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por Christian Cirilli
24 Octubre 2026
del Sitio Web
ChCirilli
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Christian Cirilli
analista político
argentino, nacido el 20 de junio de 1972 en Buenos
Aires. Licenciado en Administración (UBA), manifestó su
interés en asuntos internacionales, economía,
geopolítica y globalización, expresando sus opiniones en
su "bitácora" personal: LA VISIÓN.
Colabora con medios como KontraInfo y ha participado en
programas de radio como Otras Voces (FM Crisol) y Radio
Gráfica, además de numerosos canales de YouTube. Sus
artículos son replicados por muchos portales y
periódicos del mundo, y suelen ser utilizados en la
Licenciatura en Relaciones Internacionales de la
Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN). |

"Hay décadas en
las que no pasa nada
y semanas en las
que pasan décadas"
Lenin, en su artículo
"La tarea principal de nuestros
días",
publicado el 14 de marzo de
1918
en el periódico soviético
Izvestia
Hace aproximadamente un año, en una mesa de amigos aficionados a la
geopolítica, me atreví a pronosticar la desaparición de la Unión
Europea "en un plazo de cinco años".
Los pronósticos de esta naturaleza suelen terminar en el desván de
las predicciones fallidas. Se parecen bastante a vaticinar quién
levantará la próxima Copa del Mundo:
una mezcla de intuición,
orgullo e irresponsabilidad.
Sin embargo, hay licencias que uno se
permite en la sobremesa, al calor de una copa de vino y de esas
conversaciones en las que el mundo parece, por un instante, más
inteligible de lo que realmente es.
Nadie conoce a ciencia cierta - y mucho menos con el cronómetro en
la mano - los caprichosos vericuetos de la Historia. Sus tiempos
rara vez se amoldan a nuestros vaticinios; sus desenlaces, menos
aún.
Pero hay momentos en que los acontecimientos comienzan a
insinuar que aquello que parecía inconmovible podría no serlo tanto.
Y es entonces cuando una provocación lanzada entre amigos deja de
ser una simple broma para convertirse en una hipótesis que merece
ser examinada.
Por supuesto, en aquella ocasión fue sintético y sentencioso.
Pero
ahora examinaré con un poco más de rigurosidad la convergencia de
una serie de tendencias que ya entonces comenzaban a vislumbrarse
con otras transformaciones que estaban en pleno desarrollo.
Comencemos por señalar que los fundamentos políticos y económicos
sobre los que se edificó la Unión Europea, así como el horizonte
estratégico que orientaba su desarrollo - esto es, la constitución
de un supra-Estado consolidado dotado de autonomía estratégica y
capaz de competir en paridad con las grandes potencias globales -
habían experimentado, para 2025, una profunda mutación.
Aquel proyecto de afirmación de una potencia europea autónoma
parecía haber cedido terreno ante una creciente supeditación a los
intereses anglo-estadounidenses, articulada en el marco estratégico
de la OTAN.
Y ese tránsito no fue caprichoso, sino diseñado.
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En la ciudad neerlandesa de Maastricht se creó la Unión Europea
mancomunando los 12 estados miembros de la Comunidad Europea.
Para
2016, el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, con el
BREXIT en puerta, decía que "no debían separarse" porque ello
significaría que no tendrían destino individual. |
La Unión Europea se edificó inicialmente sobre seis pilares
constitutivos, que debían hacer del continente un actor económico y
político de alcance global:
-
La reconciliación franco-alemana, como
garantía de paz
-
La integración económica, como
instrumento de prosperidad
-
La interdependencia industrial y
comercial, como mecanismo de cooperación
-
La transferencia parcial de soberanía a
instituciones supranacionales, como arquitectura de
gobernanza
-
La unión monetaria, como factor de
cohesión de los mercados
-
La competitividad continental, como sello
distintivo de su proyección internacional
Nótese, en particular, que la idea de una "Europa
potencia", sustentada en la sinergia de sus componentes nacionales,
no contemplaba como objetivo prioritario una proyección autónoma en
el ámbito militar, que es, por lejos, uno de los atributos
esenciales de la soberanía.
Por el contrario, la defensa del
continente continuó reposando sobre
la OTAN y bajo el liderazgo de
los Estados Unidos.
Mayormente, esta situación no fue percibida como una anomalía.
La dirigencia europea, consolidada como tal a partir del Tratado de
Maastricht firmado el 7 de febrero de 1992, tendió a considerar
natural que la OTAN constituyera el paraguas protector del
continente.
Se trataba obviamente de una continuidad organizativa
heredada de la posguerra, que se había arraigado en las estructuras
de defensa europeas hasta convertirse en un hecho incuestionable.
Es menester señalar que la OTAN se reveló como un instrumento
relevante tanto para la "contención" del "expansionismo soviético"
como para la regulación de las rivalidades dentro del propio bloque
occidental.
La presencia de Estados Unidos - una superpotencia extracomunitaria
con una influencia decisiva en la arquitectura de seguridad europea
- contribuyó a encauzar las tensiones entre los Estados miembros y a
reducir el riesgo de enfrentamientos armados entre ellos.
Su
gravitación sobre las estructuras militares, los mecanismos de
coordinación y los procedimientos de planificación estratégica de la
Alianza operó, así, como un factor de cohesión y estabilización del
espacio atlántico.
Tal es así que, por el Tratado de Lisboa de 2007 - que fue la gran
reforma institucional posterior a Maastricht - se consolidó la idea
de que la defensa colectiva de la mayoría de los Estados miembros
europeos seguía articulándose dentro de la OTAN.
Se finiquitaba allí
cualquier establecimiento de una defensa paneuropea que sustituyera
a la estructura atlántica.
Lejos de discrepancias, los europeos estaban encantados con la
protección estadounidense, pues les permitían postergar los costos
económicos, políticos e industriales de construir una capacidad
militar verdaderamente independiente.
Al mismo tiempo, muchas de las divergencias entre los Estados
europeos en torno a la percepción de las amenazas, las prioridades
militares e incluso los resquemores históricos quedaban atenuadas
por el inmenso poder nivelador de Estados Unidos.
Su presencia como líder y garante de la seguridad continental
contribuía a contener las tensiones y mantenerlas dentro de un marco
común.
Pero su papel iba mucho más allá:
Washington no se limitaba a
arbitrar las diferencias; hacía los planes, definía su influencia y
establecía los límites de lo estratégicamente posible.
En este
sentido, la expansión hacia el este europeo no fue, en primera
instancia, el resultado de la gravitación comercial de la Unión,
sino de la proyección político-militar de Estados Unidos a través de
la OTAN.
Antes de que el poder económico de Bruselas extendiera su
radio de influencia, las razones de seguridad atlántica ya
redefinían el mapa estratégico del continente.
La Unión Europea fue comprendiendo que su expansión y cohesión
dependían mucho más del impulso político y militar de Estados Unidos
en el seno de la OTAN que de sus propias destrezas negociadoras.
Así, las sucesivas oleadas de ampliación atlantistas fueron en buena
medida anticipando las de la Unión Europea, hasta configurar dos
procesos de expansión estrechamente vinculados, aunque no idénticos:
-
uno articulado en torno a la seguridad militar
-
el otro a la
integración económica, jurídica e institucional
Un proceso forzosamente inverso se produjo con Ucrania y Georgia.
En
la cumbre OTAN de Bucarest de abril de 2008, se anunció que ambos
países se convertirían en miembros.
Pero las reservas de Alemania y
Francia [1] frente a la anunciada reacción rusa
[2] impidieron que se avanzara hacia una
incorporación inmediata.
George W. Bush, no obstante, insistió en
impulsar la ampliación.
Apenas cuatro meses después, en agosto de
2008, estalló la guerra ruso-georgiana, que frenó el avance euroatlántico en el Cáucaso.
Cinco años después de esa guerra, la disputa por la orientación
geopolítica de Ucrania volvió a ocupar el centro de la escena, esta
vez en torno a la asociación con la Unión Europea.
En noviembre de
2013, el presidente ucraniano Víktor Yanukóvich suspendió los
preparativos para firmar el acuerdo de asociación con Bruselas, tras
inclinarse por una alternativa que consideraba más beneficiosa para
su país:
estrechar los vínculos con Rusia y explorar su integración
en la Unión Económica Euroasiática (UEEA), promovida por Moscú.
Ucrania mantenía con Rusia profundos lazos de complementariedad
industrial, científica y militar, además de vínculos históricos,
culturales y económicos heredados de la época soviética.
Lo lógico
era continuar esa senda.
Pero la decisión desencadenó las protestas
estimuladas y organizadas por Occidente del Euromaidán, que pronto
desbordaron la cuestión del acuerdo europeo y se convirtieron en una
crisis política de gran alcance.
Los resucitados banderistas la
llamaron "Revolución de la Dignidad".

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Manifestantes reunidos en el centro
de Kiev tras la suspensión de los preparativos para
firmar el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea. |
En febrero de 2014, después de meses de movilizaciones y
enfrentamientos mortales, Yanukóvich abandonó Kiev y el Parlamento
votó su destitución.
La UE fue muy crítica de la represión de Yanukóvich... pero hoy calla ante la que desata
Macron por las
calles parisinas.
También se mofó de las acusaciones de Moscú sobre
manipulación occidental - hartamente demostrada - aunque hoy acusan
injustificadamente a las manifestaciones ítalo-francesas de tener
"inspiración rusa".
Lo cierto es que, fieles a su advertencia, los rusos terminaron
por plantarse en Crimea y en las
repúblicas populares de Donetsk y Lugansk.
La historia que siguió es
conocida, incluyendo el engaño francoalemán de Minsk, que terminó
generando, entre otros motivos,
la guerra en 2022.

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La imagen corresponde a una
manifestación del Euromaidán, celebrada en Kiev
(Ucrania) el 15 de diciembre de 2013.
Desde la tribuna
arengan a los manifestantes el dirigente opositor Vitali Klitschko, líder de UDAR y futuro alcalde de Kiev;
John
McCain, senador republicano y exponente del Deep State;
Chris Murphy, senador demócrata, también comprometido
con una política exterior estadounidense injerencista; y
Oleh Tiahnybok, líder de Svoboda, partido nacionalista
ucraniano de extrema derecha e inspiración neonazi.
Si
la presencia de dos senadores estadounidenses del
bipartidismo estadounidense no es una evidencia visible
del intervencionismo político occidental en Ucrania,
¿Qué otra prueba hace falta aportar?
¿Acaso Victoria Nuland repartiendo galletitas?
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Bueno, ya que me lo piden...
La
entonces subsecretaria de Estado estadounidense para
Asuntos Europeos y Euroasiáticos, Victoria Nuland,
reparte galletitas entre los violentos manifestantes en
Plaza Maidán y la policía antimotines.
Está acompañada
por el embajador estadounidense en Kiev, Geoffrey Pyatt.
Antes de repartir galletitas, Nuland ya había destinado
más de 5.000 millones de dólares a la oposición. |

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La entonces subsecretaria de Estado
para Asuntos Europeos, Victoria Nuland, centraliza la
escena con los tres líderes de la oposición ucraniana
encargados del golpe de Estado.
De izquierda a derecha,
-
Oleh Tiahnibok, líder del partido de ultraderecha
Svodoba
-
Vitali Klitschko, alcalde de Kiev
-
el
economista ultra-neoliberal Arseni Yatseniuk, primer
ministro tras el Euromaidán
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Hago especial hincapié en este acontecimiento porque constituye un
punto de inflexión en la dinámica expansionista de la OTAN y de su
brazo civil, la Unión Europea.
Pero su trascendencia va aún más allá:
fue también la crisis
ucraniana de 2014 - en cuyo desenlace Washington desempeñó un papel
decisivo - la que terminó de profundizar la subordinación
estratégica de Europa a los designios geopolíticos del
neoconservadurismo estadounidense.
Más que nunca y a pesar de las apariencias, el Consejo Europeo
[3] - la institución que reúne a los jefes de Estado o
de Gobierno de sus países miembros - se había convertido en una caja
de resonancia de las decisiones de la OTAN.
Así, se establece un
circuito subrepticio:
las decisiones fuertes se toman en el Consejo
del Atlántico Norte (dominado por Estados Unidos y Reino Unido,
aunque en teoría se adoptan allí "por consenso" [4]
de todos los miembros), se transmiten a la Comisión Europea y al
Parlamento Europeo, y luego son ratificadas por el Consejo Europeo.
Ya para 2021, la ola neoconservadora estadounidense que se reinició
con la presidencia de Biden - con dirigentes abiertamente
straussianos al mando, como Antony Blinken - ,
preanunciaba una guerra
con Rusia...
Biden estuvo en Bruselas los días 14 y 15 de junio de 2021, durante
su primera gira europea como presidente y durante esas jornadas
participó en dos encuentros relevantes:
la cumbre con el secretario
general de la OTAN (primero) y la cumbre UE-EEUU (después).
Su
objetivo fue restablecer la cohesión transatlántica tras las
tensiones con Trump (que siempre pensó que
la OTAN era un
instrumento caro e inútil) y definir una posición común ante los
desafíos estratégicos.
Biden sintetizó su llegada con un
grandilocuente "America is back".
Significaba un endurecimiento del
control de Washington (y Londres) sobre sus aliados, a los que
invitarían a participar de la "derrota estratégica" de Rusia.

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El 14 de junio de 2021
Joe Biden
llegó como presidente a Bruselas endureciendo el tono
contra Putin y contra los "regímenes autoritarios" ruso
y chino.
El secretario general de la OTAN, Jens
Stoltenberg, sostuvo en sintonía:
"Europa y Norteamérica
deben permanecer fuertes, juntos, para defender nuestros
valores e intereses, especialmente en un momento en el
que regímenes autoritarios como Rusia y China amenazan
el orden internacional basado en reglas".
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El presidente del Consejo Europeo,
Charles Michel, la presidente de la Comisión Europea,
Ursula von der Leyen y el presidente estadounidense,
Joe Biden coinciden en la Cumbre UE-EEUU de Bruselas, el 15
de junio de 2021. |
Este desembarco estadounidense, con nuevas directivas, merece ser
recalcado porque ponía a Europa bajo una terrible presión y un
dilema existencial.
La expansión y consolidación de la UE se apoyó en dos condiciones
estructurales que contribuyeron decisivamente a sostener su
prosperidad.
La primera fue el paraguas de seguridad atlantista, que permitió a
numerosos países europeos mantener presupuestos de defensa
relativamente reducidos, mientras Estados Unidos asumía una parte
sustancial de los costes militares y de las capacidades estratégicas
de la OTAN.
Asimismo, todo país que era "convencido" de ingresar a
la OTAN, a la par o inmediatamente después era adscripto a la UE.
Vale decir, la OTAN, financiada casi totalmente por Washington, no
solamente daba seguridad "gratuita" a Europa, sino también oficiaba
de gestor de negocios.
La segunda condición fue el suministro de energía rusa mediante
contratos de largo plazo y a precios altamente competitivos.
El
acceso a un flujo abundante y económico de gas natural y petróleo
proporcionó una ventaja industrial que mejoraba sustancialmente su
competitividad internacional.
Ahora bien:
para la década de 2020, Washington comprendía que
Rusia
se había levantado.
Su Estado estaba desendeudado y con proyección
global.
En concordancia con la política exterior de impedir el
surgimiento de potencias competidoras, los neoconservadores
estadounidenses habían decidido confrontar híbridamente con Rusia.
Pero necesitaban del aval europeo.
El
escenario ucraniano suponía
una apuesta trascendental:
debilitar a Moscú económica y
políticamente, frenar su recuperación como potencia y someterla a la
esfera de influencia euro-estadounidense mediante la instalación de
un gobierno débil - léase, un "cambio de régimen".
Sin embargo, esa apuesta encerraba un peligro:
al contribuir a la
escalada del conflicto y a la ruptura de los vínculos energéticos
con Rusia, Europa podía terminar destruyendo su prosperidad.
Se
necesitaba entonces el máximo rigor, pero a toda velocidad.
Pero Europa tenía otro Talón de Aquiles:
la integración a través del
euro.
Si bien la moneda común intentaba eludir el riesgo cambiario y
homogeneizaba la política monetaria en un único Banco Central
(Europeo) tenía la desventaja de no resolver las asimetrías entre
economías que no tenían idénticas necesidades ni disponían de
mecanismos fiscales plenamente integrados para absorber esos
desequilibrios.
Esto se notó especialmente en
la crisis del 2008 y
el caso (o caos) paradigmático de la crisis griega. Cualquier
desbarajuste en la apuesta ucraniana podría retornar esas sombras.
E incluso había algo más:
Estados Unidos no solo promovía la
"derrota estratégica" del "régimen autoritario" de Putin y procuraba
cohesionar a sus aliados europeos en torno a ese objetivo.
También
era consciente de que la Unión Europea había llegado a erigirse en
un global player, un actor con proyección mundial que, aun sometido
al paraguas securitario estadounidense, no dejaba de ser un
competidor económico de peso para su propio protector.
La
integración del mercado europeo, la fortaleza industrial de algunas
de sus economías y sus vínculos energéticos con Rusia habían
contribuido a consolidar un polo económico capaz de rivalizar con
Washington en determinados sectores y mercados.
Claramente, Bruselas tenía la particularidad de no ser un rival
estratégico en todos los ámbitos, pero sí en cuestiones económicas.
Gracias a la OTAN, Europa oficiaba de aliado en cuestiones de
defensa continental y "hacía equipo" en cuestiones geopolíticas,
como cuando se trataba de sancionar a Estados-parias como Venezuela,
Siria o Irán, o demoler naciones rebeldes como Libia.
Pero la contradicción estaba allí y, tarde o temprano, debía
resolverse:
la consolidación de
un supraestado europeo, que había
delegado en Estados Unidos la responsabilidad de garantizar su
seguridad, debía mantenerse subordinada a TODOS los intereses
estratégicos de Washington en el tablero global.
Esa misma cohesión europea resultaba problemática si, por un lado,
favorecía el fortalecimiento de Rusia como entidad autónoma y, por
otro, contribuía a consolidarse como un competidor capaz de disputar
a Estados Unidos mercados, liderazgo tecnológico e influencia.
El
proyecto europeo encerraba, por tanto, una paradoja geopolítica:
la
integración que fortalecía al bloque occidental también podía
generar un polo de poder con intereses propios, no coincidentes con
los de su principal aliado, y hasta corresponder indirectamente al
fortalecimiento de una potencia emergente rival.
Y eso era, y sigue siendo, inadmisible...
Veamos:
durante los años 2006 al 2014, el PIB de la UE fue superior
al estadounidense.
En 2008, llegó a representar el 131% del
estadounidense.
La UE negociaba en bloque, establecía estrictas
reglas para las grandes empresas internacionales - reforzando sus
industrias y productos agrícolas - y protegía sus intereses
comerciales frente a Estados Unidos.
Sin embargo, para 2025, la
diferencia se había revertido de manera impresionante:
el PIB
europeo representaba el 71% del norteamericano.
¿Qué pasó en este
transcurso...?

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Cuadro que muestra la evolución de
los PIB de la Unión Europea y Estados Unidos, y las
brechas a través de los años. |

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Las evoluciones en números mucho más
concretos. |
Pues pasó que Estados Unidos presionó fuertemente a la UE con sus
instrumentos de coacción.
Conscientes de la encerrona entre construir un Occidente Colectivo y
eliminar de esa esfera las competencias internas, Estados Unidos
intentó "raptar a Europa" [5] a través de tres
grandes instrumentos:
-
Defensa:
Europa depende de las
capacidades defensivas estadounidenses dentro de la OTAN.
Para 2025, Washington representaba alrededor del 60% del
gasto militar nominal conjunto de la OTAN.
Además, casi todo
el hardware militar de los europeos proviene de las
compañías de producción estadounidense o de compañías
europeas ligadas al Complejo Militar-Industrial
estadounidense.
-
Tecnología:
numerosas plataformas
digitales, infraestructuras de nube y empresas líderes en
inteligencia artificial son estadounidenses, y operan
libremente en la UE.
Ellas "forjan la narrativa".
-
Energía:
tras la interrupción/reducción
de los suministros rusos - desconexión estimulada y
provocada por Washington utilizando el títere ucraniano -
Estados Unidos se convirtió en el mayor proveedor de GNL
para Europa.
En 2025, suministró el 26,4% del gas importado
por la UE, según el Consejo de la Unión Europea.
Y hete aquí el punto de inflexión del que hablaba
arriba:
fue precisamente
la guerra en Ucrania, iniciada en 2022 pero
cultivada desde 2014, la que desencadenó una pérdida significativa
de competitividad de la economía europea, al agravar sus
vulnerabilidades estructurales y alterar las condiciones energéticas
que habían sostenido buena parte de su capacidad industrial.
El conflicto estuvo precedido por una secuencia de
acontecimientos
provocativos que respondieron a una planificación estadounidense:
-
el
golpe de Estado (Euromaidán) de 2014
-
la reorientación identitaria
del Estado ucraniano en un régimen rusofóbico
-
las políticas de des-rusificación
consecuentes - mientras se firmaban los cínicos acuerdos de Minsk
-
las promesas de membresía atlántica
La posterior ruptura de los
vínculos energéticos con Rusia y el encarecimiento de los
suministros golpearon especialmente a las industrias europeas
dependientes del gas barato ruso, erosionando las ventajas de costos
sobre las que se había apoyado su competitividad internacional.

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Para 2021, la factura energética de
la UE era de 336 mil millones de euros.
Para 2022, fue
de 604 mil millones, un aumento del 79,76 %.
En 2024,
los costos disminuyeron 427 mil millones, pero aun eran
altos respecto de 2021. |
El problema no fue únicamente el pico de precios de 2022.
Los
precios mayoristas luego bajaron (se estabilizaron), pero los costos
industriales europeos siguieron siendo elevados en comparación con
los de sus principales competidores.
El daño estaba hecho.
Para
2024, ¡el gas mayorista europeo costaba casi cinco veces más que en
Estados Unidos...!
Obviamente, esto afectó significativamente a la industria química y
petroquímica, a los fertilizantes, el acero, el aluminio y otros
metales, el vidrio, el cemento y la cerámica y la producción de
papel y otros materiales intensivos en energía, por no hablar de la
industria aeronáutica y automotriz.
El caso alemán resulta
especialmente ilustrativo porque su modelo industrial - motor de la
economía europea - combinaba manufacturas de alto valor agregado,
exportaciones y acceso a energía competitiva.
Por ello,
Alemania fue de los países más perjudicados
en la Unión:
los costos de producción se hicieron prohibitivos,
perdieron competitividad por precio y la inversión se desaceleró.
Para colmos, Alemania había abandonado la energía nuclear y
descansado en los maravillosos precios del gas ruso.
Hasta que
sufrió el mayor ataque contra su infraestructura energética desde la
Segunda Guerra Mundial:
el sabotaje de los
gasoductos Nord Stream -
de los que incluso el pusilánime Olaf Scholz se negaba a abandonar.
Y no fue precisamente Rusia quien lo perpetró, sino quien se suponía
era su "aliado indispensable".
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Sin la valentía de llamar a las cosas
por su nombre, Alice Weidel (AfD) al menos no finge
ignorar las consecuencias que tuvo para Alemania el
sabotaje de los gasoductos Nord Stream, cuya autoría
Seymour Hersh atribuyó a Estados Unidos y Noruega, sin
ser jamás desmentido. |
Adicionemos a eso la política europea de
sanciones contra Rusia, que no solo contribuyó a desarticular los
vínculos energéticos que habían favorecido a su industria, sino que
también restringió el acceso a un mercado de considerable
importancia para sus exportaciones tecnológicas, industriales y
agroalimentarias, y arruinó la relación bilateral.
La reorientación europea asumida en nombre de la seguridad la forzó
a una costosa transición energética, ergo, al deterioro de su
competitividad.
Destruyó el continuum geográfico natural con Rusia,
instalando una situación prebélica peligrosísima.
En poco tiempo,
Europa debía afrontar simultáneamente,
-
la reorganización de su
abastecimiento
-
la preservación de su estructura industrial
-
la
pérdida de mercados
-
el financiamiento de sus crecientes
compromisos de defensa

|
Nótese los crecientes volúmenes de
intercambio en millones de euros entre UE y Rusia antes
de la guerra en Ucrania.
Nótese también el balance de
intercambio favorable a Rusia, básicamente, por la
provisión energética.
Ese mercado superavitario quedó
capturado por Estados Unidos. |
Sin embargo, Europa se sumó inicialmente a la empresa porque, en su
cálculo, Rusia caería en desgracia relativamente temprano.
Pero no
fue así...
La resistencia y la organización del gobierno de
Putin echó
por tierra los planes euro-estadounidenses.
Rusia blindó su
economía, pivoteó hacia Asia - solidificando su "alianza sin
límites"
con China - fundó una incipiente multipolaridad (BRICS) y
se dispuso a enfrentar una guerra de desgaste contra la OTAN y su
ariete ucraniano.
Entonces vino el mazazo:
con el
nuevo triunfo de
Donald Trump,
Europa tuvo que enfrentar no solamente el oneroso cambio de su
matriz energética sino las exigencias de una autonomía militar.
Repasemos el antecedente:
las Administraciones Obama y Biden
comprendieron que la energía rusa provocaba una simbiosis productiva
entre Rusia y Europa que, a largo plazo, podía erosionar la
influencia estadounidense sobre el Viejo Continente y favorecer la
peligrosa emergencia de un polo económico conjunto.
La guerra en
Ucrania generó la gran oportunidad de arrancarlo de raíz:
Washington
desarticularía aquella interdependencia, presentada eufemísticamente
como una "dependencia energética", y ocupar ese espacio comercial
que Rusia forzosamente era obligada a dejar.
|
Ursula von der Leyen se enorgullece
de la plena,
"independencia energética de Europa respecto
de Rusia".
Esta declaración fue hecha el 3 de diciembre
de 2025, cuando anunció un acuerdo provisional para
eliminar por completo y de forma definitiva las
importaciones de combustibles fósiles procedentes de
Moscú. |
Sin embargo, Biden nunca se planteó abandonar la OTAN ni debilitar
su estructura de compromisos militares.
Por el contrario, entendía
que la Alianza constituía el corsé estratégico necesario para
contener las ambiciones de autonomía europea, teniéndolos a todos
encolumnados y amparados.
Fue precisamente esa misma ideología
atlantista la que permitió,
"hacer el llamado" sobre el "peligro
ruso" e "ir al rescate" de la "víctima ucraniana".
Gracias a la
OTAN, Washington podía alentar a Europa a asumir mayores
responsabilidades defensivas, pero como peones, sin que eso se
traduzca en una emancipación militar e industrial.
Así, mientras la
ruptura energética con Rusia reordenaba los flujos comerciales en
beneficio de los proveedores estadounidenses, la OTAN preservaba el
anclaje estratégico de Europa a Washington.
Pero Trump fue más allá:
comprendió que el paraguas de seguridad
estadounidense era costosísimo y que los europeos debían pagar más
por ello.
También azuzó el "peligro ruso", pero lejos de reforzar
sus erogaciones, fingió retirarse de sus compromisos atlantistas
para obligar a los europeos a desembolsar.
Éstos se sintieron tan
huérfanos de protección que hasta el insufrible adulador neerlandés
Mark Rutte llamó "daddy" a Trump en un lapsus linguae.
Conclusión:
las naciones europeas aceptaron en la cumbre OTAN de La Haya de
2025, elevar hasta el 5% de sus PIB en Defensa Común...
|
El secretario general de la OTAN,
Mark Rutte, desentendiéndose de toda dignidad. |
La decisión institucionalizaba una transferencia de
responsabilidades - y de costos - hacia los europeos, y de cierta
manera delegaba la guerra, iniciada por Estados Unidos en Ucrania,
en esas manos.
De este modo, los dos pilares que habían sustentado la expansión y
la prosperidad de la UE - la energía rusa barata y el paraguas de
seguridad estadounidense - se convirtieron, a partir de 2022 y
progresivamente, en dos pesadas cargas que el bloque debía afrontar
en sustitución.
Los presupuestos europeos, tanto comunitarios como nacionales,
recogieron el impacto.
Y como siempre ocurre, sus consecuencias
descendieron hasta la vida cotidiana de los ciudadanos:
inflación,
pérdida de poder adquisitivo, desempleo creciente (o pauperización
del empleo), mayores dificultades para afrontar los gastos
domésticos - con una omnipresente crisis de vivienda - y una creciente
presión sobre las finanzas públicas.
Mientras las dirigencias presentaban el rearme y la ruptura con
Rusia como exigencias ineludibles para la construcción de una nueva
seguridad estratégica, los ciudadanos experimentaban un costo de
vida creciente y una palpable incertidumbre económica.
Y muchos, los
menos permeables a la propaganda, comenzaban a preguntarse, para qué
servía todo aquello...
La prosperidad envidiable que las sociedades europeas -
especialmente las occidentales - habían alcanzado mediante décadas
de esfuerzo, organización y desarrollo industrial, tras una guerra
mundial que había devastado poblaciones e infraestructuras, parecía
entrar en una fase de erosión.
El bienestar, la estabilidad y la
seguridad material, aquellas credenciales del proyecto comunitario,
ya no podían darse por sentadas.
La promesa de una Europa próspera,
integrada y pacífica comenzaba a convivir con una energía costosa,
con la presión sobre los presupuestos públicos, exigencias de rearme
y, encima, una guerra prometida en el horizonte.
Infames guerreristas como Macron, Merz o quienquiera que sea el
inquilino temporal de 10 Downing Street, se enfilan como las ratas
de Hamelin detrás de la flauta del colapso occidental en el Frente
Oriental.
Pero allí también se enquista solapadamente una
revolución intraeuropea, de rasgos nacionales y separatistas.
Como decía un
cartel con la cara del enjuto canciller germano:
"¡La guerra es un
gran negocio! ¡Invierte a tus hijos...!".

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Un manifestante alemán despliega un
cartel desnudando la vileza de Merz. |
En este contexto, cobran fuerza los posicionamientos euro-escépticos.
No es que antes estuviesen ausentes, sino que
ahora encuentran un terreno más fértil y una audiencia más
receptiva.
La dirigencia paneuropea, cada vez más
identificada con los postulados atlantistas y los discursos de
confrontación, aparece ante sectores crecientes de la ciudadanía
como una élite alejada de las preocupaciones de sus propios pueblos
y subordinada a los intereses estratégicos de Washington.
A ello se suma la influencia de los grandes
centros financieros y del complejo militar-industrial (que responden
a los mismos dueños…)
En ese marco, países centrales como Francia, Alemania e
Italia,
incluso (extra continentales) como Reino Unido, comienzan a
manifestar grietas en sus sociedades, exteriorizadas de diversa
manera,
desde agrupaciones políticas con creciente influencia, como
el AfD en Alemania o RN en Francia, hasta regueros de furia civil,
con destrozos y manifestaciones violentas, como las vistas en París,
que tienen justamente su germen en las restricciones del gasto
público y la no-identificación con las élites europeas, pasando
también por planteamientos de posibles referendos independentistas,
como los de Escocia y Gales...
|
Escuchen esta declaración, tan
diáfana como reveladora, del canciller alemán Friedrich Merz:
una capitulación de Ucrania sería una
"capitulación para todos nosotros".
¿Se refiere a los
ciudadanos europeos? ¡Claro que no!
Se refiere a la
élite burocrática euroatlántica, que ha convertido la
suerte de Ucrania en una cuestión de supervivencia de su
propio proyecto geopolítico.
¡Es la suerte de la propia
élite parasitaria europea la que está en juego! |
De allí se desprende la conclusión preliminar de que la integración
europea atraviesa una fase de retroceso.
Las instituciones que
durante décadas favorecieron la cooperación entre los Estados
miembros, la convergencia económica y el fortalecimiento del bloque
están transformándose, cada vez más, en una pesada carga y, por
consiguiente, se han convertido en una impopular fuente de
fricciones internas.
Lo que alguna vez fue un instrumento de prosperidad compartida
amenaza con convertirse en un mecanismo de imposición de sacrificios
económicos y sociales en nombre de "objetivos estratégicos" que
carecen de un consenso social amplio.
La autoridad supranacional es
vista como una especie de "virreinato" sobre naciones que conservan
identidades, electorados e intereses propios.
Se me podría objetar que
el Brexit constituyó el primer caso de
ruptura con la UE. Sin embargo, aquella experiencia no resulta
plenamente asimilable al fenómeno que aquí se analiza.
El Reino
Unido mantuvo históricamente una relación ambivalente con el
proyecto de integración continental:
nunca terminó de asumir una
identidad plenamente europea, no ingresó al espacio Schengen,
conservó la libra esterlina y procuró preservar un margen de
autonomía especial.
En verdad, acuñaba su aspiración de recuperar
una proyección global propia, sintetizada en el concepto de Global Britain, mediante la revitalización de sus vínculos con la
Commonwealth y la búsqueda de nuevas oportunidades.
En el caso británico, por tanto, predominó una motivación de
carácter geopolítico unidireccional.
El sistema no expulsó a los
británicos - no hubo un desgaste estructural - ellos se retiraron
para desarrollar la idea de manejar el continente desde afuera, como
lo han hecho tradicionalmente.

|
El referendo del Brexit se celebró el
23 de junio de 2016 en el Reino Unido.
El abandono de la
Unión Europea logró un 51,9%; la permanencia un 48,1%.
El Reino Unido abandonó formalmente la Unión Europea el
31 de enero de 2020, después de un prolongado proceso de
negociaciones políticas y legislativas.
La salida se
hizo efectiva el 1 de febrero de 2020, aunque el período
de transición se extendió hasta el 31 de diciembre de
ese año. |
Lo que planteo aquí es, por el contrario,
el agotamiento del
sistema...
Y atención:
la fractura de la Unión Europea puede
consumarse sin que ello implique necesariamente su desaparición
formal.
Es decir,
la UE podría incluso sobrevivir como entidad
jurídica e institucional, conservando sus tratados, sus órganos de
gobierno y sus mecanismos administrativos, pero con una capacidad de
actuación colectiva severamente erosionada, condicionada por los
intereses divergentes de sus Estados miembros.
Salvando las distancias,
algo semejante ocurrió con la Unión Soviética
durante la etapa final de su existencia:
antes de su disolución
formal, el sistema ya había sufrido un profundo vaciamiento de su
autoridad central - nada menos que el Partido Comunista (PCUS) -
mientras las repúblicas constituyentes obtenían márgenes crecientes
de autonomía y cuestionaban la legitimidad del poder federal.
La
estructura institucional aún subsistía, pero su capacidad para
articular voluntades, imponer decisiones y sostener un proyecto
común se desmoronaba progresivamente.
Como no son tontos (aunque parecen), los dirigentes paneuropeos
parecen tener cierta conciencia de la magnitud de estas fuerzas
centrífugas.
Las sociedades europeas ya demuestran una creciente
agitación, particularmente
las juventudes y
sectores migrantes,
mientras los partidos euroescépticos amplían su presencia y sus
discursos encuentran una receptividad cada vez mayor.
El desafío es
preservar la cohesión institucional mientras se debilitan las bases
sociales y políticas que deberían sostenerla.
¡Para eso tenemos al
cuco ruso...!
Hete aquí el quid of question:
amparándose en los compromisos euroatlánticos y la colonización mental de sus dirigentes -
muchísimos provenientes de la banca anglosajona y las universidades
estadounidenses - la Unión Europea se sumó con entusiasmo a la
estrategia anglo-estadounidense de confrontación con Rusia,
convencida de que podría fagocitarla geopolíticamente y capitalizar
los dividendos de su colapso.
Sacrificó así la estabilidad
continental y los espacios de cooperación con Moscú, que habían
caracterizado la bilateralidad, en favor de lo que juzgaba mayores
réditos estratégicos.
Sin embargo, la apuesta terminó volviéndose en
contra.
La Federación demostró una resistencia que las dirigencias
occidentales habían subestimado.
¿Resultado?
Una guerra que no se
puede ganar pero de la que tampoco se puede salir...
Al contrario de Biden, Trump lo comprendió raudamente, pero cambió
de opinión (seguramente por las presiones
del Deep State) a lo largo
de 2025 - cuando comprendió que no podía quebrar la "amistad sin
límites" sino-rusa - e intentó doblegar a Moscú con sanciones y
apoyo logístico a Ucrania.
Sin embargo, lo hizo de manera oscilante:
también reabrió el diálogo con Putin, formó con los rusos grupos de
trabajo en Riad, se reunió en Anchorage y trató de sacar los pies
del plato en más de una vez reprendiendo públicamente a Zelenski y
no involucrándose con tropas "garantes de la paz" como les había
suplicado toda la Coalición de los Dispuestos.
Así cedió una
"autonomía con pies de barro" para Europa en el asunto ucraniano.
Los europeos comprendieron que la única salida posible era hacia
adelante. Estaban en el baile.
Estados Unidos seguía siendo el
"aliado indispensable" - que los financia, les compra productos, les
da energía - y el "faro ideológico" al que, por convicción y por
décadas de adoctrinamiento, no podían renunciar.
Pero también era el daddy tutelar que sabía reprenderlos o dejarlos a la deriva.
Europa entonces empezó a elevar el umbral de peligrosidad del
conflicto para forzar una intervención norteamericana que les
devuelva las garantías de seguridad de antaño.
En esta estrategia se
destacaron, particularmente, los gobiernos bálticos y el polaco, proxies con el respaldo de la tríada franco-británico-alemana, que
apostaron a una escalada cuyas consecuencias difícilmente puedan
controlar.
Pero esa estrategia tiene un "Lado B":
se puede volver un factor de
discordancia en la relación con "los tres grandes" (Estados Unidos,
Rusia y China).
Y acá llega el "acuerdo del diésel" entre Estados Unidos y Rusia.
Se
produjo poco después de dos acontecimientos relevantes:
-
por un lado,
las amenazas de Trump de aniquilar Irán
-
por el otro, la oferta de Xi Jinping de avanzar hacia una fórmula de cogobernabilidad
La
primera encontró respuesta en las ofensivas yemeníes contra Arabia
Saudita, en los preparativos iraníes para una guerra total, y
asimismo, en la campaña de bombardeos rusa contra Kiev y su preparación nuclear por si se abre el frente del Báltico.
La
segunda, en la invitación a Trump a la próxima cumbre APEC, que se
desarrollará los días 18 y 19 de noviembre en Shenzhen, China, donde
acudirá también Vladimir Putin.
El binomio sino-ruso se sentará con
Trump y se verá si están a la altura de las circunstancias
(apocalípticas...).
Rusia, China (e Irán), actúan con una flecha en una
mano pero se preservan un ramo de olivo en la otra.
En
mi artículo anterior, recomendé visitar las enseñanzas del
pasado.
Sostuve que Estados Unidos y la Unión Soviética, dos entes
ideológicamente opuestos - diseñados para enfrentarse - habían
sellado "por un tiempo" una alianza férrea cuando la Alemania nazi
pan-europeísta - aquello en lo que se había convertido para 1941 -
tomaba impulso para aglutinar Europa y convertirla en un super-continente.
Ahora percibo una gestación similar, aunque con sus obvias
particularidades:
muy a su pesar, Rusia pasó de ser un socio de
Europa a convertirse en un adversario sistémico.
Pero las exigencias
de Washington para que los europeos "paguen
por su propia seguridad", sumadas al
acuerdo de Turnberry, firmado el 21
de agosto de 2025 - mediante el cual la UE aceptó las onerosas
condiciones comerciales impuestas por Trump para evitar aranceles
prohibitivos - han dejado al bloque en una posición de
vulnerabilidad.
Sumémosle la ocupación virtual de Groenlandia, conseguida a través
de un silencioso y humillante acuerdo, donde la UE hizo mutis por el
foro.
Despojada de antiguas certezas, sometida a presiones económicas, con
su aliado devorándole territorios y mercados, y perdiendo
aceleradamente sus viejas prerrogativas neocoloniales, Europa se ve
obligada a replegarse sobre sí misma y hacer lo que ya había
intentado en 1941... el salto hacia adelante:
la
búsqueda del botín ruso...
¡Pero
Rusia no es débil y va ganando la guerra!
Para intentar cambiar las circunstancias, las dirigencias europeas
imponen medidas profundamente impopulares:
erosionan las
protecciones sociales, operan una redistribución regresiva de la
riqueza, destinan ingentes recursos al rearme y afrontan el
consecuente incremento de la deuda pública.
Y, por encima de todo,
procuran persuadir a sus sociedades de que semejantes sacrificios -
incluida la eventualidad de una guerra contra Rusia - se realizan
por su propio bien.
¿Cómo construir semejante transformación?
Mediante una combinación de propaganda falaz, "construcción del
enemigo" y disciplinamiento (represión) del disenso.
En ese marco
aparece,
-
la rusofobia
-
las operaciones de falsa bandera
-
las
acusaciones de "antipatria" a los partidos políticos disidentes
(como AfD o RN)
-
la acción policial brutal contra
las manifestaciones juveniles...
¡Estamos en esa fase...!

|
Surrealista, inverosímil y ridículo
titular del diario español El País.
Obsérvese cómo el
copete principal presenta como un hecho consumado lo que
el copete subsiguiente plantea en términos absolutamente
condicionales.
Una manipulación discursiva que confunde
deliberadamente a los idiotas útiles y los empuja hacia
una guerra suicida contra la principal potencia nuclear
del planeta. |
La
guerra de Ucrania que iba a fragmentar la Federación Rusa en
"bantustanes" administrables asociados a la UE y Estados Unidos,
está horadando el poder central de Bruselas.
La violencia represiva
es producto de la desesperación por sostener un sistema que se
desvanece.
Es puro estertor...
Hace muy poco, una persona que vivió en carne propia el colapso
soviético afirmó que no hacía falta hacer nada para desintegrar la
UE porque lo haría por sí misma...
|
Putin pronostica que la Unión Europea
se disolverá sola... |
En su encerrona, las élites europeas exasperan a los pueblos
diciéndoles que los sacrificios que hoy se les exigen son el precio
que deben pagar para evitar que Rusia los sacrifique mañana.
Se
trata de una argumentación absurda:
una entelequia política...
En
ningún otro lugar ese rechazo popular ha adquirido una expresión tan
vívida y visceral como en Francia,
una nación con un pedigrí
asombroso en protestas sociales...
Más allá de la proliferación de infiltrados que hace que los medios
oficialistas se focalicen en la violencia para bajarle el precio al
mensaje político intrínseco, la población francesa demostró estar a
la altura de la hora.

|
La Pantera Rosa huye de un hidrante
por las calles de París.
La imagen fue tan bien
manipulada por la IA que muchos nos "comimos la curva"
♂.
Sin embargo, se viralizó y contribuyó a alimentar el
debate sobre la represión de las autoridades francesas. |
El presidente Macron presentó una serie de medidas restrictivas,
entre ellas toques de queda.
Los disturbios en Francia admiten
múltiples niveles de interpretación, pero podemos sintetizarlos en
dos grandes dimensiones:
-
por un lado, el hartazgo frente a una
presidencia percibida como inoperante y cada vez más alejada de las
demandas sociales, que no cesa de recortar derechos y ajustar
presupuestos, en especial, educativos
-
por el otro, la rebelión de
los guetos: ciudadanos franceses de las ex colonias que no terminan
de reconocerse en esta Francia...
|
El índice de popularidad del actual
presidente Macron es el 15%.
Según una encuesta de Ipsos BVA-CESI para el periódico
La Tribune Dimanche,
publicada el 11 de octubre de 2026, el 82% de los
ciudadanos franceses no aprueban las acciones del jefe
de Estado.
Este es el porcentaje más bajo registrado
durante su mandato desde 2017. |
Mientras Macron sigue obsesionado con la contención de Rusia - o la
competencia desleal de China - más del 70% de los franceses
manifiesta preocupación por su futuro personal, acuciados por la
pérdida de poder adquisitivo y el deterioro general de sus
perspectivas económicas.
A ello se suman la fragilidad financiera
del sistema de protección social, el creciente peso de la deuda
pública y el déficit presupuestario.
Como si este cuadro no fuera
suficiente, la crisis del diésel añade un nuevo factor de presión.
La miopía es preocupante.
En ese caldo de cultivo, las protestas francesas han unido hasta
800.000 personas.
Se trata de un gesto de indignación y
hartazgo
variopinto, políticamente hablando.
Ni el izquierdista Jean-Luc Mélenchon, ni los derechistas
Jordan Bardella o Marine Le Pen
todavía pueden transfigurarlo en votos.
Pero allí están, como en
botica, para ser elegidos en la primera oportunidad, si es que Macron no utiliza los desmanes para atornillarse al Palais de
l'Élysée.

|
Las autoridades francesas e italianas
culpan a los rusos de organizar las manifestaciones
violentas y saqueos en sus países.
¿Se imaginan a Serguéi Lavrov y
María Zajárova dando pastelitos en
París como hicieron los neoconservadores estadounidenses
(como Nuland o McCain) y franceses (como
Bernard-Henri Lévy) en Kiev durante el infame 2014? |
En mi madre patria, Italia, también se multiplican las
manifestaciones y los disturbios por el costo de vida, los salarios
y el deterioro de la educación.
Pero el presidente Sergio Mattarella
atribuye la rabia que recorre todo el "Jardín de Europa" a la
"guerra híbrida" montada por Moscú y no a,
¡una juventud a la que le
arrebatan el futuro y preparan como carne de cañón...!

|
En Milán también hubo marchas contra
el encarecimiento de la vida y el fuerte despliegue
policial ordenado por el Gobierno de Giorgia Meloni. |
Lo que ocurre en Francia e Italia - e incluso en
España, Bélgica y
Albania - es nada menos que el reflejo indirecto de las
restricciones financieras impuestas por Bruselas.
No es casualidad
que Giorgia Meloni haya discutido el 16 de octubre con
Ursula von
der Leyen la ampliación de la flexibilidad presupuestaria.
¡El
gobierno italiano, que luchaba por reducir el déficit fiscal al 2,9%
del PIB en 2026, ahora pretende aumentarlo al 3,4% para 2027 debido
a los gastos adicionales en energía y armamento!
Pensemos esta última reflexión:
la decisión europea de incrementar
fuertemente el gasto en defensa, sumado al aumento desmedido en
energía, plantea una cuestión presupuestaria de fondo.
Las
posibilidades para los Estados miembros son todas perjudiciales:
-
Recortar programas sociales u otros
gastos públicos
-
Aumentar los impuestos (regresivamente,
por supuesto)
-
Endeudarse...
Como muchos países ya tienen una deuda elevada y
un déficit persistente, el Estado debe recortar.
Francia e Italia,
con deudas públicas del 119,1 % del PIB (€ 3,596 billones) y 139,9 %
del PIB (€ 3,209 billones) respectivamente, están allí.
¿Es casual
que surjan las manifestaciones violentas en esos dos países...?
Considérese que la UE es
un supra-Estado con instituciones, reglas
federales y un presupuesto general (dividido en largo y corto
plazo).
Éste tiene cuatro fuentes de financiamiento:
-
los aportes de
los miembros en función de su ingreso nacional bruto - que
representa el ~65% del total
-
los derechos de aduana (sobre las
importaciones extra bloque)
-
una parte del IVA
-
aportes vinculados a los residuos
plásticos
Los presupuestos se dividen en plazos:
uno plurianual y otro anual.
El primero es un plan de varios años vista donde se fijan los
límites máximos de gasto y se distribuyen los recursos entre grandes
áreas de política pública.
El marco vigente es 2021-2027.
Esto es
decidido por unanimidad por el Consejo - representativo de los
gobiernos nacionales, el equivalente a un Senado - mientras que el
Parlamento - que representa a los ciudadanos, el equivalente a una
Cámara de Diputados - sólo debe consentir o bloquear (para luego
consentir).
Respecto de la puntualidad del segundo presupuesto, el
mecanismo es más democrático.
Pero solo diré que debe respetar los
límites del marco plurianual. Esto implica que los gobiernos
nacionales conservan un poder decisivo sobre los límites generales
presupuestarios.
Pero acá viene el tema espinoso:
el presupuesto europeo no funciona
como el de un Estado nacional.
No está diseñado para pagar
jubilaciones, hospitales, escuelas o salarios de empleados públicos.
Es un instrumento de inversión, redistribución entre regiones y
financiación de políticas compartidas.
Existe también una "reserva"
extraordinaria (Next Generation EU), creada tras la
'pandemia' de
COVID-19
que amplió la capacidad financiera común, pero también creó un
pasivo que se debe pagar hasta 2058.
Para mantener el "equilibrio
presupuestario", la UE impone restricciones sobre cuánto se puede
gastar, en qué y con qué financiamiento.
No obstante, los Estados
miembros sí pueden endeudarse para financiar sus propios
presupuestos nacionales.
La UE no establece un límite de
endeudamiento para cada Estado, sino un valor de referencia
equivalente al 60 % del PIB nacional. Superarlo no está prohibido,
pero obliga al endeudado a reducir sosteniblemente la deuda.
Y acá viene la pregunta:
¿Qué ocurre cuando Europa en su conjunto
presiona por gastar más?
Si la UE tiene nuevas prioridades - por
ejemplo, defensa y transición energética, o apoyo a Ucrania - puede
reducir o modificar partidas existentes para dar prioridad a otras,
aumentar las contribuciones nacionales, crear nuevos recursos o
recurrir al endeudamiento común (como ocurrió con
Next Generation EU).
Cualquiera de las opciones exige sacrificios monetarios a los
estados miembros, cuyos ejecutivos, como dije, tienen especial
incidencia en la formulación presupuestaria.
Entonces, aquí viene la
reprimenda social hacia los presidentes y primeros ministros.
Ahora mismo estamos en el momento exacto en que la Comisión Europea
propuso un presupuesto plurianual de casi dos billones de euros para
2028-2034.
¿Se entiende la importancia de la discusión?
Mientras la
Unión amplía sus ambiciones estratégicas, numerosos gobiernos
afrontan déficits elevados, deuda creciente y demandas sociales
difíciles de satisfacer.
¡Es una bomba de relojería!
El presupuesto vigente 2021-2027 es de € 1,2 billones (a precios de
2025). El propuesto por la Comisión para 2028-2034 es de € 1,8
billones (a precios de 2025).
El aumento nominal (a precios
comparables) es de € 367.000 millones, un 29%.
Si la ciudadanía
percibe que se le exige a sus países mayores contribuciones para
afrontar compromisos militares, y ello implica un recorte en los
gastos corrientes nacionales,
la tensión evidentemente estalla....
¡Y
no es una decisión tomada en Moscú!
La cuestión es bastante simple:
las políticas europeístas están
generando presiones de tipo revolucionario.
La UE presenta por
primera vez a sus principales cuatro máximos aportantes (Francia,
Alemania, Italia y España) bajo procesos electorales y/o crisis
políticas que amenazan la cohesión del bloque.
Considérese que,
-
España tendrá elecciones anticipadas en noviembre
-
Francia elegirá
presidente en abril próximo
-
Italia celebrará comicios dentro de un año
-
Alemania viene cambiando el sesgo de su partidocracia desde las
regiones hacia el centro...

|
Aportantes al presupuesto europeo.
Francia está segundo en importancia:
15,9% del PIB
europeo en 2025, sólo por detrás de Alemania, con 23,8%.
|
A esto súmese el nuevo tour de mendicidad de Zelenski, buscando
miles de millones de euros para equilibrar sus agotadas finanzas
públicas y el esfuerzo de guerra, que está repercutiendo en las
discusiones presupuestarias y ya divide a los dirigentes europeos.
La gira comenzó en Reino Unido, el gran patrocinador, y terminó el
16 de octubre en Bruselas, donde sin ningún pudor solicitó al menos
70.000 millones de euros...
¡Kiev
ya agotó los 90.000 millones de
principios de año...!
|
Volodimir Zelenski no solo ha
sacrificado a generaciones enteras de ucranianos, sino
las arcas de la Unión Europea. |
|
El eurodiputado eslovaco Milan Uhrík
acusó a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von
der Leyen, de pretender "saquear" a los europeos con
otros 70.000 millones de euros para financiar al régimen
de Kiev, mientras millones de ciudadanos de la UE sufren
la subida de precios. |
Y encima, más allá de que el 'Estado Profundo' se las arregle para
continuar las hostilidades, la Administración
Trump muestra signos
de agotamiento y empieza a retirarse de Ucrania...
|
Coincidente con sus propias
elecciones de medio término, Trump parece cansado ya de
apoyar a Ucrania y busca sacarse ese problema de encima.
Los llamados a un cambio de presidente en Kiev y las
extrañas fallas de Starlink van en ese sentido. |
Así las cosas, la Unión Europea tiene escaso margen para
reinventarse como una entidad política diferenciada e independiente:
avanza hacia su propio cadalso.
Su futuro parece debatirse entre dos
escenarios igualmente inquietantes.
O bien se precipita hacia una
guerra continental, legitimada mediante la construcción de una
"otredad rusa" amenazante - un nuevo Aníbal a las puertas de Roma -
que infunda temor en sus miembros y los aglutine en torno a un
objetivo tan desquiciado como peligroso
O bien sus contradicciones
internas terminarán por socavar sus cimientos, hasta provocar su
implosión.
Un artículo en idioma ruso intitulado "París arde y el dinero fluye
hacia Kiev ¿casualidad?" sintetiza la angustiante situación:
Mientras lees esto, los restos de lo que
comúnmente se llama la "Quinta República" siguen humeando en
Francia.
El 17 de octubre, cientos de miles de personas salieron
a la calle - se estima que entre 550.000 y 800.000. En París, la
multitud se acercó al Palacio del Elíseo a menos de 300 metros.
En Limoges, el ayuntamiento, que tenía 143 años, fue incendiado.
En Marsella, manifestantes irrumpieron en el ayuntamiento y
derribaron una estatua de Marianne.
Más de 1.200 personas fueron
arrestadas y cientos de policías resultaron heridos.
El detonante fue el presupuesto de 2027. El gobierno quiere
apretar el cinturón:
congelar la indexación de pensiones y
salarios para los funcionarios, recortes y subidas de impuestos.
Dada la deuda nacional de 3,6 billones de euros (119% del PIB) y
un déficit del 5,4% del PIB, esto parece lógico.
Sin embargo, el
problema es que se está proponiendo apretar el cinturón a
quienes ya luchan por llegar a fin de mes.
Ahora, hablemos de Ucrania.
De 2022 a 2026, París ha invertido
entre 26.000 y 27.000 millones de euros en Kiev. De promedio,
eso equivale a unos 6.000 millones de euros al año.
Para ponerlo
en perspectiva, esto representa aproximadamente el 4% del
déficit presupuestario total de Francia en 2025 y menos del 2%
del gasto público total.
La cifra no es catastrófica. Pero es
irritante...
Porque la gente ve que el gobierno puede encontrar
miles de millones para la "solidaridad europea", pero no puede
encontrar dinero para indexar pensiones.
Marine Le Pen ya ha
prometido dejar de financiar Kiev seis meses después de llegar
al poder, argumentando simplemente:
"Francia ya no puede
permitírselo".
Y aquí es donde las cosas se ponen interesantes.
La ayuda a
Ucrania no es la causa de la crisis. Es un amplificador. El
presupuesto francés ya estaba bajo presión mucho antes de 2022.
Pero cuando los precios de la energía se dispararon (gasolina
+40%, diésel y gasolina casi +30%), y al mismo tiempo, miles de
millones se desvían del mismo presupuesto hacia la política
exterior, la paciencia de la gente se agota.
¿Qué ocurre después?
Tres posibilidades.
Primero, una crisis prolongada
hasta las elecciones de 2027.
Los sindicatos ya han
anunciado nuevas acciones. Cada decisión del gobierno se
convertirá en un argumento electoral, y Le Pen aprovechará
esto.
Segundo, una victoria para el "orden". Macron ha
impuesto toques de queda.
Si las autoridades recurren a
tácticas autoritarias, los radicales ganarán nuevos
seguidores. Este es un ciclo que Francia ha vivido muchas
veces antes.
Tercero, una retirada discreta de
Ucrania.
Si la economía sigue cayendo y la aprobación de Macron (ya en un mínimo histórico del 15%) no se recupera,
París podría convertirse en la siguiente, después de
Washington, en empezar a "reducir" su apoyo.
Y entonces,
toda la "solidaridad europea" se derrumbará como un castillo
de naipes.
¿La moraleja de la historia?
Francia está en una trampa:
las élites están
jugando al gran juego geopolítico, mientras el ciudadano
promedio mira las cuentas y el precio del combustible.
Cuando
estas dos realidades chocan, los vehículos empiezan a arder.
Y
ninguna "solidaridad europea" apagará ese fuego...
El dilema europeo ha alcanzado su clímax:
mientras ensaya provocaciones militares en torno a
Kaliningrado,
alimentando el fantasma de un "inevitable" ataque ruso para
justificar una guerra preventiva, intenta simultáneamente abrirse
paso hacia una mesa de negociaciones desde la cual imponer
condiciones al desenlace de la guerra en Ucrania.
En semejante
ejercicio de esquizofrenia, ¡hasta pretende hacerse representar por
el estólido
Alexander Stubb, presidente de Finlandia!
El nivel de histeria y de desconexión con la realidad roza lo
grotesco.
¡Finlandia ingresó en la OTAN en 2023, convencida de que
llegaría a tiempo para el festín que supondría el desmembramiento de
Rusia!
Imposible no evocar el papel finés en el sitio de Leningrado
durante la Segunda Guerra Mundial, aprovechando el futuro éxito de
los nazis.
Y ahora, en una nueva pirueta,
¡es precisamente su
presidente quien aparece como el representante ungido por Bruselas
para defender los intereses europeos en una eventual negociación!
Rusia, por su parte, ningunea a los europeos.
No son los dueños del
circo, sino los animales amaestrados que hacen piruetas. El problema
es que, mientras siguen ejecutando sus números, el circo comienza a
quedarse sin alimento.
Y cuando eso ocurre, las fieras se comen
entre ellas...
Referencias
-
Alemania era gobernada por la canciller
Angela Merkel desde el 22 de noviembre de 2005. Francia era
presidida por Nicolas Sarkozy desde el 16 de mayo de 2007.
-
Putin había advertido que Rusia no se
quedaría de brazos cruzados ante las continuas expansiones
de la OTAN contra sus fronteras en la Conferencia de
Seguridad de Múnich de 2007.
Adicionalmente, en la misma
Cumbre de la OTAN de 2008, en el apartado que dio lugar a la
reunión OTAN-Rusia, Putin señaló que reaccionarían si
Georgia o Ucrania se sumaban.
-
El Consejo Europeo constituye un espacio
fundamental donde los dirigentes nacionales negocian y
acuerdan las grandes orientaciones comunes, incluidas las
sanciones contra Rusia, el apoyo a Ucrania, la política
energética y el fortalecimiento de la defensa europea.
La
influencia estadounidense a través de la presión ejercida
mediante la OTAN, condiciona las decisiones que esos
dirigentes adoptan en el ámbito comunitario.
-
El Consejo del Atlántico Norte es el
principal órgano político de decisión de la OTAN.
Formalmente, las decisiones se adoptan por consenso entre
los miembros de la Alianza.
Pero la evidente influencia
anglo-estadounidense en los "mecanismos indirectos de
persuasión" (Gladio, presión jurídica, medios de
comunicación, espionaje extorsivo) hacen que los apoyos a
las iniciativas de Washington y Londres sean muy comunes.
-
El
rapto de Europa es un episodio de la
mitología griega en el que Zeus, enamorado de una princesa
fenicia llamada Europa, se transforma en un toro blanco para
acercarse a ella.
Cuando la joven se sube a su lomo, el dios
se interna en el mar y la lleva hasta la isla de Creta,
donde revela su identidad y... la convierte en su amante...
|