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por Carlos Sánchez del Sitio Web BrownstoneEsp
por Epstein y sus secuaces contemplaba la necesidad de que las masas incautas cooperasen. A tal efecto, y con su entusiasta connivencia se edificó el panóptico digital...
Personajes tan diversos y aclamados como Bill Gates o Peter Thiel, con la omnipresente cooperación filantrópica de Jeffrey Epstein, tejieron una intrincada red de beneficio privado disfrazado de avance científico e interés general.
En este capítulo vamos a profundizar en la otra pata del transhumanismo:
Para poder construir la superraza anhelada por Epstein, Nowak o Church, y modelada en las entrañas de la academia, era necesario tener a disposición cobayas con las que experimentar, y para ello resultaba fundamental su cooperación, entendida tal y como la planteaba el biomatemático Martin Nowak.
En esa lógica perversa del transhumanismo y subvirtiendo el sentido de cualquier lógica utilitarista de Bentham, los humanos hemos dejado de fabricar máquinas que nos hagan la vida más fácil para desarrollar engendros mecánicos a los que resultarles de provecho:
Ese es el sentido actual de la clase inútil que tanto gusta a Harari.
Es importante no perder de vista que el escenario en que se desarrollan ahora las sociedades humanas, ha sido posible gracias a nuestra colaboración.
Cada like, cada scroll, cada interacción, cada vez que hemos aprobado la política de cookies de esta o aquella red social, ha sido una pequeña aportación a la sociedad de la vigilancia en la que hoy vivimos.
Eso que Shoshana Zuboff llamaba el excedente conductual ha resultado en los mejores grilletes posibles en la cárcel invisible, en ese panóptico digital planteado por Bentham.
Para analizar cómo hemos llegado hasta aquí, he escrito este artículo, el último de la serie.
Antes de empezar me gustaría hacer mención al Wellcome Leap, un asunto muy siniestro y ciertamente preocupante que he decidido deliberadamente excluir del análisis por no tener una relación directa con las actividades de Jeffrey Epstein.
Pese a guardar una evidente correlación con el objeto de este análisis (la sociedad de la vigilancia en el ámbito médico), a efectos de coherencia narrativa he decidido guardarlo para próximos artículos.
Dicho esto, ahora sí, arrancamos este último artículo de la serie Dioses, hombres y Epstein (Parte I y Parte II) ...
El buen rumbo de la transición de humanos a poshumanos pasa por nutrir de datos al dataísmo, esa religión de los datos preconizada públicamente por Noah Harari que concibe a los humanos, del mismo modo que a cualquier otro organismo vivo, como un mero amasijo de reacciones bioquímicas predecibles y, por tanto, algoritmizables.
No sólo resulta fundamental para poder predecir comportamientos de individuos en tiempo real, y por tanto, desplegar métodos de control de masas sustitutivos de las fuerzas policiales, sino para anticiparse a nuestro azaroso desarrollo genético.
La soberbia de las élites transhumanas alcanzan aquí niveles rayanos en el paroxismo, jugando a ser dioses, magnificando los exiguos conocimientos sobre genética humana disponibles y obviando todo aquello que se desconoce.
Sirva de ejemplo la creencia muy extendida entre genetistas hasta hace pocos años de que el 98% del genoma humano era "basura" que no servía para nada porque no codificaba proteínas.
Hoy, se estudia su utilidad para desarrollar fármacos y tratamientos, porque así funciona el tecnocapitalismo poshumano, amigos:
¿Cabe mayor demostración de vanidad?
Las justificaciones propiciatorias han ido
cambiando, pero el capitalismo de la vigilancia de Zuboff ha seguido
avanzando inexorable, con la connivencia de los gobiernos,
auténticas marionetas de la plutocracia de Silicon Valley, y de una
inmensa mayoría de individuos que conforman las sociedades, que han
permitido la supresión total de sus libertades civiles al calor de
amenazas inducidas y aprovechadas por la élite para avanzar en la
sociedad del control.
Este think tank, fundado en 1997 por figuras como William Kristol y Robert Kagan, publicó en septiembre de 2000 el informe Rebuilding America's Defenses - Strategy, Forces and Resources for a New Century, que abogaba por una hegemonía militar estadounidense global, el control del ciberespacio y el espacio, y un aumento drástico en el gasto de defensa para mantener la supremacía unipolar, esa que hoy se resquebraja por momentos, tal ha sido su éxito.
El documento reconocía que semejantes
transformaciones requerirían de un evento catalizador, una suerte de
"nuevo Pearl Harbor", con objeto de superar las legítimas
resistencias culturales del público en general y acelerar así la
reestructuración del aparato de seguridad nacional.
Sin embargo, como señalaba, la estructura de control ya estaba planteada previamente, antes de que ocurriese el evento catalizador necesario, lo que permite inferir una evidente alevosía.
En los días y semanas inmediatos al 11-S, la
administración
Bush activó el programa Stellar Wind,
el primer programa secreto de vigilancia
masiva sin orden judicial autorizado directamente por el
presidente, que recolectaba metadatos telefónicos, correos y
comunicaciones privadas internacionales a escala nacional, burlando
en gran medida la Foreign Intelligence Surveillance Act
(FISA) de 1978, vigente en aquel momento.
Simultáneamente, la
Homeland Security Act, aprobada
en noviembre de 2002 creó el Departamento de Seguridad Nacional
(DHS), centralizando agencias bajo una nueva estructura que
priorizaba la prevención de amenazas internas y externas, integrando
inteligencia, fronteras y ciberseguridad en un aparato unificado y
expansivo.
Con Stellar Wind se creó el ecosistema actual que fusiona inteligencia militar, corporativa y civil, justificado por la sempiterna y falsaria "guerra contra el terror", con capacidades permanentes para el monitoreo masivo, la predicción del comportamiento individual (precrimen) y el control social.
Este modus operandi, por el cual la arquitectura de control precede a su hecho legitimante, se viene repitiendo desde entonces, y revelaciones como las de Snowden en 2013, sobre el programa PRISM, o la naturalidad con la que los Estados han seguido desarrollando programas análogos permiten augurar un patrón a futuro.
En esencia, el 11-S no solo habilitó, sino que aceleró una visión preexistente de dominio global que requería, entre otros pilares, una vigilancia omnipresente sobre la población propia y ajena.
El panóptico es un diseño arquitectónico de prisión ideado por el filósofo considerado como padre del utilitarismo, Jeremy Bentham, a finales del siglo XVIII.
El diseño consistía en una prisión circular con celdas en la periferia y una torre central desde donde un solo vigilante podría observar a todos los presos sin ser visto, o sin que se supiese si estaba mirando en ese momento.
El objetivo del diseño no era sólo vigilar, sino lograr que los presos se auto-controlaran por el mero hecho de sentirse potencialmente observados todo el tiempo.
Esta idea fue reciclada por Michel Foucault, considerado como el padre del constructivismo y, por añadidura, del sustrato poshumano de la agenda transgénero, tal y como comenté en el anterior artículo de esta serie.
En su libro Vigilar y castigar (1975), una poderosa y profética metáfora de la sociedad moderna de la vigilancia, describe el panóptico como el perfecto modelo de ejercicio del poder coercitivo.
No hay mejor coerción que aquella que se ejerce por los propios individuos a quienes se pretende someter. Según este modelo, el individuo responde como principio de su propio sometimiento, ya que, al saberse observado, el sujeto se ajusta a la relación de poder reproduciendo por su propia cuenta las coacciones del poder, convirtiéndose así en su propio carcelero.
Un ejemplo paradigmático reciente que resultará
familiar a los lectores es el de la aparición de cientos de policías
de balcón durante la pandemia.
En la antesala de su creación emergió inadvertidamente un personaje, de la mano del resto de incipientes tecnooligarcas, y sobre todo, de la influencia y el savoir faire de Jeffrey Epstein, a quien las circunstancias han ungido en el auténtico líder espiritual y alcaide del panóptico digital actual: ese personaje es Peter Thiel.
A lo largo de esta narración, Thiel será
omnipresente, y aunque en determinados escenarios no parezca tener
excesivo protagonismo, es sin duda alguna quien mejor ha sabido
aprovechar en su beneficio la correlación de fuerzas.
Desde Stellar Wind, pasando por PRISM, se han desarrollado decenas de sistemas de naturaleza similar:
En esencia, el 11-S no solo habilitó esta estructura de control, sino que aceleró una visión preexistente de dominio global que requería, entre otras cuestiones, una vigilancia omnipresente sobre la población propia y ajena.
Y detrás de todo ello estaba, cobijado entre
bambalinas, Peter Thiel.
Con tal objeto, el primer experimento a nivel civil en este sentido fue Facebook.
Gracias a la nunca suficientemente ponderada Hollywood, está bastante extendida la creencia de que la red social primigenia, de la que surgen todas las demás, fue fruto de la desazón de un adolescente frustrado por sus relaciones con las chicas y, sin embargo, su origen resulta infinitamente más prosaico.
Lo cierto es que la red social de Zuckerberg es en realidad la sucesora privada de programas de vigilancia anteriores desarrollados por la omnipresente Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa (DARPA) del Pentágono tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.
El
lanzamiento de Facebook coincide exactamente
con la cancelación del programa LifeLog, un proyecto de
DARPA diseñado para rastrear la vida completa de las personas,
enmarcado en un contexto más amplio de vigilancia masiva, con objeto
de alimentar a la proto-inteligencia artificial "humanizada", y el
uso de datos para predecir y prevenir disidencias domésticas.
Con el programa TIA se buscaba crear un aparato de vigilancia omnímodo para monitorear a toda la población estadounidense, recolectando datos sobre sus comunicaciones, sus compras, sus hábitos y todo aquello que posteriormente Zuboff llamó el "excedente conductual" en su libro La era del capitalismo de la vigilancia (2019), siempre bajo el pretexto del bien común, en este caso con la excusa de prevenir el terrorismo, el bioterrorismo o posibles brotes de enfermedades.
Poindexter y Oliver North habían previamente
creado la base de datos Main Core para crear listas de "disidentes
potenciales" en protocolos de "continuidad de gobierno" (COG), que
podía activarse por la mera oposición pública a las sucesivas
intervenciones militares o crisis nacionales, proscribiendo la
crítica y blindando la acción gubernamental como parte de la
estrategia de seguridad nacional.
Debido a la indignación pública, en 2003 DARPA decidió renombrar TIA a Terrorist Information Awareness para enfocarlo en el peligro terrorista y hacerlo más vendible de cara a la opinión pública.
Pese al escándalo aparente, el programa no se cerró realmente. Sus diversos componentes se dispersaron, o bien en nuevos proyectos clasificados del Pentágono y la comunidad de inteligencia, o bien se privatizaron
Paralelamente, DARPA lanzó LifeLog, cuyos principios de funcionamiento ya hemos descrito.
Para recopilar todos los datos, Lifelog usaría GPS, sensores audiovisuales y monitores biomédicos para registrar ubicación, lo que se ve y dice, y el estado de salud del individuo en cuestión.
El objetivo oficial era crear "asistentes
digitales" con memoria perfecta para apoyar la investigación médica,
pero materialmente significó la creación de un camino directo a
despliegues de espionaje a gran escala en el marco de la de
seguridad nacional, agregando datos físicos y privados a la
estructura de vigilancia de TIA.
El objetivo de DARPA, en estrecha relación con el Massachussets Institute of Technology (MIT), era lograr la creación de interfaces cerebro-máquina para poder "inyectar" pensamientos humanos en las máquinas, en programas como la Iniciativa de Computación Cognitiva (CCI), que desembocaron en proyectos como el Perceptive Assistant that Learns (PAL).
Todos estos proyectos estaban íntimamente ligados a LifeLog.
Mientras Lifelog se alimentaba de datos, PAL y
CCI transformaban estos datos no estructurados, recopilados entre
millones de individuos contra su voluntad y sin su conocimiento, en
narrativas para que la IA se familiarizase con la toma de decisiones
humanas.
Este encuentro, reunió a pioneros de la inteligencia artificial en un momento de estancamiento disciplinar conocido como "invierno de la IA", con objeto de impulsar el desarrollo de la Inteligencia Artificial General y desarrollar eso que llamaron sentido común de las máquinas.
El simposio duró dos o tres días y tuvo como figura central a Marvin Minsky, uno de los fundadores de la IA moderna y profesor emérito del MIT, quien era un asesor científico cercano de Epstein. Minsky había recibido donaciones previas de Epstein (incluida una de 100.000 dólares para su investigación), y Epstein financió generosamente el evento, como se reconoce explícitamente en la publicación posterior.
El objetivo de la reunión era discutir las maneras en las que dotar a las máquinas de "sentido común", es decir, de la capacidad de razonar sobre el mundo cotidiano de manera flexible, integrando múltiples representaciones del conocimiento, combinando diferentes métodos de inferencia y aprendizaje, y superando las limitaciones de enfoques especializados (redes neuronales, lógica formal, programación genética, inferencia estadística).
Los participantes coincidían que ninguna técnica
única bastaría para lograr inteligencia a nivel humano; en cambio,
se necesitaba una síntesis arquitectónica que integrara diversas
estrategias.
Sin embargo, pese a que desde DARPA se insistía en que LifeLog no estaba diseñado para vigilancia clandestina y que los usuarios controlarían sus datos, el programa fue oficialmente cancelado el 4 de febrero de 2004 debido a críticas similares a las de TIA, citando un "cambio en prioridades".
Algunos científicos críticos con esta decisión, como David Karger, predijeron que continuaría bajo otro nombre o en el sector privado. No tuvieron que esperar demasiado ya que Facebook, la plataforma de Mark Zuckerberg, se presentó precisamente ese mismo 4 de febrero de 2004.
Peter Thiel, quien acababa de fundar PayPal y Palantir Technologies en 2003, fue el primer inversor externo en The Facebook, invirtiendo 500.000 dólares en agosto de 2004 a cambio de un 10.2% de la empresa, que por aquel entonces estaba valorada en 4.9 millones, obteniendo además un asiento en la junta directiva.
Por mostrar la foto completa, el propio Thiel recibió aproximadamente 2 millones de dólares entre 2004 y 2005 de In-Q-Tel, conocido brazo de inversión de la CIA.
Así las cosas, todos los indicios apuntan a que LifeLog transmutó sus ambiciones a la rutilante aplicación de Zuckerberg.
La sociedad de la vigilancia tutelada desde DARPA fue desplegando sus tentáculos en el ámbito privado, tal y como estaba previsto, estableciendo un ecosistema en que los usuarios de redes sociales éramos cobayas de experimentos de control social de lo más variopintos.
La mera enumeración de todos ellos resultaría de
lo más farragoso, y no es objeto de este artículo mencionarlos
todos, pero no puedo resistirme a hacerme eco, al menos, del más
relevante de todos ellos: el escándalo de Cambridge Analytica.
Tal fue le caso del escándalo de Cambridge Analytica, que no contó con el foco mediático que merecía, y pasó sin pena ni gloria entre la oferta de infamias a disposición del gran público.
Este asunto no fue una filtración accidental, ni el pecado de una "manzana podrida" en Silicon Valley, sino la punta visible de un iceberg de ingeniería social privatizada, donde el complejo militar y de inteligencia anglosionista y su brazo capitalista y especulativo fusionaron el minado de datos masivos de usuarios con la técnica de las operaciones psicológicas (psyops) para experimentar con elecciones de apariencia democrática a su antojo.
En 2018, el whistleblower Christopher Wylie, un analista de datos que trabajaba para SCL, destapó que una app de personalidad llamada This Is Your Digital Life, desarrollada por el académico Aleksandr Kogan, había recolectado perfiles de hasta 87 millones de usuarios de Facebook sin consentimiento real.
La aquiescencia de Facebook con el robo de los datos fue total, y el rol de Peter Thiel, como miembro directivo de Facebook y nexo a través de In-Q-Tel con la inteligencia de EEUU fue fundamental.
Según el whistleblower Christopher Wylie y documentos publicados en el New York Times, un empleado de Palantir en Londres llamado Alfredas Chmieliauskas fue clave en el desarrollo en 2014 de This Is Your Digital Life.
Las preferencias de los usuarios mostradas
voluntariamente en sus redes sociales permitieron recopilar sus
psicografías, que fueron posteriormente vendidas a Cambridge
Analytica (CA), filial de SCL Group, una siniestra consultora de
inteligencia privada especializada en técnicas de modificación del
comportamiento y de economía conductual.
Mientras SCL entrenaba a oficiales en análisis de audiencias objetivo y contra-propaganda, CA era su brazo electoral. Dicho de otro modo: la especialidad de Cambridge Analytica era el uso de la psicología militar aplicada a votantes.
Financiada por el multimillonario Robert Mercer, un financiero vinculado a la derecha alternativa, y con Steve Bannon, gran "amigo" de Epstein, como vicepresidente y accionista, CA experimentó con técnicas de "microtargeting" en electores de la campaña de Trump 2016, durante el Brexit, tras perfeccionarlas durante años en más de 200 elecciones en todo el mundo.
El algoritmo de CA no predecía los votos, sino que los fabricaba explotando los miedos y los sesgos emocionales de sus víctimas.
Paradójicamente, las técnicas descritas no resultan en absoluto ajenas a los planteamientos de Richard Thaler sobre nudging que ya desgrané en el anterior artículo de esta serie y que le valdrían para ganar un Nobel de Economía.
Cabe suponer que Peter Thiel tomó buena nota de las enseñanzas de Thaler en el Edge Club, porque lo cierto es que su influencia en el escándalo de Cambridge Analytica fue extraordinaria:
Como vemos, mientras financiaba y aportaba en el diseño de la herramienta de injerencia electoral, Thiel apoyaba abiertamente a Trump, llegando incluso a formar parte de su equipo de transición.
Así las cosas, no resulta una sorpresa el fulgurante éxito de su empresa Palantir desde que Trump tomó posesión en 2024.
La enorme red que tejió durante más de dos décadas se infiltró en las instituciones más prestigiosas de la academia, entre ellas muy singularmente el Massachussets Institute of Technology (MIT), que, como he expuesto en el anterior epígrafe, era la vía de acceso más directa a DARPA.
La red comenzaba en Marvin Minsky, padre de la inteligencia artificial, se extendía hasta Joichi Ito - el amigo japonés del transhumanista español, Martín Varsavsky, a quien este defendió con enorme vigor en prime time - pasando por el CEO de LinkedIn, Reid Hoffman, hasta alcanzar a Peter Thiel, con quien entabló quizás la relación más fructífera de todas.
Sorprende que a la luz de la enorme documentación
que lsitúa a Thiel en donaciones, simposios en la isla privada de
Epstein, y los más de 3000 correos entre ambos publicados en el EFTA
del Departamento de Justicia (DOJ), su relación con Epstein no le
esté pasando factura de algún modo.
Sin embargo, el origen de la injerencia del magnate pedófilo es anterior: Epstein no entró al MIT por la puerta trasera en 2013; ya estaba dentro desde 2002, financiando al pionero de la IA, Marvin Misnky y organizando eventos en su isla.
Para desarrollar este análisis me he basado
fundamentalmente en el informe interno del MIT de 2020 (Goodwin
Procter), la deposición de Virginia Giuffre, el libro de Whitney
Webb One Nation Under Blackmail (2022) y los propios archivos de DOJ,
magistralmente extraídos y catalogados por el investigador Kevin
Bass, a quien tuve el privilegio de poder entrevistar recientemente.
En ese año, Epstein donó 100.000 dólares al MIT, su primera donación documentada a la institución, específicamente para apoyar la investigación de Marvin Minsky, profesor emérito del Media Lab y cofundador del Laboratorio de Inteligencia Artificial.
Ese mismo año, Minsky organizó el ya mencionado "St.
Thomas Common Sense Symposium", un evento financiado al completo por
Epstein.
En el párrafo de agradecimientos, los autores escriben literalmente:
Una confesión de parte imposible de matizar. El
encuentro fue posible gracias al dinero de un hombre que, cuatro
años después, sería arrestado por delitos sexuales con menores.
El propio Epstein presumiría públicamente años después de su relación. Como hemos podido conocer, su amistad se extendió durante muchos años y no se detuvo con la condena de 2008.
En 2011, tres años después de que Epstein fuera condenado, Minsky organizó un segundo simposio en la misma isla, centrado en "desastres futuros" relacionados con población, tecnología y redes sociales.
Epstein volvió a financiarlo. Los correos del DOJ demuestran un contacto continuado: en 2011, Epstein escribe a Minsky tras una operación quirúrgica para interesarse por su salud; en 2012, su asistente Lesley Groff recuerda a Epstein llamar a Minsky por su cumpleaños; en 2014, Minsky acepta una reunión en Harvard.
Tras la muerte de Minsky en 2016, Groff envía invitaciones a eventos conmemorativos.
Tal era la cercanía entre ambos que, tras la muerte de Minsky, su viuda, Gloria Rudisch, a la sazón ex-directora de salud infantil en Brookline, mantuvo una relación de al menos nueve años con Epstein, y fue beneficiaria de su "generosidad" filantrópica, planeó visitas a la isla y le envió mensajes de apoyo incluso después de que sus crímenes salieran a la luz pública.
Rudisch era, como se suele decir, "amiga de sus
amigos".
En 2016, Giuffre declaró bajo juramento que Epstein la obligó a tener relaciones sexuales con Minsky en Little St. James alrededor de 2001-2002, cuando ella tenía 17 años. Una testigo adicional corroboró que Giuffre y Minsky viajaron juntos en un jet privado en marzo de 2001 junto a Epstein y Ghislaine Maxwell.
Como es natural, Minsky negó la acusación antes de morir, así como su viuda, que la rechazó categóricamente, insistiendo en que sólo visitaron sus residencias de Nueva York y Palm Beach. La acusación nunca llegó a juicio, pero provocó sonadas dimisiones en el MIT, como la del tecnogurú del software libre Richard Stallman.
A la renuncia de Stallman, acusado de minimizar
los hechos, se sumaron las renuncias de Ethan Zuckerman y otros
investigadores, que abandonaron el Media Lab como medida de
protesta.
El "amigo japonés" de Varsavsky no era en absoluto un coordinador pasivo, ni un inocente nerd, como se ha pretendido hacer ver, sino parte fundamental de la operativa, como se desprende del análisis de las más de 8.000 entradas que ostenta nuestro "amigo japonés" en el repositorio de archivos del DOJ.
En el ya famoso hilo de correos bajo el título "deception fun" (la diversión del engaño) Epstein le decía a Ito:
...a lo que Ito respondía:
¿Sería para crear un centro o algo similar donde podamos gestionar la investigación y los gastos relacionados? ¿El dinero provendría de Bill o de la fundación?
Resulta ciertamente complicado argüir
descontextualización ante un correo como este, pero pese a ello, el
"amigo japonés" lo ha intentado, aunque sin excesivo éxito, la
verdad sea dicha.
Si bien antes de la liberación de documentos, y durante los primeros compases de la misma, Reid Hoffman y nuestro "amigo japonés" se echaban las culpas el uno al otro de manera más o menos velada, ahora ya es innegable que Joi Ito y el CEO de LinkedIn tenían un papel central en la trama.
Permítanme los lectores aportar algunos ejemplos de los cientos disponibles:
En este otro correo, se percibe que Hoffman y Epstein querían "hacer sentir bien" a su amigo japonés, y que se sintiese "que estaba al mando".
Y vaya si lo estaba:
En definitiva,
Los cheques de Epstein le abrieron las puertas a conocer a los padres de la IA como Marvin Misnky, o a los perfiles más políticos como Larry Summers.
Una vez conseguido el favor de los prebostes, las demás piezas fueron cayendo como fichas de dominó.
Ito facilitaba las cenas en Cambridge con Larry Summers, George Church y Martin Nowak mientras Epstein usaba la buena reputación de su colección de científicos para reclutar a millonarios como Elon Musk o Peter Thiel para la causa.
Como veremos, no se trata de una conexión
tangencial ni especulativa sino el producto de un largo proceso, que
involucra al polifacético magnate en su triple vertiente:
facilitador, financiero y agente del Mossad.
A fin de cuentas, tenía de quien aprender: tal y como exponen Whitney Webb y Johnny Vedmore en sus libros y decenas de artículos, el suegro de Epstein, el inefable Robert Maxwell, fue el artífice del robo del software PROMIS (Prosecutor's Management Information System).
El PROMIS original fue desarrollado por una empresa llamada Inslaw, propiedad de Bill Hamilton, un antiguo analista en la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) que trabajaba de manera externa para el Departamento de Justicia de EE.UU. (DOJ).
Se trataba de un software de gestión judicial que permitía a fiscalías, tribunales y agencias policiales organizar y controlar de forma integral todo el proceso penal.
PROMIS registraba denuncias, arrestos, evidencias, testigos, acusados y sentencias, seguía el estado de cada caso en tiempo real, vinculaba automáticamente personas y elementos entre diferentes investigaciones, generaba informes inteligentes, detectaba patrones y conexiones ocultas, y optimizaba agendas y recursos de jueces y fiscales.
Básicamente funcionaba como una suerte de cerebro
digital centralizado para la justicia penal, convirtiéndose en una
de las primeras herramientas modernas de bases de datos aplicadas al
sistema judicial.
Según este testimonio, Rafi Eitan, jefe del Lekem (inteligencia científica israelí), obtuvo una copia a través de un militar llamado Earl Brian.
Un programador insertó en el software una puerta trasera que permitía a Israel (y sus aliados) acceder remotamente a todos los datos de quien usara el software.
Insatisfecho con las ventas iniciales de Brian, Eitan reclutó a Maxwell, que de cara a la galería era un magnate de los medios de comunicación, para que realizase la gestión comercial y encontrase clientes.
Maxwell, a través de su empresa Degem, una empresa pantalla del Mossad en Israel, comercializó PROMIS a más de 20 países - incluyendo a la KGB soviética, agencias de inteligencia en África, Latinoamérica y Asia - generando más de 500 millones de dólares en ventas.
Logró instalarlo en laboratorios nucleares estadounidenses clave como Sandia y Los Alamos (1984-1985), usando contactos como el senador John Tower, en plena época del espionaje nuclear de Jonathan Pollard, un estadounidense condenado en EE.UU. condenado en 1985 por espiar para Israel y recientemente liberado y recibido con honores en Tel Aviv en 2015.
Con la ayuda del software PROMIS y la cooperación
de Pollard, el Mossad tuvo acceso a sistemas clasificados de armas
nucleares y submarinos Trident de EEUU, situando a Israel en una
posición de preeminencia en el ámbito del espionaje que ha dado
lugar a su posición actual.
Pese a los esfuerzos de la hasbará (propaganda israelí) por negar la condición de activo del Mossad del magnate, la evidencia es palmaria, fundamentalmente toda aquella que deriva de su estrecha relación con Ehud Barak (más de 7.000 entradas en el repositorio del DOJ), de quien hablaremos un poco más adelante. Sin embargo, la relación más fecunda que trabó en esos años fue con Peter Thiel.
Tal y como queda expuesto en cientos de emails recientemente liberados, la relación entre Epstein y Peter Thiel fue estrechándose con los años, desde aquellos primeros compases en las cenas de billonarios del Edge Club. Los emails entre ambos registrados entre ambos en repositorio del DOJ suman más de 3.000.
En ellos hablaban de toda clase de cuestiones de interés mutuo.
Según he podido comprobar, gracias a Epstein, el CEO de Palantir accedió al ecosistema de eso que se ha dado en llamar la "start up nation" israelí, nacida al calor de la Unidad 8200 de las Fuerzas de Defensa de Israel, una unidad dedicada al desarrollo de toda clase de herramientas de control y vigilancia.
De esta fructífera relación han surgido, tanto
las herramientas ya mencionadas al principio de este artículo que
hoy se perfeccionan en el genocidio de Gaza como
Lavender, Where's Daddy o The Gospel
- utilizadas para elegir objetivos, geolocalizarlos y proponer
ataques a pretendidos combatientes - como los softwares de
vigilancia de Palantir tan de moda en estos días como Gotham,
Inmigration OS o ELITE, utilizados por la mayoría de gobiernos
occidentales para monitorizar a sus ciudadanos, justificando su uso
con las excusas más diversas en función de los gustos, filias y
fobias de cada parroquia local.
De estas reuniones surgieron las inversiones del Founders Fund de Thiel en Carbyne 911, una startup de geolocalización y minado de datos formada por antiguos miembros de la Unidad 8200 respaldada por Epstein en 2018.
Carbyne, fundada en 2014, desarrollaba una plataforma en la nube planteada en origen para emergencias, permitiendo a los operadores policiales recibir en tiempo real vídeo en vivo de quien llama, ubicación precisa GPS, audio y datos del teléfono del emisor de la llamada.
Entre mayo y junio de 2014, Epstein arregló una
reunión entre Ehud Barak y Peter Thiel en Nueva York. En aquellos
momentos,
Barak era CEO de Carbyne y Epstein ya había
invertido en la empresa a través de la entidad Sum .
En septiembre de 2014, un solo día del calendario de Epstein registra visitas simultáneas o coordinadas de Ehud Barak, Leon Black, Larry Summers y Peter Thiel a su mansión.
En julio de 2016 Epstein facilitó que Thomas Barrack - una persona muy cercana al entorno de Donald Trump y encargado durante años de recaudar fondos para sus candidaturas - y Peter Thiel, se conocieran, como se demuestra en este email.
Sin importar a quien vote cada cual en eso que llaman "la fiesta de la democracia" los prebostes de la Ilustración Oscura han ido sacando su conveniente tajada.
En el primer artículo con el que inicié esta serie, reflexionaba sobre el tremendo oportunismo con el que medios y partidos han aprovechado la figura de Epstein para arrimar el ascua a su sardina:
Sin embargo, ni unos ni otros están dispuestos a mirar la realidad de frente tal y como es, y bucear un poco más profundamente en la verdadera esencia transhumana y darwinista de toda la trama.
Como ya he señalado antes, las redes académicas, los cientos de papers que sirven para dotar de aspecto científico al delirio poshumano de los amigos de Epstein permanece inadvertido.
Mientras Pedro Sánchez señala a Israel, o bautiza
a Elon Musk - con una dosis análoga de razón y oportunismo - como
tecnooligarca, recibe premios y palmaditas (previo pago) de
personajes tan nefastos como Bill Gates, otros disculpan la barbarie
sionista en Gaza o aplauden la brutalidad de Trump.
Pocas personas habrán escuchado hablar de la Iglesia de la Singularidad.
La Iglesia de la Singularidad, conocida oficialmente como Way of the Future (WOTF), estructura una religión fundada en 2017 por el ingeniero Anthony Levandowski, ex-directivo de Google y Uber, que venera a la Inteligencia Artificial como una suerte de demiurgo superior que surgirá con la singularidad tecnológica, ese momento en que la IA superará finalmente a la humanidad.
Su objetivo declarado es "comprender, aceptar y adorar" a esta futura superinteligencia mediante hardware y software, con un evangelio propio llamado "El Manual".
Quizás suene estrambótico, y hasta inofensivo, pero posiblemente lo resulte menos tras escuchar a Peter Thiel, inversor de Levandowski y defensor de la aceleración tecnológica, expresar públicamente su obsesión teológica por el Anticristo.
Thiel considera que las fuerzas globalistas prometen paz y seguridad a cambio de un gobierno mundial totalitario, un sistema que frena la innovación, centraliza el poder y pretende "salvar" a la humanidad de sus riesgos existenciales.
El katejón, por contra, esa fuerza que compensaría a esta tiranía globalista del anticristo sería, precisamente, la fuerza que retrasa esa llegada, encarnada por él y sus correligionarios aceleracionistas, esto es, el imperio descentralizado, el capitalismo disruptivo y los tecnooligarcas que aceleran el progreso tecnológico para impedir la unificación totalitaria.
Sin embargo, tanto las fuerzas globalistas que imponen esa tiranía global que bien describe Thiel, como los tecno-oligarcas aceleracionistas sirven a un mismo propósito y guardan una unidad epistémica principal, tendente al monopolio, la dominación y la alienación del individuo para forzar su sumisión y aquiescencia.
En ese sentido, el panóptico digital sirve al final al doble propósito de controlar y persuadir.
En conclusión:
En ese contexto, Epstein supo jugar con todas las
barajas, beneficiando coyunturalmente a uno y otro lado y, sobre
todo, sin perder de vista nunca las ambiciones de Israel, aunque
esto último será objeto de otros artículos...
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