por Xavier Diez
25 Febrero 2026
del Sitio Web BrownstoneEsp





 

 

 

El escándalo alrededor de Epstein

nos ha permitido descubrir

una red de monstruos

con planteamientos transhumanistas

que mediante los algoritmos

buscan redefinir a las personas

como seres inanimados...
 



Probablemente Yuval Noah Harari sea uno de los historiadores y pensadores más relevantes de la actualidad.

 

Más allá de sus libros emblemáticos, como Sàpiens, o más recientemente Nexus, este académico israelí ha logrado influir de manera profunda en la forma en la que el mundo se percibe a sí mismo.

 

Para profanos en la materia, y haciendo una descripción simplista,

Harari plantea que la humanidad se fundamenta en historias inventadas, en creaciones propias capaces de crear una narrativa arraigada en la mentalidad colectiva que permite cooperar socialmente.

 

Las religiones, las naciones, y el mismo dinero serían ficciones compartidas capaces de crear, hacer evolucionar y derribar civilizaciones, independientemente de que el contraste con los hechos objetivos las haga discutibles.

Uno de los aspectos positivos de la obra de Harari es, precisamente, enviar torpedos a la línea de flotación de los principales paradigmas historiográficos.

 

Muy especialmente, sus obras afectan al marxismo historiográfico en el sentido de que estas cuestionan profundamente a los historiadores que,

sólo ven en los elementos materiales las razones que explicarían la realidad histórica, poniendo fin a la versión marxista de la dialéctica hegeliana según la cual la historia es un proceso lineal fundamentado en el progreso y el sentido teleológico.

También cuestiona la misma idea, tan grata a los marxistas y a sus continuadores posmodernos, de que,

existan unas leyes invariables, una especie de mecanismos universales que imitarían a las teorías científicas y que explicarían los fenómenos humanos y civilizatorios como una especie de hechos inexorables.

Una perspectiva determinista que, en definitiva,

trata a las personas como engranajes sin voluntad ni capacidad de decidir, como elementos inanimados o como un factor más de la física newtoniana.

Servidor de ustedes, con más de tres décadas dedicado a esto de la historia, nunca se ha tragado que ésta sea una ciencia como lo puede ser la biología, las matemáticas o la geología, con sus elementos de previsibilidad y objetividad, sino que como los clásicos grecorromanos, considero que,

la historia es un campo de conocimiento en el que son siempre las personas, quienes por su naturaleza humana imprevisible, hacen imposible averiguar el sentido de la evolución de las sociedades.

Los historiadores podemos saber cosas sobre el pasado, lo que nos hace especialmente hábiles para interpretar el presente.

 

Sin embargo, esto no nos hace útiles para prever un futuro que, tradicionalmente, contiene excesivos elementos de imprevisibilidad y caos y, sobre todo, de consecuencias provenientes de decisiones personales y colectivas, ya a menudo conscientes.

 

 

Yuval Noah Harari



Decía que me gustaba Harari, pero he de reconocer que el giro de sus teorías en los últimos años me ha hecho cambiar de opinión...

 

En los últimos tiempos sus teorías e interpretaciones inciden en sobre cómo la generación de estos relatos se vinculan a los mecanismos de difusión, y cómo las revoluciones tecnológicas y de las comunicaciones acaban también determinando hechos y tendencias históricas.

 

Como hace en sus libros, especialmente en Nexus, Harari incluye varios ejemplos de cómo las posibilidades de las tecnologías - y muy especialmente los algoritmos - aceleran procesos históricos, por ejemplo,

ayudando a esparcir informaciones por parte del poder para manipular a la opinión pública y propiciar - o anestesiar - determinados conflictos.

Los casos más conocidos fueron la manipulación de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016, cuando una filial de Facebook, 'Cambridge Analytica', utilizó datos de la red social para,

mediante la minería de datos y elaboración de perfiles de votantes, estudiar las actitudes políticas de los votantes en aquellos swing states y circunscripciones en disputa para así enviar mensajes con los que movilizar a algunos votantes - creando noticias falsas y atizando el odio y el resentimiento - y desmovilizando otros - promoviendo fatalismo y resignación.

También expuso el caso del genocidio rohinya en Birmania, alimentado por la circulación de noticias falsas.

 

En Cataluña ya tenemos suficiente experiencia de las campañas catalanófobas de 2017 y posteriores, con noticias falsas, manipulación y propaganda.

 

Sin embargo, servidor de ustedes, que ha hecho voto de escepticismo, considera sobrevaloradas estas maniobras.

La gente cree lo que quiere o lo que le conviene.

 

Y la sociedad española, con mayor o menor intensidad, es catalanófoba - este es uno de los ingredientes imprescindibles de la españolitud - y simplemente buscaban - y buscan - el sesgo de confirmación de sus prejuicios, como ocurría también con los birmanos o los electores estadounidenses.

La gente es menos tonta de lo que aparenta y se deja manipular voluntariamente, como había adivinado hace cuatro siglos Étienne de la Boétie.

Sin embargo, una de las conclusiones, cuando se lee o escucha a Harari - ciertamente un pensador brillante, o al menos más inteligente que la mayoría de historiadores marxistas y posmodernos - es que,

este académico israelí es, fundamentalmente, un determinista...

En sus reflexiones, por poner un ejemplo, sobre el amor o el cariño entre personas, hace referencia a la naturaleza biológica - y a nuestro instinto animal - y por tanto, niega la dimensión humana de la existencia, lo que equivale a menospreciar la capacidad a la gente de tomar decisiones conscientes y voluntarias.

 

Por supuesto, Albert Camus, y su defensa de la primacía de la naturaleza existencial - y la soledad - del individuo, rebatiría estas tesis mejor que un servidor.

Pero es precisamente ese mecanicismo determinista el que permite que Harari sea una estrella entre ese extraño elenco de oligarcas tecnológicos, que abrazan las teorías post y transhumanistas, que creen que,

pueden trascender nuestra especie, y que recuerdan al desprecio de los personajes perversos e iluminados que abundan en las películas de James Bond, siempre dispuestos a destruir el mundo para salvarlo de sí mismo.

Resulta curioso como el escándalo alrededor de Epstein - quien tenía un inquietante parecido con el actor Christopher Waltz, es decir, el Franz Oberhauser de Spectre - nos ha permitido descubrir una red de monstruos con estos planteamientos transhumanistas.

 

Más allá de las turbias historias sexuales,

vemos cómo la combinación entre personas extraordinariamente ricas, con otras extraordinariamente inteligentes, convergían en una especie de maldad obsesionada en crear distopías económicas y biológicas, con el sexo como alegoría del poder absoluto.

Y en estos planes de transformación del Orden Mundial - y coincidente con las últimas obras de Harari - aparece ¡el algoritmo...!

El algoritmo que pretende definir a las personas como seres inanimados - sin alma, dimensión espiritual ni verdadera voluntad - sometidos al hado del destino.

Y esto, más allá de la verosimilitud o no de este planteamiento, resulta una aberración filosófica.

 

No debemos resignarnos a la naturaleza determinista del algoritmo, y necesitamos una verdadera rebelión humanista...