|
por Carlos Sánchez del Sitio Web Brownstone.Es
ante una crisis de gobierno, sino en el inicio del fin del proyecto político llamado Israel, un Estado enfermo que ha emergido sobre las bases de un supremacismo étnico y criminal...
Según concluye el informe filtrado, con la cita electoral acechando - el 27 de octubre habrá elecciones legislativas - Israel está a expensas de que una chispa encienda un conflicto interno real.
El escenario planteado en el informe contraría la imagen que los medios de comunicación occidentales suelen conceder sobre Israel, en la que prima la cohesión interna del sionismo, junto a la bula armamentística y el respaldo de Washington, dibujando un Estado fuerte que, según parece, no lo es tanto...
Como es natural, el análisis sólo corresponde a
la ciudadanía judía, obviando al 20% de ciudadanos palestinos de
segunda clase que, como de costumbre, no cuentan ni en este informe
ni en ninguno de su categoría.
Con el gasto militar desbocado y una crisis de precios rampante que ha disparado el coste de los alimentos un 9,5% en dos años - fruta y verdura incluidas - cunde la crispación.
A ello se suma el asunto tabú de los reservistas,
absolutamente traumatizados y sin tratamiento a la vista, quienes
tras años de perpetrar masacres en Gaza,
Líbano y ahora Irán, vuelven a sus respectivas casas
repletas de armas (cosa habitual en Israel) destruidos
psicológicamente, con un ánimo que evoca a los paramilitares de
las
Freikorps alemanas tras las
derrota en la Primera Guerra Mundial.
Y por último, pero no por ello menos importante, tenemos la violencia creciente de los colonos en Cisjordania y Jerusalén Este, con el infame Ben-Gvir y el no menos infame Smotrich absolutamente desatados, retándose a ver quién profiere la aberración más sonora, mientras el descrédito internacional de Israel no deja de engordar.
Así las cosas, las posibilidades del genocida
Netanyahu de reeditar su gobierno supremacista menguan por días,
y ni su bloque de gobierno ni tampoco el contrario parece que vayan
a llegar con holgura a los 61 escaños.
Como era de esperar, tanto Hamás como Hezbolá ven la posibilidad de aprovechar la ventana de debilidad, tanto de las teocracias del Golfo como la que concede la notable erosión del tradicional apoyo de la opinión pública en Estados Unidos a la causa de Israel.
Este desprestigio acumulado tras años de
genocidio, aderezado por el empobrecimiento de los Estados Unidos
por causa de su emponzoñamiento en Irán, se ha traducido en un duro
castigo en las primarias a los candidatos financiados por el
AIPAC, lo que promete volver
políticamente insostenible el mantenimiento de la ayuda militar tal
y como ocurría hasta ahora, máxime si, como todo apunta, Donald
Trump pierde las elecciones de mitad de mandato...
Pues bien:
Ya se sabe:
Tensando la cuerda en Cisjordania tenemos el polo del supremacismo kahanista de Otzmá Yehudit (poder judío) y del sionismo religioso (interesante oxímoron), el de Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich respectivamente, a quienes el desprecio que acumulan en la arena internacional les resulta absolutamente ajeno, por lo que persisten en alentar la violencia obscena de los colonos.
Esta lógica se incrementa si cabe aún más por
encontrarnos en plena campaña electoral, un asunto que la Red
Cell anota como otro de los factores de ruptura con la sociedad
israelí en Tel Aviv, más cosmopolita y consciente del fango en que
la imagen internacional de su etno-estado judío se hunde cada día
con más vigor.
Sin embargo, y pese a la aquiescencia de facto con el proyecto genocida y de limpieza étnica, los religiosos de la Torá están en pie de guerra contra el mismo gobierno al que paradójicamente consideraban esencial para la redención, porque según nos cuentan, todas las formaciones del arco parlamentario con opciones de formar gobierno coinciden en una cosa:
Porque la guerra sí parece ser del gusto de los
barbudos, por aquello de forzar el advenimiento del Mesías y
la construcción del tercer templo sobre las ruinas de la Mezquita
de Al Aqsa, pero es mejor que la hagan los seculares, más
impuros y alejados de Dios.
Porque, paradójicamente, esa es la otra cuestión en que todos coinciden. Mientras le venden al mundo la zanahoria de los dos Estados, en casa prefieren el palo.
La guerra es, a ojos de todos los polos, justa y necesaria, y ninguno de ellos tiene un proyecto de paz que ofrecerle al mundo. Tikkun olam sí, pero asintomático.
Porque lo cierto es que la Operación del 7 de octubre ha sido un éxito rotundo para Netanyahu y sus esbirros:
Yo mismo he comprobado como ciertos conocidos
míos israelíes, a quienes tenía por personas perfectamente sensatas
y capaces de emitir opiniones ponderadas en cualquier otro asunto,
tras el 7 de octubre eran incapaces de contener los espumarajos al
grito de wipe out Gaza (destruir Gaza).
Al margen de la consideración que cada cual pueda hacer sobre si el 7 de octubre fue un inside job, el actual estado de la situación no es un accidente producto del recrudecimiento de los últimos tres años.
Como muchos lectores quizás sepan, en julio de 1996, un grupo liderado por neocon sionistas encabezados por Richard Perle - con Douglas Feith y los Wurmser entre los firmantes - entregó al primer gobierno de Netanyahu un texto titulado A Clean Break - A New Strategy for Securing The Realm, que Netanyahu, solícito, hizo suyo.
La propuesta era nítida:
Tres décadas después, tras alimentar al yihadismo hasta el paroxismo, habiendo destruido Siria, Libia e Irak, los frentes de Gaza, Líbano, Irán y Cisjordania no eran más que la última pieza del puzzle genocida, un puzzle que, a todas luces, no van a ser capaces de completar.
Lo que tampoco pareció calcular con precisión ese
texto infame era la factura en términos de presupuesto (sobre todo
el estadounidense), de inflación y de aislamiento internacional.
Sin ir más lejos, Ilan Pappé, en su obra de reciente publicación El Final de Israel (2024), analiza las mismas grietas en el dique sionista, aunque las describe en un sentido bien diferente:
Para Pappé (y en esto coincido totalmente) no nos encontramos ante una crisis de gobierno sino,
Sin embargo, no puedo estar de acuerdo con la segunda parte de su libro, que dedica a fantasear sobre el proceso de descolonización del Estado y la construcción de un único Estado Palestino en el que quepan todos.
Ciertamente resulta de admirar su constructivo
optimismo, aunque discrepe de él esencialmente, una visión tan
positiva acaso propiciada por su condición de sabra (israelí
oriundo),
El Estado de Israel ni tiene ni puede albergar por su propia idiosincrasia un proyecto de convivencia para la región, al margen de considerar que es una realidad política subsidiada desde el exterior.
Su proyecto de Estado nació enfermo, sobre las bases de un supremacismo étnico y criminal que, con los años, ha derivado de manera natural en una máquina de muerte...
Israel, en una parte decisiva de su economía política, funciona esencialmente como una economía de guerra, y su riqueza proviene de esta industria de la muerte y la vigilancia global que, al tiempo, garantiza un final ominoso.
En definitiva:
A la luz de los datos, el Ministerio de Defensa de Israel cifró las exportaciones de armas en casi 15.000 millones de dólares en 2024, más del doble que cinco años antes, y en 19.200 millones en 2025.
El Instituto de Estocolmo situó a Israel como séptimo exportador mundial, por delante del Reino Unido, teniendo una cuarta parte de la población de España.
Más de la mitad de su catálogo destructivo son misiles, cohetes y defensa aérea; el resto, drones, vigilancia, espionaje y toda clase de ingenios de inteligencia artificial a cual más perverso de selección de objetivos.
Todo ello, claro está, certificado con su eufemístico sello de calidad:
Porque ese es el gancho de ventas, que sin rubor
alguno, se esgrime, en ferias de defensa y en las declaraciones del
propio ministerio.
Sin embargo, la industria no necesita el reconocimiento. El sello comercial es ese, mal que le pese al sionismo internacional, que se devana los sesos para hacer pasar su probado en combate como legítimo derecho a defenderse.
Con esa crudeza lo describe Antony Loewenstein en su obra The Palestine Laboratory (2023), que no escatima en detalles sobre como la ocupación y el asedio permanente sirven de banco de pruebas para probar sus drones, el reconocimiento facial, los spyware, y las herramientas de inteligencia artificial que luego le venden a todos los gobiernos de eso que algunos todavía se afanan en llamar mundo libre, y a muchos de los que no se han hecho merecedores de semejante galardón.
Por tanto,
Así las cosas, no puedo compartir esa visión tan optimista de Ilán Pappé.
La historia nos deja decenas de ejemplos de cómo los países, naciones, o civilizaciones que han mostrado semejante compromiso y determinación con la destrucción y la guerra, antes o después acaban pereciendo cuando la correlación de fuerzas y su propio deterioro como sociedad llega a un punto de no retorno.
Y creo que ese punto de no retorno ya ha sido rebasado con creces.
Si bien coincido con Pappé en que nos encontramos ante el final de Israel como Estado, no vislumbro ninguna esperanza para ese proceso de descolonización que él describe.
Son demasiados años, demasiadas muertes, demasiada crueldad, demasiada deshumanización.
Quizás me equivoque, tampoco sería la primera vez, pero mucho me temo que el final de Israel no puede ser civilizado, tal es su determinación.
Si el judaísmo suele invocar el
tikkun olam (reparar el mundo),
como una "responsabilidad" de los judíos,
el
sionismo no ha hecho otra cosa que destruirlo.
|