por Christian Cirilli

11 Junio 2026
del Sitio Web ChCirilli

 

 

Christian Cirilli

es un analista político argentino, nacido el 20 de junio de 1972 en Buenos Aires. Licenciado en Administración (UBA), manifestó su interés en asuntos internacionales, economía, geopolítica y globalización, expresando sus opiniones en su "bitácora" personal:

LA VISIÓN.
Colabora con medios como KontraInfo y ha participado en programas de radio como Otras Voces (FM Crisol) y Radio Gráfica, además de numerosos canales de YouTube. Sus artículos son replicados por muchos portales y periódicos del mundo, y suelen ser utilizados en la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN).

 

 

 

 

 

 


Los reconocidos analistas Larry Johnson y Pepe Escobar sostienen que la República Islámica de Irán ya habría desarrollado ojivas nucleares y que esta capacidad habría sido comunicada de manera indirecta y discreta a las autoridades estadounidenses.

Si se trata de una capacidad real aún no verificada, de una amenaza deliberadamente ambigua o de una magistral operación de desinformación es algo que, por ahora, permanece abierto a la especulación.

Pero, en términos estratégicos, la diferencia puede ser irrelevante.

 

Como en el panóptico descrito por Foucault, no es la certeza de la vigilancia lo que disciplina las conductas, sino la posibilidad permanente de ella.

 

Del mismo modo, la mera sospecha de que Irán haya alcanzado dicha capacidad produce efectos políticos y estratégicos comparables a los que generaría su comprobación. En ese sentido, el temor inducido por esta hipótesis ya parece estar provocando efectos colaterales en la Administración Trump.

Rebobinemos:

el jueves 4 de junio de 2026, ambos analistas liberaron públicamente la noticia de que Irán ya posee o muy pronto poseerá armas nucleares.

 

Como especularán, esto sería un órdago total a la estabilidad de Medio Oriente, e incluso, global.

Puede que parezca una consecuencia lógica de la "Guerra (de decapitaciones) de 12 días" (junio de 2025), de la hiperestimulada Revolución de Color de enero de 2026 y de la obscena ofensiva israelo-estadounidense del 28 de febrero, cuyos efectos distan mucho de haberse agotado y actualmente reviven en un nuevo intercambio de fuego.

Sin embargo, lejos de constituir una aspiración histórica, como lo han sostenido reiteradamente Israel y Estados Unidos en diversos foros y denuncias mediáticas, Irán se ha mostrado tradicionalmente renuente al desarrollo de armas de destrucción masiva, no solo de carácter nuclear, sino también químico o biológico, posición fundamentada tanto en consideraciones estratégicas como en argumentos de carácter religioso y doctrinario.

Para poner un ejemplo paradigmático, durante la Guerra Irán-Irak (1980-1988), las fuerzas de Saddam Hussein no solo se revelaron como un instrumento agresor e invasor, sino que recurrieron al empleo de armas químicas, incluyendo gas mostaza (iperita) y agentes nerviosos como el tabún, sarín y VX, contra combatientes y civiles iraníes, sin que Teherán respondiera de manera similar.

Aunque estas armas comenzaron a utilizarse de manera limitada a partir de 1983 y se volvieron más frecuentes entre 1984 y 1986, su empleo alcanzó una dimensión sistemática y masiva durante los años finales del conflicto, entre 1987 y 1988, cuando los iraquíes comenzaron a flaquear.

A pesar de ser los iraníes víctimas de estas horribles masacres, uno de los episodios más notorios (para Occidente) fue el ataque contra la ciudad kurda-iraquí de Halabja, entre los días 16 y 19 de marzo de 1988, donde unos 5.000 civiles murieron como consecuencia de una combinación de todos esos agentes químicos citados.

 

La operación se inscribió en la campaña de represión emprendida por Bagdad contra la insurgencia kurda, a la que el régimen de Saddam consideraba aliada de Irán.
 

 

Descarnada y conmovedora imagen de una madre kurda muerta abrazando a su bebé, ambos asesinados durante el ataque iraquí dirigido por el general Ali Hassan al-Majid, primo de Saddam Hussein, quien desde allí sería conocido como "Alí el Químico". Entonces se creía que los kurdos se alzarían contra el régimen baasista, razón por la cual fueron brutalmente reprimidos.

 


 

Inédita fotografía del presidente de la República Islámica de Irán, Alí Jameneí, visitando el monte Shnrwe (también transcripto como Shinrowe, Shnirwe o Shindirwē), situado al noreste de Halabja, en la frontera entre Irak e Irán, poco después del ataque químico de marzo de 1988.



Múltiples empresas del entramado de Occidente Colectivo tuvieron especial incidencia en el montaje y funcionamiento del complejo militar-industrial químico de Irak, cuyo epicentro era el Establecimiento Estatal de Muthana (también conocido como Proyecto 922 o por el nombre-tapadera Empresa Estatal de Producción de Pesticidas), ubicado en la Gobernación de Saladino, 40 kilómetros al noroeste de Bagdad.
 

 

La fabricación de armas químicas en Irak durante la década de 1980 constituyó un emprendimiento de carácter internacional en el que participaron empresas e instituciones de diversos países mediante el suministro de precursores químicos, equipamiento industrial, tecnología de doble uso y componentes necesarios para la producción y empleo de agentes químicos de guerra. Todo ello tuvo lugar en un contexto de nula presión internacional por parte de las potencias occidentales, entre ellas Estados Unidos, cuya política hacia Bagdad fue benevolente.



La existencia de este programa de armas químicas, así como de un programa paralelo de armas biológicas, salió "plenamente a la luz" tras la derrota iraquí en la Guerra del Golfo de 1991, cuando las inspecciones realizadas por la Comisión Especial de las Naciones Unidas en el marco de la crisis de desarme de Irak revelaron la magnitud y el alcance de dichos programas.

Claro, Irak ya no era el aliado fiel ni el presidente Saddam Hussein un estadista respetable. Ya no había necesidad de justificaciones, silencios cómplices ni encubrimientos.

 

Entrados los años noventa, Irak se había convertido en una amenaza para la estabilidad del "Nuevo Orden Mundial" surgido tras el fin de la Guerra Fría, mientras que Saddam - a secas - era presentado como "un nuevo Hitler".

Irak incluso desarrolló durante la década de 1980 un programa nuclear incipiente, cuya infraestructura fue posteriormente degradada y, en buena medida, desmantelada por una serie de ataques llevados a cabo por sus dos principales adversarios regionales de entonces:

Irán e Israel...

Aunque ambos países se habían convertido en enemigos irreconciliables tras el triunfo de la Revolución Islámica, compartían un interés estratégico en impedir que Bagdad adquiriera capacidades nucleares, circunstancia que ha llevado a señalar una coincidencia de objetivos basada en la vieja premisa de que,

"el enemigo de mi enemigo es mi amigo".

El 30 de septiembre de 1980, apenas una semana después del inicio de la invasión iraquí de Irán, la Fuerza Aérea de la República Islámica de Irán (IRIAF) con sus F-4E Phantom II lanzó la Operación "Scorch Sword" contra el Centro de Investigación Nuclear de Tuwaitha, situado a unos 17 kilómetros al sudeste de Bagdad.

 

En el complejo se encontraba el reactor nuclear de origen francés Osiris (llamado Osirak o Tammuz, en Irak) de 40 megavatios y aún en fase de construcción.

 

El ataque causó daños en diversas instalaciones asociadas al reactor, aunque no logró destruirlo por completo, retrasando temporalmente el programa nuclear iraquí. Durante la operación, aeronaves iraníes de reconocimiento RF-4E obtuvieron imágenes detalladas del complejo, las cuales fueron posteriormente compartidas con Israel.

El 7 de junio de 1981, la Fuerza Aérea Israelí (Heyl Ha' Avir) ejecutó la Operación "Opera", enviando una formación de los entonces modernos cazabombarderos F-16A para atacar el reactor de Osirak.

 

En esa ocasión, la instalación fue destruida por completo, asestando al programa nuclear iraquí un golpe del que nunca llegó a recuperarse plenamente.
 

 

Uno de los (entonces novísimos) General Dynamics F-16A Fighting Falcon israelíes repostando combustible para llevar a cabo la Operación Ópera. El 7 de junio de 1981, una formación de cazas F-16A, escoltada por F-15A, bombardeó el reactor Osirak en territorio iraquí. Fue el debut operacional del F-16.



Ironías de la Historia, Irán, un país acusado por Israel durante décadas de perseguir capacidades nucleares militares, fue la primera nación en atacar un reactor nuclear con el objetivo de impedir que otro Estado de la región desarrollara armamento atómico:

el Irak baasista de Saddam Hussein...

Y no lo hizo solo:

la faena la culminaría Israel meses después, nutriéndose de los informes de Inteligencia y las fotografías de reconocimiento logradas y compartidas por la IRIAF...

 

Técnicos franceses participan en la construcción del reactor nuclear de Osirak, en el complejo de Tuwaitha, cerca de Bagdad, a principios de 1980. La instalación constituía el núcleo del programa nuclear iraquí antes de ser atacada por la aviación iraní, en 1980, y la israelí, en 1981.



Informe clasificado que confirma el ataque de dos F-4E iraníes contra el centro de investigación nuclear iraquí, en octubre de 1980.

 


Lo que no admite discusión es que las amenazas a la seguridad de Irán se manifestaron de manera evidente desde el triunfo mismo de la Revolución Islámica de 1979.

 

La invasión iraquí, estimulada y respaldada por las potencias occidentales e incluso el bloque socialista, planteó para Teherán la posibilidad de enfrentar ataques con armas químicas, biológicas y nucleares.

 

Y así ocurrió, en parte...
 

 

Soldados iraníes en una trinchera improvisada con sus máscaras antigás para evitar el efecto de los agentes nerviosos sobre sus pulmones.



No obstante, pese al enorme costo humano y material de una guerra que se prolongó durante ocho años y que llegó a poner en riesgo la supervivencia del Estado revolucionario, Irán no respondió desarrollando ni empleando armas químicas o biológicas.

 

Asimismo, tampoco durante el conflicto emprendió un programa activo destinado a producir armamento nuclear, a pesar de los fuertes incentivos estratégicos que una situación semejante podría haber generado.

Es más:

el ayatolá Ruhollah Jomeiní emitió en plena guerra contra Irak una fatwa [1] que impedía responder a los ataques químicos iraquíes con armas equivalentes.

El líder supremo iraní consideraba inmoral y contraria al islam la producción y el empleo de estas armas.

Años después, posiblemente en 2005, el Líder Supremo Alí Jameneí emitió otra fatwa que prohibía la producción, posesión y uso de armas nucleares, utilizando similares argumentos.
 

 

La posición ética de Ruhollah Jomeini frente a los ataques químicos iraquíes consistió en rechazar una represalia equivalente. Según diversos testimonios de funcionarios iraníes de la época, Jomeiní consideraba que responder con armas químicas significaría "pagar con la misma moneda" y no haría a Irán diferente del régimen de Saddam Hussein.

 

 

El líder supremo Alí Jameneí también emitió una fatwa como su predecesor: esta vez, prohibiendo la producción del armamento nuclear.



Pero todo podría haber cambiado a partir del 28 de febrero de 2026, día en que una coalición israelo-estadounidense inició una serie de ataques sorpresivos y devastadores contra objetivos militares, políticos (descabezamiento) e infraestructurales de la República Islámica de Irán.

 

Como si fuese poco, la ofensiva se produjo apenas después del fracaso de los intentos de desestabilización interna - una clásica "revolución de color" - registrados a fines de 2025.

 

El objetivo de la campaña, hartamente reconocido por Netanyahu y Trump, era propiciar un "cambio de régimen" e instalar un gobierno alineado con los intereses occidentales.

 

El candidato indicado era el pusilánime príncipe heredero en el exilio Reza Pahlavi II, figura referencial para una eventual transición política.

Uno de los primeros actos, percibido por amplios sectores como particularmente provocador, fue la eliminación física del ayatolá Alí Jameneí.

El magnicidio del anciano líder fue celebrado públicamente por Trump y Netanyahu como un inconmensurable éxito estratégico.

 

En un gesto despreciable, el inquilino de la Casa Blanca hasta se jactó de que él mismo nombraría al nuevo Líder Supremo.

Sin embargo, aquella decisión probablemente constituyó un gravísimo error estratégico...

 

Lejos de provocar desmoralización, resignación o el colapso de la voluntad de resistencia iraní, la eliminación de Jameneí pareció reforzar la cohesión interna del país.

 

La indignación generada por su muerte, sumada al deseo de represalia frente a una agresión percibida como existencial, contribuyó a fortalecer tanto el espíritu de lucha como la identidad nacional iraní.

 

Así, en lugar de debilitar a la República Islámica,

¡la operación terminó proporcionando un poderoso elemento de movilización política y social...!

 

Más allá del lamento y la conmoción, el asesinato del Líder Supremo Alí Jameneí constituyó un punto de inflexión para la dirigencia iraní, que pasó a considerar indispensables medidas extremas para garantizar la supervivencia del Estado frente a una ofensiva de dimensiones sin precedentes.



A la vez, la gravísima crisis desencadenada por este ataque, percibido en Irán como una acción ruin, pues fue realizada mientras se desarrollaban negociaciones, alteró de manera significativa los equilibrios internos de poder.

En ese contexto, las estructuras de seguridad del Estado, en particular los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica, habrían adquirido una influencia aún mayor en la conducción política y estratégica del país.

 

Asimismo, es plausible que una situación de esta magnitud haya contribuido a revisar postulados previamente sostenidos en materia nuclear, especialmente aquellos vinculados con la conveniencia, viabilidad o necesidad de mantener determinadas restricciones autoimpuestas.

La elección de Mojtabá Jameneí, el 8 de marzo, de 2026 como nuevo Líder Supremo por parte de la Asamblea de Expertos - el órgano constitucional integrado por 88 clérigos encargado de designar a la máxima autoridad de la República Islámica - pareció responder a una lógica de continuidad política e institucional en un momento de extrema crisis nacional.

Más que una simple transferencia hereditaria del poder, la designación buscó proyectar la imagen de un clérigo con trayectoria propia, identificado con los principios fundacionales de la República Islámica y dotado de un fuerte capital simbólico.

 

El hecho de compartir el apellido del líder asesinado, haber sobrevivido a un atentado que costó la vida a gran parte de su familia y haber estado vinculado en su juventud a los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica contribuyó a reforzar su legitimidad ante amplios sectores del establishment político y de seguridad iraní.
 

 

El texto en farsi dice "Luz sobre luz". Es una frase de origen coránico (Corán 24:35, el llamado Verso de la Luz) y se utiliza para transmitir una idea de iluminación espiritual, guía divina o santidad.



El flamante Líder Supremo asumió con un perfil extremadamente bajo, tanto por cuestiones de seguridad como por la magnitud de las decisiones existenciales que debía tomar en adelante.

Lo cierto es que Irán tuvo que asumir este conflicto con la seriedad que requería la hora:

como un auténtico punto de inflexión estratégico.

En lugar de limitarse a respuestas simbólicas o calibradas, optó por una escalada multidimensional:

atacó bases estadounidenses situadas en las (técnicamente beligerantes) monarquías del Golfo, golpeó infraestructuras críticas de esos países con fines de coerción, lanzó sucesivas oleadas de misiles contra Israel, dificultó y evitó el acercamiento de fuerzas navales estadounidenses a la zona de operaciones y, finalmente, procedió al cierre selectivo del Estrecho de Ormuz, haciendo valer la soberanía sobre sus aguas y cobrando peajes.

En otras palabras,

recurrió de manera simultánea a gran parte de las herramientas de presión militar y geopolítica que durante años había presentado como opciones de último recurso, pero que hasta entonces se había mostrado reticente a emplear de forma abierta por temor a las represalias.

Todas estas medidas fueron inesperadas por la coalición israelo-estadounidense, dado que Irán nunca había reaccionado tan temerariamente.

 

¿Sería, entonces, raro que Irán también cruzara el Rubicón nuclear? Absolutamente no.

De hecho, durante la guerra hubo un acontecimiento que oportunamente marqué como parteaguas:

fue el intento de capturar uranio enriquecido en Isfahán a través de una operación que fingía ser un rescate de un piloto abatido.

Hablé de ello en mi artículo "Una tregua de cristal".

 

Aquel desembarco de comandos, llevado a cabo el 5 de abril, constituyó un fiasco operativo que apenas pudo ser atenuado mediante una intensa campaña de relaciones públicas impulsada desde Washington.
 

 

Restos de dos aviones MC-130J Commando II y los helicópteros MH-6 Little Bird que portaba en su interior. Esta operación fue montada el 5 de abril de 2026, según algunas fuentes, para extraer uranio altamente enriquecido. Pero fracasó rotundamente.

 


Tras aquella única y puntual incursión terrestre llevada a cabo por Estados Unidos en territorio iraní, la dirigencia en Washington pareció comprender que la ventana de oportunidad se había cerrado.

 

Es probable que dispusiera de información de inteligencia que indicaba que Teherán había tomado la decisión de avanzar hacia la obtención de un arma nuclear.

 

A decir verdad, hasta el inefable Rafael Grossi lo había señalado (véase "Una tregua de cristal"). Pero a esas alturas poco podía hacerse: el nivel de alerta de las defensas iraníes era máximo.

 

La única alternativa concebible habría sido la destrucción total del país vía ataque nuclear, algo que Trump insinuó repetidamente con su particular retórica cuando afirmó que,

"toda una civilización morirá esta noche" o cuando amenazó con "llevarlos de vuelta a la Edad de Piedra".

Probablemente, las advertencias rusas hayan impedido esa situación, dado que hubo intercambios telefónicos entre Putin y Trump durante esos infortunados episodios.

Lo cierto, es que después de 40 días de conflicto, los objetivos establecidos por la operación "Epic Fury" - a saber:

  1. propiciar un cambio de régimen

  2. desmantelar los programas misilísticos iraníes

  3. poner fin al enriquecimiento de uranio

  4. garantizar la seguridad del Estrecho de Ormuz - no se alcanzaron

Buscando una salida política, Washington solicitó una cumbre en Islamabad para intentar lograr a través de la negociación todo aquello que no había podido lograr a fuerza de bombazos.

 

Pero Irán impuso como base de negociaciones sus "10 puntos", agenda que aún sigue incólume.
 

 

Islamabad, capital de Pakistán, fue el escenario de conversaciones entre una delegación iraní encabezada por el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, y una delegación estadounidense liderada por el vicepresidente J. D. Vance. El encuentro tuvo lugar el 11 de abril, pocos días después de la tregua unilateral declarada por Washington el día 8 y a seis días de la fracasada incursión en Isfahán para capturar el uranio enriquecido.



Como era de prever, las conversaciones se agotaron por pura incompatibilidad, y la guerra, hasta entonces intensiva, retornó a una fase de ahogo económico [Véase "Estrangular las economías" y "La guerra en Irán expone la pulseada China-EE.UU."] y a acciones de "baja intensidad" que parecen simbólicas comparadas con el grado de devastación previo.

Pero donde la guerra no dejó de manifestar su deshumanizada crudeza fue en Líbano, donde Israel, quien parece "mandar" entre los coalicionados, ocupa territorio ajeno y se dedica a lo que mejor sabe hacer:

utilizar su fuerza aérea para aniquilar todo ser viviente que deambule debajo, barriendo literalmente ciudades como Bint Jbeil o Tiro [Véase "Ucrania, Irán y la guerra de desgaste global" y mi último escrito "Donde nacen las resistencias"].

La idea:

destruir Hezbolá y mantener viva la llama del conflicto contra Irán.

Hezbolá no solamente no ha cedido ante las pretensiones de desmovilización y desarme, sino que vende cara la ocupación israelí de Líbano, aun cuando las respuestas son demoledoras:

cada pérdida material sufrida por los israelíes - como la destrucción de un tanque Merkava por parte de un dron de Hezbolá - suele ir acompañada de bombardeos de represalia que matan familias enteras.

Es la Doctrina Dahiya a pleno, en cada ocasión.

Por esta cuestión, la relación entre el eje israelo-estadounidense e Irán no puede analizarse de forma aislada.

 

Cualquier interpretación rigurosa exige considerar simultáneamente la situación del Líbano - en particular el papel de Hezbolá - y la evolución de los acontecimientos en Gaza y Cisjordania, espacios donde se manifiestan algunas de las principales expresiones de la disputa estratégica regional.

Es por ello que Israel continúa desarrollando intensas operaciones militares en la Franja de Gaza y Cisjordania, al tiempo que lleva a cabo incursiones periódicas en territorio sirio.

 

Es mantener viva la llama de la guerra en la que tanto le costó comprometer a Washington.

Como una hiena, no soltará esas pantorrillas...

 

La permanencia de posiciones israelíes en ciertas áreas del sur del Líbano, justificadas por consideraciones de seguridad, constituye uno de los aspectos más controvertidos de la guerra. Si una situación análoga involucrara a Hezbolá ocupando territorio israelí bajo argumentos comparables, es razonable suponer que la reacción mediática, diplomática e internacional sería escandalosa. En las últimas décadas, las principales incursiones militares transfronterizas han sido llevadas a cabo por Israel en territorio libanés - durante la invasión de 1982 y la posterior ocupación del sur del país hasta 2000, en la guerra de 2006 y en las operaciones más recientes - mientras que no ha existido una ocupación equivalente de territorio israelí por parte del Líbano o de Hezbolá.



Pero en las últimas semanas pareciera haber otro "ambiente" en la "realidad operativa" del escenario Medio Oriente.

 

Y no estamos hablando únicamente de la valiente solidaridad iraní para con Hezbolá y el pueblo libanés, ni con sus potentes misiles o la firmeza con la que se aferra al control del Estrecho de Ormuz.

Se sucedieron una serie de escaladas cuidadosamente planificadas que, por cierto, dieron cuenta de la fragilidad del poder coercitivo estadounidense y de cómo ese instrumento vanagloriado de seguridad montado desde 1991, al finalizar la Guerra del Golfo, ya no funciona.

Con algunas dosis de cinismo ilustrado, e intentos de marcar la cancha, Trump pretende imponer un alto el fuego en Ormuz; desde hace un tiempo su obsesión.

 

Pero los israelíes boicotean continuamente cualquier negociación con sus ataques indiscriminados en Líbano, atento a que Irán marcó, como uno de sus "10 puntos", que toda solución debe ser regional.

Trump viene planteando estos puntos:

  1. Irán debe abrir el Estrecho de Ormuz sin recibir tarifas. Pero Irán ha enfatizado que, primero, Estados Unidos debe levantar el bloqueo del Golfo de Omán, y recién allí abrirá el estrecho según sus acuerdos predeterminados. Estos acuerdos podrían ir desde la supervisión e inspección de barcos hasta la provisión de servicios y seguridad.
     

  2. Irán debe desmantelar o destruir sus reservas de uranio enriquecido. Los iraníes directamente desconocen esa exigencia..

 

 

El 31 de mayo, mientras fuerzas estadounidenses atacaban la costa iraní del Estrecho de Ormuz, Trump presionaba con su apertura total y la entrega inmediata de todo el uranio enriquecido.



Por el contrario, Irán solicita como condición sine qua non para iniciar conversaciones sobre Ormuz y asuntos nucleares:

  1. La liberación inmediata de 12.000 millones de dólares en activos congelados para Irán.
     

  2. Alto el fuego en Líbano.

El principal negociador iraní en Islamabad, Mohammad Bagher Ghalibaf, no se hizo ilusiones tampoco.

 

Sostuvo en X que Irán debe prepararse para una guerra, y únicamente el vencedor de ella impondrá condiciones:
 

 


El 29 de mayo,

 Mohammed Bagher Ghalibaf

manifestó la inflexible postura iraní.



De hecho, en un movimiento histórico, Irán amenazó a Israel con ataques en represalia si tocaban Beirut. Los funcionarios iraníes también hicieron un llamamiento a los palestinos para una insurrección, algo sin precedentes.

El portavoz del ejército iraní, brigadier general Abolfazl Shekarchi sostuvo que:

El régimen agresor y asesino de niños sionista, aprovechando la oportunidad de alto el fuego y la flagrante invasión del territorio libanés, ha derramado la sangre de más de 3.000 personas inocentes, incluidas mujeres y niños.

 

Mientras tanto, los gobernantes de los países occidentales han optado por el silencio o el apoyo a estos crímenes antihumanos.

 

La continuación de tales crímenes, añadió, no será tolerable para las fuerzas armadas de la República Islámica de Irán.

El 1° de junio, Irán anunció la suspensión de las conversaciones indirectas con Estados Unidos, condicionando su reanudación al cese de las masacres en Líbano y a la retirada israelí de los territorios ocupados.

 

En paralelo, si ello no ocurría inmediatamente, prometieron un bloqueo total del estrecho de Ormuz y restricciones en el acceso a Bab el-Mandeb, en la entrada del mar Rojo (lo cual acaba de suceder).

 

Asimismo, los iraníes reiteraron que la "tregua" con Israel colapsaría y que intervendrían decididamente en solidaridad con los libaneses.

Esas duras advertencias de Irán hicieron que Trump tuviera un ataque de nervios y llamara telefónicamente a Netanyahu espetándole:

Estás loco. Habrías estado en la cárcel si no fuera por mí. Yo soy quien te salvó. Ahora todo el mundo te odia y todo el mundo odia a Israel por tu culpa.

No sabemos si existió ese calibre de epítetos, o si es una maniobra para lavar la imagen de Trump, al que muchos sindican como un títere de Netanyahu.

 

La conversación, al menos, sí tuvo lugar...
 

 

Donald Trump afirmó haber mantenido una conversación "muy productiva" con Benyamin Netanyahu, en la que sostuvo públicamente que no habría presencia de tropas israelíes en Beirut y que, según contactos indirectos, Hezbolá tampoco llevaría a cabo ataques en ese contexto.

 

 

 

 

Donald Trump afirmó haber empleado términos particularmente duros al dirigirse a Netanyahu. Sin embargo, ello no parece haber producido efectos tangibles. Las operaciones israelíes sobre el Líbano continuaron con la misma intensidad y capacidad destructiva que habían caracterizado las fases anteriores del conflicto.



Resulta llamativa tanto la aparente dureza que Trump exhibe ahora hacia Netanyahu como la renovada disposición de Washington a tratar con cautela y deferencia a un país que, hasta hace poco, era presentado como la mismísima Encarnación del Mal, a quien se le atribuyeron las intenciones más agresivas y desestabilizadoras.

Extraño cambio de postura:

de exigir su "exterminación como civilización", de hacerlo blanco de una campaña atroz de bombardeos que incluyó la eliminación de su Líder Supremo y la neutralización de altos cuadros políticos y militares... a negociar un acuerdo consensuado.

 

De promover una violenta insurrección interna a considerarlos un gobierno legítimo.

 

De incurrir en episodios particularmente despiadados, como la muerte de 168 estudiantes menores en Minab, a querer incluso compartir el control del Estrecho de Ormuz.

En ese contexto, el brusco cambio de tono resulta, cuando menos, difícil de conciliar con la retórica y las acciones que habían caracterizado la etapa previa del conflicto.

¿A qué se deberá?

 

¿Es únicamente por la resiliencia y resistencia iraní?

 

¿O ha ingresado un nuevo recurso, aún oculto, entre las posibilidades de acción?

 

El misil balístico más avanzado de Irán es el Jorramshahr-4. Capaz de llevar múltiples ojivas y con un rango de 2.000 kilómetros. Este sería seguramente el misil indicado para una carga nuclear. Su nombre alude a la ciudad que Irán recuperó de Irak en 1982 después de brutales combates. Fue llamada "La Ciudad de la Sangre" y como Stalingrado, se convirtió en el símbolo definitorio de la resistencia iraní y la eventual victoria.



Según Johnson y Escobar, no existen dudas acerca de la causa del repentino comportamiento moderado de Trump...

 

Ambos sostienen que el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, transmitió al primer ministro pakistaní, Shehbaz Sharif - convertido en el principal canal indirecto con Washington - una detallada hoja de ruta sobre la respuesta que adoptaría Teherán en caso de que se intensifiquen los ataques contra Irán o sus aliados regionales, consistente en:

  1. Retirada inmediata de las negociaciones de paz nuclear en curso (paso ya dado).
     

  2. Abandono total del marco del futuro Tratado Nuclear.
     

  3. Detonación de un dispositivo nuclear en territorio iraní, ejecutada no como arma de guerra, sino como una demostración innegable de la capacidad soberana y el control absoluto sobre la escalada del conflicto.

Es importante destacar este hecho:

entre los días 31 de mayo y 3 de junio, Estados Unidos bombardeó radares, centros de control de drones y otras instalaciones militares iraníes en Goruk, Sirik y la isla de Qeshm, aparentemente, para sondear la capacidad de lucha iraní (para no perder la costumbre, en medio de negociaciones).

 

En respuesta, Irán lanzó misiles balísticos y drones contra bases estadounidenses en Kuwait y Bahréin, y algunos misiles antibuque contra buques estadounidenses en el Golfo de Omán.

 

 

Misiles balísticos iraníes Jeibar Shekan parten hacia sus objetivos en Kuwait y Bahréin. Al menos uno de los proyectiles iba adornado con una calcomanía en la que figuraba Trump con el rostro magullado sobre un Estrecho de Ormuz clausurado, acompañado por la inscripción en farsi e inglés: "Hasta que el último soldado estadounidense abandone la región".



Tras esos ataques y represalias para forjar la agenda estadounidense, aparentemente, vino la advertencia iraní sobre el artefacto nuclear...

 

Y llegó cierta calma desde Washington...

Israel no pareció otorgar credibilidad a la advertencia, o bien decidió desestimarla. De manera implícita, también ignoró el (supuesto) pedido de Trump de abstenerse de atacar Beirut.

 

En consecuencia, entre el 7 y el 8 de junio de 2026, Tel Aviv llevó a cabo una intensa campaña de bombardeos contra los suburbios meridionales de Beirut, una acción que, según la interpretación iraní, implicó el cruce de una de sus "líneas rojas".

La respuesta iraní no se hizo esperar.

Teherán lanzó una salva de aproximadamente 10 misiles balísticos contra objetivos situados en el norte de Israel.

Pero casi inmediatamente dio por concluida la represalia.
 

 

 

Una multitud congregada en Teherán el 7 de junio observa el paso de los misiles dirigidos contra el norte de Israel. A medida que los proyectiles atraviesan el cielo nocturno, los presentes reaccionan con vítores y muestras de exaltación colectiva.



Israel respondió pocas horas después mediante ataques sobre territorio iraní, dirigidos contra emplazamientos militares y lanzadores de misiles ubicados en las regiones occidental y central del país.

 

De este modo, ambos Estados protagonizaron un nuevo intercambio directo de fuego, aunque de una intensidad considerablemente menor que el observado en fases anteriores del conflicto.

Estados Unidos, por su parte, no participó con nuevos ataques directos durante ese episodio específico.

Washington optó por intervenir principalmente a través de canales diplomáticos, buscando contener una escalada adicional.

En términos estrictos,

ello evidenció una divergencia operativa dentro de la coalición: durante la última semana no se produjo ningún ataque conjunto o simultáneo de Estados Unidos e Israel contra Irán, sino acciones diferenciadas y ejecutadas de manera independiente por cada actor.

Llamó poderosamente la atención la declaración de Netanyahu al explicar la,

"represalia de la represalia" pues dijo que lo hicieron ¡para evitar "un ataque nuclear" de Irán...!

 

 

Netanyahu afirmó que el ataque israelí evitó una amenaza nuclear iraní. Sin embargo, también podría interpretarse como un intento de comprobar hasta qué punto Irán dispone realmente de las capacidades estratégicas que dice poseer.



En honor a la verdad, Netanyahu viene sosteniendo ese argumento desde 1996, cuando asumió por primera vez el cargo de primer ministro.

 

Durante décadas ha advertido sobre la inminencia de una capacidad nuclear militar iraní y ha invocado esa amenaza como una de las principales justificaciones de sus políticas de seguridad y de sus posiciones beligerantes hacia Teherán.

 

No debería sorprender...

No obstante, si la información difundida por Johnson y Escobar terminara confirmándose, podría estarse configurando una situación análoga a la parábola de "Juanito y el lobo".

 

Tras años de advertencias reiteradas que no llegaron a materializarse, existe la posibilidad de que esta dinámica de confrontación sostenida termine convirtiendo aquella predicción en una profecía autocumplida:

precisamente como consecuencia de los esfuerzos destinados a impedirla.

De todos modos, la lógica detrás de esa conducta no resulta evidente.

 

Si el objetivo fuese evitar una eventual represalia nuclear iraní, cabría preguntarse por qué insistir precisamente en aquellas acciones que Teherán ha identificado como "líneas rojas".

¿Qué sentido tendría profundizar la escalada mediante ataques sobre Beirut?

 

¿Atraer el fuego nuclear?

Una posible interpretación es que la dirigencia israelí no considere creíbles tales advertencias y asuma que Irán carece aún de la capacidad o de la voluntad política para llevarlas hasta sus últimas consecuencias.

 

Otra lectura, más arriesgada, sería que determinados sectores busquen poner a prueba esos límites, forzando una respuesta que permita determinar hasta qué punto las amenazas iraníes corresponden a capacidades reales o son una disuasión retórica.

Desde esta perspectiva hipotética, Irán podría optar por abandonar el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y realizar una prueba nuclear en su propio territorio, con el propósito de comunicar de manera inequívoca un cambio en su postura estratégica.

 

Una detonación subterránea de baja potencia constituiría, en este razonamiento, una señal de disuasión dirigida tanto a Israel como a Estados Unidos, destinada a transmitir que futuras acciones militares contra Irán implicarían riesgos sustancialmente mayores para la estabilidad regional.

Naturalmente, semejante decisión tendría consecuencias diplomáticas, económicas y militares de enorme magnitud, además de alterar profundamente el equilibrio estratégico de Oriente Medio.

¿Cómo habría obtenido Irán el arma nuclear operativa?

 

¡No se trata únicamente de enriquecer uranio!

 

¡Hay que poseer el dispositivo de detonación!

Según Johnson y Escobar los dispositivos de detonación fueron adquiridos de un tercer país con capacidades comprobadas en este ámbito.

 

Conociendo la "historia misilística" en común de Irán y Corea del Norte, y a sabiendas que el diminuto país asiático se retiró del TNP [2] para fabricar sus propios misiles nucleares, no resultaría descabellado que de allí surgiera ese material sensible.

Podría ser casualidad pero...

¿Quién ha visitado Pyongyang los días 8 y 9 de junio, cuando se desmadró de nuevo la situación en Medio Oriente?

Pues nada menos que el presidente chino Xi Jinping, quien no visitaba a su vecino desde hacía siete años.
 

 

El Líder Supremo Kim Jong-un toma las manos del presidente chino Xi Jinping durante la visita de éste último a Corea del Norte.


 

Demás está decir que Corea del Norte, la nación rebelde que ha decidido conservar el poder atómico para enfrentar el acoso estadounidense y de sus férreos aliados Japón y Corea del Sur, viene siendo un eslabón fundamental - desde mi punto de vista - en la triangulación de la ayuda china a Rusia en su Operación Militar-Especial.

 

Y no tiene ningún prurito en eso de molestar el "orden internacional" vigente (occidental), dado que su sociedad es prácticamente impenetrable a las revoluciones de color, gracias a su homogeneidad ideológica y racial y su endogamia.

Por supuesto, una demostración nuclear por parte de Irán quebraría el marco mundial de la no-proliferación, pero esa coyuntura ya había sido vulnerada flagrantemente por Israel, en Medio Oriente (1973), India y Pakistán, casi simultáneamente, en el subcontinente indio (1998), y recién al final, Corea del Norte, en el Extremo Oriente (2006).

 

Raramente es Corea del Norte el anómalo en esta ecuación. Los otros tres poco se nombran.

Si Irán se nuclearizara, el "riesgo sistémico" de un desequilibrio regional sería invocado, especialmente por el Occidente Colectivo, con tonos cercanos al escándalo.

 

Se hablaría del inminente Holocausto o de la supuesta maldad inherente del "régimen terrorista de los ayatolás".

Pero la realidad es que, una vez ocurrido el fait accompli, ese escenario podría incluso terminar siendo aceptado y comprendido.

 

Irán no se habría nuclearizado por una voluntad expansiva propia, sino como respuesta a una presión estratégica que lo empujó a buscar una paridad disuasiva - una "Destrucción Mutua Asegurada" - con Israel.

 

Al mismo tiempo, para evitar que los demás actores relevantes de la región percibieran esa nueva situación como una amenaza directa, podría articularse un esquema de seguridad más amplio en torno a,

Pakistán - ya potencia nuclear - junto con Turquía, Egipto y Arabia Saudita.

Estos cuatro han mantenido conversaciones fluidas desde el inicio de esta guerra, tanto, que fueron quienes lograron impulsar un cese de hostilidades (asumido por Estados Unidos, con vaivenes, desde el 8 de abril).

Desde esa hipótesis, estas cuatro naciones firmarían un pacto de defensa nuclear como reaseguro defensivo contra Irán (con la plena aceptación de Irán, pero previa extirpación de bases estadounidenses hostiles).

 

De hecho, el primer paso ya lo dieron saudíes y pakistaníes el 17 de septiembre de 2025, cuando suscribieron su Acuerdo de Defensa Mutua Estratégica con la cláusula de,

"un ataque contra uno es un ataque contra ambos".

Aclaro:

ese pacto no hacía mención a ninguna limitación, vale decir, incluía la defensa nuclear...

 

El primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, abraza al príncipe heredero saudita, Mohammed bin Salman, tras firmar un pacto de defensa conjunto en Riad, Arabia Saudita.



Si Trump dispone de información fehaciente que indique que Irán ha tomado la decisión política de avanzar hacia un arsenal nuclear operativo, ello podría ayudar a explicar su aparente interés en reducir la escalada y sus tensiones con Netanyahu.

 

El problema es que Israel persigue objetivos que exceden la mera neutralización del programa nuclear iraní.

 

La guerra está vinculada a la aspiración de neutralizar la influencia regional de Irán y de las organizaciones alineadas con Teherán, el "Frente de la Resistencia".

 

Una conclusión prematura del conflicto podría dejar intactas estructuras de poder que Israel considera amenazas estratégicas de largo plazo.
 

 

De manera recurrente, Netanyahu apeló en sus discursos a una dicotomía moral que presentaba a Israel como encarnación de "la civilización" y "el bien", frente a Irán y sus aliados, caracterizados como representantes de "la barbarie" y "el mal". En su intervención ante la Asamblea General de las Naciones Unidas del 27 de septiembre de 2024, exhibió dos mapas titulados "The Blessing" ("La Bendición") y "The Curse" ("La Maldición"). En el primero, representó a Israel - sin distinguir los territorios palestinos ocupados - junto con varios Estados árabes, vinculados por el corredor económico India–Oriente Medio–Europa (IMEC), como expresión de un futuro de prosperidad e integración regional. En el segundo, identificó a Irán y a los integrantes de la denominada "Media Luna Chiita" como una fuerza desestabilizadora que amenazaba el orden regional e internacional.



Además, el nacionalismo israelí concibe el conflicto como parte de un proyecto regional más amplio, orientado a consolidar una posición de predominio israelí en Oriente Medio ("Pax Hebraica") o de un proyecto estatal encaminado a la construcción de un "Gran Israel".

 

Esto último aparece constantemente como idea gráfica en determinados grupos ideológicos y religiosos afines el gobierno.
 

 

El "Gran Israel" es un proyecto irredentista-imperialista que tiene lugar en algunos trasnochados pensamientos basados en seudo-preceptos religiosos. Algunos aseveran que el sionismo-revisionismo hasta reinterpretó las dos bandas azules de la bandera israelí diciendo que representan el río Nilo y el río Éufrates.



Si Trump realmente quisiera contener a Israel, debería abandonar la teatralidad de las declaraciones altisonantes y condicionar - o incluso suspender, la ayuda militar estadounidense.

 

En segundo lugar, debería avanzar hacia una distensión con Irán mediante la devolución de los activos iraníes congelados y, posteriormente, aceptar el hecho consumado de que Teherán ejerce jurisdicción sobre los sectores del Estrecho de Ormuz que se encuentran dentro de sus aguas territoriales conforme al derecho internacional.

Pero nada de eso sucederá porque las élites sionistas manejan todos los resortes clave de la gobernabilidad estadounidense (Congreso, Massmedia, Beltway, Sillicon Valley) y se guardan para sí los archivos Epstein.

En consecuencia, los combates han recrudecido.

De manera evidente, Irán viene actuando con una nueva doctrina militar que le permite realizar ataques preventivos y actuar en cualquier lugar donde la Resistencia esté amenazada.

Se terminó el "umbral inferior" por el cual una provocación en los márgenes impedía una reacción del centro. Irán acaba de optar por retomar la guerra activa.

 

Eso significa que Irán considera llevar la guerra a gran escala nuevamente.

 

Ya no hay "repudios" dialécticos o respuestas materiales extremadamente limitadas.

Y uno podría especular...

 

Si esa es la opción que acaba de tomar Irán para no ser llevados como tantas veces al engaño, a la dilatación de soluciones o al terreno del "umbral inferior",

¿Qué se guarda bajo la manga?

 

¿Sólo sus misiles y drones?

 

¿Solamente la encarnizada resistencia de Hezbolá, hutíes y milicias iraquíes amigas?

Aun no lo sabemos.

Lo cierto es que la coalición israelo-estadounidense se bambolea entre las concesiones reales a la medida iraní - no aquellas basadas en expectativas sobredimensionadas - y la posibilidad de enfrentarse a una reanudación de la acción militar (las "negociaciones mediante bombas", tan del gusto del psicópata Hegseth).

 

Esa frustración de no poder torcerle el brazo a Irán está llevando la situación hacia la segunda opción.

Pero la postura de Irán sigue siendo firme e inflexible.

 

No cederá su control sobre el Estrecho de Ormuz y no entregará, bajo ninguna circunstancia, su uranio enriquecido a Estados Unidos.

 

Y dirá que todo acuerdo es regional.

Así las cosas, los combates empiezan a trepar en intensidad y gravedad: el 9 de junio,

Trump acusó a Irán de haber derribado un helicóptero Apache (sin víctimas) sobre el Golfo de Omán.

 

Irán lo negó. Todo indicaba que es una excusa para emprender una serie de ataques.

 

Estos llegaron indefectiblemente, contra radares, equipos de comunicación y una estación de desalinización en el puerto de Sirik.

 

Irán respondió disparando unos 20 misiles y drones contra instalaciones estadounidenses en Kuwait, Jordania y Bahrein.

Este sería el momento indicado para que Irán demuestre que tiene armamento nuclear, pero aún no lo devela (o peor aún, no lo tiene).

 

La cuota de ambigüedad que separa - o confunde - dichos y hechos, realidades y versiones, mitos y evidencias, constituye uno de los rasgos definitorios de esta guerra.

El académico iraní-brasileño Nima R. Alkhorshid planteó recientemente a Pepe Escobar una pregunta sumamente interesante:

si Irán está empleando con eficacia sus capacidades convencionales y ha logrado frustrar todos los objetivos de la coalición israelo-estadounidense,

¿por qué insistiría Teherán en revelar pruebas de posesión de armas nucleares...?

La respuesta sería:

¡porque no nos toman en serio...!

Irán habría deslizado esa posibilidad porque las provocaciones no se detienen, las negociaciones nunca son serias y no se admite la "realidad sobre el terreno".

 

La dirigencia iraní ya cree que existe un ciclo sin fin donde la única salida sería la nuclearización y la destrucción mutua asegurada. Entiéndase:

Estados Unidos vulneró constantemente su propia ficción de alto el fuego.

 

Israel jamás respetó la continuidad regional y pulverizó Líbano.

 

Asimismo, ambos no se ponen de acuerdo sobre sus intereses - discuten y patalean - pero siguen coalicionados y en colaboración íntima.

La simbiosis enloquecedora entre Israel y Estados Unidos contra Irán es una réplica de la sostenida entre Ucrania y Estados Unidos contra Rusia...
 

 

El periodista y analista geopolítico brasileño Pepe Escobar y el ex analista de la CIA y exfuncionario de la Oficina Antiterrorista del Departamento de Estado de Estados Unidos Larry C. Johnson, actualmente consultor internacional y editor del sitio Sonar21, han sostenido que Irán ya dispone de armamento nuclear o se encuentra muy próximo a adquirirlo.



La escalada probablemente sea vista por Trump como una maniobra táctica para forjar "negociaciones" (léase, imposiciones que puedan ser "vendidas" como victoria).

Pero Teherán lo ve como mala fe estratégica.

 

Israel la ve como su oportunidad histórica.

 

¿El resultado de esta convergencia?

 

Irán irá a la guerra, esta vez, por decisión propia...

Más allá de lo que asevere Escobar o Johnson, a estas alturas, la cuestión central ya no parece ser si Irán posee efectivamente un arma nuclear o si se encuentra a semanas, meses o años de obtenerla.

 

Lo verdaderamente relevante es que la posibilidad ha comenzado a condicionar el comportamiento de todos los actores involucrados.

 

En estrategia, las percepciones suelen ser tan importantes como las capacidades reales, y la mera sospecha de una nuclearización iraní está alterando cálculos políticos, militares y diplomáticos desde Washington hasta Tel Aviv.

La paradoja está allí.

Durante décadas, Israel y Estados Unidos justificaron buena parte de su política hacia Irán en la necesidad de impedir que Teherán alcanzara la capacidad bélica nuclear.

 

Sin embargo, las presiones acumuladas, las operaciones de cambio de régimen, los asesinatos selectivos y la guerra abierta de 2026 podrían haber creado precisamente los incentivos que antes no existían.

Si ello ocurriera, Oriente Medio ingresaría en una etapa completamente distinta.

 

La discusión dejaría de girar en torno a cómo impedir la nuclearización iraní para pasar a cómo gestionar sus consecuencias.

 

Como sucedió anteriormente con,

  • Israel

  • India

  • Pakistán

  • Corea del Norte,

...el debate moral sería rápidamente reemplazado por la lógica fría de la disuasión y el equilibrio de poder.
 

 

 

 

Referencias

  1. La palabra árabe fatwa (فتوى) significa literalmente "respuesta jurídica" o "dictamen legal". Es emitida por un especialista en derecho islámico (muftí) sobre una cuestión religiosa, moral, social o legal. No equivale necesariamente a una ley ni tiene siempre carácter obligatorio. Su autoridad depende de quién la emite y de la comunidad que la reconoce. En algunos casos una fatwa puede ser simplemente una orientación religiosa; en otros, si proviene de una figura de gran prestigio o autoridad política, puede tener importantes consecuencias prácticas.
     

  2. Corea del Norte se adhirió al Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) en 1985 bajo presión de la Unión Soviética. Sin embargo, durante los años noventa surgieron disputas con el organismo de inspección nuclear, la OIEA. En 1993, atento a las presiones estadounidenses de bombardeo e invasión, Corea del Norte anunció su intención de retirarse del tratado, aunque luego suspendió esa decisión en el marco de negociaciones con Estados Unidos. La situación volvió a deteriorarse a comienzos de la década de 2000 y, finalmente, Corea del Norte declaró su retirada efectiva del TNP en enero de 2003. Así, Corea del Norte se convirtió en el único país que se adhirió al TNP y luego anunció formalmente su retirada.