraestructura y comercio, le proporciona instrumentos para vincular a Estados que, aun cuando mantengan divergencias políticas, comparten intereses económicos.

 

En esta lógica, el comercio constituye un mecanismo de integración; la guerra, por el contrario, una fuerza de dislocación. Para Beijing, en definitiva, la interdependencia económica favorece la cohesión regional, mientras que el conflicto armado la erosiona.

En ese sentido, China no necesariamente tendría que sustituir a Estados Unidos. Le bastaría con impedir que Washington/Tel Aviv sea el único actor externo capaz de definir los equilibrios regionales.

Sin embargo, allí está Estados Unidos, probablemente procurando influir sobre la articulación de la coalición turco-saudí-pakistaní, al tiempo que intenta involucrar a India mediante la exacerbación de la percepción de una "amenaza musulmana", y despliega una nueva campaña de guerra económico-financiera.

 

En este último frente, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció una nueva ofensiva de aislamiento económico contra Irán:

Estén atentos a más anuncios la próxima semana porque vamos a aplicar medidas como nunca se han visto en la historia del aislamiento económico en un país...

 

La medida formará parte de un "doble golpe" que incluye el bloqueo continuo de los puertos iraníes.

Lo que parece ignorar Bessent es que la economía iraní ya viene siendo sometida a la "máxima presión" desde larga data.

 

Y la autarquía persa hace que, más allá de los constreñimientos, produzca suficiente comida, energía y armas para sobrevivir a una larga campaña.

 

Tampoco Irán está aislado:

China, Rusia (por el Caspio) y hasta Pakistán brindan líneas de comunicación terrestres.

¡Irán no es el Irak de los años noventa...!

A la vez, la mayor influencia del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, ahora con un tough guy proactivo como Mohsén Rezai, indicaría que Irán es más proclive a adoptar una línea aún más dura, ya no desde una estrategia de contención, sino desde una acción agresiva contra la flota estadounidense o cualquier colaborador del Golfo.

 

Todas las opciones están sobre la mesa.

Irán no permitirá una nueva oleada destructiva y pegará el puño contra la mesa antes de que se prepare otra ofensiva.

Increíblemente, el régimen hostil de Emiratos Árabes Unidos parece advertirlo y está en negociaciones subrepticias con Teherán, pagando onerosas sumas de dinero para "pasar algunos barcos por Ormuz" (que pueden ser vistas fácilmente como "reparaciones de guerra")...
 

 

 

 

Referencias

  1. John R. Bolton es un conservador de línea dura, intervencionista y defensor histórico del uso del poder militar estadounidense para modificar gobiernos considerados adversarios. Tuvo diversos cargos oficiales en las administraciones Reagan, G. H. W. Bush, G. W. Bush y en el periodo 2018-2019, Donald Trump lo nombró Asesor de Seguridad Nacional. Desde esa posición defendió una línea extremadamente confrontativa con Irán, incluida la retirada estadounidense del acuerdo nuclear de 2015 y una política de máxima presión que incluía el ataque sobre instalaciones nucleares. Bolton es un ferviente proisraelí: fue figura central en la campaña diplomática estadounidense que consiguió que la ONU revocara en diciembre de 1991 la resolución 3379 de 1975 que equiparaba el sionismo con el racismo. Es un asiduo invitado de honor en la Zionist Organization of America (ZOA) y la AIPAC, recibiendo diferentes galardones por "sus servicios".


     

  2. Para dar una idea, durante la Guerra Fría, los submarinos estratégicos con misiles balísticos soviéticos tenían misiones de hasta tres meses en inmersión. Ese era el límite máximo sugerido por los estudios de salud mental para mantener la concentración de las tripulaciones.


     

  3. En la película The Godfather [El Padrino], el mafioso siciliano Virgil Sollozzo, tras el intento de asesinato de Vito Corleone, intenta convencer al secuestrado Tom Hagen de que la famiglia Corleone debe aceptar incorporarse al negocio de las drogas. En ese contexto, le dice: "I don’t like violence, Tom. I’m a businessman. Blood is a big expense." ["No me gusta la violencia, Tom. Soy un hombre de negocios. La sangre es muy costosa".