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por Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate
16 Junio 2026
del Sitio Web
ALAI
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Nadie pone en duda la relevancia económica,
política y ecosocial de la minería metálica, convertida en uno de
los principales fenómenos de disputa global.
Cada
automóvil eléctrico precisa de 8 kilogramos de litio, 35 de
níquel, 20 de manganeso y 14 de cobalto.
Las baterías de
almacenamiento de energía - claves para el desarrollo de la economía verde
en su conjunto - necesitan también los cuatro
metales antes citados, además de grafito, vanadio, cobre y aluminio.
Por su parte, los circuitos integrados y
semiconductores, engranaje indispensable para el impulso de la
digitalización -
inteligencia
artificial, centros de datos, redes 5G y 6G, cables
interoceánicos, etc. - verían limitada su expansión sin el silicio
y otros minerales.
A su vez, la amplísima gama de dispositivos
electrónicos alimentados por chips, como por ejemplo los
teléfonos inteligentes, requieren oro, aluminio, litio, cobre, zinc,
níquel, plata, tierras raras, etc.
Por último, la industria militar utiliza ingentes
cantidades de niobio, magnesio, titanio, renio, molibdeno, tungsteno
y uranio para la producción de armamento, negocio al alza tras la
escalada promovida por
la OTAN desde su Cumbre de Madrid en 2022.
Tal es así que el horizonte estipulado para 2035 aspira a situar la
inversión en defensa y seguridad en el 5% del PIB.
En resumen:
energía, economía verde,
digitalización y complejo industrial-militar, buques insignia junto
a las finanzas del
capitalismo verde oliva y digital hoy en boga
- agenda oficial
que apunta a la resolución de la crisis sistémica vigente mediante
alianzas público-privadas e inversiones masivas en dichos sectores
económicos - dependen de manera estrecha y directa de una serie de
minerales fundamentales y/o críticos.
Específicamente las
tierras raras - por sus altas propiedades magnéticas, ópticas,
luminiscentes y electroquímicas - ciertos minerales transversales o
multiusos (cobre, aluminio, manganeso), así como los principales
metales concentrados para baterías (litio, níquel, cobalto y
grafito).
De manera complementaria, el resurgir del oro y
la plata como depósito de valor - en un contexto de crisis,
incertidumbre y vulnerabilidad monetario-financiera - refuerza la
dinámica de expansión planetaria de la frontera extractiva vinculada
a la minería metálica.
¿Cuál es la escala real de esta ofensiva?
¿Qué
rol juega la minería metálica en el caos geopolítico actual?
¿A qué
procesos vinculados a ésta debemos prestar especial atención?
Un Análisis Económico y
Geopolítico - Entre las Expectativas Corporativas y el
Caos Global
En los últimos años se han disparado las
expectativas de crecimiento de la demanda global de metales.
Múltiples informes publicados por diferentes estamentos oficiales y
académicos concuerdan en señalar tanto su aumento exponencial como
la creciente disputa por el acceso a estos recursos finitos.
El
Banco Mundial apuntaba en 2020 la cifra de 3,000 millones de
toneladas de minerales necesarias únicamente para el despegue de la
energía eólica, solar y geotérmica, así como para su almacenamiento.
La
Agencia Internacional de la Energía, por su parte, sostenía en
2021 que la demanda de materiales para las tecnologías limpias
debería cuadriplicarse entre 2020 y 2024.
Estas expectativas, no obstante, se derivaban de
un hipotético horizonte de crecimiento sostenido y generalizado,
premisa fallida y contraria a una realidad económica marcada por la
tríada estancamiento económico-sobrecapacidad productiva-financiarización.
En resumidas cuentas,
la tarta del crecimiento
mundial se ha estancado en su expansión - aún en términos relativos y
de manera asimétrica - siendo un magro 2.4% la media esperada para
la presente década.
Los ingentes capitales en liza compiten
denodadamente por asegurarse un trozo de esa tarta menguante,
alimentando guerras de precios que concluyen en un "juego de suma
cero", donde muchos pierden por falta de rentabilidad y muy pocos
ganan.
Por último, la naturaleza financiarizada de la matriz
económica actual - la deuda global alcanzó los 315 billones
(trillones en ingles) en 2025,
el 333% del PIB mundial - abona horizontes de posibles estallidos
financieros y bancarios como los de 2008 y 2023 - no se descarta a
medio plazo la explosión de la burbuja de la IA - retrayendo
dinámicas de inversión en la economía real.
En consecuencia,
la demanda de metales está en
expansión, pero lejos de las desorbitadas expectativas anunciadas.
La inversión
verde se elevó hasta los 2.2 billones en 2025, la
verde oliva los 2,7 billones, mientras la inversión
esperada en IA parece catapultarse hasta los 2,6 billones.
Cifras
más que notables, sin duda, pero incapaces hasta el momento de
revertir el estancamiento general ni de superar la sobrecapacidad - por ejemplo, China acapara sólo 1/3 de la inversión verde
- por lo
que la necesidad de suministros se torna significativa, pero no tan
exponencial como pareciera.
Por tanto, la frontera extractiva vinculada a la
minería metálica sigue ampliándose:
el volumen del sector ya se
duplicó entre 2017 y 2022 - fruto tanto de la demanda verde oliva y
digital como de su consideración como depósito prioritario de valor,
pero en un contexto de crisis, problemas de rentabilidad corporativa
e incertidumbre.
Un contexto económico que, en todo caso, no
desactiva sino que intensifica un marco geopolítico definido por el
caos y la violencia, y en la que la disputa minera juega un rol
clave.
En este sentido, el orden internacional
consolidado tras la segunda guerra mundial está siendo desmantelado
por su propio impulsor - Estados Unidos - al constatar que
China se
ha convertido de facto en el nuevo hegemón económico,
liderando rubros estratégicos:
automóvil eléctrico, bombas de calor,
paneles solares, energía eólica, redes 5G y 6G,
...y como después,
analizaremos la estratégica extracción y transformación de metales.
El multilateralismo y las reglas generales saltan en consecuencia
por los aires, y se imponen las dinámicas de guerra económica y
militar como vía para solucionar conflictos y garantizar las propias
dinámicas de acumulación frente a la hegemonía china.
Esta guerra se sustancia, más allá de la creación
de zonas de seguridad e influencia para cada bloque regional, en la
disputa en torno a tres ámbitos clave para el control de las
principales cadenas globales de valor:
-
los sectores punta
verde oliva y digitales aún en competencia, específicamente la
inteligencia artificial generativa y los semiconductores
-
las rutas comerciales, de manera especial Oriente Medio como pivote
de Eurasia, así como Groenlandia dentro de la hipotética ruta a
través del Ártico
-
los suministros como
base de la pirámide de acumulación, dentro de los cuales destaca
la
energía fósil y, de manera creciente, la
minería metálica

Figura 1:
Puntos calientes de la
geopolítica
de la energía y los materiales
Fuente: elaboración propia
Y la principal seña de identidad del sector
minero-metálico es el evidente liderazgo de China tanto en la
extracción como sobre todo en la transformación, a partir de planes,
negocios y acuerdos estratégicos impulsados desde hace décadas.
En la actualidad, China,
-
extrae el 70% de las
tierras raras - controlando el 90% de su refino y procesamiento
-
produce el 56% del litio
-
gestiona el 50% de la transformación del
cobalto - garantizando su acceso mediante acuerdos con República
Democrática del Congo
-
maneja el 60% del grafito
-
genera el 10% del
cobre
-
refina el 50% del níquel,
...por poner sólo algunos de los
ejemplos más significativos.
Esta posición de poder le permite no sólo
alimentar sus cadenas globales de valor, sino también responder a
las dinámicas de guerra económica lanzadas por Estados Unidos y sus
aliados.
Por ejemplo, la guerra arancelaria lanzada en 2025 por
Trump, que pretendía incrementar los aranceles a productos chinos
hasta un 145%, fue revertida y anulada por las restricciones chinas
a la exportación de tierras raras para las corporaciones de defensa
y automoción norteamericanas.
Estas estrategias de guerra económica, no
obstante, se siguen impulsando dentro de una amplia batería de
agresivas medidas impulsadas por un Occidente vulnerable y
dependiente de suministros externos:
-
ampliación de la frontera
minera en sus propios territorios, bajo la premisa de garantizar la
"autosuficiencia estratégica"
-
desarrollo de
normativas proteccionistas y de exclusión
de facto de
suministros chinos
-
firma febril de
tratados de comercio y acuerdos de materiales críticos y/o
estratégicos
-
así como de proyectos internacionales de inversión
como el Global Gateway europeo, o el proyecto Bóveda de Estados
Unidos para el control de las tierras raras
-
impulso de estrategias
imperiales, como la recuperación explícita de la
Doctrina Monroe para América Latina
por parte
de Estados Unidos, en un intento por
apropiarse de sus bienes naturales
-
agresiones
militares directas como vía de expropiación y despojo sobre los
mismos, tanto por su vertiente fósil como minera
En conclusión,
la minería metálica, aún lejos de
las cebadas expectativas de crecimiento de su demanda, consolida su
tendencia expansiva, y se convierte en uno de los principales ejes
de la disputa económica y geopolítica en ciernes, acrecentando el
caos vigente.
Principales
Alertas en torno al Fenómeno Minero-Metálico
Concluimos el artículo alertando sobre tres de
los procesos más significativos y peligrosos derivados de este
fenómeno global.
- Destacamos en primer lugar la
proliferación
de megaproyectos mineros, tanto en los países periféricos como
centrales, impulsados por empresas transnacionales y protegidos por
sus alianzas institucionales.
La minería supone una tipología de
megaproyectos especialmente nociva - máxime en el marco de impunidad
corporativa que impera en muchos territorios - generadora de grandes
desastres ecológicos, criminalización, violencia, autoritarismo,
división social y devastación económica.
El marco para el
crecimiento exponencial de la conflictividad social, por tanto, está
servido, en un contexto no sólo de desregulación sino de destrucción
de derechos.
- En segundo término, asistimos con preocupación al
fortalecimiento de un contexto geopolítico de imperialismo,
colonialismo, dependencia y reprimarización, al que la disputa
minera contribuye notablemente.
Por un lado, corporaciones y estados
centrales utilizan todos sus dispositivos económicos, diplomáticos y
militares para apropiarse de los recursos que necesitan sus cadenas
de valor, sin rubor alguno.
Por el otro, gobiernos y élites de
países periféricos se abonan crecientemente al extractivismo como
vía de inserción internacional.
El sector metálico, en consecuencia,
contribuye a la consolidación de agendas violentas y de
desestructuración política y social.
- Por último, es especialmente grave el
vínculo
directo y creciente entre la minería metálica y el avance del
régimen de guerra.
Como ya hemos señalado previamente, son
sobre todo las inversiones digitales y armamentísticas las que
definen el horizonte económico y geopolítico actual, especialmente
en la conexión entre inteligencia artificial (I.A.) y
el complejo militar y securitario.
Si la guerra económica no ha dado para Occidente
los resultados esperados, es la guerra pura y dura donde Estados
Unidos y sus aliados sitúan ahora el desesperado intento tanto por
fomentar la acumulación de capital de sus corporaciones, como la
herramienta principal para sostener su posición internacional, a
partir de su aparente primacía tecnológica en el vínculo entre
belicismo e IA.
Las nuevas herramientas militares utilizadas en
Gaza, Venezuela e Irán evidencian esta apuesta estratégica,
fortaleciendo la lógica de bloque público-privado entre estados y
grandes tecnológicas como
Palantir.
Esta agenda bélico-digital en ascenso, centrada
en el desmantelamiento del Estado social, el control social masivo y
del desarrollo armamentístico de última generación sería imposible
sin la minería metálica, por lo ya expuesto en la introducción.
Por tanto, el extractivismo minero,
supone hoy un
fenómeno global de primer orden, modelador del caos geopolítico
vigente y del régimen de guerra en expansión.
Es fundamental
acelerar la movilización popular contra su avance, la regulación
democrática de su uso, así como el impulso de una agenda minera
propia por parte de pueblos y movimientos sociales en pos de una
transición ecosocial justa.
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