por Autismo Integral
28 Septiembre 2026
del Sitio Web Instagram

Información enviada por MGG




 

 

 

Un cirujano declara

ante una mesa redonda del Senado

que los protocolos hospitalarios contra el COVID

causaron daños, y denuncia represalias y presiones

contra pacientes no vacunados...

 

 


El Dr. James P. Miller, ex-cirujano de traumatología y cuidados intensivos del Providence Regional Medical Center Everett, expuso estas acusaciones durante la mesa redonda del senador Ron Johnson, titulada "Protocolos hospitalarios para la COVID-19: historias reales de personas reales", celebrada el lunes en Washington:

Fuente

28 Septiembre 2026

Traducción de Biblioteca Pleyades


 

"Durante la 'pandemia' de COVID-19, me desempeñé como cirujano y médico de cuidados intensivos en el hospital donde fue tratado el primer paciente diagnosticado con COVID en Estados Unidos.

 

Atendí a cientos de pacientes con COVID y, además de mis funciones como cirujano y médico de cuidados intensivos, fui contratado de forma independiente para realizar revisiones de calidad en la unidad de cuidados intensivos (UCI) de dicho hospital.

Mis revisiones revelaron un fraude que involucraba a la alta dirección del hospital.

 

Denuncié estos hallazgos.

 

Se implementaron protocolos que - lamentablemente - provocaron daños demostrables y un aumento en la mortalidad.

Después de que las autoridades federales suministraran 'remdesivir' a nuestro hospital, la dirección médica nos proporcionó información engañosa e inexacta sobre el fármaco.

 

Poco después de la introducción del 'remdesivir', tuve una paciente joven que había sufrido un traumatismo.

 

Según las directrices, parecía ser la candidata ideal para recibir el tratamiento.

 

Sin embargo, el especialista en enfermedades infecciosas de guardia me aconsejó, en privado, que no se lo administrara porque, cito textualmente:

"Parecía una chica agradable"...

Cualquier médico que analizara con honestidad los datos reales de aquel momento habría podido identificar, desde una etapa temprana, que el 'remdesivir' causaba más daño que beneficio.

Observé que el hospital difundía información que exageraba falsamente el número de infecciones y muertes por COVID, lo cual alimentaba el miedo en la población y daba lugar a titulares engañosos.

 

Según mi experiencia, nunca sufrimos escasez de equipos ni de personal.

 

Fui testigo de cómo enviaban a enfermeras a sus casas por falta de pacientes, mientras que, simultáneamente, aparecían titulares afirmando que nuestro hospital estaba desbordado por casos de COVID.

Asimismo, observé que los protocolos sobre el uso de mascarillas y equipos de protección individual (EPI) implementados durante la pandemia carecían de fundamento científico y no eran eficaces desde el punto de vista médico.

 

No obstante, sí contribuyeron a deshumanizar tanto a los pacientes como al personal.

Vi cómo pacientes que fallecieron a causa de traumatismos u otras patologías fueron registrados en sus certificados de defunción como muertes por COVID-19.

 

A medida que avanzaba la pandemia, observé cómo médicos y enfermeras - que antes se caracterizaban por su compasión y dedicación - se volvían crueles e indiferentes ante el bienestar de los pacientes.

El jefe del departamento de enfermedades infecciosas de mi hospital me confesó, en privado, que estaba colaborando con el gobierno estatal para restringir los derechos civiles de las personas no vacunadas - incluyendo su derecho a conducir y, por ende, a trabajar - condicionando la renovación de sus licencias de conducir a su estatus de vacunación contra el COVID.

La dirección del hospital, incluido el director médico de nuestro grupo sanitario, respaldó las medidas médicas locales...

 

La negativa del sistema sanitario a prestar atención médica a pacientes no vacunados.

 

Los médicos de atención primaria y de urgencias, con el conocimiento y la aprobación del director médico - y mediante políticas establecidas - se negaron a atender a pacientes que no estaban vacunados.

En respuesta, y a través de mi iglesia local, abrí una clínica gratuita para atender a quienes se les había denegado la asistencia.

 

La iglesia pasó a funcionar como una clínica autorizada.

Observé que muchos de los tratamientos alternativos - censurados por sociedades médicas, farmacéuticos, redes sociales, la prensa y los organismos de salud establecidos - resultaban altamente eficaces.

 

Terapias que incluían ivermectina, hidroxicloroquina, vitamina D, zinc, quercetina e, incluso, el simple ejercicio físico, demostraron una gran eficacia en el tratamiento de la COVID.

Cuando abogué por la atención al paciente - en lugar de seguir protocolos perjudiciales - y denuncié el fraude, fui objeto de intentos de destitución mediante acciones disciplinarias carentes de fundamento.

 

El objetivo declarado era retirarme la licencia médica e impedirme ejercer la medicina para siempre.

Tuve que soportar innumerables audiencias disciplinarias infundadas, juicios amañados y procesos de revisión por pares que no eran más que una farsa; incluso llegaron a amenazarme con el arresto.

 

Todo esto fue una represalia por haber alzado la voz.

Superé cada uno de los ataques. Mantuve mi licencia en regla y dije la verdad.

Fui testigo de cómo médicos y enfermeros, al observar los daños causados ​​por los protocolos contra la COVID, optaron por guardar silencio o fueron expulsados ​​de nuestra comunidad.

Los funcionarios de salud pública, los directivos hospitalarios y los médicos que implementaron estos tratamientos y protocolos deben rendir cuentas.

 

Los datos estaban disponibles y los daños eran evidentes.

La rendición de cuentas es indispensable si queremos preservar la confianza pública y garantizar el buen funcionamiento del sistema sanitario.


 

 

 

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