por Christian Cirilli

24 Octubre 2026

del Sitio Web ChCirilli

 

 

Christian Cirilli

analista político argentino, nacido el 20 de junio de 1972 en Buenos Aires. Licenciado en Administración (UBA), manifestó su interés en asuntos internacionales, economía, geopolítica y globalización, expresando sus opiniones en su "bitácora" personal: LA VISIÓN.
Colabora con medios como KontraInfo y ha participado en programas de radio como Otras Voces (FM Crisol) y Radio Gráfica, además de numerosos canales de YouTube. Sus artículos son replicados por muchos portales y periódicos del mundo, y suelen ser utilizados en la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN).

 

 

 

 

 

 

 

"Hay décadas en las que no pasa nada

y semanas en las que pasan décadas"

Lenin, en su artículo

"La tarea principal de nuestros días",

publicado el 14 de marzo de 1918

en el periódico soviético Izvestia

 



Hace aproximadamente un año, en una mesa de amigos aficionados a la geopolítica, me atreví a pronosticar la desaparición de la Unión Europea "en un plazo de cinco años".

Los pronósticos de esta naturaleza suelen terminar en el desván de las predicciones fallidas. Se parecen bastante a vaticinar quién levantará la próxima Copa del Mundo:

una mezcla de intuición, orgullo e irresponsabilidad.

Sin embargo, hay licencias que uno se permite en la sobremesa, al calor de una copa de vino y de esas conversaciones en las que el mundo parece, por un instante, más inteligible de lo que realmente es.

Nadie conoce a ciencia cierta - y mucho menos con el cronómetro en la mano - los caprichosos vericuetos de la Historia. Sus tiempos rara vez se amoldan a nuestros vaticinios; sus desenlaces, menos aún.

 

Pero hay momentos en que los acontecimientos comienzan a insinuar que aquello que parecía inconmovible podría no serlo tanto.

 

Y es entonces cuando una provocación lanzada entre amigos deja de ser una simple broma para convertirse en una hipótesis que merece ser examinada.

Por supuesto, en aquella ocasión fue sintético y sentencioso.

 

Pero ahora examinaré con un poco más de rigurosidad la convergencia de una serie de tendencias que ya entonces comenzaban a vislumbrarse con otras transformaciones que estaban en pleno desarrollo.

Comencemos por señalar que los fundamentos políticos y económicos sobre los que se edificó la Unión Europea, así como el horizonte estratégico que orientaba su desarrollo - esto es, la constitución de un supra-Estado consolidado dotado de autonomía estratégica y capaz de competir en paridad con las grandes potencias globales - habían experimentado, para 2025, una profunda mutación.

Aquel proyecto de afirmación de una potencia europea autónoma parecía haber cedido terreno ante una creciente supeditación a los intereses anglo-estadounidenses, articulada en el marco estratégico de la OTAN.

Y ese tránsito no fue caprichoso, sino diseñado.
 

 

 

En la ciudad neerlandesa de Maastricht se creó la Unión Europea mancomunando los 12 estados miembros de la Comunidad Europea.

 

Para 2016, el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, con el BREXIT en puerta, decía que "no debían separarse" porque ello significaría que no tendrían destino individual.

 


La Unión Europea se edificó inicialmente sobre seis pilares constitutivos, que debían hacer del continente un actor económico y político de alcance global:

  1. La reconciliación franco-alemana, como garantía de paz
     

  2. La integración económica, como instrumento de prosperidad
     

  3. La interdependencia industrial y comercial, como mecanismo de cooperación
     

  4. La transferencia parcial de soberanía a instituciones supranacionales, como arquitectura de gobernanza
     

  5. La unión monetaria, como factor de cohesión de los mercados
     

  6. La competitividad continental, como sello distintivo de su proyección internacional

Nótese, en particular, que la idea de una "Europa potencia", sustentada en la sinergia de sus componentes nacionales, no contemplaba como objetivo prioritario una proyección autónoma en el ámbito militar, que es, por lejos, uno de los atributos esenciales de la soberanía.

 

Por el contrario, la defensa del continente continuó reposando sobre la OTAN y bajo el liderazgo de los Estados Unidos.

Mayormente, esta situación no fue percibida como una anomalía.

La dirigencia europea, consolidada como tal a partir del Tratado de Maastricht firmado el 7 de febrero de 1992, tendió a considerar natural que la OTAN constituyera el paraguas protector del continente.

 

Se trataba obviamente de una continuidad organizativa heredada de la posguerra, que se había arraigado en las estructuras de defensa europeas hasta convertirse en un hecho incuestionable.

Es menester señalar que la OTAN se reveló como un instrumento relevante tanto para la "contención" del "expansionismo soviético" como para la regulación de las rivalidades dentro del propio bloque occidental.

La presencia de Estados Unidos - una superpotencia extracomunitaria con una influencia decisiva en la arquitectura de seguridad europea - contribuyó a encauzar las tensiones entre los Estados miembros y a reducir el riesgo de enfrentamientos armados entre ellos.

 

Su gravitación sobre las estructuras militares, los mecanismos de coordinación y los procedimientos de planificación estratégica de la Alianza operó, así, como un factor de cohesión y estabilización del espacio atlántico.

Tal es así que, por el Tratado de Lisboa de 2007 - que fue la gran reforma institucional posterior a Maastricht - se consolidó la idea de que la defensa colectiva de la mayoría de los Estados miembros europeos seguía articulándose dentro de la OTAN.

 

Se finiquitaba allí cualquier establecimiento de una defensa paneuropea que sustituyera a la estructura atlántica.

Lejos de discrepancias, los europeos estaban encantados con la protección estadounidense, pues les permitían postergar los costos económicos, políticos e industriales de construir una capacidad militar verdaderamente independiente.

Al mismo tiempo, muchas de las divergencias entre los Estados europeos en torno a la percepción de las amenazas, las prioridades militares e incluso los resquemores históricos quedaban atenuadas por el inmenso poder nivelador de Estados Unidos.

Su presencia como líder y garante de la seguridad continental contribuía a contener las tensiones y mantenerlas dentro de un marco común.

Pero su papel iba mucho más allá:

Washington no se limitaba a arbitrar las diferencias; hacía los planes, definía su influencia y establecía los límites de lo estratégicamente posible.

En este sentido, la expansión hacia el este europeo no fue, en primera instancia, el resultado de la gravitación comercial de la Unión, sino de la proyección político-militar de Estados Unidos a través de la OTAN.

 

Antes de que el poder económico de Bruselas extendiera su radio de influencia, las razones de seguridad atlántica ya redefinían el mapa estratégico del continente.

La Unión Europea fue comprendiendo que su expansión y cohesión dependían mucho más del impulso político y militar de Estados Unidos en el seno de la OTAN que de sus propias destrezas negociadoras.

 

Así, las sucesivas oleadas de ampliación atlantistas fueron en buena medida anticipando las de la Unión Europea, hasta configurar dos procesos de expansión estrechamente vinculados, aunque no idénticos:

  • uno articulado en torno a la seguridad militar

     

  • el otro a la integración económica, jurídica e institucional

Un proceso forzosamente inverso se produjo con Ucrania y Georgia.

En la cumbre OTAN de Bucarest de abril de 2008, se anunció que ambos países se convertirían en miembros.

 

Pero las reservas de Alemania y Francia [1] frente a la anunciada reacción rusa [2] impidieron que se avanzara hacia una incorporación inmediata.

 

George W. Bush, no obstante, insistió en impulsar la ampliación.

Apenas cuatro meses después, en agosto de 2008, estalló la guerra ruso-georgiana, que frenó el avance euroatlántico en el Cáucaso.

Cinco años después de esa guerra, la disputa por la orientación geopolítica de Ucrania volvió a ocupar el centro de la escena, esta vez en torno a la asociación con la Unión Europea.

En noviembre de 2013, el presidente ucraniano Víktor Yanukóvich suspendió los preparativos para firmar el acuerdo de asociación con Bruselas, tras inclinarse por una alternativa que consideraba más beneficiosa para su país:

estrechar los vínculos con Rusia y explorar su integración en la Unión Económica Euroasiática (UEEA), promovida por Moscú.

Ucrania mantenía con Rusia profundos lazos de complementariedad industrial, científica y militar, además de vínculos históricos, culturales y económicos heredados de la época soviética.

 

Lo lógico era continuar esa senda.

 

Pero la decisión desencadenó las protestas estimuladas y organizadas por Occidente del Euromaidán, que pronto desbordaron la cuestión del acuerdo europeo y se convirtieron en una crisis política de gran alcance.

 

Los resucitados banderistas la llamaron "Revolución de la Dignidad".
 

 

Manifestantes reunidos en el centro de Kiev tras la suspensión de los preparativos para firmar el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea.



En febrero de 2014, después de meses de movilizaciones y enfrentamientos mortales, Yanukóvich abandonó Kiev y el Parlamento votó su destitución.

 

La UE fue muy crítica de la represión de Yanukóvich... pero hoy calla ante la que desata Macron por las calles parisinas.

 

También se mofó de las acusaciones de Moscú sobre manipulación occidental - hartamente demostrada - aunque hoy acusan injustificadamente a las manifestaciones ítalo-francesas de tener "inspiración rusa".

Lo cierto es que, fieles a su advertencia, los rusos terminaron por plantarse en Crimea y en las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk.

 

La historia que siguió es conocida, incluyendo el engaño francoalemán de Minsk, que terminó generando, entre otros motivos, la guerra en 2022.
 

 

La imagen corresponde a una manifestación del Euromaidán, celebrada en Kiev (Ucrania) el 15 de diciembre de 2013.

 

Desde la tribuna arengan a los manifestantes el dirigente opositor Vitali Klitschko, líder de UDAR y futuro alcalde de Kiev; John McCain, senador republicano y exponente del Deep State; Chris Murphy, senador demócrata, también comprometido con una política exterior estadounidense injerencista; y Oleh Tiahnybok, líder de Svoboda, partido nacionalista ucraniano de extrema derecha e inspiración neonazi.

 

Si la presencia de dos senadores estadounidenses del bipartidismo estadounidense no es una evidencia visible del intervencionismo político occidental en Ucrania,

¿Qué otra prueba hace falta aportar?

 

¿Acaso Victoria Nuland repartiendo galletitas?


 

Bueno, ya que me lo piden...

 

La entonces subsecretaria de Estado estadounidense para Asuntos Europeos y Euroasiáticos, Victoria Nuland, reparte galletitas entre los violentos manifestantes en Plaza Maidán y la policía antimotines.

 

Está acompañada por el embajador estadounidense en Kiev, Geoffrey Pyatt.

 

Antes de repartir galletitas, Nuland ya había destinado más de 5.000 millones de dólares a la oposición.



 

La entonces subsecretaria de Estado para Asuntos Europeos, Victoria Nuland, centraliza la escena con los tres líderes de la oposición ucraniana encargados del golpe de Estado.

 

De izquierda a derecha,

  • Oleh Tiahnibok, líder del partido de ultraderecha Svodoba

  • Vitali Klitschko, alcalde de Kiev

  • el economista ultra-neoliberal Arseni Yatseniuk, primer ministro tras el Euromaidán


Hago especial hincapié en este acontecimiento porque constituye un punto de inflexión en la dinámica expansionista de la OTAN y de su brazo civil, la Unión Europea.

Pero su trascendencia va aún más allá:

fue también la crisis ucraniana de 2014 - en cuyo desenlace Washington desempeñó un papel decisivo - la que terminó de profundizar la subordinación estratégica de Europa a los designios geopolíticos del neoconservadurismo estadounidense.

Más que nunca y a pesar de las apariencias, el Consejo Europeo [3] - la institución que reúne a los jefes de Estado o de Gobierno de sus países miembros - se había convertido en una caja de resonancia de las decisiones de la OTAN.

 

Así, se establece un circuito subrepticio:

las decisiones fuertes se toman en el Consejo del Atlántico Norte (dominado por Estados Unidos y Reino Unido, aunque en teoría se adoptan allí "por consenso" [4] de todos los miembros), se transmiten a la Comisión Europea y al Parlamento ‎Europeo, y luego son ratificadas por el Consejo Europeo. ‎

Ya para 2021, la ola neoconservadora estadounidense que se reinició con la presidencia de Biden - con dirigentes abiertamente straussianos al mando, como Antony Blinken - ,

preanunciaba una guerra con Rusia...

Biden estuvo en Bruselas los días 14 y 15 de junio de 2021, durante su primera gira europea como presidente y durante esas jornadas participó en dos encuentros relevantes:

la cumbre con el secretario general de la OTAN (primero) y la cumbre UE-EEUU (después).

Su objetivo fue restablecer la cohesión transatlántica tras las tensiones con Trump (que siempre pensó que la OTAN era un instrumento caro e inútil) y definir una posición común ante los desafíos estratégicos.

 

Biden sintetizó su llegada con un grandilocuente "America is back".

 

Significaba un endurecimiento del control de Washington (y Londres) sobre sus aliados, a los que invitarían a participar de la "derrota estratégica" de Rusia.
 

 

El 14 de junio de 2021 Joe Biden llegó como presidente a Bruselas endureciendo el tono contra Putin y contra los "regímenes autoritarios" ruso y chino.

 

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, sostuvo en sintonía:

"Europa y Norteamérica deben permanecer fuertes, juntos, para defender nuestros valores e intereses, especialmente en un momento en el que regímenes autoritarios como Rusia y China amenazan el orden internacional basado en reglas".

 

El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, la presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen y el presidente estadounidense, Joe Biden coinciden en la Cumbre UE-EEUU de Bruselas, el 15 de junio de 2021.



Este desembarco estadounidense, con nuevas directivas, merece ser recalcado porque ponía a Europa bajo una terrible presión y un dilema existencial.

La expansión y consolidación de la UE se apoyó en dos condiciones estructurales que contribuyeron decisivamente a sostener su prosperidad.

La primera fue el paraguas de seguridad atlantista, que permitió a numerosos países europeos mantener presupuestos de defensa relativamente reducidos, mientras Estados Unidos asumía una parte sustancial de los costes militares y de las capacidades estratégicas de la OTAN.

 

Asimismo, todo país que era "convencido" de ingresar a la OTAN, a la par o inmediatamente después era adscripto a la UE.

 

Vale decir, la OTAN, financiada casi totalmente por Washington, no solamente daba seguridad "gratuita" a Europa, sino también oficiaba de gestor de negocios.

La segunda condición fue el suministro de energía rusa mediante contratos de largo plazo y a precios altamente competitivos.

 

El acceso a un flujo abundante y económico de gas natural y petróleo proporcionó una ventaja industrial que mejoraba sustancialmente su competitividad internacional.

Ahora bien:

para la década de 2020, Washington comprendía que Rusia se había levantado.

Su Estado estaba desendeudado y con proyección global.

 

En concordancia con la política exterior de impedir el surgimiento de potencias competidoras, los neoconservadores estadounidenses habían decidido confrontar híbridamente con Rusia.

 

Pero necesitaban del aval europeo.

 

El escenario ucraniano suponía una apuesta trascendental:

debilitar a Moscú económica y políticamente, frenar su recuperación como potencia y someterla a la esfera de influencia euro-estadounidense mediante la instalación de un gobierno débil - léase, un "cambio de régimen".

Sin embargo, esa apuesta encerraba un peligro:

al contribuir a la escalada del conflicto y a la ruptura de los vínculos energéticos con Rusia, Europa podía terminar destruyendo su prosperidad.

Se necesitaba entonces el máximo rigor, pero a toda velocidad.

Pero Europa tenía otro Talón de Aquiles:

la integración a través del euro.

Si bien la moneda común intentaba eludir el riesgo cambiario y homogeneizaba la política monetaria en un único Banco Central (Europeo) tenía la desventaja de no resolver las asimetrías entre economías que no tenían idénticas necesidades ni disponían de mecanismos fiscales plenamente integrados para absorber esos desequilibrios.

 

Esto se notó especialmente en la crisis del 2008 y el caso (o caos) paradigmático de la crisis griega. Cualquier desbarajuste en la apuesta ucraniana podría retornar esas sombras.

E incluso había algo más:

Estados Unidos no solo promovía la "derrota estratégica" del "régimen autoritario" de Putin y procuraba cohesionar a sus aliados europeos en torno a ese objetivo.

 

También era consciente de que la Unión Europea había llegado a erigirse en un global player, un actor con proyección mundial que, aun sometido al paraguas securitario estadounidense, no dejaba de ser un competidor económico de peso para su propio protector.

La integración del mercado europeo, la fortaleza industrial de algunas de sus economías y sus vínculos energéticos con Rusia habían contribuido a consolidar un polo económico capaz de rivalizar con Washington en determinados sectores y mercados.

Claramente, Bruselas tenía la particularidad de no ser un rival estratégico en todos los ámbitos, pero sí en cuestiones económicas.

 

Gracias a la OTAN, Europa oficiaba de aliado en cuestiones de defensa continental y "hacía equipo" en cuestiones geopolíticas, como cuando se trataba de sancionar a Estados-parias como Venezuela, Siria o Irán, o demoler naciones rebeldes como Libia.

Pero la contradicción estaba allí y, tarde o temprano, debía resolverse:

la consolidación de un supraestado europeo, que había delegado en Estados Unidos la responsabilidad de garantizar su seguridad, debía mantenerse subordinada a TODOS los intereses estratégicos de Washington en el tablero global.

Esa misma cohesión europea resultaba problemática si, por un lado, favorecía el fortalecimiento de Rusia como entidad autónoma y, por otro, contribuía a consolidarse como un competidor capaz de disputar a Estados Unidos mercados, liderazgo tecnológico e influencia.

 

El proyecto europeo encerraba, por tanto, una paradoja geopolítica:

la integración que fortalecía al bloque occidental también podía generar un polo de poder con intereses propios, no coincidentes con los de su principal aliado, y hasta corresponder indirectamente al fortalecimiento de una potencia emergente rival.

Y eso era, y sigue siendo, inadmisible...

Veamos:

durante los años 2006 al 2014, el PIB de la UE fue superior al estadounidense.

 

En 2008, llegó a representar el 131% del estadounidense.

 

La UE negociaba en bloque, establecía estrictas reglas para las grandes empresas internacionales - reforzando sus industrias y productos agrícolas - y protegía sus intereses comerciales frente a Estados Unidos.

Sin embargo, para 2025, la diferencia se había revertido de manera impresionante:

el PIB europeo representaba el 71% del norteamericano.

¿Qué pasó en este transcurso...?
 

 

Cuadro que muestra la evolución de los PIB de la Unión Europea y Estados Unidos, y las brechas a través de los años.



 

Las evoluciones en números mucho más concretos.



Pues pasó que Estados Unidos presionó fuertemente a la UE con sus instrumentos de coacción.

Conscientes de la encerrona entre construir un Occidente Colectivo y eliminar de esa esfera las competencias internas, Estados Unidos intentó "raptar a Europa" [5] a través de tres grandes instrumentos:

  • Defensa:

    Europa depende de las capacidades defensivas estadounidenses dentro de la OTAN. Para 2025, Washington representaba alrededor del 60% del gasto militar nominal conjunto de la OTAN.

     

    Además, casi todo el hardware militar de los europeos proviene de las compañías de producción estadounidense o de compañías europeas ligadas al Complejo Militar-Industrial estadounidense.


     

  • Tecnología:

    numerosas plataformas digitales, infraestructuras de nube y empresas líderes en inteligencia artificial son estadounidenses, y operan libremente en la UE.

     

    Ellas "forjan la narrativa".


     

  • Energía:

    tras la interrupción/reducción de los suministros rusos - desconexión estimulada y provocada por Washington utilizando el títere ucraniano - Estados Unidos se convirtió en el mayor proveedor de GNL para Europa.

     

    En 2025, suministró el 26,4% del gas importado por la UE, según el Consejo de la Unión Europea.

Y hete aquí el punto de inflexión del que hablaba arriba:

fue precisamente la guerra en Ucrania, iniciada en 2022 pero cultivada desde 2014, la que desencadenó una pérdida significativa de competitividad de la economía europea, al agravar sus vulnerabilidades estructurales y alterar las condiciones energéticas que habían sostenido buena parte de su capacidad industrial.

El conflicto estuvo precedido por una secuencia de acontecimientos provocativos que respondieron a una planificación estadounidense:

  • el golpe de Estado (Euromaidán) de 2014

  • la reorientación identitaria del Estado ucraniano en un régimen rusofóbico

  • las políticas de des-rusificación consecuentes - mientras se firmaban los cínicos acuerdos de Minsk

  • las promesas de membresía atlántica

La posterior ruptura de los vínculos energéticos con Rusia y el encarecimiento de los suministros golpearon especialmente a las industrias europeas dependientes del gas barato ruso, erosionando las ventajas de costos sobre las que se había apoyado su competitividad internacional.
 

 

Para 2021, la factura energética de la UE era de 336 mil millones de euros.

 

Para 2022, fue de 604 mil millones, un aumento del 79,76 %.

 

En 2024, los costos disminuyeron 427 mil millones, pero aun eran altos respecto de 2021.



El problema no fue únicamente el pico de precios de 2022.

 

Los precios mayoristas luego bajaron (se estabilizaron), pero los costos industriales europeos siguieron siendo elevados en comparación con los de sus principales competidores.

El daño estaba hecho.

 

Para 2024, ¡el gas mayorista europeo costaba casi cinco veces más que en Estados Unidos...!

Obviamente, esto afectó significativamente a la industria química y petroquímica, a los fertilizantes, el acero, el aluminio y otros metales, el vidrio, el cemento y la cerámica y la producción de papel y otros materiales intensivos en energía, por no hablar de la industria aeronáutica y automotriz.

 

El caso alemán resulta especialmente ilustrativo porque su modelo industrial - motor de la economía europea - combinaba manufacturas de alto valor agregado, exportaciones y acceso a energía competitiva.

 

Por ello, Alemania fue de los países más perjudicados en la Unión:

los costos de producción se hicieron prohibitivos, perdieron competitividad por precio y la inversión se desaceleró.

 

Para colmos, Alemania había abandonado la energía nuclear y descansado en los maravillosos precios del gas ruso.

 

Hasta que sufrió el mayor ataque contra su infraestructura energética desde la Segunda Guerra Mundial:

el sabotaje de los gasoductos Nord Stream - de los que incluso el pusilánime Olaf Scholz se negaba a abandonar.

Y no fue precisamente Rusia quien lo perpetró, sino quien se suponía era su "aliado indispensable".
 

 

 

Sin la valentía de llamar a las cosas por su nombre, Alice Weidel (AfD) al menos no finge ignorar las consecuencias que tuvo para Alemania el sabotaje de los gasoductos Nord Stream, cuya autoría Seymour Hersh atribuyó a Estados Unidos y Noruega, sin ser jamás desmentido.


 

Adicionemos a eso la política europea de sanciones contra Rusia, que no solo contribuyó a desarticular los vínculos energéticos que habían favorecido a su industria, sino que también restringió el acceso a un mercado de considerable importancia para sus exportaciones tecnológicas, industriales y agroalimentarias, y arruinó la relación bilateral.

La reorientación europea asumida en nombre de la seguridad la forzó a una costosa transición energética, ergo, al deterioro de su competitividad.

 

Destruyó el continuum geográfico natural con Rusia, instalando una situación prebélica peligrosísima.

 

En poco tiempo, Europa debía afrontar simultáneamente,

  • la reorganización de su abastecimiento

  • la preservación de su estructura industrial

  • la pérdida de mercados

  • el financiamiento de sus crecientes compromisos de defensa
     

Nótese los crecientes volúmenes de intercambio en millones de euros entre UE y Rusia antes de la guerra en Ucrania.

 

Nótese también el balance de intercambio favorable a Rusia, básicamente, por la provisión energética.

 

Ese mercado superavitario quedó capturado por Estados Unidos.



Sin embargo, Europa se sumó inicialmente a la empresa porque, en su cálculo, Rusia caería en desgracia relativamente temprano.

 

Pero no fue así...

 

La resistencia y la organización del gobierno de Putin echó por tierra los planes euro-estadounidenses.

Rusia blindó su economía, pivoteó hacia Asia - solidificando su "alianza sin límites" con China - fundó una incipiente multipolaridad (BRICS) y se dispuso a enfrentar una guerra de desgaste contra la OTAN y su ariete ucraniano.

Entonces vino el mazazo:

con el nuevo triunfo de Donald Trump, Europa tuvo que enfrentar no solamente el oneroso cambio de su matriz energética sino las exigencias de una autonomía militar.

Repasemos el antecedente:

las Administraciones Obama y Biden comprendieron que la energía rusa provocaba una simbiosis productiva entre Rusia y Europa que, a largo plazo, podía erosionar la influencia estadounidense sobre el Viejo Continente y favorecer la peligrosa emergencia de un polo económico conjunto.

La guerra en Ucrania generó la gran oportunidad de arrancarlo de raíz:

Washington desarticularía aquella interdependencia, presentada eufemísticamente como una "dependencia energética", y ocupar ese espacio comercial que Rusia forzosamente era obligada a dejar.

 

 

Ursula von der Leyen se enorgullece de la plena,

"independencia energética de Europa respecto de Rusia".

Esta declaración fue hecha el 3 de diciembre de 2025, cuando anunció un acuerdo provisional para eliminar por completo y de forma definitiva las importaciones de combustibles fósiles procedentes de Moscú.



Sin embargo, Biden nunca se planteó abandonar la OTAN ni debilitar su estructura de compromisos militares.

 

Por el contrario, entendía que la Alianza constituía el corsé estratégico necesario para contener las ambiciones de autonomía europea, teniéndolos a todos encolumnados y amparados.

 

Fue precisamente esa misma ideología atlantista la que permitió,

"hacer el llamado" sobre el "peligro ruso" e "ir al rescate" de la "víctima ucraniana".

Gracias a la OTAN, Washington podía alentar a Europa a asumir mayores responsabilidades defensivas, pero como peones, sin que eso se traduzca en una emancipación militar e industrial.

 

Así, mientras la ruptura energética con Rusia reordenaba los flujos comerciales en beneficio de los proveedores estadounidenses, la OTAN preservaba el anclaje estratégico de Europa a Washington.

Pero Trump fue más allá:

comprendió que el paraguas de seguridad estadounidense era costosísimo y que los europeos debían pagar más por ello.

También azuzó el "peligro ruso", pero lejos de reforzar sus erogaciones, fingió retirarse de sus compromisos atlantistas para obligar a los europeos a desembolsar.

 

Éstos se sintieron tan huérfanos de protección que hasta el insufrible adulador neerlandés Mark Rutte llamó "daddy" a Trump en un lapsus linguae.

 

Conclusión:

las naciones europeas aceptaron en la cumbre OTAN de La Haya de 2025, elevar hasta el 5% de sus PIB en Defensa Común...

 

 

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, desentendiéndose de toda dignidad.



La decisión institucionalizaba una transferencia de responsabilidades - y de costos - hacia los europeos, y de cierta manera delegaba la guerra, iniciada por Estados Unidos en Ucrania, en esas manos.

De este modo, los dos pilares que habían sustentado la expansión y la prosperidad de la UE - la energía rusa barata y el paraguas de seguridad estadounidense - se convirtieron, a partir de 2022 y progresivamente, en dos pesadas cargas que el bloque debía afrontar en sustitución.

Los presupuestos europeos, tanto comunitarios como nacionales, recogieron el impacto.

 

Y como siempre ocurre, sus consecuencias descendieron hasta la vida cotidiana de los ciudadanos:

inflación, pérdida de poder adquisitivo, desempleo creciente (o pauperización del empleo), mayores dificultades para afrontar los gastos domésticos - con una omnipresente crisis de vivienda - y una creciente presión sobre las finanzas públicas.

Mientras las dirigencias presentaban el rearme y la ruptura con Rusia como exigencias ineludibles para la construcción de una nueva seguridad estratégica, los ciudadanos experimentaban un costo de vida creciente y una palpable incertidumbre económica.

 

Y muchos, los menos permeables a la propaganda, comenzaban a preguntarse, para qué servía todo aquello...

La prosperidad envidiable que las sociedades europeas - especialmente las occidentales - habían alcanzado mediante décadas de esfuerzo, organización y desarrollo industrial, tras una guerra mundial que había devastado poblaciones e infraestructuras, parecía entrar en una fase de erosión.

 

El bienestar, la estabilidad y la seguridad material, aquellas credenciales del proyecto comunitario, ya no podían darse por sentadas.

 

La promesa de una Europa próspera, integrada y pacífica comenzaba a convivir con una energía costosa, con la presión sobre los presupuestos públicos, exigencias de rearme y, encima, una guerra prometida en el horizonte.

Infames guerreristas como Macron, Merz o quienquiera que sea el inquilino temporal de 10 Downing Street, se enfilan como las ratas de Hamelin detrás de la flauta del colapso occidental en el Frente Oriental.

 

Pero allí también se enquista solapadamente una revolución intraeuropea, de rasgos nacionales y separatistas.

 

Como decía un cartel con la cara del enjuto canciller germano:

"¡La guerra es un gran negocio! ¡Invierte a tus hijos...!".

 

Un manifestante alemán despliega un cartel desnudando la vileza de Merz.



En este contexto, cobran fuerza los posicionamientos euro-escépticos.

 

No es que antes estuviesen ausentes, sino que ahora encuentran un terreno más fértil y una audiencia más receptiva.

 

La dirigencia paneuropea, cada vez más identificada con los postulados atlantistas y los discursos de confrontación, aparece ante sectores crecientes de la ciudadanía como una élite alejada de las preocupaciones de sus propios pueblos y subordinada a los intereses estratégicos de Washington.

 

A ello se suma la influencia de los grandes centros financieros y del complejo militar-industrial (que responden a los mismos dueños…)

En ese marco, países centrales como Francia, Alemania e Italia, incluso (extra continentales) como Reino Unido, comienzan a manifestar grietas en sus sociedades, exteriorizadas de diversa manera,

desde agrupaciones políticas con creciente influencia, como el AfD en Alemania o RN en Francia, hasta regueros de furia civil, con destrozos y manifestaciones violentas, como las vistas en París, que tienen justamente su germen en las restricciones del gasto público y la no-identificación con las élites europeas, pasando también por planteamientos de posibles referendos independentistas, como los de Escocia y Gales...

 

 

Escuchen esta declaración, tan diáfana como reveladora, del canciller alemán Friedrich Merz:

una capitulación de Ucrania sería una "capitulación para todos nosotros".

¿Se refiere a los ciudadanos europeos? ¡Claro que no!

 

Se refiere a la élite burocrática euroatlántica, que ha convertido la suerte de Ucrania en una cuestión de supervivencia de su propio proyecto geopolítico.

 

¡Es la suerte de la propia élite parasitaria europea la que está en juego!



De allí se desprende la conclusión preliminar de que la integración europea atraviesa una fase de retroceso.

 

Las instituciones que durante décadas favorecieron la cooperación entre los Estados miembros, la convergencia económica y el fortalecimiento del bloque están transformándose, cada vez más, en una pesada carga y, por consiguiente, se han convertido en una impopular fuente de fricciones internas.

Lo que alguna vez fue un instrumento de prosperidad compartida amenaza con convertirse en un mecanismo de imposición de sacrificios económicos y sociales en nombre de "objetivos estratégicos" que carecen de un consenso social amplio.

 

La autoridad supranacional es vista como una especie de "virreinato" sobre naciones que conservan identidades, electorados e intereses propios.

Se me podría objetar que el Brexit constituyó el primer caso de ruptura con la UE. Sin embargo, aquella experiencia no resulta plenamente asimilable al fenómeno que aquí se analiza.

 

El Reino Unido mantuvo históricamente una relación ambivalente con el proyecto de integración continental:

nunca terminó de asumir una identidad plenamente europea, no ingresó al espacio Schengen, conservó la libra esterlina y procuró preservar un margen de autonomía especial.

En verdad, acuñaba su aspiración de recuperar una proyección global propia, sintetizada en el concepto de Global Britain, mediante la revitalización de sus vínculos con la Commonwealth y la búsqueda de nuevas oportunidades.

En el caso británico, por tanto, predominó una motivación de carácter geopolítico unidireccional.

 

El sistema no expulsó a los británicos - no hubo un desgaste estructural - ellos se retiraron para desarrollar la idea de manejar el continente desde afuera, como lo han hecho tradicionalmente.
 

 

El referendo del Brexit se celebró el 23 de junio de 2016 en el Reino Unido.

El abandono de la Unión Europea logró un 51,9%; la permanencia un 48,1%.

El Reino Unido abandonó formalmente la Unión Europea el 31 de enero de 2020, después de un prolongado proceso de negociaciones políticas y legislativas.

 

La salida se hizo efectiva el 1 de febrero de 2020, aunque el período de transición se extendió hasta el 31 de diciembre de ese año.



Lo que planteo aquí es, por el contrario,

el agotamiento del sistema...

Y atención:

la fractura de la Unión Europea puede consumarse sin que ello implique necesariamente su desaparición formal.

Es decir,

la UE podría incluso sobrevivir como entidad jurídica e institucional, conservando sus tratados, sus órganos de gobierno y sus mecanismos administrativos, pero con una capacidad de actuación colectiva severamente erosionada, condicionada por los intereses divergentes de sus Estados miembros.

Salvando las distancias, algo semejante ocurrió con la Unión Soviética durante la etapa final de su existencia:

antes de su disolución formal, el sistema ya había sufrido un profundo vaciamiento de su autoridad central - nada menos que el Partido Comunista (PCUS) - mientras las repúblicas constituyentes obtenían márgenes crecientes de autonomía y cuestionaban la legitimidad del poder federal.

 

La estructura institucional aún subsistía, pero su capacidad para articular voluntades, imponer decisiones y sostener un proyecto común se desmoronaba progresivamente.

Como no son tontos (aunque parecen), los dirigentes paneuropeos parecen tener cierta conciencia de la magnitud de estas fuerzas centrífugas.

 

Las sociedades europeas ya demuestran una creciente agitación, particularmente las juventudes y sectores migrantes, mientras los partidos euroescépticos amplían su presencia y sus discursos encuentran una receptividad cada vez mayor.

 

El desafío es preservar la cohesión institucional mientras se debilitan las bases sociales y políticas que deberían sostenerla.

¡Para eso tenemos al cuco ruso...!

Hete aquí el quid of question:

amparándose en los compromisos euroatlánticos y la colonización mental de sus dirigentes - muchísimos provenientes de la banca anglosajona y las universidades estadounidenses - la Unión Europea se sumó con entusiasmo a la estrategia anglo-estadounidense de confrontación con Rusia, convencida de que podría fagocitarla geopolíticamente y capitalizar los dividendos de su colapso.

Sacrificó así la estabilidad continental y los espacios de cooperación con Moscú, que habían caracterizado la bilateralidad, en favor de lo que juzgaba mayores réditos estratégicos.

 

Sin embargo, la apuesta terminó volviéndose en contra.

La Federación demostró una resistencia que las dirigencias occidentales habían subestimado.

¿Resultado?

Una guerra que no se puede ganar pero de la que tampoco se puede salir...

Al contrario de Biden, Trump lo comprendió raudamente, pero cambió de opinión (seguramente por las presiones del Deep State) a lo largo de 2025 - cuando comprendió que no podía quebrar la "amistad sin límites" sino-rusa - e intentó doblegar a Moscú con sanciones y apoyo logístico a Ucrania.

 

Sin embargo, lo hizo de manera oscilante:

también reabrió el diálogo con Putin, formó con los rusos grupos de trabajo en Riad, se reunió en Anchorage y trató de sacar los pies del plato en más de una vez reprendiendo públicamente a Zelenski y no involucrándose con tropas "garantes de la paz" como les había suplicado toda la Coalición de los Dispuestos.

Así cedió una "autonomía con pies de barro" para Europa en el asunto ucraniano.

Los europeos comprendieron que la única salida posible era hacia adelante. Estaban en el baile.

Estados Unidos seguía siendo el "aliado indispensable" - que los financia, les compra productos, les da energía - y el "faro ideológico" al que, por convicción y por décadas de adoctrinamiento, no podían renunciar.

 

Pero también era el daddy tutelar que sabía reprenderlos o dejarlos a la deriva.

Europa entonces empezó a elevar el umbral de peligrosidad del conflicto para forzar una intervención norteamericana que les devuelva las garantías de seguridad de antaño.

 

En esta estrategia se destacaron, particularmente, los gobiernos bálticos y el polaco, proxies con el respaldo de la tríada franco-británico-alemana, que apostaron a una escalada cuyas consecuencias difícilmente puedan controlar.

Pero esa estrategia tiene un "Lado B":

se puede volver un factor de discordancia en la relación con "los tres grandes" (Estados Unidos, Rusia y China).

Y acá llega el "acuerdo del diésel" entre Estados Unidos y Rusia.

 

 Se produjo poco después de dos acontecimientos relevantes:

  • por un lado, las amenazas de Trump de aniquilar Irán

     

  • por el otro, la oferta de Xi Jinping de avanzar hacia una fórmula de cogobernabilidad

La primera encontró respuesta en las ofensivas yemeníes contra Arabia Saudita, en los preparativos iraníes para una guerra total, y asimismo, en la campaña de bombardeos rusa contra Kiev y su preparación nuclear por si se abre el frente del Báltico.

 

La segunda, en la invitación a Trump a la próxima cumbre APEC, que se desarrollará los días 18 y 19 de noviembre en Shenzhen, China, donde acudirá también Vladimir Putin.

 

El binomio sino-ruso se sentará con Trump y se verá si están a la altura de las circunstancias (apocalípticas...).

Rusia, China (e Irán), actúan con una flecha en una mano pero se preservan un ramo de olivo en la otra.

En mi artículo anterior, recomendé visitar las enseñanzas del pasado.

 

Sostuve que Estados Unidos y la Unión Soviética, dos entes ideológicamente opuestos - diseñados para enfrentarse - habían sellado "por un tiempo" una alianza férrea cuando la Alemania nazi pan-europeísta - aquello en lo que se había convertido para 1941 - tomaba impulso para aglutinar Europa y convertirla en un super-continente.

Ahora percibo una gestación similar, aunque con sus obvias particularidades:

muy a su pesar, Rusia pasó de ser un socio de Europa a convertirse en un adversario sistémico.

Pero las exigencias de Washington para que los europeos "paguen por su propia seguridad", sumadas al acuerdo de Turnberry, firmado el 21 de agosto de 2025 - mediante el cual la UE aceptó las onerosas condiciones comerciales impuestas por Trump para evitar aranceles prohibitivos - han dejado al bloque en una posición de vulnerabilidad.

Sumémosle la ocupación virtual de Groenlandia, conseguida a través de un silencioso y humillante acuerdo, donde la UE hizo mutis por el foro.

Despojada de antiguas certezas, sometida a presiones económicas, con su aliado devorándole territorios y mercados, y perdiendo aceleradamente sus viejas prerrogativas neocoloniales, Europa se ve obligada a replegarse sobre sí misma y hacer lo que ya había intentado en 1941... el salto hacia adelante:

la búsqueda del botín ruso...

¡Pero Rusia no es débil y va ganando la guerra!

Para intentar cambiar las circunstancias, las dirigencias europeas imponen medidas profundamente impopulares:

erosionan las protecciones sociales, operan una redistribución regresiva de la riqueza, destinan ingentes recursos al rearme y afrontan el consecuente incremento de la deuda pública.

 

Y, por encima de todo, procuran persuadir a sus sociedades de que semejantes sacrificios - incluida la eventualidad de una guerra contra Rusia - se realizan por su propio bien.

¿Cómo construir semejante transformación?

Mediante una combinación de propaganda falaz, "construcción del enemigo" y disciplinamiento (represión) del disenso.

En ese marco aparece,

  • la rusofobia

  • las operaciones de falsa bandera

  • las acusaciones de "antipatria" a los partidos políticos disidentes (como AfD o RN)

  • la acción policial brutal contra las manifestaciones juveniles...

¡Estamos en esa fase...!
 

 

Surrealista, inverosímil y ridículo titular del diario español El País.

 

Obsérvese cómo el copete principal presenta como un hecho consumado lo que el copete subsiguiente plantea en términos absolutamente condicionales.

 

Una manipulación discursiva que confunde deliberadamente a los idiotas útiles y los empuja hacia una guerra suicida contra la principal potencia nuclear del planeta.



La guerra de Ucrania que iba a fragmentar la Federación Rusa en "bantustanes" administrables asociados a la UE y Estados Unidos, está horadando el poder central de Bruselas.

 

La violencia represiva es producto de la desesperación por sostener un sistema que se desvanece.

Es puro estertor...

Hace muy poco, una persona que vivió en carne propia el colapso soviético afirmó que no hacía falta hacer nada para desintegrar la UE porque lo haría por sí misma...
 

 

 

Putin pronostica que la Unión Europea se disolverá sola...



En su encerrona, las élites europeas exasperan a los pueblos diciéndoles que los sacrificios que hoy se les exigen son el precio que deben pagar para evitar que Rusia los sacrifique mañana.

 

Se trata de una argumentación absurda:

una entelequia política...

En ningún otro lugar ese rechazo popular ha adquirido una expresión tan vívida y visceral como en Francia,

una nación con un pedigrí asombroso en protestas sociales...

Más allá de la proliferación de infiltrados que hace que los medios oficialistas se focalicen en la violencia para bajarle el precio al mensaje político intrínseco, la población francesa demostró estar a la altura de la hora.
 

 

La Pantera Rosa huye de un hidrante por las calles de París.

 

La imagen fue tan bien manipulada por la IA que muchos nos "comimos la curva" ‍♂.

 

Sin embargo, se viralizó y contribuyó a alimentar el debate sobre la represión de las autoridades francesas.



El presidente Macron presentó una serie de medidas restrictivas, entre ellas toques de queda.

Los disturbios en Francia admiten múltiples niveles de interpretación, pero podemos sintetizarlos en dos grandes dimensiones:

  • por un lado, el hartazgo frente a una presidencia percibida como inoperante y cada vez más alejada de las demandas sociales, que no cesa de recortar derechos y ajustar presupuestos, en especial, educativos

     

  • por el otro, la rebelión de los guetos: ciudadanos franceses de las ex colonias que no terminan de reconocerse en esta Francia...

 

 

El índice de popularidad del actual presidente Macron es el 15%.

 

Según una encuesta de Ipsos BVA-CESI para el periódico La Tribune Dimanche, publicada el 11 de octubre de 2026, el 82% de los ciudadanos franceses no aprueban las acciones del jefe de Estado.

 

Este es el porcentaje más bajo registrado durante su mandato desde 2017.



Mientras Macron sigue obsesionado con la contención de Rusia - o la competencia desleal de China - más del 70% de los franceses manifiesta preocupación por su futuro personal, acuciados por la pérdida de poder adquisitivo y el deterioro general de sus perspectivas económicas.

 

A ello se suman la fragilidad financiera del sistema de protección social, el creciente peso de la deuda pública y el déficit presupuestario.

 

Como si este cuadro no fuera suficiente, la crisis del diésel añade un nuevo factor de presión. La miopía es preocupante.

En ese caldo de cultivo, las protestas francesas han unido hasta 800.000 personas.

Se trata de un gesto de indignación y hartazgo variopinto, políticamente hablando.

 

Ni el izquierdista Jean-Luc Mélenchon, ni los derechistas Jordan Bardella o Marine Le Pen todavía pueden transfigurarlo en votos.

 

Pero allí están, como en botica, para ser elegidos en la primera oportunidad, si es que Macron no utiliza los desmanes para atornillarse al Palais de l'Élysée.

 

Las autoridades francesas e italianas culpan a los rusos de organizar las manifestaciones violentas y saqueos en sus países.

 

¿Se imaginan a Serguéi Lavrov y María Zajárova dando pastelitos en París como hicieron los neoconservadores estadounidenses (como Nuland o McCain) y franceses (como Bernard-Henri Lévy) en Kiev durante el infame 2014?



En mi madre patria, Italia, también se multiplican las manifestaciones y los disturbios por el costo de vida, los salarios y el deterioro de la educación.

 

Pero el presidente Sergio Mattarella atribuye la rabia que recorre todo el "Jardín de Europa" a la "guerra híbrida" montada por Moscú y no a,

¡una juventud a la que le arrebatan el futuro y preparan como carne de cañón...!

 

En Milán también hubo marchas contra el encarecimiento de la vida y el fuerte despliegue policial ordenado por el Gobierno de Giorgia Meloni.



Lo que ocurre en Francia e Italia - e incluso en España, Bélgica y Albania - es nada menos que el reflejo indirecto de las restricciones financieras impuestas por Bruselas.

 

No es casualidad que Giorgia Meloni haya discutido el 16 de octubre con Ursula von der Leyen la ampliación de la flexibilidad presupuestaria.

¡El gobierno italiano, que luchaba por reducir el déficit fiscal al 2,9% del PIB en 2026, ahora pretende aumentarlo al 3,4% para 2027 debido a los gastos adicionales en energía y armamento!

Pensemos esta última reflexión:

la decisión europea de incrementar fuertemente el gasto en defensa, sumado al aumento desmedido en energía, plantea una cuestión presupuestaria de fondo.

Las posibilidades para los Estados miembros son todas perjudiciales:

  • Recortar programas sociales u otros gastos públicos
     

  • Aumentar los impuestos (regresivamente, por supuesto)
     

  • Endeudarse...

Como muchos países ya tienen una deuda elevada y un déficit persistente, el Estado debe recortar.

 

Francia e Italia, con deudas públicas del 119,1 % del PIB (€ 3,596 billones) y 139,9 % del PIB (€ 3,209 billones) respectivamente, están allí.

¿Es casual que surjan las manifestaciones violentas en esos dos países...?

Considérese que la UE es un supra-Estado con instituciones, reglas federales y un presupuesto general (dividido en largo y corto plazo).

 

Éste tiene cuatro fuentes de financiamiento:

  • los aportes de los miembros en función de su ingreso nacional bruto - que representa el ~65% del total

  • los derechos de aduana (sobre las importaciones extra bloque)

  • una parte del IVA

  • aportes vinculados a los residuos plásticos

Los presupuestos se dividen en plazos:

uno plurianual y otro anual.

El primero es un plan de varios años vista donde se fijan los límites máximos de gasto y se distribuyen los recursos entre grandes áreas de política pública.

 

El marco vigente es 2021-2027.

Esto es decidido por unanimidad por el Consejo - representativo de los gobiernos nacionales, el equivalente a un Senado - mientras que el Parlamento - que representa a los ciudadanos, el equivalente a una Cámara de Diputados - sólo debe consentir o bloquear (para luego consentir).

Respecto de la puntualidad del segundo presupuesto, el mecanismo es más democrático.

 

Pero solo diré que debe respetar los límites del marco plurianual. Esto implica que los gobiernos nacionales conservan un poder decisivo sobre los límites generales presupuestarios.

Pero acá viene el tema espinoso:

el presupuesto europeo no funciona como el de un Estado nacional.

 

No está diseñado para pagar jubilaciones, hospitales, escuelas o salarios de empleados públicos.

 

Es un instrumento de inversión, redistribución entre regiones y financiación de políticas compartidas.

Existe también una "reserva" extraordinaria (Next Generation EU), creada tras la 'pandemia' de COVID-19 que amplió la capacidad financiera común, pero también creó un pasivo que se debe pagar hasta 2058.

 

Para mantener el "equilibrio presupuestario", la UE impone restricciones sobre cuánto se puede gastar, en qué y con qué financiamiento.

 

No obstante, los Estados miembros sí pueden endeudarse para financiar sus propios presupuestos nacionales.

 

La UE no establece un límite de endeudamiento para cada Estado, sino un valor de referencia equivalente al 60 % del PIB nacional. Superarlo no está prohibido, pero obliga al endeudado a reducir sosteniblemente la deuda.

Y acá viene la pregunta:

¿Qué ocurre cuando Europa en su conjunto presiona por gastar más?

Si la UE tiene nuevas prioridades - por ejemplo, defensa y transición energética, o apoyo a Ucrania - puede reducir o modificar partidas existentes para dar prioridad a otras, aumentar las contribuciones nacionales, crear nuevos recursos o recurrir al endeudamiento común (como ocurrió con Next Generation EU).

Cualquiera de las opciones exige sacrificios monetarios a los estados miembros, cuyos ejecutivos, como dije, tienen especial incidencia en la formulación presupuestaria.

 

Entonces, aquí viene la reprimenda social hacia los presidentes y primeros ministros.

Ahora mismo estamos en el momento exacto en que la Comisión Europea propuso un presupuesto plurianual de casi dos billones de euros para 2028-2034.

 

¿Se entiende la importancia de la discusión?

Mientras la Unión amplía sus ambiciones estratégicas, numerosos gobiernos afrontan déficits elevados, deuda creciente y demandas sociales difíciles de satisfacer.

 

¡Es una bomba de relojería!

El presupuesto vigente 2021-2027 es de € 1,2 billones (a precios de 2025). El propuesto por la Comisión para 2028-2034 es de € 1,8 billones (a precios de 2025).

El aumento nominal (a precios comparables) es de € 367.000 millones, un 29%.

Si la ciudadanía percibe que se le exige a sus países mayores contribuciones para afrontar compromisos militares, y ello implica un recorte en los gastos corrientes nacionales,

la tensión evidentemente estalla....

 

¡Y no es una decisión tomada en Moscú!

La cuestión es bastante simple:

las políticas europeístas están generando presiones de tipo revolucionario.

La UE presenta por primera vez a sus principales cuatro máximos aportantes (Francia, Alemania, Italia y España) bajo procesos electorales y/o crisis políticas que amenazan la cohesión del bloque.

 

Considérese que,

  • España tendrá elecciones anticipadas en noviembre

  • Francia elegirá presidente en abril próximo

  • Italia celebrará comicios dentro de un año

  • Alemania viene cambiando el sesgo de su partidocracia desde las regiones hacia el centro...
     

Aportantes al presupuesto europeo.

 

Francia está segundo en importancia:

15,9% del PIB europeo en 2025, sólo por detrás de Alemania, con 23,8%.


A esto súmese el nuevo tour de mendicidad de Zelenski, buscando miles de millones de euros para equilibrar sus agotadas finanzas públicas y el esfuerzo de guerra, que está repercutiendo en las discusiones presupuestarias y ya divide a los dirigentes europeos.

La gira comenzó en Reino Unido, el gran patrocinador, y terminó el 16 de octubre en Bruselas, donde sin ningún pudor solicitó al menos 70.000 millones de euros...

 

¡Kiev ya agotó los 90.000 millones de principios de año...!
 

 

 

Volodimir Zelenski no solo ha sacrificado a generaciones enteras de ucranianos, sino las arcas de la Unión Europea.


 

 

 

El eurodiputado eslovaco Milan Uhrík acusó a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, de pretender "saquear" a los europeos con otros 70.000 millones de euros para financiar al régimen de Kiev, mientras millones de ciudadanos de la UE sufren la subida de precios.



Y encima, más allá de que el 'Estado Profundo' se las arregle para continuar las hostilidades, la Administración Trump muestra signos de agotamiento y empieza a retirarse de Ucrania...
 

 

 

Coincidente con sus propias elecciones de medio término, Trump parece cansado ya de apoyar a Ucrania y busca sacarse ese problema de encima.

 

Los llamados a un cambio de presidente en Kiev y las extrañas fallas de Starlink van en ese sentido.



Así las cosas, la Unión Europea tiene escaso margen para reinventarse como una entidad política diferenciada e independiente: avanza hacia su propio cadalso.

 

Su futuro parece debatirse entre dos escenarios igualmente inquietantes.

O bien se precipita hacia una guerra continental, legitimada mediante la construcción de una "otredad rusa" amenazante - un nuevo Aníbal a las puertas de Roma - que infunda temor en sus miembros y los aglutine en torno a un objetivo tan desquiciado como peligroso

 

O bien sus contradicciones internas terminarán por socavar sus cimientos, hasta provocar su implosión.

Un artículo en idioma ruso intitulado "París arde y el dinero fluye hacia Kiev ¿casualidad?" sintetiza la angustiante situación:

Mientras lees esto, los restos de lo que comúnmente se llama la "Quinta República" siguen humeando en Francia.

 

El 17 de octubre, cientos de miles de personas salieron a la calle - se estima que entre 550.000 y 800.000. En París, la multitud se acercó al Palacio del Elíseo a menos de 300 metros.

 

En Limoges, el ayuntamiento, que tenía 143 años, fue incendiado. En Marsella, manifestantes irrumpieron en el ayuntamiento y derribaron una estatua de Marianne.

 

Más de 1.200 personas fueron arrestadas y cientos de policías resultaron heridos.

El detonante fue el presupuesto de 2027. El gobierno quiere apretar el cinturón:

congelar la indexación de pensiones y salarios para los funcionarios, recortes y subidas de impuestos.

Dada la deuda nacional de 3,6 billones de euros (119% del PIB) y un déficit del 5,4% del PIB, esto parece lógico.

 

Sin embargo, el problema es que se está proponiendo apretar el cinturón a quienes ya luchan por llegar a fin de mes.

Ahora, hablemos de Ucrania.

De 2022 a 2026, París ha invertido entre 26.000 y 27.000 millones de euros en Kiev. De promedio, eso equivale a unos 6.000 millones de euros al año.

 

Para ponerlo en perspectiva, esto representa aproximadamente el 4% del déficit presupuestario total de Francia en 2025 y menos del 2% del gasto público total.

La cifra no es catastrófica. Pero es irritante...

 

Porque la gente ve que el gobierno puede encontrar miles de millones para la "solidaridad europea", pero no puede encontrar dinero para indexar pensiones.

 

Marine Le Pen ya ha prometido dejar de financiar Kiev seis meses después de llegar al poder, argumentando simplemente:

"Francia ya no puede permitírselo".

Y aquí es donde las cosas se ponen interesantes.

 

La ayuda a Ucrania no es la causa de la crisis. Es un amplificador. El presupuesto francés ya estaba bajo presión mucho antes de 2022.

 

Pero cuando los precios de la energía se dispararon (gasolina +40%, diésel y gasolina casi +30%), y al mismo tiempo, miles de millones se desvían del mismo presupuesto hacia la política exterior, la paciencia de la gente se agota.

¿Qué ocurre después?

 

Tres posibilidades.

Primero, una crisis prolongada hasta las elecciones de 2027.

 

Los sindicatos ya han anunciado nuevas acciones. Cada decisión del gobierno se convertirá en un argumento electoral, y Le Pen aprovechará esto.

 


Segundo, una victoria para el "orden". Macron ha impuesto toques de queda.

 

Si las autoridades recurren a tácticas autoritarias, los radicales ganarán nuevos seguidores. Este es un ciclo que Francia ha vivido muchas veces antes.

 

 

Tercero, una retirada discreta de Ucrania.

 

Si la economía sigue cayendo y la aprobación de Macron (ya en un mínimo histórico del 15%) no se recupera, París podría convertirse en la siguiente, después de Washington, en empezar a "reducir" su apoyo.

 

Y entonces, toda la "solidaridad europea" se derrumbará como un castillo de naipes.

¿La moraleja de la historia?

 

Francia está en una trampa:

las élites están jugando al gran juego geopolítico, mientras el ciudadano promedio mira las cuentas y el precio del combustible.

Cuando estas dos realidades chocan, los vehículos empiezan a arder.

 

Y ninguna "solidaridad europea" apagará ese fuego...

El dilema europeo ha alcanzado su clímax:

mientras ensaya provocaciones militares en torno a Kaliningrado, alimentando el fantasma de un "inevitable" ataque ruso para justificar una guerra preventiva, intenta simultáneamente abrirse paso hacia una mesa de negociaciones desde la cual imponer condiciones al desenlace de la guerra en Ucrania.

En semejante ejercicio de esquizofrenia, ¡hasta pretende hacerse representar por el estólido Alexander Stubb, presidente de Finlandia!

El nivel de histeria y de desconexión con la realidad roza lo grotesco.

¡Finlandia ingresó en la OTAN en 2023, convencida de que llegaría a tiempo para el festín que supondría el desmembramiento de Rusia!

Imposible no evocar el papel finés en el sitio de Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial, aprovechando el futuro éxito de los nazis.

 

Y ahora, en una nueva pirueta,

¡es precisamente su presidente quien aparece como el representante ungido por Bruselas para defender los intereses europeos en una eventual negociación!

Rusia, por su parte, ningunea a los europeos.

 

No son los dueños del circo, sino los animales amaestrados que hacen piruetas. El problema es que, mientras siguen ejecutando sus números, el circo comienza a quedarse sin alimento.

 

Y cuando eso ocurre, las fieras se comen entre ellas...
 

 

 

 

Referencias

  1. Alemania era gobernada por la canciller Angela Merkel desde el 22 de noviembre de 2005. Francia era presidida por Nicolas Sarkozy desde el 16 de mayo de 2007.

     

     

  2. Putin había advertido que Rusia no se quedaría de brazos cruzados ante las continuas expansiones de la OTAN contra sus fronteras en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2007.

     

    Adicionalmente, en la misma Cumbre de la OTAN de 2008, en el apartado que dio lugar a la reunión OTAN-Rusia, Putin señaló que reaccionarían si Georgia o Ucrania se sumaban.

     

     

  3. El Consejo Europeo constituye un espacio fundamental donde los dirigentes nacionales negocian y acuerdan las grandes orientaciones comunes, incluidas las sanciones contra Rusia, el apoyo a Ucrania, la política energética y el fortalecimiento de la defensa europea.

     

    La influencia estadounidense a través de la presión ejercida mediante la OTAN, condiciona las decisiones que esos dirigentes adoptan en el ámbito comunitario.

     

     

  4. El Consejo del Atlántico Norte es el principal órgano político de decisión de la OTAN.

     

    Formalmente, las decisiones se adoptan por consenso entre los miembros de la Alianza.

     

    Pero la evidente influencia anglo-estadounidense en los "mecanismos indirectos de persuasión" (Gladio, presión jurídica, medios de comunicación, espionaje extorsivo) hacen que los apoyos a las iniciativas de Washington y Londres sean muy comunes.

     

     

  5. El rapto de Europa es un episodio de la mitología griega en el que Zeus, enamorado de una princesa fenicia llamada Europa, se transforma en un toro blanco para acercarse a ella.

     

    Cuando la joven se sube a su lomo, el dios se interna en el mar y la lleva hasta la isla de Creta, donde revela su identidad y... la convierte en su amante...